29 mayo 2015

REFLEXIÓN SOBRE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, FUNDAMENTOS BÍBLICOS - 30 DE MAYO 2015

                                                        

Estamos terminando un mes en el que la Santísima Virgen nos abre las puertas a un mayor conocimiento de su misión en la Historia de la Salvación, a una certeza de su protección maternal sobre cada uno de sus hijos.  Hemos tratado de acercarnos a la grandeza de la Virgen, considerando cada día de Mayo una advocación de las letanías lauretanas meditadas por el Cardenal Newman, quien nos dejó la riqueza de su fervor mariano y profundidad teológica.
Hemos querido poner a los pies de la Virgen una flor diaria, pequeña, humilde pero de todo corazón.
Por eso queremos terminar el mes dejando una reflexión fundamentada en la Sagrada Biblia y en la Tradición:


TEXTOS BÍBLICOS
Son muchos los textos del Antiguo Testamento, en que los escrituristas y los grandes santos han visto la presencia de María. Hay textos en los que aparece como anunciada o en figura nuestra Madre María.
Ella es prefigurada por Judit, que corta la cabeza de Holofernes, jefe del ejército de los enemigos del pueblo de Dios, al igual que María pisa la cabeza de Satanás. Igualmente, Ester prefigura a María, porque siendo reina, obtiene que su pueblo no sea exterminado; al igual que María, reina del universo, con su intercesión, consigue que el pueblo de Dios no sea destruido sino salvado. También el arca de la alianza es figura de María, porque el arca contenía la presencia de Dios y ¿qué mejor arca que María, que llevó en su seno al Hijo de Dios? María también es prefigurada por aquella nube del profeta Elías. Una nube como la palma de un hombre, que sube del mar… Poco a poco, se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento, y se produjo una gran lluvia (1 Reg 18, 44-45). María es como esa nube pequeñita, aparentemente insignificante, pero que produce una gran lluvia de bendiciones sobre toda la tierra. Y es dulce y tierna con sus hijos como aquella brisa suave, que acarició a Elías (1 Reg 19, 12). Otra figura de María es la escala de Jacob por donde subían y bajaban los ángeles de Dios (Gén 28,12). Porque ella es el camino más corto y fácil para llegar a Jesús y, por tanto, al cielo. Veamos ahora algunos textos, que los santos interpretan referidos a María:
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Resultado de imagen de la santisima virgen maria prefigurada en el antiguo testamento
  Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te aplastará la cabeza (Gén 3, 15). Así lo traduce san Jerónimo, inspirado por Dios, en la traducción latina Vulgata, la traducción oficial de la Iglesia durante siglos. María aplasta la cabeza de la serpiente infernal, porque contra Ella no puede nada, ya que es purísima e inmaculada, sin el más mínimo pecado.
–          ¿Quién es esta que sube del desierto, apoyada en su amado? (Cantar 8, 5). Este texto lo refieren a su Asunción a los cielos, pues María sube de esta tierra de desierto, apoyada en su amado Jesús.
–          Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti (Cantar 4, 7). ¿De quién podría decirse que es inmaculada, sin mancha, sino de María?
–          Ella es resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha de la actividad de Dios, imagen de su bondad… Es más hermosa que el sol, supera todo el conjunto de estrellas y, comparada con la luz, sale vencedora (Sab 7, 26-29). ¿Quién podría ser más hermosa que el sol sino María?
–          Ella, siendo una, lo puede todo (Sab 7, 27). ¿Quién lo puede todo con su poderosa intercesión sino María? Ella, como dicen los santos, es la omnipotencia suplicante. Todo lo puede con su intercesión.
–          Dios me creó en el principio de sus caminos y antes de sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui ungida, antes que la tierra existiese… Bienaventurado quien me escucha y vela a mi puerta cada día. Porque el que me halla, encuentra la vida y alcanzará el favor de Dios. Y, al contrario, el que me pierde, a sí mismo se hace daño, y el que me odia, ama la muerte (Prov 8, 22-36).
                                                                                         
