04 enero 2020

DOMINGO II DESPUES DE NAVIDAD CICLO A

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Este domingo meditamos sobre el Prólogo solemne del Evangelio de Juan. El Prólogo es el portón de entrada. Es la primera cosa que se escribe. Es como un resumen final, puesto al principio. Bajo la forma de una poesía profunda, misteriosa y muy solemne, Juan ofrece un resumen de todo aquello que dirá sobre Jesús en los veintiún capítulos de su evangelio. Probablemente esta poesía era de un cántico de la comunidad, utilizado y adaptado después por Juan.. El cántico comunicaba la experiencia que la comunidad tenía de Jesús, Palabra de Dios. También hoy, tenemos muchos cantos y poesías que tratan de traducir y comunicar quién es Jesús para nosotros. Revelan la experiencia que nuestras comunidades tienen de Jesús. Una poesía es como un espejo. Ayuda a descubrir las cosas que están dentro de nosotros. Cada vez que escuchamos o repetimos con atención una poesía, descubrimos cosas nuevas, sea en la poesía misma, como dentro de nosotros.
En el curso de la lectura del prólogo del evangelio de Juan es bueno activar la propia memoria y tratar de recordar cualquier cántico o poesía sobre Jesús, de nuestra infancia, una que haya marcado nuestra vida.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Juan 1,1-5: La Palabra de Dios es luz para todos los seres humanos
Juan 1,6-8: Juan Bautista no era la Luz
Juan 1,9-11: Los suyos no lo han recibido
Juan 1, 12-13: Los que lo reciben llegan a ser hijos de Dios
Juan 1,14: La Palabra se hizo carne
Juan 1,15-17: Moisés dio la Ley, Jesús da la Gracia y la Verdad.
Juan 1,18: Es como la lluvia que lava

