16 enero 2015

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B - 18 DE ENERO

                                                              
                                                           

“Al día siguiente Juan estaba todavía allí” Siento, en estas palabras, la insistencia de la búsqueda, de la esperanza; siento la fe de Juan Bautista que crece. Los días están pasando, la experiencia del encuentro con Jesús se intensifica: Juan, no ceja, no se cansa, al contrario, cada vez está más seguro, más convencido, luminoso. Él está, se queda. Me comparo con la figura del Bautista: ¿Soy yo uno que está, que se queda? ¿O más bien, me retiro, me canso, me fatigo y dejo que mi fe se apague? ¿Yo estoy o me siento, atiendo o no espero más?.“Fijando la mirada sobre Jesús” Hay aquí un verbo bellísimo, que significa” mirar con intensidad”, “penetrar con la mirada” y se repite también en el v. 42, referido a Jesús, que mira a Pedro para cambiarlo de vida. Muchas veces, en los evangelios, se dice que Jesús fija su mirada sobre sus discípulos (Mt 19,26), o sobre una persona en particular (Mc 10,21); sí, Él fija para amar, para llamar, para iluminar. Su mirada no se separa nunca de nosotros, de mí. Sé que sólo puedo encontrar la paz intercambiando esta mirada. ¿Cómo puedo simular que no lo veo? ¿Por qué continuar fijando la mirada allí y allá, huyendo del amor del Señor, que sí se ha fijado en mí y me ha elegido?

Descripción Alejandro de Loarte San Juan Bautista.jpg
 “Siguieron a Jesús” Esta expresión, referida a los discípulos, no significa solamente que ellos comienzan a caminar en la misma dirección que Jesús, sino mucho más: que ellos se consagran a Él, que comprometen su vida por Él, para Él. Es Él quien toma la iniciativa, lo sé y el que me dice: “Tú sígueme”, como al joven rico (Mt 19,21), como a Pedro (Jn 21,22); pero yo ¿cómo respondo en verdad? ¿Tengo el valor el amor, el ardor para decirle: “Maestro, yo te seguiré adondequiera que vayas” (Mt 8,19) confirmando las palabras con los hechos? ¿O también digo yo como aquel del evangelio: “Te seguiré, pero deja primero que....”(Lc 9,61)?
“¿Qué buscáis? Por fin el Señor pronuncia sus primeras palabras en el evangelio de Juan y son una pregunta bien precisa, dirigida a los discípulos que lo están siguiendo, dirigida a nosotros, a mí personalmente. El Señor fija su mirada sobre mí y me pide: “¿Qué estás buscando? No es fácil responder a esta pregunta; debo bajar al fondo de mi corazón y allí escucharme, medirme, verificarme. ¿Qué busco yo verdaderamente? ¿Mis energías, mis deseos, mis sueños, mis haberes a donde se dirigen?


 “Se quedaron con Él” Los discípulos se quedan con Jesús, empiezan a vivir junto a Él, a tener la casa en común con Él. Aun más, quizás empiezan a experimentar que el mismo Señor es su nueva casa. El verbo que aquí usa Juan, puede significar simplemente habitar, pararse, pero
también morar en el sentido fuerte de habitar uno en el otro. Jesús habita en el seno del Padre y nos ofrece también a nosotros la posibilidad de habitar en Él y en toda la Trinidad. Él se ofrece hoy, aquí, a mí, para vivir juntos esta indecible, espléndida experiencia de amor. ¿Qué decido, por tanto? ¿Me paro también yo como los discípulos y me quedo con Él, en Él? ¿O me voy, me sustraigo de su amor y corro a buscar otra cosa?
“Y lo condujo a Jesús” Andrés corre a llamar a su hermano Simón, porque quiere compartir con él el don infinito que ha recibido. Da el anuncio, proclama al Mesías, al Salvador y tiene la fuerza de llevar consigo a su hermano. Se convierte en guía, se convierte en luz, vía segura. Es este un pasaje muy importante: del encuentro y del conocimiento de Jesús, al anuncio. No sé si estoy preparado para esto, no sé si soy lo suficientemente abierto y luminoso para hacerme testigo de Él, que se me ha revelado con tanta claridad.

