15 mayo 2015

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR - 17 DE MAYO DE 2015

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En el inicio del Libro de los Hechos de los Apóstoles, que es nuestra primera lectura de hoy, se narra el momento de la Ascensión del Señor. Es el final de la etapa temporal de Jesús en la tierra. Es lo fundamental de hoy, pero es bueno llamar la atención sobre el empecinamiento de los apóstoles al respecto de la "construcción del reino de este mundo". Jesús ha permanecido cuarenta días a su lado, con unas características físicas tan especiales que era ya difícil dudar sobre su divinidad. Y sin embargo, los discípulos hablan del "éxito futuro y material".

 Este salmo 46 narra la victoria de los Macabeos sobre los opresores del Pueblo de Israel. Dios es considerado el dueño de toda la tierra y se equivocan gravemente los que atentan contra el pueblo de su propiedad. Realmente, el versículo 6 –que utilizamos como fórmula responsorial—es verdaderamente profético para esta conmemoración de la Ascensión.
                                                 
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 En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Efesios, va a ser Pablo quien ponga el matiz más universal. Cristo está sentado a la derecha de Dios, en el cielo, y por encima de cualquier criatura o poder. Crea y condensa San Pablo, además, la doctrina de la Iglesia y de su Cabeza, el Señor Jesús.

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 El evangelio de Marcos es el más conciso de todos los sinópticos referidos a la Ascensión. Expresa, expresa sobre todo, que “ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” y, sobre todo, marca el principio y el fin de la misión encargada a los apóstoles y a todos los discípulos de todos los tiempos


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 El Evangelio de Mateo, escrito hacia el año 85, se dirige           a una comunidad de judíos convertidos que vivían en Siria-Palestina.           Estaban pasando una profunda crisis de identidad en relación           a su pasado. Después de haber aceptado a Jesús como el           Mesías esperado, continuaban acudiendo a la sinagoga y observando           la ley y las antiguas tradiciones. Mantenían además una           cierta afinidad con los fariseos y, tras la revuelta de los judíos           de Palestina contra Roma (65 al 72), ellos y los fariseos eran los           dos únicos grupos judíos que habían sobrevivido           a la represión romana.
 A partir de los años 80, estos hermanos judíos,           fariseos y cristianos, únicos supervivientes, comenzaron a luchar           entre ellos por la posesión de las promesas del AT. Todos pretendían           ser los herederos. Poco a poco, creció la tensión entre           ellos y comenzaron a excomulgarse mutuamente. Los cristianos no podían           ya acudir a la sinagoga y quedaron desconectados de su propio pasado.           Cada grupo comenzó a organizarse a su propio modo: los fariseos           en la sinagoga; los cristianos en la Iglesia. Ello agravò el           problema de la identidad de las comunidades de judíos cristianos,           ya que suscitaba problemas muy serios que requerían una respuesta           urgente: "La herencia de las promesas del AT... ¿de quién es: de la sinagoga o de la Iglesia? ¿Con quién  está Dios? ¿Cuál es verdaderamente el pueblo de Dios?"
 Entonces Mateo escribe su Evangelio para ayudar   a estas comunidades a superar la crisis y a encontrar una respuesta   a sus problemas. Su Evangelio es fundamentalmente un Evangelio de revelación que           pretende mostrar que Jesús es el verdadero Mesías, el  nuevo Moisés, en el que culmina toda la historia del Antiguo  Testamento con sus promesas. Es también el Evangelio de la consolación para todos aquéllos que se sentían excluidos y perseguidos  por sus propios hermanos judíos. Mateo quiere consolarles y   ayudarles a superar el trauma de la ruptura. Es el Evangelio de la nueva   práctica,  ya que indica el camino por el que se llega a una nueva justicia, mayor  que la de los fariseos. Es el Evangelio de la apertura, pues    indica que la Buena Noticia de Dios que Jesús nos trae no puede   permanecer escondida, sino que debe ser puesta sobre el candelero,  para que ilumine la vida de todos los pueblos.