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a) El texto:
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo.En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció.Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre;los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad.Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.
3. Un momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.
4. Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
i) ¿Qué frase del Prólogo te ha llamado más la atención?
ii) ¿Cuáles son las imágenes usadas por Juan en esta poesía para decir qué era Jesús para la Comunidad?
iii) ¿Cuál es la cosa nueva que la poesía de Juan hace descubrir en mi?
iv) La poesía de Juan dice: “La Palabra vino entre su gente, pero los suyos no la recibieron” (Jn 1,11). ¿Qué significa esta frase? ¿Cómo sucede esto hoy?
v) ¿Cuáles son los hechos o las personas del Antiguo Testamento que se recuerdan en el Prólogo?
5. Para aquellos que desean profundizar más en el texto
a) El contexto:
Sobre el Prólogo de Juan se han escrito multitud de libros. Y cada año se publican nuevos. Pero no agotarán el contenido del tema. Y esto porque el Prólogo es como un manantial, como una fuente. Cuanto más agua se saca del manantial, más agua dará. Quien mete su cabeza sobre el mismo manantial o fuente y mira dentro, ve su rostro reflejado en el agua de la fuente. Describiendo el rostro que se ve, se describen dos cosas: se comenta el agua de la fuente, el prólogo, y se dice aquello que se ha descubierto en el interior de la persona misma.
El Prólogo ayuda a entender porqué el IV Evangelio es tan diverso de los otros evangelios. En el Prólogo Juan nos presenta la visión que él tiene de Jesús, Palabra de Dios y describe el recorrido de la Palabra. Ella estaba junto a Dios desde el principio de la creación y por medio de ella todo fue creado. Todo cuanto existe es una expresión de la Palabra de Dios. Y aún estando presente en todo, el Verbo ha querido meterse todavía más junto a nosotros y por esto se ha hecho carne en Jesús, ha vivido en medio de nosotros, ha desarrollado su misión y ha vuelto al Padre. Jesús es la Palabra viva de Dios. En todo lo que dice y hace se revela el Padre: “¡Quien me ve , ve al Padre! (Jn 14,9). Él y el Padre “somos una misma cosa” (Jn 10,30)
b) Comentarios al texto:
Juan 1,1-5: La Palabra de Dios es luz para todo ser humano
Diciendo “Al principio existía la Palabra”, Juan nos hace pensar en la primera frase de la Biblia que dice: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra” (Gén 1,1). Dios creó mediante su Palabra. “Él habló y las cosas comenzaron a existir” (Sal 33,9; 148,5). Todas las creaturas son una expresión de la Palabra de Dios. Aquí, desde el principio, tenemos la primera señal de la apertura ecuménica y ecológica del Cuarto Evangelio.
El Prólogo dice que la presencia universal de la Palabra de Dios es vida y luz para todo ser humano. Pero la mayoría de las personas no perciben la Buena Noticia de la presencia luminosa de la Palabra de Dios en sus vidas. La Palabra viva de Dios, presente en todas las cosas, brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron.
Juan 1,6-8: Juan Bautista no era la Luz
Juan Bautista vino para ayudar a la gente a descubrir esta presencia luminosa y consoladora de la Palabra de Dios en la vida. El testimonio de Juan Bautista fue tan importante, que hasta el final del primer siglo, época en que fue escrito el Quarto Evangelio, vivían personas que pensaban que él, Juan, ¡fuese el Mesías! (Act 19,3; Jn 1,20). Por esto, el Prólogo aclara diciendo: “¡Juan no era la Luz! ¡Vino para dar testimonio de la luz!”
Juan 1,9-11: Los suyos no la acogieron
Así como la Palabra de Dios se manifiesta en la naturaleza, en la creación, así ciertamente se manifiesta en el “mundo”, o sea, en la historia de la humanidad, y en particular, en la historia del pueblo de Dios.
Cuando se habla de mundo, Juan quiere indicar un sistema, sea el del imperio como el de la religión de la época, sistemas cerrados en sí mismos y por tanto incapaces de reconocer y de recibir la presencia luminosa de la Palabra de Dios. El “mundo”, ni lo reconoció, ni acogió la Palabra. Desde los tiempos de Abrahán y Moisés, la Palabra “ vino a los suyos, pero los suyos no la reconocieron”
Juan 1,12-13: Los que lo aceptan llegan a ser hijos de Dios
Pero aquellas personas que se abrieron aceptando la Palabra, llegaron a ser hijos de Dios. La persona llega a ser hijo de Dios no por propio mérito, sino por el simple hecho de tener confianza y creer que Dios, en su bondad, nos acepta y nos acoge. La Palabra entra en la persona y hace que ésta se sienta acogida por Dios como hijo, como hija. Es el poder de la gracia de Dios.
Juan 1,14: La Palabra se hizo carne
Dios no quiere estar lejos de nosotros. Por esto su Palabra se hizo vecina a nosotros y se hizo presente en medio de nosotros en la persona de Jesús. El Prólogo dice literalmente: “La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros”. Antiguamente, en el tiempo del Éxodo, Dios moraba en una tienda, no en medio del pueblo. Ahora la tienda donde Dios mora con nosotros es Jesús “lleno de gracia y de verdad”. Jesús viene a revelar quién es este Dios que está presente en todo, desde el principio de la creación.

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Juan 1,15-17: Moisés dio la Ley, Jesús ha venido a traer la Gracia y la Verdad
Estos versos nos dan testimonio de Juan Bautista. Juan comenzó su predicación antes que Jesús, pero Jesús existía antes que él. Jesús es la Palabra que ya estaba en Dios desde antes de la creación. Moisés, dándonos la Ley, nos manifestó la voluntad de Dios. Jesús nos da la plenitud de la gracia y de la verdad que nos ayudan a entender y a observar la Ley
Juan 1,18: Es una lluvia que lava
Este último verso lo resume todo. Evoca la profecía de Isaías, según la cual la Palabra de Dios es como una lluvia que viene del cielo y no regresa a él sin haber realizado su misión aquí sobre la tierra (Is 55,10-11). Así es el camino de la Palabra de Dios. Viene de Dios y desciende entre nosotros en la persona de Jesús. Mediante la obediencia de Jesús, realiza su misión aquí en la tierra. En la hora de su muerte, Jesús entrega su espíritu y vuelve al Padre (Jn 19,30). Cumplida la misión que había recibido.
c) Profundizando: las raíces del Prólogo del evangelio de Juan:
La raíz de la Sabiduría Divina - El Evangelio de Juan es un texto poético y simbólico. Es difícil decir de dónde extrae el autor las ideas e imágenes tan bellas para construir esta poesía. Una cosa sin embargo es cierta: que en su cabeza rondaba la preocupación por demostrar que en Jesús se realizaron todas las profecías del Antiguo Testamento. Por esto, hablando de Jesús, evoca puntos centrales del Antiguo Testamento. En el Prólogo, encontramos muchas semejanzas con los poemas del Antiguo Testamento que presentan a la Sabiduria Divina bajo la forma de una persona (Pro 9,1-6), que ya existía antes de todas las cosas. Participó en la creación del mundo como artista y artífice del universo, recreándose en la superficie de la tierra y regocijándose con la humanidad (Pro 8,22-31). Deseosa de relaciones amistosas, invita a las personas a probar la dulzura de su miel y de sus frutos (Eccl 22,18-20). Por las calles, en las plazas y en las encrucijadas anuncia su palabra y pide seguir sus consejos (Pro 1,18-20). La Sabiduría es luz y vida: “Si bien es única, ella lo puede todo; aún permaneciendo en sí misma, todo lo renueva. Ella es en realidad más bella que el sol y supera a cualquier constelación de astros” (Sab 7,26-29; cfr 1Jn 1,5). Ciertamente las comunidades de Juan conocían estos pasajes y Juan se inspiró en ellos para componer el poema con el que empieza su evangelio.