El Cordero de Dios:
En el v. 36 Juan anuncia a Jesús como el cordero de Dios, repitiendo el grito ya emitido antes, el día anterior: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La identificación de Jesús con el cordero está rebosante de alusiones bíblicas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
El cordero aparece ya en el libro del Génesis, en el cap. 22, en el momento del sacrificio de Isaac; Dios provee un cordero, para que sea ofrecido como holocausto en vez del hijo. El cordero desciende del cielo y toma sobre sí la muerte del hombre; el cordero es inmolado para que el hijo viva.
En el libro del Éxodo, en el cap. 12, se ofrece el cordero pascual, sin mancha, perfecto; su sangre derramada salva a los hijos de Israel del exterminador, que pasa de casa en casa, en la noche. Desde aquel momento todo hijo quedará señalado, sellado, por aquella sangre de salvación. Así viene abierto el camino de la libertad, la vía del éxodo, para llegar a Dios, para entrar en la tierra por Él prometida. Empieza aquí la senda, que conduce hasta el Apocalipsis, hasta la realidad del cielo.
El elemento del sacrificio, de la degollación, del don total acompaña constantemente la figura del cordero; los libros del Levítico y de los Números nos ponen delante continuamente esta presencia santa del cordero: éste viene ofrecido todos los días en el holocausto cotidiano; se inmola en todos los sacrificios expiatorios, de reparación, de santificación.
También los profetas hablan de un cordero preparado para el sacrificio: oveja muda, esquilada sin abrir siquiera la boca, manso cordero conducido al matadero (Is 53,7; Jer 11,19). Cordero sacrificado sobre el altar, todos los días.

                                                      
En el evangelio, es Juan el Bautista el que anuncia y descubre a Jesús como verdadero cordero de Dios, que toma sobre sí el pecado del hombre y lo borra con la efusión de su pura y preciosa sangre. Es Él, de hecho, el cordero inmolado al puesto de Isaac; es Él el cordero asado al fuego la noche de Pascua, Cordero de la liberación: es Él el sacrificio perenne al Padre, ofrecido por nosotros; es Él el siervo sufridor, que no se rebela, no recrimina, sino que se entrega silencioso por nuestro amor. San Pedro lo dice claramente: “Vosotros estáis liberado de vuestra conducta gracias a la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto y sin mancha (1Pet 1,19).
El Apocalipsis revela todo sobre el Cordero. Es Él el que puede abrir los sellos de la historia, de la vida de cada hombre, del corazón escondido, de la verdad (Ap 7,1.3.5.7.9.12.;8,1), es el vencedor, aquél que se sienta sobre el trono (Ap 5,6), es él el rey, digno de honor, alabanza, gloria, adoración (Ap 5, 12) Es Él el Esposo, que invita a su banquete de bodas (Ap 19,7); es la lámpara (Ap 21,23), el templo (Ap 21,22), el lugar de nuestro descanso eterno; Él es el pastor (Ap 7,17), al que seguiremos adonde vaya (Ap 14,4). 

                                                  

