Ex 20, 1-17 (La ley fue dada a Moisés) La liberación de la esclavitud egipcia y el pacto con Dios en Sinaí, hacen de Israel el pueblo escogido. En su nuevo estado recibieron ellos una nueva ley, el Decálogo, que tiene sentido de respuesta, reconocimiento y acción de gracias por la gran intervención salvífica de Dios. Pongamos atención.
1 Cor 1, 22-25 (Predicamos a Cristo crucificado) Un tema muy espacial para san Pablo es el misterio de la cruz de Cristo en su muerte y en su resurrección. Para los cristianos comprometidos la cruz es fuerza y sabiduría salvadora para el mundo.
Jn 2, 13-25
Este pasaje sigue inmediatamente al primer signo de Jesús en Caná de Galilea (2, 1-12). Existen algunas expresiones y frases que se repiten en las dos escenas y hacen pensar que el autor haya querido crear un contraste entre las dos escenas. En Caná, una aldea de Galilea, durante una fiesta de bodas, una mujer hebrea, la madre de Jesús, demuestra una confianza ilimitada en Jesús e invita a la acogida de su palabra (2, 3-5). Por otra parte, "los Judíos" durante la celebración de la Pascua en Jerusalén rechazan el creer en Jesús y no acogen su palabra. En Caná Jesús hizo el primer signo (2,11), aquí los Judíos piden un signo (v.18), pero no aceptan el signo que Jesús les da (2,20). El desarrollo de nuestra pequeña historia es muy sencilla. El v. 13 la encuadra en un contexto espacial y temporal bien preciso y significativo: Jesús sube a Jerusalén por la Pascua. El v. 14 introduce la escena que hace desencadenar una fuerte reacción por parte de Jesús. La acción de Jesús viene descrita en el v.15 y motivada por el mismo Jesús en el v. 16. La acción y la palabra de Jesús suscitan dos reacciones. La primera, la de los discípulos, es de admiración (v. 17); la segunda, aquélla de los "judíos", es de desacuerdo y confrontación (v.18). Ellos reclaman una explicación por parte de Jesús (v. 19), pero no están abiertos a acogerla (v.20). En este momento interviene el narrador para interpretar auténticamente la palabra de Jesús (v.21). "Los Judíos" no pueden entender el verdadero significado de la palabra de Jesús. Pero ni siquiera los discípulos, que lo admiran como un profeta lleno de celo por Dios, la pueden entender ahora: sólo después de su cumplimiento creerán en la palabra de Jesús (v.22). Finalmente el narrador nos ofrece un
resumen sobre la acogida entusiasta de Jesús por parte de las gentes en Jerusalén (vv. 23-25). Pero esta fe basada sólo en los signos no entusiasma a Jesús.
El Evangelio de Juan tiene el carácter de un largo debate sobre la identidad de Jesús. En este debate cristológico está de una parte Jesús y de la otra "los Judíos". Pero este debate, más que la situación histórica del tiempo de Jesús, expresa la situación desarrollada hacia los años ochenta del primer siglo entre los seguidores de Jesús y los hebreos, que no lo han aceptado como Hijo
de Dios y Mesías. Ciertamente, el enfrentamiento se inició ya durante el ministerio de Jesús. Pero la división entre los dos grupos que étnicamente eran todos lo mismo y constituido por hebreos, se hizo definitiva cuando aquéllos que no aceptaban a Jesús como Hijo de Dios y Mesías, sino que lo tenían como blasfemo, expulsaron a los seguidores de Jesús de las sinagogas, o sea, de la comunidad de fe hebraica (ver Jn 9, 22; 12,42; 16,2).
Por tanto, "los Judíos" que encontramos a menudo en el cuarto evangelio no representan el pueblo hebreo. Son los elementos literarios en el debate cristológico que se desata en este evangelio. Ellos representan, no una raza, sino a aquéllos que han tomado una posición clara de rechazo absoluto de Jesús. En una lectura actualizada del evangelio, "los Judíos", son todos aquéllos que rechazan a Jesús, sea cual sea la nación o época a la que pertenezcan. Los signos Las curaciones y otras acciones taumatúrgicas de Jesús que los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) llaman milagros o prodigios, Juan los llama signos.
