24 marzo 2015

SOLEMNIDAD DE LA ENCARNACIÓN DEL SEÑOR Y ANUNCIACIÓN A LA VIRGEN MARÍA - 25 DE MARZO

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Ante las puertas de la Semana Santa, embargados por el sentimiento de la necesaria conversión ante la contemplación del Amor Misericordioso de Dios, que entrega a su Hijo a la Pasión y Muerte por nuestra salvación, hacemos un paréntesis para admirarnos y regocijarnos por el Primer Paso en la Plenitud de los Tiempos: La Encarnación del Verbo que fue anunciado por el Ángel a la Virgen María.  Comenzaremos buscando el pensamiento y la consideración de los mejores hijos de la Iglesia y profundos conocedores del Dogma y la Tradición
 
 
De los sermones de San Pedro Crisólogo* (s. V), Obispo y Doctor de la iglesia
 
El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.
 
Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba.
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Y el Creador encuentra el modo de acrecentar aún más tu dignidad: pone en ti su imagen, para que de este modo hubiera en la tierra una imagen visible de su Hacedor invisible y para que hicieras en el mundo sus veces, a fin de que un dominio tan vasto no quedara privado de alguien que representara a su Señor. Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí lo que en ti había hecho por sí y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza.
 
Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales..."
 
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Esta fiesta hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo.
          Convergen en esta fiesta dos líneas:
1ª. - La derivada de homilías para combatir la tendencia antimariana , donde querían demostrar en Cristo la subsistencia no solo de la humanidad sino también de la divinidad. María Madre de Dios, no solo Madre de Jesús. 
          2ª. -  La influenciada por la literatura aramea que había desarrollado el concepto de María como segunda Eva.
          La virginidad y concepción virginal de María, además, detentaba un papel de tal importancia como para constituir un único asunto de la doctrina cristiana. Así lo testimonian:
 Orígenes en “Contra Celsum” I, 7; págs. 11,668. 
Arístides en su “Apología” dirigida al emperador Adriano (117-138) subrayando que Jesús “de una virgen judía tomó y se revistió de carne, y habitó en la hija del hombre” (Apología II, 6 –7). 
Y la cuestión era tan importante hasta el punto de creer, según sostiene Ignacio de Antioquia (+hacia el 115) en su Carta a los Efesios 19, 1 que:  “ Al príncipe de este mundo permaneció oculta la virginidad de María, su parto y la muerte del Señor. Son estos los tres misterios estrepitosos, que se cumplieron en el silencio de Dios"
          En el Símbolo de la Fe (Credo) así se formula “descendió de los cielos y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen” según el Concilio Niceno-Constantinopolitano ( 381) que se ha convertido en el carnet de identidad  y de ortodoxia para todas las iglesias orientales y occidentales.
          Si bien para llegar a esta formulación costó, pues cada iglesia tenia un formulario o Símbolo donde se expresaba brevemente, las principales verdades de la fe, pero todos hacían explícita fe en la Encarnación i la mayoría nombraban a María en su concepción virginal, algunos no nombraban al Espíritu Santo o primero se nombraba a María y después al Espíritu Santo hasta que cuajo en el actual Símbolo “por obra del Espíritu Santo en María la Virgen”.
          Estos testimonios reflejan la complejidad de las controversias dogmáticas de los primeros siglos.
 
 

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Lope de Vega  
Estaba María santa
Contemplando las grandezas
De la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
El libro en la mano hermosa,
Que escribieron los profetas,
Cuanto dicen de la Virgen
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.

Bajó del cielo un arcángel,
Y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
Cuando al Sí de su respuesta
Tomó el Verbo carne humana,
Y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.