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 Mateo 28,16-20
 Mateo 28,16: Volviendo a Galilea: Todo comenzó en  Galilea (Mt 4,12). Fue allí donde los discípulos oyeron   la primera llamada (Mt 4,15) y allí Jesús prometió reunirlos  de nuevo, después de la resurrección (Mt 26,31). En Lucas,           Jesús prohíbe a los suyos que salgan de Jerusalén   (Hch 1,4). En Mateo, la orden consiste en salir de Jerusalén   y retornar a Galilea (Mt 28,7.10).
 Cada evangelista tiene su modo particular de presentar la persona de Jesús y su proyecto. Para Lucas, tras la resurrección de Jesús, el anuncio de la Buena           Noticia debe comenzar en Jerusalén para poder llegar desde allí a todos los confines de la tierra (Hch 1,8). Para Mateo, el anuncio comienza en la Galilea de los paganos (Mt 4,15) para prefigurar así el  paso de los judíos hacia los paganos.  Los discípulos debían ir hacia la montaña que  Jesús les había mostrado. La montaña evoca  el Monte Sinai, donde se había llevado a cabo la primera Alianza           y donde Moisés recibió las tablas de la Ley de Dios (Ex           19 a 24; 34,1-35). Evoca la montaña de Dios, donde el  profeta Elías se retiró para redescubrir el sentido de su misión (1Re 19,1-18). Evoca también la montaña           de la Transfiguración, donde Moisés y Elías, es decir, la Ley y los Profetas, aparecieron junto a Jesús, confirmando así que Él era el Mesías prometido (Mt 17,1-8).
* Mateo 28,17: Algunos dudaban: los primeros cristianos tuvieron mucha dificultad a la hora de creer en la Resurrección.           Los evangelistas insisten en contarnos que dudaron mucho y que fueron incrédulos frente a la Resurrección de Jesús (Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.21.25.36.41; Jn 20,25). La fe en la Resurrección fue fruto de un proceso lento y difícil, pero acabó por           imponerse como la más grande certeza de los cristianos (1Cor           15,3-34).
 Mateo 28,18: Me ha sido dado todo poder en el cielo y  en la tierra: La forma pasiva del verbo indica que Jesús   recibió su autoridad del Padre. Pero ¿en qué consiste esta autoridad? En el Apocalipsis, el Cordero (Jesús resucitado)             recibe de la mano de Dios el libro con los siete sellos (Ap 5,7)             y se convierte en el Señor de la historia, el que debe asumir             la ejecución del proyecto de Dios, descrito en el libro sellado,             y como tal debe ser adorado por todas las criaturas (Ap 5,11-14).             Con su autoridad y con su poder vence al Dragón, que es el             poder del mal (Ap 12,1-9), y captura a la Bestia y al falso profeta,             símbolos del Imperio romano (Ap 19,20). En el Credo de la             Misa decimos que Jesús subió al cielo y se sienta a             la derecha de Dios Padre, convirtiéndose así en el             Juez de vivos y muertos.
* Mateo 28,19-20a: Las últimas palabras de Jesús:             tres órdenes a los discípulos: Revestido de la             suprema autoridad, Jesús trasmite tres órdenes a los             discípulos y a todos nosotros: (i) Id, pues, y haced discípulos             a todas las gentes; (ii); bautizándolas en el nombre             del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (iii) y             enseñándoles             a guardar todo lo que yo os he mandado.

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i) Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes: Ser discípulo no           significa lo mismo que ser alumno. Un discípulo se relaciona           con un maestro. Un alumno se relaciona con un profesor. El discípulo           vive junto al maestro 24 horas al día; el alumno recibe lecciones           del profesor durante algunas horas, y vuelve a su casa. El discipulado           supone comunidad. Ser alumno supone solamente estar en un aula para           las clases. En aquel tiempo, el discipulado se solía expresar           con la frase Seguir al maestro. En la Regla del Carmelo se dice: Vivir           en obsequio de Jesucristo. Para los primeros cristianos, Seguir           a Jesús significaba tres cosas relacionadas entre sí:
- Imitar el ejemplo del Maestro: Jesús era el modelo que se debía   imitar y recrear en la vida del discípulo y de la discípula (Jn   13,13-15). La convivencia diaria permitía una continua revisión.   En esta Escuela de Jesús se enseñaba solo una materia: ¡el   Reino! Y este Reino se reconocía en la vida y en la práctica   de Jesús.  - Participar en el destino del Maestro: El que quería seguir   a Jesús, debía comprometerse con Él: "estar con Él   en las tentaciones" (Lc 22,28), e incluso en la persecución (Jn   15,20; Mt 10,24-25). Debía estar por tanto dispuesto a cargar con la   cruz y a morir con Él (Mc 8,34-35; Jn 11,16).
- Poseer en sí mismo la vida de Jesús: Después   de la Pascua, se añade una tercera dimensión: "Vivo, pero   no soy yo quien vivo, sino Cristo que vive en mí" (Gal 2,20). Los   primeros cristianos intentaron identificarse profundamente con Jesús.   Se trata de la dimensión mística del seguimiento de Jesús,   fruto de la acción del Espíritu.
ii) Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del             Espíritu             Santo: La Trinidad es a la vez la fuente, el destino y el camino.             Todo el que ha sido bautizado en el nombre del Padre que nos ha sido             revelado por Jesús, se compromete a vivir como un hermano             en la fraternidad. Y si Dios es Padre, nosotros somos todos hermanos             y hermanas entre nosotros. Todo el que ha sido bautizado en el nombre             del Hijo que es Jesús, se compromete a imitar Jesús             y a seguirlo hasta la cruz para poder resucitar con Él. Y             el poder que Jesús recibió del Padre es un poder creador             que vence la muerte. Y el que ha sido bautizado en el nombre del             Espíritu Santo que nos ha sido dado por Jesús en el             día de Pentecostés, se compromete a interiorizar la             fraternidad y el seguimiento de Jesús, dejándose llevar             por el Espíritu que permanece vivo en la comunidad.