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La raiz apocalíptica – Hay otro punto de vista que tuvo su influjo en el prólogo del Cuarto Evangelio. En el Antiguo Testamento había una creencia popular, llamada Apocalíptica, según la cual junto a Dios, en el cielo, estaban dos personajes para ayudarlo a gobernar el mundo y a juzgar la humanidad: un acusador (Jn 1,6) y un defensor o redentor (Jn 19,25). El Acusador mantenía a Dios informado sobre nuestras fechorías. El Defensor o Abogado asumía nuestra defensa ante el Juez. El Acusador en hebreo se dice Satanás. El Defensor es Goel. Los primeros cristianos decían: “Jesús es nuestro Defensor o Salvador ante Dios (Lc 2,11). Para defendernos ha bajado del cielo y , estando aquí en la tierra, tomó nuestros dolores, vino a vivir como nosotros y se hizo nuestro siervo. Cargó sobre él las acusaciones que el acusador hacía contra nosotros y las eliminó, clavándolas en la cruz” (Col 2,13-15). Así el Acusador (satanás) perdió su función y fue arrojado fuera del cielo (Ap 12,7-9).¡ Jesús vino a liberarnos! Mediante su muerte y resurrección, Él se convirtió en nuestro Defensor (Goel). Resucitado, volvió al Padre abriendo el camino a todos nosotros. Él es el camino, la verdad y la vida que nos devuelve a la casa del Padre. Este es el resumen del prólogo que es también el resumen de todo el evangelio de Juan.
6. Oración: Salmo 19 (18)
“¡La Palabra de Dios es la verdad!”
Los cielos cuentan la gloria de Dios,
el firmamento anuncia la obra de sus manos;
el día al día comunica el mensaje,                         Resultado de imagen de domingo  II despues de Navidad ciclo A
la noche a la noche le pasa la noticia.
Sin hablar y sin palabras,
y sin voz que pueda oírse,
por toda la tierra resuena su proclama,
por los confines del orbe sus palabras.
En lo alto, para el sol, plantó una tienda,
y él, como esposo que sale de su alcoba,
se recrea, como atleta, corriendo su carrera.
Tiene su salida en un extremo del cielo,
y su órbita alcanza al otro extremo,
sin que haya nada que escape a su ardor.
La ley de Yahvé es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo.
Los preceptos de Yahvé son rectos,
alegría interior;
el mandato de Yahvé es límpido,
ilumina los ojos.
El temor de Yahvé es puro,
estable por siempre;
los juicios del Señor veraces,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.
Por eso tu siervo se empapa en ellos,
guardarlos trae gran ganancia;
Pero ¿quién se da cuenta de sus yerros?
De las faltas ocultas límpiame.
Guarda a tu siervo también del orgullo,
no sea que me domine;
entonces seré irreprochable,
libre de delito grave.
Acepta con agrado mis palabras,
el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Yahvé,
Roca mía, mi redentor.
7. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