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 Los Padres de la Iglesia creían, demostraban y predicaban que la Madre de Jesús era Madre de Dios. La herejía de Nestorio divulgaba que María sólo era madre de la naturaleza humana de Jesús. Contra este error herético los escritores cristianos escribieron y predicaron la verdad con el objeto de probar en sus escritos y en sus múltiples homilías que en Cristo subsistía la humanidad con la divinidad. María es Madre de Dios, y no sólo Madre de Jesús. El Concilio de Éfeso definirá la verdad de María Madre de Dios, Theotokos, aclamada por los fieles alborozados, que acompañaron a los Padres Conciliares con antorchas en la noche, a la salida del aula conciliar. La literatura aramea había desarrollado el concepto de María como segunda Eva. La virginidad y concepción virginal de María, además, era una verdad que constituía un tema importante de la doctrina cristiana, como lo testimonian Orígenes en “Contra Celsum”; Arístides en su “Apología” dirigida al emperador Adriano en 117, subrayando que Jesús “de una virgen judía tomó y se revistió de carne, y habitó en la hija del hombre”. Y la cuestión era tan importante hasta el punto de creer, según sostiene Ignacio de Antioquia en su Carta a los Efesios 19, 1 que: “Al príncipe de este mundo permaneció oculta la virginidad de María, su parto y la muerte del Señor. Son estos los tres misterios, que se cumplieron en el silencio de Dios"
 
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En el Símbolo de la Fe la Iglesia confiesa que “Jesucristo descendió del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen” según el Concilio Niceno-Constantinopolitano en 381, que se ha convertido en el carné de identidad y de ortodoxia para todas las iglesias orientales y occidentales. Si bien para llegar a esta formulación costó, pues cada iglesia tenia un formulario o Símbolo donde se expresaba brevemente, las principales verdades de la fe, pero todos hacían explícita fe en la Encarnación y la mayoría nombraban a María en su concepción virginal, algunos no nombraban al Espíritu Santo o primero se nombraba a María y después al Espíritu Santo hasta que cuajó en el actual Símbolo “por obra del Espíritu Santo en María la Virgen”. Estos testimonios reflejan la complejidad de las controversias dogmáticas de los primeros siglos.
 
                                                                                
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“Hoy ha llegado la alegría de todos, que absuelve de la primitiva condena. Hoy ha llegado Aquel que está en todas partes, para llenar de júbilo todas las cosas”. “Este es el día de una buena nueva de alegría, es la fiesta de la Virgen; el mundo de aquí abajo se toca con el de ahí arriba; Adán se renueva y Eva se libra de la primitiva aflicción; el tabernáculo de nuestra naturaleza humana se convierte en templo de Dios gracias a la divinización de nuestra condición por El asumida. ¡Oh misterio! El modo del advenimiento de Dios nos es desconocido, el modo de la concepción queda inexpresable. El Angel se hace ministro del milagro; el seno de la Virgen recibe un Hijo; el Espíritu Santo es enviado; desde lo alto el Padre expresa su beneplácito, la unión se realiza por voluntad común; en Él y por medio de Él, henos aquí salvos; unimos nuestro canto al de Gabriel y cantamos a la Virgen: Ave llena de gracia, a través de ti llega la salvación, el Cristo nuestro Dios; la ha tomado nuestra naturaleza y nos ha elevado hasta él. Ruégale por la salvación de nuestras almas.” (Doxasticon)

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“Hoy se inicia nuestra salvación y la manifestación del eterno misterio: el Hijo de Dios se hace Hijo de la Virgen y Gabriel anuncia la gracia. Con él decimos a la Madre de Dios: Salve llena de gracia, el Señor es contigo. A ti capitana que por nosotros combates, nosotros, tus siervos, salvados de los peligros, dedicamos el himno de victoria, como canto de agradecimiento, oh Madre de Dios. Pero tú que posees una fuerza invencible, líbranos de todos los peligros, para que podamos cantarte: Alégrate, oh esposa inviolada” (Apolytikion y Kontakion). En la Anunciación es donde “se ha realizado el misterio que sobrepasa todos los limites de la razón humana, la Encarnación de Dios” (Monje Gregorio). Esta fiesta es “el canto proemial de una alegría indecible” (Andrés de Creta).






Los primeros testimonios de esta solemnidad litúrgica aparecen en la época del emperador Justiniano, en el siglo VI. En la Iglesia antigua la fiesta de la Anunciación iba asociada a la Navidad. Al aumentar la importancia de la Natividad del Señor, se formó un pequeño ciclo navideño y la Anunciación cobró más autonomía respecto al núcleo primitivo hasta constituirse en fiesta mariana autónoma. El papa Sergio I (687), introdujo esta fiesta en la Iglesia Romana. Se celebraba una solemne procesión a Santa María la Mayor, basílica con mosaicos referidos a la divina maternidad de María, establecida por el Concilio de Éfeso (431). Desde el principio la fiesta se estableció el 25 de marzo, porque Jesús se había encarnado coincidiendo con el equinoccio de primavera, tiempo en el que según los antiguos, fue creado el mundo y el primer hombre, como lo comenta Anastasio Antioqueño (599) en su Homilía sobre la Anunciación.