En cuanto que son signos señalan algo que va más allá de la acción que se ve. Ellos revelan el misterio de Jesús. Así, por ejemplo, la curación del ciego de nacimiento revela a Jesús como luz del mundo (Jn 8,12; 9, 141); la resurrección de Lázaro revela que Jesús es la resurrección y la vida (ver Jn 11, 1-45). En nuestra narración "los Judíos" piden un signo en el sentido de una prueba, que autenticase las palabras y acciones de Jesús. Pero en el cuarto evangelio, Jesús no obra signos como pruebas que garanticen la fe. Una fe basada en los signos no es suficiente. Es sólo una fe incipiente que puede conducir a la verdadera fe (ver Jn 20.30-31), pero que también puede no tener éxito (ver Jn 6,26). El evangelio de Juan nos pide que vayamos más allá de los signos, de no quedarnos en lo maravilloso, sino acoger el significado más profundo de revelación que los signos quieren indicar. Jesús nuevo Templo El templo de Jerusalén era el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Sin embargo, los profetas insistieron incesantemente en que no bastaba acceder al templo y ofrecer sacrificios para ser agradables a Dios (ver Is 1,10-17; Jer 7, 1-28; Am 4, 4-5; 5, 21-27). Dios pide la obediencia y una vida moralmente recta y justa. Si el culto exterior no expresa estas posturas vitales, es vacío (ver 1 Sam 15, 22). Jesús se injerta en esta tradición profética de purificación del culto (ver Zac 14, 21 y Mal 3,1 para la acción del futuro "Mesías" a este respecto). Los discípulos lo admiran por esto y rápidamente piensan que por este modo de comportarse tendrá que sufrir en la persona como Jeremías (ver Jr 26, 1-15) y los otros profetas . Pero para el evangelio de Juan la acción de Jesús es más que un gesto profético de celo por Dios. Es un signo que prefigura y anuncia el gran signo de la muerte y resurrección de Jesús. Más que una purificación, lo que hace Jesús es anunciar la abolición del templo y del culto allí celebrado, porque ya el lugar de la presencia de Dios es el cuerpo glorificado de Jesús (ver Jn 1,51; 4, 23).
Salmo 50 El culto que Dios quiere
Habla Yahvé, Dios de los dioses: convoca a la tierra de oriente a occidente. Desde Sión, la Hermosa sin par, Dios resplandece; viene nuestro Dios y no callará. Lo precede un fuego voraz, lo rodea violenta tempestad; convoca desde lo alto a los cielos, y a la tierra para juzgar a su pueblo. «Reunid ante mí a mis adeptos, que sellaron mi alianza con sacrificios». (Los cielos proclaman su justicia, pues Dios mismo viene como juez). «Escucha, pueblo mío, voy a hablar, Israel, testifico contra ti, yo, Dios, tu Dios. No te acuso por tus sacrificios, ¡están siempre ante mí tus holocaustos! No tomaré novillos de tu casa, ni machos cabríos de tus apriscos, pues son mías las fieras salvajes, las bestias en los montes a millares; conozco las aves de los cielos, mías son las alimañas del campo. Si hambre tuviera, no te lo diría, porque mío es el orbe y cuanto encierra. ¿Acaso como carne de toros o bebo sangre de machos cabríos? Sacrifica a Dios dándole gracias, cumple todos tus votos al Altísimo: invócame en el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria. Pero al malvado Dios le dice: «¿A qué viene recitar mis preceptos y ponerte a hablar de mi alianza, tú que detestas la doctrina y a tus espaldas echas mis palabras? Si ves a un ladrón vas con él, compartes tu suerte con adúlteros; abres tu boca con malicia, tu lengua trama engaños.
Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre. Haces esto, ¿y he de callarme? ¿Piensas que soy como tú? Yo te acuso y te lo echo en cara. Entended esto bien los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce y no haya quien os salve. Me honra quien sacrifica dándome gracias, al que es recto le haré ver la salvación de Dios».
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