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28 diciembre 2019

SOLEMNIDAD DE SANTA MARIA MADRE DE DIOS CICLO A

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la "Virgen del camino", a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y "en la hora de nuestra muerte".
Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la "Circuncisión de nuestro Señor". También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad.
De hecho, la liturgia de este día tuvo siempre un marcado carácter mariano, de manera que el cambio de título sirve casi exclusivamente para explicar lo que estaba implícito en la misa y en el oficio de la octava de navidad. Los historiadores de la liturgia saben, desde hace mucho tiempo, que esta fiesta del 1 de enero es, sorprendentemente, la celebración más antigua en honor de Nuestra Señora en la liturgia romana. Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes:
La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni 
se verá de nuevo. Aleluya.
Los padres griegos aplicaron a María el título Theotokos (portadora de Dios) ya en el siglo III. Los concilios de Efeso y de Calcedonia defendieron este título. En Occidente, María fue venerada de forma similar como Dei Genitrix (Madre de Dios). En el antiguo canon romano es conmemorada como la "siempre virgen madre de Jesucristo nuestro Señor y Dios".
En palabras del papa Pablo VI, "el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo". La fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad "exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida (Marialis cultus, 5).
Además de su función como "Portadora de Dios", está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. El es el "primogénito entre muchos hermanos", la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él.
En la liturgia percibimos la preocupación por destacar con más claridad la relación entre María y la Iglesia. En la fiesta de hoy hay una referencia explícita, en la oración de la poscomunión, a la función maternal de María respecto del pueblo de Dios: "Padre, cuando proclamamos que la virgen María es madre de Cristo y madre de la Iglesia, haz que nuestra comunión con su Hijo nos traiga la salvación". Esto pone de manifiesto que ella es la madre de la Cabeza y de los miembros, la "santa Madre de Dios y, por consiguiente, la Madre providente de la Iglesia"