Ulteriores precisiones de naturaleza teológica son hechas por Máximo el Confesor (662) en la Vida de María, 19. En ambos resuena la concepción de Cristo segundo Adán y la recreación del mundo por parte de Dios en la Encarnación con vistas a la Resurrección, plenitud de todo lo creado. Lo que más llama la atención de esta fiesta es el sentido de alegría profunda de los himnos, oraciones y homilías, en conflicto con la austeridad de la Cuaresma. En la iglesia bizantina se celebra esta solemnidad anticipada al 24 de marzo, con un oficio, himnos y el Canon de Maitines de Teófanes Graptos (845), defensor de los iconos en la época iconoclasta.
 
 
El icono de la Anunciación es colocado en el Iconostasio. Leyendo a Ez. 44, 1-4, se comprende el sentido que alude a la virginidad de María y la gloria del Señor que es ella. Pedro de Argos (922) comenta en una homilía: “Es ella, la Virgen, la puerta que mira a Oriente que llevará en su seno a Aquel que avanza en Oriente sobre el cielo de los cielos y permanecerá inaccesible a nosotros”. El esquema es muy simple: el ángel da su anuncio a una joven muchacha que está hilando la púrpura de pie o sentada. En algún caso tiene entre las manos un aguamanil y está junto a una fuente, esta variante es muy antigua o lee con actitud devota.
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La Virgen en los iconos es representada joven pues el monje Epifanio (S. IX), en su Discurso sobre la vida de la Madre de Dios, le calcula años, altura, rostro, color de ojos, piel etc. A menudo la cabeza de la Virgen está inclinada ligeramente para dar cumplimiento al salmo: “Escucha, hija, mira, presta tus oídos, olvida a tu pueblo y la casa de tu padre: al Rey le agrada tu belleza” (Sal. 46,11). Desde lo alto un rayo viene a posarse sobre ella. Representa al Espíritu, en forma de paloma, pero no es un rayo de luz sino de sombra: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. En este icono se combinan en el Angel y la Virgen el color verde, azul, rojo, púrpura y oro, todos de gran simbolismo. La Virgen lleva un manto (maforion) rojo - marrón bordado en oro y túnica verde-azulada. El ángel lleva la misma túnica pero manto púrpura, colores que se repiten en las alas del ángel y los cojines donde esta sentada María. El color rojo del manto virginal simboliza la sangre, el principio de la vida, belleza, juventud, amor. Es el color del Espíritu Santo, fuego. Es símbolo del sacrificio y del amor. El color marrón del manto de la Virgen indica la humildad, la tierra arada que se presta a recibir la semilla. Así lo canta el Akathistos. El manto del ángel es púrpura, de igual color es la lana que María hila y representa a Cristo tejiéndose en su seno. El color púrpura esta reservado a las más altas dignidades y simboliza el mas alto poder. El oro simboliza la divinidad, por ello lleva un brazalete oro en el brazo. La vestidura púrpura es a la vez real y sacerdotal. En el Angel, Dios mismo actúa en María. En algunos iconos el color de las ropas del ángel es blanco, que es el que precede a la luz del alba, que anuncia el nacimiento, la vida. Tiene una banda azul en la manga que se difumina en el blanco y da vivacidad a sus alas. El azul es el color de la inmaterialidad y de la pureza, de algo que viene de un mundo superior, de un mundo espiritual.