                                                                                                  
–          Yo soy la madre del amor hermoso y de la santa esperanza. Venid a mí los que me deseáis y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la miel y poseerme es más rico que un panal de miel… El que me escucha jamás será confundido y los que me sirven no pecarán (Eclo 24, 24-30).
–          He aquí que una virgen dará a luz un niño y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14). ¿Quién ha sido, a la vez, Virgen y Madre fuera de María? Así lo confirma Mt 1, 23, citando este texto.
–          Ella es el jardín cerrado, la fuente sellada (Cant 4, 12), que guarda sus aguas totalmente puras sólo para Dios, porque es virgen.
–          Ella es la puerta cerrada de que habla Ezequiel 44, 1-3: Me llevó luego a la puerta de afuera del santuario, que daba a oriente, pero la puerta estaba cerrada; y me dijo Yahvé: Esta puerta ha de estar cerrada, no se abrirá ni entrará por ella hombre alguno, porque ha entrado por ella Yahvé, Dios de Israel. Por tanto, ha de quedar cerrada. Según los santos Padres, esta puerta es figura de María, siempre virgen, pues está totalmente reservada y consagrada a Dios.


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Otros autores, siguiendo a san Jerónimo, han visto a María en Isaías 11, 1: Y brotará un retoño del tronco de Jesé y una flor surgirá de sus raíces. Este texto lo interpretaban los judíos del tiempo de Jesús, referido al Mesías. San Ireneo dice textualmente: La Virgen, que concibió a Cristo, era el retoño (Demonstratio 59). También san Hipólito habla de que el retoño del tronco de Jesé era María, porque Jesé era el padre de David y María era de la descendencia de David. Por eso, dice que la flor que surge de sus raíces es Jesús y el retoño es María (Benedictiones Isaac et Iacob I). Lo mismo afirma Tertuliano (Adversus Marcionem III, 17, 3-4).
 
                                                                          
 
María es hermosa como la luna, resplandeciente como el sol (Cant 6, 10). Y a ella le dice Dios: Ábreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, inmaculada mía (Cant 5, 2). Ella es terrible como un ejército formado en batalla (Cant 6, 4). Es terrible contra Satanás, pues le aplasta la cabeza. Hay un texto en el que María aparece terrible contra el maligno. Es en Daniel 2. Allí aparece una estatua grande y de aspecto terrible. La cabeza era de oro puro, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y caderas de bronce; sus piernas  de hierro y sus pies, en parte de hierro y en parte de barro. Representa esta estatua al rey de las cosas materiales, a Satanás, que quiere reinar en el mundo. Pero una pequeña piedra, desprendida, no lanzada por mano humana hirió a la estatua en los pies de hierro y barro, destrozándola. Creemos que esta piedrecita, se refiere a María, que siendo tan humilde y pequeña, sin embargo, puede derrotar el poder de Satanás.


                                                                                                     
 
Y, si vamos al Nuevo Testamento, san Lucas nos habla maravillas de María en los dos primeros capítulos de su Evangelio. Empieza con las palabras del ángel que rezamos en el avemaría, palabras divinas y evangélicas, que debemos repetir frecuentemente. El ángel le dice de parte de Dios: Alégrate (Dios te salve) llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 28). María es llena de gracia, totalmente pura y bella; o, como decimos también, inmaculada por un privilegio especial de Dios, que en virtud de los méritos de Jesús, la previno de las consecuencias del pecado original y así fue inmaculada desde el primer momento de su concepción.
Su prima santa Isabel le dice, inspirada por el Espíritu Santo, o mejor dicho, le dice el Espíritu Santo por boca de su prima: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1, 42). Y María, inspirada por Dios, dice: Todas las generaciones me llamarán bienaventurada (Lc 1, 48).
Por otra parte, Jesús desea que amemos a María y nos la ha dado como madre al decirnos: Ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 27). Son palabras dirigidas a cada uno de nosotros, como siempre se ha interpretado. De este modo, María queda constituida por Jesús como Madre de todos y cada uno de los hombres.
Su poder de intercesión ante Jesús, queda manifestado con toda claridad en las bodas de Caná, cuando Jesús hace su primer milagro, sólo porque se lo pide su madre, manifestando así su voluntad de hacerla siempre feliz y concederle todo lo que pida (Jn 2).
 