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la "Virgen del camino", a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y "en la hora de nuestra muerte".
Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la "Circuncisión de nuestro Señor". También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad.
De hecho, la liturgia de este día tuvo siempre un marcado carácter mariano, de manera que el cambio de título sirve casi exclusivamente para explicar lo que estaba implícito en la misa y en el oficio de la octava de navidad. Los historiadores de la liturgia saben, desde hace mucho tiempo, que esta fiesta del 1 de enero es, sorprendentemente, la celebración más antigua en honor de Nuestra Señora en la liturgia romana. Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes:
La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni 
se verá de nuevo. Aleluya.
Los padres griegos aplicaron a María el título Theotokos (portadora de Dios) ya en el siglo III. Los concilios de Efeso y de Calcedonia defendieron este título. En Occidente, María fue venerada de forma similar como Dei Genitrix (Madre de Dios). En el antiguo canon romano es conmemorada como la "siempre virgen madre de Jesucristo nuestro Señor y Dios".
En palabras del papa Pablo VI, "el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo". La fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad "exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida (Marialis cultus, 5).
Además de su función como "Portadora de Dios", está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. El es el "primogénito entre muchos hermanos", la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él.
En la liturgia percibimos la preocupación por destacar con más claridad la relación entre María y la Iglesia. En la fiesta de hoy hay una referencia explícita, en la oración de la poscomunión, a la función maternal de María respecto del pueblo de Dios: "Padre, cuando proclamamos que la virgen María es madre de Cristo y madre de la Iglesia, haz que nuestra comunión con su Hijo nos traiga la salvación". Esto pone de manifiesto que ella es la madre de la Cabeza y de los miembros, la "santa Madre de Dios y, por consiguiente, la Madre providente de la Iglesia"(Marialis cultus 11).
En la propia vida de María se dio una conciencia creciente de su maternidad espiritual. Incluso en la anunciación debió de tener algún presentimiento de su función como madre del Mesías. Ella sabía que Dios tenía grandes proyectos para su Hijo, y esto debió animarla a la renuncia y al sufrimiento en favor de su pueblo. Ella debía de dar a luz a un salvador de su pueblo, a un hombre para otros. La función de ella debía de subordinarse por completo a la de él. Ella aceptaba de manera implícita participar en la misión de él; y, en la medida en que el destino de su Hijo la afectaba también a ella, continuaba afirmando y reafirmando su asentimiento. Fue así cuando ella presentó a su primogénito en el templo. Ella renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su cota más alta a los pies de la cruz; y comenzó una nueva fase en pentecostés.
La virgen María continúa desempeñando su función maternal en el cielo: "Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna (Lumen gentium 62). Por eso los fieles la invocaron como madre desde los tiempos más remotos de la Iglesia -Mater Christi, mater gratiae et misericordiae- y ahora mater ecclesiae, madre de la Iglesia. Esta confianza en las oraciones de la madre de Jesús no es sólo un puro sentimiento piadoso, sino el efecto de una profunda convicción de que ella tiene amor de madre y solicitud por todos los hermanos de Cristo, y de que las oraciones de ella tienen una eficacia superior a la de cualquier otro santo. En palabras de un teólogo, "María, en su estado glorificado en el cielo, tiene que seguir siendo un misterio de intercesión y de mediación maternal" 
La fiesta del 1 de enero no sólo es la fiesta mariana más antigua en la liturgia romana, sino que, además, tiene importancia excepcional y merece la prominencia que se le ha otorgado ahora. Efectivamente, el misterio de la maternidad divina es realmente la verdad fundamental acerca de la virgen María. Otras fiestas ocupan lugares más elevados en el orden jerárquico, pero es preciso recordar que las dos más importantes tienen una relación directa con la fiesta de hoy. La inmaculada concepción tiene presente la función de María como madre de la palabra encarnada. Esa fue la manera que Dios escogió para preparar una morada digna para su Hijo. La mayor de todas las fiestas marianas, la asunción, no es sino la consecuencia de su maternidad divina, pues no era conveniente que el "Tabernáculo de Dios" sufriera la corrupción.
La doctrina de la maternidad divina no es sólo un dogma católico, sino que es una creencia que compartimos con muchos cristianos de otras denominaciones. Y esto es importante, porque, hablando en general, los protestantes tienen dificultades con la inmaculada concepción e incluso con la asunción de María a los cielos. Aquí pisamos, al menos, una base común, como dijo un portavoz de ellos: "Cuando dices que María es la madre de Dios, lo has dicho todo" 1.
En uno de los himnos latinos a Nuestra Señora encontramos el verso Monstra te esse matrem, "Demuestra que eres una verdadera madre para nosotros".
Pero no basta con que creamos en su función intercesora; es imprescindible que también la experimentemos. Deberíamos tener un sentido permanente de su presencia en nuestras vidas, cerca de su Hijo y cerca de nosotros. Este es el secreto de la devoción católica a Nuestra Señora, y ésa es la gracia que pedimos en la oración final de la fiesta: "Concédenos que podamos sentir el poder de su intercesión cuando ella implora por nosotros con Jesucristo tu Hijo, el autor de la vida".
El día mundial de la paz. El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo:
Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos (Marialis cultus 5).
Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra "paz", y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz". Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz 2.
Un cínico podría preguntar: "¿Acaso el cristianismo ha evitado alguna vez la guerra? ¿No se encontró él mismo algunas veces en medio del conflicto?" Es cierto que la venida de Cristo a la tierra no trajo consigo la desaparición de toda guerra; también es cierto que la Iglesia no ha sido muy eficaz en el mantenimiento de la paz entre las naciones. Pero todos los tiempos han conocido grandes dirigentes cristianos que fueron heraldos e instrumentos de la paz de Dios en el mundo. La Iglesia ha proclamado siempre la paz, se ha esforzado en llevar a los hombres a los caminos de la paz; y, a pesar de todas las reservas y fracasos, ella continúa "buscando y persiguiendo la paz".
La paz de Cristo puede existir incluso donde hay guerra y peleas sectarias. Los cristianos cogidos en medio de estos conflictos dan frecuentemente testimonio de la paz de Cristo que está en sus corazones. Ellos están dispuestos, sin mirar para nada a los costos, a perdonar a sus enemigos y a dar el primer paso para reconciliarse con sus hermanos. Cristo no nos prometió inmunidad frente a la guerra. La paz que nos dejó es aquella que "el mundo no puede dar" (Jn 14,27).