En este pasaje encontramos por cinco veces expresiones referentes al ver, al encuentro de las miradas El primero es Juan, que tiene ya el ojo habituado a ver en lo profundo y a reconocer al Señor que viene y pasa; él debía dar testimonio a la luz y por esto tiene los ojos iluminados por dentro. En efecto, junto al río Jordán, él ve al Espíritu posarse sobre Jesús (Mt 3,16); lo reconoce como cordero de Dios (Jn 1, 29) y continuó mirando y fijando la mirada (v. 36) sobre Él para señalarlo a los discípulos. Y si Juan lo ve así, si es capaz de penetrar las apariencias, significa que ya antes había sido alcanzado por la mirada de Jesús, ya antes había sido iluminado. Como somos también nosotros. Apenas la mirada del testigo se apaga, se consigue la luz de los ojos de Cristo. En el v. 38 se dice que Jesús ve a los discípulos que lo siguen y el evangelista usa un verbo muy bello, que significa “fijar la mirada sobre alguno”, “mirar con penetración e intensidad”. El Señor obra verdaderamente así con nosotros: Él se vuelve hacia nosotros, se acerca, toma en serio nuestra presencia, nuestra vida, nuestro caminar en pos de Él y nos mira, a lo largo, sobre todo con amor, pero también con intensidad, con detención, con profunda atención. Su mirada no nos deja nunca solos. Sus ojos están fijos dentro de nosotros; están estampados en nuestras entrañas, como canta San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual.
Y después el Señor nos invita a abrir a su vez nuestros ojos, a comenzar a mirar de verdad; dice: “Venid y veréis”. Cada día nos lo repite, sin cansarse de dirigirnos esta invitación tierna y fuerte, rebosante de promesas y de dones. “Vieron donde moraba”, anota Juan, usando un verbo algo diverso, muy fuerte, que indica un ver profundo, que va más allá de las superficies y contactos, que entra en la comprensión, en el conocimiento y en la fe de lo que se ve. Los discípulos – y nosotros con ellos, en ellos – vieron, aquella tarde, donde moraba Jesús, o sea comprendieron y conocieron cual era su verdadera casa, no un lugar, no un espacio....
De nuevo vuelve el verbo gramatical del principio. Jesús fija su mirada sobre Simón (v. 42) y con aquella luz, con aquel encuentro de ojos, de almas, lo llama por el nombre y le cambia de vida, lo vuelve un hombre nuevo. Los ojos del Señor están también abiertos sobre nosotros y nos lavan de las obscuridades de nuestras tinieblas, iluminándolos de amor; con aquellos ojos Él nos está llamando, está haciendo de nosotros una nueva creación, está diciendo: “Sea la luz” y la luz fue. 


Permanecer – morar:
Este es otro verbo importantísimo, fortísimo, otra perla preciosa del Evangelio de Juan. En nuestro pasaje se encuentra tres veces, con dos significados diversos: habitar y permanecer. Los discípulos preguntan inmediatamente a Jesús dónde vive Él, dónde está su casa y Él los invita a caminar, a entrar, a quedarse. “Se quedaron con Él aquel día” (v.39). No es un quedarse físico, temporal; los discípulos no son sólo huéspedes de paso, que pronto se irán. No, el Señor les da espacio en su lugar interior, en su relación con el Padre y allí los acoge para siempre; pues dice: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, estén también ellos en nosotros.... yo en ellos y tú en mí...” (Jn 17,21.23). Nos deja entrar y entra; nos deja tocar en la puerta y toca Él mismo; nos hace morar en Él y pone en nosotros su morada junto al Padre (Jn 14,23). Nuestra llamada a ser discípulos de Cristo y para ser sus anunciadores ante nuestros hermanos tiene su origen, su fundamento, su vitalidad, precisamente aquí, en esta realidad de la recíproca inhabitación del Señor en nosotros y de nosotros en Él; nuestra felicidad duradera y verdadera surge de la realización de este nuestro permanecer. Hemos visto donde Él vive, hemos conocido el lugar de su presencia y hemos decidido permanecer con Él, hoy y por siempre.
“Permaneced en mí y yo en vosotros...Quien permanece en mí y yo en él lleva mucho fruto... Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será dado... Permaneced en mi amor” (Jn 15)


¡No, no iré a ningún otro, no me refugiaré en otro lugar sino en Ti Señor, mi morada, mi lugar de salvación! Permite, te ruego, que yo permanezca aquí, junto a ti, por siempre. Amén.
6. Un momento de oración: Salmo 34
Tu rostro, oh Señor, yo busco, no me escondas tu rostro.
Consulté a Yahvé y me respondió: me libró de todos mis temores. Los que lo miran quedarán radiantes, no habrá sonrojo en sus semblantes. Si grita el pobre, Yahvé lo escucha, y lo salva de todas sus angustias. El ángel de Yahvé pone su tienda en torno a sus adeptos y los libra.
Gustad y ved lo bueno que es Yahvé, dichoso el hombre que se acoge a él. Respetad a Yahvé, santos suyos, que a quienes le temen nada les falta. Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan a Yahvé de ningún bien carecen. Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el temor de Yahvé.
Los ojos de Yahvé sobre los justos, sus oídos escuchan sus gritos; Cuando gritan, Yahvé los oye y los libra de sus angustias; Yahvé está cerca de los desanimados, él salva a los espíritus hundidos. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libra Yahvé.

 

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