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Las túnicas de la Virgen y del Angel son verdes, color complementario del rojo, como lo es el agua del fuego. Es el color del mundo vegetal, de la primavera y por tanto de la renovación. Verde y vida son dos palabras conexionadas. Situado entre el azul (frío) y el rojo (caliente), el verde representa el equilibrio perfecto y simboliza la regeneración espiritual. El azul simboliza el despego de los valores de este mundo y el ascenso del alma hacia lo divino, que se encuentra con el blanco virginal. El oro símbolo de la divinidad y la perfección ilumina toda la escena desde arriba, es la vida eterna que con Cristo Luz se hace presente en esta vida caduca. El oro espiritualiza las figuras, las libera de toda limitación terrestre con lo que toda la composición se llena de bella armonía.

Las tres estrellas en el manto en la frente y en los hombros, corresponden al gesto trinitario de la mano derecha del ángel y representan la señal de la santificación de la Trinidad, como Madre de Dios. Ella era virgen antes, en y después del parto, la única siempre Virgen en el Espíritu, en el alma y en el cuerpo. “El Señor era Aquel que de ella nació, por tanto la naturaleza su curso mudó,” según el Akathistos, oda 7ª.

María está sentada sobre un trono y sus pies se apoyan en un pedestal, porque ha sido colocada por encima de la naturaleza angélica. Calza zapatos de color púrpura, el mismo color del manto del ángel, del cojín y del velo que está encima de los edificios. Este color rojo púrpura subraya su carácter regio. Es la Madre del Emperador y Señor del universo. “Salve Reina, Paraíso animado, en cuyo centro brota el Árbol de la Vida: el Señor cuya dulzura alienta a aquellos que tienen fe y que ya estaban sujetos a la corrupción”. Akathistos, oda 5 ª. En la antigüedad el oro y la púrpura estaban reservados al emperador y familiares. Se quiere evidenciar la realeza divina que rodea a la Virgen.
SIMBOLISMO DE LOS COLORES
La simbología de los colores quiere manifestar el misterio de la Encarnación. La Virgen hila la púrpura. Teje místicamente la vestidura purpúrea del cuerpo del Salvador en su interior, que es el Rey Dios y Hombre. Efrem de Siria (373), en su Primer discurso sobre la Madre de Dios pone en boca del ángel estas bellísimas palabras: “La fuerza del Altísimo habitará en ti y uno de los Tres morará en ti conforme a cuanto te he dicho. Del hilo por la trama de la tela que es tu corporeidad, El se tejerá una prenda y la llevará”, refiriéndose al cuerpo de Jesús formándose en María. Según Efrem, el Señor teje la nueva prenda para quitar al hombre y a la mujer las túnicas de piel con las que los había vestido al expulsarlos del Paraíso (Gen 3, 21). “Hoy María se ha hecho cielo y ha traído a Dios, porque en ella ha descendido la excelsa divinidad y ha hecho morada. La divinidad se hizo en ella pequeña para hacernos grandes, dado que por su naturaleza no es pequeña. En ella, la divinidad nos ha traído una prenda para alcanzar la salvación”. Efrén de Siria, en su Segundo discurso sobre la Madre de Dios, expresa: “El Señor ante el que tiemblan los ángeles, seres de fuego y espíritu, está en el pecho de la Virgen y lo ciñe acariciándolo como un niño... ¿Quién vio nunca que el fango se hiciera vestimenta del alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto a si mismo en pañales?” De la literatura apócrifa vienen varias referencias que se plasmarán en representaciones iconográficas como hilar la púrpura. Lucas no habla de la púrpura, mencionada en la literatura apócrifa cuando se le encarga a María hilar con púrpura y carmesí un toldo para el Templo del Señor. Hilando recibe el anuncio de su maternidad. La Virgen al ver “al Luminoso, nada segura, agachó la cabeza y calló” (Romano el Meloda).
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El ángel empuña con la mano izquierda un largo bastón, símbolo de autoridad y dignidad del individuo, del mensajero, del peregrino. Pues el ángel responde a estas características. La mano derecha se extiende cual si quisiera poner el anuncio, señal visible de una palabra que pasa de un individuo a otro. Acompaña a la mirada dirigida a María: “Un día la serpiente fue para Eva fuente de luto, y yo ahora te anuncio la gloria”. Himno Akathistos.

