El mayor conocimiento en muchos sectores seculares de métodos de oración y meditación, de experiencias contemplativas entre laicos, de reuniones, seminarios, retiros, etc., tendentes a descubrir la vía contemplativa en medio de la actividad secular[53], ha contribuido a que, por una parte las vocaciones que llaman a las puertas de los monasterios sean más exigentes en el itinerario contemplativo –dentro de las incongruencias de muchos jóvenes- y, por otra, que sólo los monasterios y comunidades que son capaces de entrar en diálogo y saber formar[54] a estas personas tienen garantizada su perseverancia y desarrollo contemplativo.
Y dentro de este ‘finalmente’ del párrafo anterior, unas líneas nada más para apuntar que hay un renacer de nuevas comunidades contemplativas[55] con formas y costumbres que aunque inspiradas en los usos benedictinos y cartujanos[56], carecen, por el momento, de los montajes de las grandes abadías, lo cual les permite una vida contemplativa más fluida y desahogada (y mucho más atractiva para los jóvenes de hoy…).
En fin, la vida monástica tiene ante sí muchos retos. No es el más importante, ni el que debe polarizar sus esfuerzos, la supervivencia de muchas comunidades (que en los próximos años ciertamente desaparecerán… y de hecho ya están desapareciendo); más bien el reto es que las comunidades monásticas se hagan cada vez más contemplativas en consonancia con lo que fue y será siempre el origen del monacato: la fidelidad al Evangelio y la exclusividad en cultivo de la interioridad. Sé que muchas comunidades están empeñadas en esta tarea, a pesar de variadas dificultades, y sé que Vds. podrán encontrar en ellas el reflejo vivo de lo que en realidad son, al margen de lo que hagan (que a veces es lo que más se ve…).
No sé si he dicho lo que Vds. deseaban oir. Pero muchos monjes y monjas de los monasterios de hoy, en su vida sencilla, oculta, comprometida, siguen cantando en sus himnos del oficio de vísperas esta estrofa maravillosa, que define muy bien lo que es un contemplativo:
Dichoso el fascinado por tu rostro, Señor Jesús,
y cuyo amor en todo vio la huella de tu imagen.
Dichoso el despojado por presencia: Tú le invadiste,
asido a Ti te deja ver su vida en transparencia.
Viviente icono de tu misterio en el camino:
dichoso aquel, Señor Jesús, que pasa
en tus manos contigo al Padre
Y el poema del monje eremita solitario en el bosque noss habla de su experiencia:
Tengo una choza en el bosque,
nadie lo sabe salvo el Señor, mi Dios;
una pared es un fresno, la otra un avellano,
y un gran helecho hace de puerta.
Los batientes son de brezo,
y el dintel de madreselva;
y el bosque virgen de alrededor
da bellotas para cerdos bien alimentados.
Este es el tamaño de mi cabaña: la cosa más pequeña;
hogar entre senderos bien hollados;
una mujer (pero vestida de mirlo y parecida a él)
trina dulcemente desde su alero.[23]
Se trata aquí de un monje solitario, como tantos ha habido; empeñado, al parecer (pues no se olvida de los “senderos bien hollados…”), en la búsqueda espiritual por cuenta propia, sin el apoyo de otros y sin las seguridades de un monasterio. Es el ideal “holístico” de la vida monástica. Es la búsqueda, posiblemente, del “arquetipo monástico universal”.[24]
Pero junto al monje solitario en el bosque, también estaba el solitario en su celda monacal, preocupado por otros afanes, e inmerso en una búsqueda espiritual más compleja, embarcado con otros monjes y participando con ellos de actividades de tipo cultural, social y apostólicas (que es lo que ha caracterizado a los monasterios de Occidente). Oigámoslo en este delicioso poema:
Yo y Pangur Bán, mi gato /
estamos juntos en nuestra tarea /
él se deleita cazando ratones /
y yo paso la noche cazando palabras.
Mucho mejor que las alabanzas de los hombres /
es el sentarse con un libro y una pluma. /
Pangur no tiene nada en contra mía /
y él también se aplica a su sencilla habilidad.