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iii) Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he             mandado: Para           nosotros, cristianos, Jesús es la Nueva Ley de Dios, proclamada           desde lo alto de la montaña. Jesús ha sido elegido por           el Padre como el nuevo Moisés, cuya palabra es Ley para nosotros: "Escuchadlo" (Mt           17,15). El Espíritu mandado por Él nos recordará todo           lo que Él nos ha enseñado (Jn 14,26; 16,13). La observancia           de la nueva Ley del amor se equilibra con la gratuidad de la presencia           de Jesús en medio de nosotros, hasta el final de los tiempos.
* Mateo 28,20b: yo estoy con vosotros todos los días             hasta el fin del mundo: Cuando Moisés fue enviado a liberar             al pueblo de Egipto, recibió de Dios una certeza, la única             certeza que ofrece una total garantía: "Ve, ¡Yo             estaré contigo!" (Ex 3,12). Y esta misma certeza les             fue dada a los profetas y a otras personas enviadas por Dios para             desarrollar una misión importante en el proyecto de Dios (Jer             1,8; Jue 6,16). María recibió la misma certeza cuando             el ángel le dijo: "El Señor está contigo" (Lc             1,28). Jesús, en persona, es la expresión viva de esta             certeza, porque su nombre es Emmanuel, Dios con nosotros (Mt 1,23). Él             estará con sus discípulos, con todos nosotros, hasta             el final de los tiempos. Aquí se manifiesta la autoridad de             Jesús. Él controla el tiempo y la historia. Él             es el primero y el último (Ap 1,17). Antes del primero no             existía nada y después del último no             vendrá nada. Esta certeza es un apoyo para las personas, alimenta             su fe, sostiene la esperanza y genera amor y donación de sí mismos.
c) Iluminando las palabras de Jesús: La misión universal             de la comunidad
Abraham fue llamado a ser fuente de bendición, no sólo           para sus propios descendientes, sino para todas las familias de la           tierra (Gn 12,3). El pueblo de la esclavitud fue llamado, no sólo           a restaurar las tribus de Jacob, sino también para ser luz de           las naciones (Is 49,6; 42,6). El profeta Amós dijo que Dios           no sólo liberó a Israel de Egipto, sino también           a los filisteos de Kaftor y a los arameos de Quir (Am 9,7). Dios, por           tanto, se ocupa y se preocupa, tanto de los israelitas como de los           filisteos y de los arameos (¡que eran los mayores enemigos del           pueblo de Israel!). El profeta Elías pensaba que era el único           defensor de Dios (Re 19,10.14), pero tuvo que escuchar que además           de él... ¡había otros siete mil! (1 Re 18,18).           El profeta Jonás quería que Yahvé fuese Dios solo           de Israel, pero tuvo que reconocer que Él es el Dios de todos           los pueblos, incluso de los habitantes de Nínive, los más           acérrimos enemigos de Israel (Jon 4,1-11). En el Nuevo Testamento,           el discípulo Juan quería que Jesús fuese sólo           del pequeño grupo, de la comunidad, pero el mismo Jesús           le corrigió y le dijo: ¡Quien no está contra           nosotros, está con nosotros! (Mc 9,38-40).
Al final del primer siglo después de Cristo, las dificultades           y las persecuciones probablemente llevaron a las comunidades cristianas           a perder algo de su fuerza misionera y a cerrarse en sí mismas,           como si fueran las únicas que defendían los valores del           Reino. Pero el Evangelio de Mateo, fiel a una larga tradición           de apertura hacia todos los pueblos, les hizo saber que las comunidades           no pueden cerrarse en sí mismas. No pueden pretender para ellas           el monopolio de la acción de Dios en el mundo. Dios no es propiedad           de las comunidades, sino que las comunidades son propiedad de Yahvé (Ex           19,5). En medio de la humanidad que lucha y resiste contra la opresión,           las comunidades deben ser sal y fermento (Mt 5,13; 13,33). Deben hacer           que resuene en el mundo entero, entre todas las naciones, la Buena           Noticia que Jesús nos ha traído: ¡Dios está presente           en medio de nosotros! Es el mismo Dios que, desde el Éxodo,           se empeña en liberar a todos aquellos que gritan hacia Él           (Ex 3,7-12). Esta es su misión. Si la sal pierde su sabor... ¿para           qué servirá? "¡No sirve ni para la tierra           ni para el estercolero!" (Lc 14,35).


6. Salmo 150
Alabanza universal
¡Aleluya!  Alabad a Dios en su santuario,  alabadlo en su poderoso firmamento,  alabadlo por sus grandes hazañas,  alabadlo por su inmensa grandeza.
Alabadlo con el toque de cuerno,  alabadlo con arpa y con cítara,  alabadlo con tambores y danzas,  alabadlo con cuerdas y flautas,  alabadlo con címbalos sonoros,  alabadlo con címbalos y aclamaciones.
¡Todo cuanto respira alabe a Yahvé!  ¡Aleluya!

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