16 abril 2015

VIVIR LA ESPIRITUALIDAD PASCUAL EN LA VIDA CONTEMPLATIVA- 16 DE ABRIL

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¿Cómo puede vivir la espiritualidad de la Pascua un monje o un ermitaño?  Nos fundamentamos en testimonios de Santos que han vivido en su propia experiencia la riqueza espiritual que a torrentes brota del Amor de Cristo Resucitado:

Es indudable, queridos hermanos, que la naturaleza humana fue asumida tan íntimamente por el Hijo de Dios, que no sólo en él, que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo Cristo; pues, del mismo modo que la cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros de la cabeza.

Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ya ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
 
 
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Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes.

Por obra del Espíritu Santo nació él de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios, de quienes está escrito: Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

El es aquel vástago en quien fue bendecida la descendencia de Abrahán y por quien la adopción filial se extendió a todos los pueblos, llegando por ello Abrahán a ser el padre de todos los hijos nacidos, no de la carne, sino de la fe en la promesa.

El es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Porque, si bien fue a Pedro a quien dijo principalmente: Apacienta mis ovejas, sólo el Señor es quien controla el cuidado de todos los pastores, y alimenta a los que acuden a la roca de su Iglesia con tan abundantes y regados pastos, que son innumerables las ovejas que, fortalecidas con la suculencia de su amor, no dudan en morir por el nombre del pastor, como el buen Pastor se dignó ofrecer su vida por sus ovejas.
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Es él también aquel en cuya pasión participa no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo.

Por este motivo la Pascua del Señor se celebra legítimamente con ázimo de sinceridad y de verdad si, desechado el fermento de la antigua malicia, la nueva criatura se embriaga y nutre del mismo Señor. Porque la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos: y seamos portadores, en nuestro espíritu y en nuestra carne, de aquel en quien y con quien hemos sido muertos, sepultados y resucitados. (S. León Magno)

La edificación espiritual del cuerpo de Cristo, que se realiza en la caridad (según la expresión del bienaventurado Pedro, las piedras vivas entran en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo), esta edificación espiritual, repito, nunca se pide más oportunamente que cuando el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ofrece el mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo en el sacramento del pan y del cáliz: El cáliz que bebemos es comunión con la sangre de Cristo,y el pan que partimos es comunión con el cuerpo de Cristo; el pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Y lo que en consecuencia pedimos es que con la misma gracia con la que la Iglesia se constituyó en cuerpo de Cristo, todos los miembros, unidos en la caridad, perseveren en la unidad del mismo cuerpo, sin que su unión se rompa.

Esto es lo que pedimos que se realice en nosotros por la gracia del Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo; porque la Santa Trinidad, en la unidad de naturaleza, igualdad y caridad, es el único, solo y verdadero Dios, que santifica en la unidad a los que adopta.

Por lo cual dice la Escritura: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
 
 
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Pues el Espíritu Santo, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo, en aquellos a quienes concede la gracia de la adopción divina, realiza lo mismo que llevó a cabo en aquellos de quienes se dice, en el libro de los Hechos de los apóstoles, que habían recibido este mismo Espíritu. De ellos se dice, en efecto: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; pues el Espíritu único del Padre y del Hijo, que, con el Padre y el Hijo es el único Dios, había creado un solo corazón y una sola alma en la muchedumbre de los creyentes.

Por lo que el Apóstol dice que esta unidad del Espíritu con el vínculo de la paz ha de ser guardada con toda solicitud, y aconseja así a los Efesios: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.

Dios acepta y recibe con agrado a la Iglesia como sacrificio cuando la Iglesia conserva la caridad que derramó en ella el Espíritu Santo: así, si la Iglesia conserva la caridad del Espíritu, puede presentarse ante el Señor como una hostia viva, santa y agradable a Dios.

San Fulgencio de Ruspe
 
Hay una pregunta que nunca falta entre nuestros visitantes: ¿Qué hacen los monjes a lo largo del día y en el transcurso de los años? ¿Cómo es la jornada del monje? 
«Nada se anteponga a la “Obra de Dios”» (Regla de san Benito, 43, 3).
La “Obra de Dios” (es decir, la oración litúrgica), ocupa un lugar esencial en la vida de los monjes, jalonando su jornada. Los reúne siete veces al día en la iglesia del monasterio, interrumpiendo otras obligaciones. De esta manera se desea subrayar la primacía de la alabanza divina, realizando así el ideal evangélico: “Orad sin cesar” (Lc 18,1).
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Los monjes se unen con la oración litúrgica a la intercesión y adoración de Cristo, Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. De esta manera la Liturgia de la Horas no sólo marca el ritmo de la jornada monástica, sino que permite al monje participar espiritualmente en los Misterios de Señor y de sus santos, que celebra, canta y contempla durante toda su vida.
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Sin embargo, la “Obra de Dios” no se agota en la oración litúrgica. El diálogo contemplativo del monje ha de ser continuo, existencial. El monje ha de dedicarse también a otras actividades: la lectio divina, el trabajo, el servicio a los hermanos, los encuentros fraternos, el apostolado monástico… «Por eso los monjes deben ocuparse a unas horas en el trabajo, y a otras, en la lectio divina”» (Regla de san Benito, 48, 1). Todas estas actividades son, cada una a su modo, “Obra de Dios”, servicio a Dios, existencia de cara a Dios.
 
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Esta visión unitaria de la vida la tenía muy presente el monacato antiguo: “Si cantas con tu voz acabarás teniendo que callar; canta con tu vida para que nunca calles” (San Agustín). La tradición benedictina ha resumido este programa en una conocida máxima: Ora et labora.
 
Que sigáis celebrando con gozo la Pascua.
 
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