Alegra ver /
lo contentos que estamos con nuestras tareas /
y cómo sentados en casa /
encontramos ocupación para nuestra mente.
A veces un ratón se cruza /
en el camino del héroe Pangur; /
a veces mí agudo pensamiento /
pesca un sentido en su red.
Fija en la pared su mirada /
penetrante y fiera, aguda y astuta; /
Yo, contra la pared del conocimiento /
pruebo mi corta sabiduría.
Cuando un ratón sale disparado de su escondrijo /
¡qué contento se pone Pangur! /
¡Y qué satisfacción experimento yo /
cuando resuelvo las dudas que me apasionan!
Así nos aplicamos pacíficamente a nuestras tareas /
Pangur Bán, mi gato, y yo; /
En nuestras artes encontramos nuestra dicha, /
yo tengo la mía y él la suya.
La práctica diaria /
ha hecho a Pangur perfecto en su oficio; /
Yo adquiero sabiduría día y noche /
al convertir las tinieblas en luz.[25]
Aquí aparece otra de las características del monacato: la búsqueda intelectual de la sabiduría,
Y el poema del monje eremita solitario en el bosque noss habla de su experiencia:
Tengo una choza en el bosque,
nadie lo sabe salvo el Señor, mi Dios;
una pared es un fresno, la otra un avellano,
y un gran helecho hace de puerta.
Los batientes son de brezo,
y el dintel de madreselva;
y el bosque virgen de alrededor
da bellotas para cerdos bien alimentados.
Este es el tamaño de mi cabaña: la cosa más pequeña;
hogar entre senderos bien hollados;
una mujer (pero vestida de mirlo y parecida a él)
trina dulcemente desde su alero.[23]
Se trata aquí de un monje solitario, como tantos ha habido; empeñado, al parecer (pues no se olvida de los “senderos bien hollados…”), en la búsqueda espiritual por cuenta propia, sin el apoyo de otros y sin las seguridades de un monasterio. Es el ideal “holístico” de la vida monástica. Es la búsqueda, posiblemente, del “arquetipo monástico universal”.[24]
Pero junto al monje solitario en el bosque, también estaba el solitario en su celda monacal, preocupado por otros afanes, e inmerso en una búsqueda espiritual más compleja, embarcado con otros monjes y participando con ellos de actividades de tipo cultural, social y apostólicas (que es lo que ha caracterizado a los monasterios de Occidente). Oigámoslo en este delicioso poema:
Yo y Pangur Bán, mi gato /
estamos juntos en nuestra tarea /
él se deleita cazando ratones /
y yo paso la noche cazando palabras.
Mucho mejor que las alabanzas de los hombres /
es el sentarse con un libro y una pluma. /
Pangur no tiene nada en contra mía /
y él también se aplica a su sencilla habilidad.
Alegra ver /
lo contentos que estamos con nuestras tareas /
y cómo sentados en casa /
encontramos ocupación para nuestra mente.
A veces un ratón se cruza /
en el camino del héroe Pangur; /
a veces mí agudo pensamiento /
pesca un sentido en su red.
Fija en la pared su mirada /
penetrante y fiera, aguda y astuta; /
Yo, contra la pared del conocimiento /
pruebo mi corta sabiduría.
Cuando un ratón sale disparado de su escondrijo /
¡qué contento se pone Pangur! /
¡Y qué satisfacción experimento yo /
cuando resuelvo las dudas que me apasionan!
Así nos aplicamos pacíficamente a nuestras tareas /
Pangur Bán, mi gato, y yo; /
En nuestras artes encontramos nuestra dicha, /
yo tengo la mía y él la suya.
La práctica diaria /
ha hecho a Pangur perfecto en su oficio; /
Yo adquiero sabiduría día y noche /
al convertir las tinieblas en luz.[25]
Aquí aparece otra de las características del monacato: la búsqueda intelectual de la sabiduría,
No hay comentarios:
Publicar un comentario