Sus dedos se colocan a menudo, no en el típico gesto alocutorio, sino en el gesto de la bendición bizantina y cargada de simbología. Los tres dedos abiertos recuerdan a la Trinidad y que Cristo es una de las tres personas divinas. Los dos dedos replegados recuerdan que en Cristo subsisten dos naturalezas, la humana y la divina, aunque en las representaciones no están visibles, porque el misterio de la Encarnación aun no había comenzado. La figura angélica emana sensación de vitalidad, de movimiento, pero su rostro trasluce una expresión de perplejidad. A veces hay dos ángeles en la escena. Una que representa la reflexión del ángel que “llegado a Nazaret ante la casa de José, se detiene perplejo pensando que el Altísimo quisiera descender entre los humildes y piensa: “El cielo entero no es suficiente para contener a mi Señor ¿y podrá ser acogido por esta pobre joven? ¿Se haría visible en la tierra el Todopoderoso desde ahí arriba? Pero ciertamente será como Él quiere. Luego, ¿por qué me paro y no vuelo y le digo a la Virgen: Salve, Virgen y Esposa?” (Romano el Meloda).



El mismo Romano (S. VI) narra como la Virgen refirió a José el encuentro con el ángel: “Se presentó un ser alado y me entregó un regalo de bodas, perlas para mis orejas; puso sus palabras como pendientes (Prov 25,12)...Ese saludo, dicho a mis oídos, me hizo resplandecer, me hizo madre, sin haber perdido mi virginidad...”. Para los sabios antiguos, la vida entra en nosotros a través de los oídos. Los escritores cristianos siguieron esta manera de entender la concepción. Tertuliano en “La Carne de Cristo” habla de la concepción de Eva a través del oído en analogía con la de María: “Como la palabra del demonio, creadora de muerte, había entrado en Eva aún virgen, de modo análogo debía entrar en una virgen el Verbo de Dios, edificador de vida, para que lo que cayó en perdición fuese reconducido a la salvación; Eva había creído en la serpiente; María creyó en Gabriel: el pecado que Eva cometió creyendo, fue borrado por María creyendo... ”La palabra del demonio se entiende como semilla de muerte. La palabra de Dios, Jesús, semilla de vida se sembró en María por las palabras del ángel.

Efrén el Sirio en 373, comenta en el Diatessaron: “La muerte hizo su entrada por el oído de Eva, por tanto la vida entró a través del oído de María”. El oído como símbolo de obediencia a la palabra y aceptación libre de la maternidad mesiánica. Son muchos los escritores orientales y occidentales los que han entendido la concepción virginal de esta forma: Teodoro de Ancira (446) “... María la Profetisa, a través del oído concibió al Dios viviente: pues el paso físico de las palabras es el oído...” Homilía IV sobre la Madre de Dios y Simeón; Pseudo Crisóstomo (446) este sigue con la idea de Teodoro de Ancira en su Homilía sobre la Anunciación de la Madre de Dios. Proclo de Constantinopla (446) “El Emmanuel abrió las puertas de la naturaleza como hombre, pero como Dios no rompió el sello virginal, de esta forma salió del útero como por el oído había entrado; así fue alumbrado, como concebido; sin pasión entró, sin corrupción salió.” Dicen el Pseudo Atanasio y Atanasio Antioqueño (599) “El ángel entonces se alejó, mientras ella concibió a través del oído” (Homilía contra Arrio sobre la Virgen Madre de Dios” del Pseudo Atanasio. Atanasio el Antioqueño sigue con este argumento en su Homilía II sobre la Anunciación.

De igual manera Sofronio de Jerusalén (638) en su Homilía sobre la Anunciación. Andrés de Creta (740), expresa: “Ella acogió en vez del semen, la voz de Gabriel y quedó en cinta” Homilía de la Anunciación. Juan Damasceno (749) “La concepción tuvo lugar a través del oído, mientras el nacimiento ocurrió por la salida usual. No era en efecto imposible salir por la puerta regular sin dañar los sellos de esta”, dice Zenón de Verona (380) “El diablo, insinuándose en el oído con la seducción, había herido y destruido a Eva, Cristo también, a través del oído ha penetrado en María y naciendo de la Virgen ha eliminado todos los vicios del corazón...”. “Dios hablaba por boca del ángel y la Virgen se sentía impregnada en los oídos” dice Fabio Fulgencio (S.V); el mismo concepto en Bloso Emilio Draconcio (S. V). Ambos insisten en la imagen “La concepción tiene lugar a través del casto oído... mediante la palabra fecundante... Dios entra en el seno virginal”. Y Enodio (521) “La Virgen viviendo sola, concibe al Hijo a través de la escucha... lo que la lengua profirió, se hace semen”. Y Alcuino (804) “El Arcángel infundió la palabra en sus oídos y Dios unió íntimamente a sí los miembros humanos; la fe acogió al que la castidad engendró, mientras la antigua maldición fue destruida por la nueva bendición”.