La paz cristiana no es sólo de naturaleza espiritual. La Iglesia tiene la obligación de promover la paz entre las naciones. Tiene que sentirse responsable del bienestar de todas las personas y pueblos. No puede haber paz verdadera ni duradera allí donde se pisotean los derechos humanos y la justicia. Todos los papas de este siglo han trabajado duro para asegurar la paz a la humanidad. En la visión cristiana, paz no significa simplemente ausencia de guerra, sino un orden mundial basado en el reconocimiento de que todos los hombres somos hermanos y tenemos un padre común en los cielos.
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la "Virgen del camino", a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y "en la hora de nuestra muerte".
Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la "Circuncisión de nuestro Señor". También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad.
De hecho, la liturgia de este día tuvo siempre un marcado carácter mariano, de manera que el cambio de título sirve casi exclusivamente para explicar lo que estaba implícito en la misa y en el oficio de la octava de navidad. Los historiadores de la liturgia saben, desde hace mucho tiempo, que esta fiesta del 1 de enero es, sorprendentemente, la celebración más antigua en honor de Nuestra Señora en la liturgia romana. Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes:
La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni 
se verá de nuevo. Aleluya.
Los padres griegos aplicaron a María el título Theotokos (portadora de Dios) ya en el siglo III. Los concilios de Efeso y de Calcedonia defendieron este título. En Occidente, María fue venerada de forma similar como Dei Genitrix (Madre de Dios). En el antiguo canon romano es conmemorada como la "siempre virgen madre de Jesucristo nuestro Señor y Dios".
En palabras del papa Pablo VI, "el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo". La fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad "exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida (Marialis cultus, 5).
Además de su función como "Portadora de Dios", está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. El es el "primogénito entre muchos hermanos", la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él.
En la liturgia percibimos la preocupación por destacar con más claridad la relación entre María y la Iglesia. En la fiesta de hoy hay una referencia explícita, en la oración de la poscomunión, a la función maternal de María respecto del pueblo de Dios: "Padre, cuando proclamamos que la virgen María es madre de Cristo y madre de la Iglesia, haz que nuestra comunión con su Hijo nos traiga la salvación". Esto pone de manifiesto que ella es la madre de la Cabeza y de los miembros, la "santa Madre de Dios y, por consiguiente, la Madre providente de la Iglesia"(Marialis cultus 11).
En la propia vida de María se dio una conciencia creciente de su maternidad espiritual. Incluso en la anunciación debió de tener algún presentimiento de su función como madre del Mesías. Ella sabía que Dios tenía grandes proyectos para su Hijo, y esto debió animarla a la renuncia y al sufrimiento en favor de su pueblo. Ella debía de dar a luz a un salvador de su pueblo, a un hombre para otros. La función de ella debía de subordinarse por completo a la de él. Ella aceptaba de manera implícita participar en la misión de él; y, en la medida en que el destino de su Hijo la afectaba también a ella, continuaba afirmando y reafirmando su asentimiento. Fue así cuando ella presentó a su primogénito en el templo. Ella renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su cota más alta a los pies de la cruz; y comenzó una nueva fase en pentecostés.
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La virgen María continúa desempeñando su función maternal en el cielo: "Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna (Lumen gentium 62). Por eso los fieles la invocaron como madre desde los tiempos más remotos de la Iglesia -Mater Christi, mater gratiae et misericordiae- y ahora mater ecclesiae, madre de la Iglesia. Esta confianza en las oraciones de la madre de Jesús no es sólo un puro sentimiento piadoso, sino el efecto de una profunda convicción de que ella tiene amor de madre y solicitud por todos los hermanos de Cristo, y de que las oraciones de ella tienen una eficacia superior a la de cualquier otro santo. En palabras de un teólogo, "María, en su estado glorificado en el cielo, tiene que seguir siendo un misterio de intercesión y de mediación maternal" 
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La fiesta del 1 de enero no sólo es la fiesta mariana más antigua en la liturgia romana, sino que, además, tiene importancia excepcional y merece la prominencia que se le ha otorgado ahora. Efectivamente, el misterio de la maternidad divina es realmente la verdad fundamental acerca de la virgen María. Otras fiestas ocupan lugares más elevados en el orden jerárquico, pero es preciso recordar que las dos más importantes tienen una relación directa con la fiesta de hoy. La inmaculada concepción tiene presente la función de María como madre de la palabra encarnada. Esa fue la manera que Dios escogió para preparar una morada digna para su Hijo. La mayor de todas las fiestas marianas, la asunción, no es sino la consecuencia de su maternidad divina, pues no era conveniente que el "Tabernáculo de Dios" sufriera la corrupción.

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La doctrina de la maternidad divina no es sólo un dogma católico, sino que es una creencia que compartimos con muchos cristianos de otras denominaciones. Y esto es importante, porque, hablando en general, los protestantes tienen dificultades con la inmaculada concepción e incluso con la asunción de María a los cielos. Aquí pisamos, al menos, una base común, como dijo un portavoz de ellos: "Cuando dices que María es la madre de Dios, lo has dicho todo" 1.
En uno de los himnos latinos a Nuestra Señora encontramos el verso Monstra te esse matrem, "Demuestra que eres una verdadera madre para nosotros".
Pero no basta con que creamos en su función intercesora; es imprescindible que también la experimentemos. Deberíamos tener un sentido permanente de su presencia en nuestras vidas, cerca de su Hijo y cerca de nosotros. Este es el secreto de la devoción católica a Nuestra Señora, y ésa es la gracia que pedimos en la oración final de la fiesta: "Concédenos que podamos sentir el poder de su intercesión cuando ella implora por nosotros con Jesucristo tu Hijo, el autor de la vida".
El día mundial de la paz. El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo:
Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos (Marialis cultus 5).

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Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra "paz", y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz". Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz 2.
Un cínico podría preguntar: "¿Acaso el cristianismo ha evitado alguna vez la guerra? ¿No se encontró él mismo algunas veces en medio del conflicto?" Es cierto que la venida de Cristo a la tierra no trajo consigo la desaparición de toda guerra; también es cierto que la Iglesia no ha sido muy eficaz en el mantenimiento de la paz entre las naciones. Pero todos los tiempos han conocido grandes dirigentes cristianos que fueron heraldos e instrumentos de la paz de Dios en el mundo. La Iglesia ha proclamado siempre la paz, se ha esforzado en llevar a los hombres a los caminos de la paz; y, a pesar de todas las reservas y fracasos, ella continúa "buscando y persiguiendo la paz".
La paz de Cristo puede existir incluso donde hay guerra y peleas sectarias. Los cristianos cogidos en medio de estos conflictos dan frecuentemente testimonio de la paz de Cristo que está en sus corazones. Ellos están dispuestos, sin mirar para nada a los costos, a perdonar a sus enemigos y a dar el primer paso para reconciliarse con sus hermanos. Cristo no nos prometió inmunidad frente a la guerra. La paz que nos dejó es aquella que "el mundo no puede dar" (Jn 14,27).