El misal de Estrasburgo: “Alégrate, Virgen Madre de Cristo, que has concebido a través del oído”. El breviario maronita: “El Verbo del Padre entró en el oído de la Bienaventurada” La escena tiene lugar en el exterior de unos edificios. El velo púrpura que a veces cubre a la Virgen y que esta situado sobre los edificios, es una alusión al velo del templo y símbolo del velo del cuerpo del Salvador que estaba sobre ella antes de entrar en ella. Así lo expresa Efrem el Sirio. Ninguna religión antigua puede comprender ni abarcar el misterio de la Encarnación, es algo nuevo. Dios es distinto a todas las concepciones captadas por el hombre hasta ahora. Es Dios y Hombre, el Todopoderoso se despoja de todo poder. El Incorruptible se hace corrupción. Al que el universo entero no puede contener ni abarcar se esconde en el seno de una Virgen. La razón humana nada puede entender, hasta que este misterio sea revelado por Cristo.

El pozo, que en iconos de la Anunciación, situado delante de María y lugar donde esta recibe el saludo del ángel, aparece detrás del estrado donde está sentada la Virgen. El pozo es cuadrado, símbolo de la tierra, de lo creado en general y por tanto puesto en plano distinto respecto al ángel, señalando la superioridad de la naturaleza angélica. El pozo subraya la disponibilidad de lo creado a recibir el agua de la vida: Cristo en María. El pozo en culturas antiguas y en la hebrea, tiene atributos sagrados, pues sintetiza los tres ordenes cósmicos: cielo, tierra, infierno y los tres elementos: agua, tierra, aire. Realiza una escala de salvación que une entre sí los tres planos de lo creado. En hebreo el pozo reviste también el significado de mujer y esposa.

En algunas representaciones, junto a los dos protagonistas, Angel y Virgen, aparece una joven. Puede ser una transposición iconográfica del anuncio a Ana. A veces aparece hilando la púrpura con la Virgen. A veces hay un jarrón de flores, que puede ser el aguamanil que llevaba la Virgen al hombro o un jarrón ornamental con flores. O la imagen del elogio Akatistos “Flor de Incorruptibilidad”, difundido en Occidente por Bernardo de Claraval como “Lirio de castidad inviolada”. Los textos de esta fiesta están influenciados por la tradición bíblica y patrística desde los apócrifos, en especial del Protoevangelio de Santiago. También de tradición apócrifa es el estado viudo y de edad de José, así como la vara florecida de éste, como signo de elección para esposo de María, con la variante de la paloma que sale del bastón de José y se posa sobre su cabeza como elegido. La iconografía parece haber sintetizado las aportaciones de estas tradiciones que tienen una raíz común en el evangelio de Lc 1, 26, en el que está contenida la esencia del Credo de los primeros cristianos sobre la Encarnación: Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y ha nacido de una Virgen.


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Sobre el texto de Lucas 1, 26, Santos Padres y escritores espirituales, comentan: por qué el anuncio fue dado a una virgen prometida y por qué la virgen quedó turbada por el saludo del ángel. Orígenes, Ignacio de Antioquía, Beda el Venerable sigue esta línea que es también de Orígenes sobre la meditación que María hacía, representada con un libro entre sus manos. La misma idea remarca Epifanio: “María se dedicaba intensamente al estudio de la Sagrada Escritura, trabajaba la lana, la seda...” María aparece con un libro en las manos"

Hago desde aquí una invitación  a unirnos todos en la profundización del mensaje lleno de fe y de Luz del Señor que hemos querido regalaros en este testimonio de grandes hombres de Dios de todos los tiempos. Feliz día del Pregón de la Fiesta Magna de la Navidad.

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