La paz cristiana no es sólo de naturaleza espiritual. La Iglesia tiene la obligación de promover la paz entre las naciones. Tiene que sentirse responsable del bienestar de todas las personas y pueblos. No puede haber paz verdadera ni duradera allí donde se pisotean los derechos humanos y la justicia. Todos los papas de este siglo han trabajado duro para asegurar la paz a la humanidad. En la visión cristiana, paz no significa simplemente ausencia de guerra, sino un orden mundial basado en el reconocimiento de que todos los hombres somos hermanos y tenemos un padre común en los cielos.
En la propia vida de María se dio una conciencia creciente de su maternidad espiritual. Incluso en la anunciación debió de tener algún presentimiento de su función como madre del Mesías. Ella sabía que Dios tenía grandes proyectos para su Hijo, y esto debió animarla a la renuncia y al sufrimiento en favor de su pueblo. Ella debía de dar a luz a un salvador de su pueblo, a un hombre para otros. La función de ella debía de subordinarse por completo a la de él. Ella aceptaba de manera implícita participar en la misión de él; y, en la medida en que el destino de su Hijo la afectaba también a ella, continuaba afirmando y reafirmando su asentimiento. Fue así cuando ella presentó a su primogénito en el templo. Ella renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su cota más alta a los pies de la cruz; y comenzó una nueva fase en pentecostés.
La virgen María continúa desempeñando su función maternal en el cielo: "Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna (Lumen gentium 62). Por eso los fieles la invocaron como madre desde los tiempos más remotos de la Iglesia -Mater Christi, mater gratiae et misericordiae- y ahora mater ecclesiae, madre de la Iglesia. Esta confianza en las oraciones de la madre de Jesús no es sólo un puro sentimiento piadoso, sino el efecto de una profunda convicción de que ella tiene amor de madre y solicitud por todos los hermanos de Cristo, y de que las oraciones de ella tienen una eficacia superior a la de cualquier otro santo. En palabras de un teólogo, "María, en su estado glorificado en el cielo, tiene que seguir siendo un misterio de intercesión y de mediación maternal" 
La fiesta del 1 de enero no sólo es la fiesta mariana más antigua en la liturgia romana, sino que, además, tiene importancia excepcional y merece la prominencia que se le ha otorgado ahora. Efectivamente, el misterio de la maternidad divina es realmente la verdad fundamental acerca de la virgen María. Otras fiestas ocupan lugares más elevados en el orden jerárquico, pero es preciso recordar que las dos más importantes tienen una relación directa con la fiesta de hoy. La inmaculada concepción tiene presente la función de María como madre de la palabra encarnada. Esa fue la manera que Dios escogió para preparar una morada digna para su Hijo. La mayor de todas las fiestas marianas, la asunción, no es sino la consecuencia de su maternidad divina, pues no era conveniente que el "Tabernáculo de Dios" sufriera la corrupción.
La doctrina de la maternidad divina no es sólo un dogma católico, sino que es una creencia que compartimos con muchos cristianos de otras denominaciones. Y esto es importante, porque, hablando en general, los protestantes tienen dificultades con la inmaculada concepción e incluso con la asunción de María a los cielos. Aquí pisamos, al menos, una base común, como dijo un portavoz de ellos: "Cuando dices que María es la madre de Dios, lo has dicho todo" 1.
En uno de los himnos latinos a Nuestra Señora encontramos el verso Monstra te esse matrem, "Demuestra que eres una verdadera madre para nosotros".
Pero no basta con que creamos en su función intercesora; es imprescindible que también la experimentemos. Deberíamos tener un sentido permanente de su presencia en nuestras vidas, cerca de su Hijo y cerca de nosotros. Este es el secreto de la devoción católica a Nuestra Señora, y ésa es la gracia que pedimos en la oración final de la fiesta: "Concédenos que podamos sentir el poder de su intercesión cuando ella implora por nosotros con Jesucristo tu Hijo, el autor de la vida".
El día mundial de la paz. El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo:
Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos (Marialis cultus 5).

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Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra "paz", y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz". Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz 2.
Un cínico podría preguntar: "¿Acaso el cristianismo ha evitado alguna vez la guerra? ¿No se encontró él mismo algunas veces en medio del conflicto?" Es cierto que la venida de Cristo a la tierra no trajo consigo la desaparición de toda guerra; también es cierto que la Iglesia no ha sido muy eficaz en el mantenimiento de la paz entre las naciones. Pero todos los tiempos han conocido grandes dirigentes cristianos que fueron heraldos e instrumentos de la paz de Dios en el mundo. La Iglesia ha proclamado siempre la paz, se ha esforzado en llevar a los hombres a los caminos de la paz; y, a pesar de todas las reservas y fracasos, ella continúa "buscando y persiguiendo la paz".
La paz de Cristo puede existir incluso donde hay guerra y peleas sectarias. Los cristianos cogidos en medio de estos conflictos dan frecuentemente testimonio de la paz de Cristo que está en sus corazones. Ellos están dispuestos, sin mirar para nada a los costos, a perdonar a sus enemigos y a dar el primer paso para reconciliarse con sus hermanos. Cristo no nos prometió inmunidad frente a la guerra. La paz que nos dejó es aquella que "el mundo no puede dar" (Jn 14,27).


La paz cristiana no es sólo de naturaleza espiritual. La Iglesia tiene la obligación de promover la paz entre las naciones. Tiene que sentirse responsable del bienestar de todas las personas y pueblos. No puede haber paz verdadera ni duradera allí donde se pisotean los derechos humanos y la justicia. Todos los papas de este siglo han trabajado duro para asegurar la paz a la humanidad. En la visión cristiana, paz no significa simplemente ausencia de guerra, sino un orden mundial basado en el reconocimiento de que todos los hombres somos hermanos y tenemos un padre común en los cielos.

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