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Y ahora que Ella está en el cielo como una reina, coronada de doce estrellas, como dice el Apocalipsis, nos ayuda contra el poder del maligno. Fue arrojado el dragón grande, la serpiente antigua, llamada diablo y Satanás… Se paró el dragón delante de la mujer, que estaba a punto de dar a luz, para tragarse a su hijo en cuanto naciese. Y dio a luz un varón que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro (Jesús)… Y el dragón se dio a perseguir a la mujer (María), que había dado a luz a su hijo varón. Pero le fueron dadas a la mujer dos alas de águila grande… Se enfureció el dragón contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (Ap 12). En este capítulo, aparece María como una mujer inundada de sol, como en Sab 7, 26-29, donde se dice que es más hermosa que el sol y un espejo sin mancha (inmaculada). Se presenta como el arca de Dios en el cielo. Se abrió el templo de Dios, que está en el cielo y apareció el arca de la alianza (Ap 11, 19). A María le dan dos alas de águila grande (sabemos que las águilas son los enemigos mortales de las serpientes, a quienes matan aplastándoles la cabeza, como hacen María con Satanás), pero el diablo no se da por vencido y trata de vengarse en los hijos de María, es decir, en aquellos que guardan sus mandamientos y mantienen el testimonio de Jesús (Ap 12, 17).
Por eso, ella es un arma poderosa para defendernos del maligno, que siempre nos ataca para apartarnos de Jesús. Ahora bien, María y Jesús son inseparables y juntos los encontraron los pastores y los magos. Por eso, si nosotros queremos amar a Jesús, debemos amar también a María. A Jesús por María, al igual que el discípulo amado, que estuvo junto a la cruz de Jesús con María, acompañándola y desde aquella hora la recibió en su casa (Jn 19, 27), es decir, la recibió en su corazón como a una madre de verdad, como le había dicho Jesús. De la misma manera, si nosotros amamos a Jesús, debemos recibir a María en nuestro corazón como nuestra verdadera madre.
Además, Él nos dice: Yo Jesús… soy la estrella brillante de la mañana. Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven (Ap 22, 16). Es decir, el Espíritu Santo y su esposa María, quieren que venga Jesús a reinar en el mundo. Y ése debe ser también nuestro deseo: que Cristo reine y llegue a ser el Rey de Reyes y el Señor de los Señores (Ap 19, 16) de nuestra vida y del mundo entero. Por María, llegaremos más fácilmente a Jesús. Ella es la estrella de Belén, que nos lleva siempre hacia Jesús.
 
MARÍA  Y  LOS  PRIMEROS  CRISTIANOS
 
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El amor a María no es un invento tardío o una superstición introducida por el emperador Constantino. Ya hemos visto los textos del Evangelio. Y, si leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles, veremos que aquellos primeros cristianos del siglo I: Perseveraban unánimes en la oración con María, la madre de Jesús (Hech 1, 14). No podían vivir solos, necesitaban del apoyo y del amor maternal de María, para no equivocarse en la fe. Y María les daba ejemplo y acudía con ellos a la misa diaria. Dice el texto: Diariamente acudían unánimes al templo, partían el pan en las casas (partir el pan o fracción del pan era la palabra usada en aquel tiempo para hablar de la misa) y tomaban su alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor del pueblo. Y cada día, el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados (Hech 2, 46-47).
Y el amor que los apóstoles y aquellos primeros cristianos tenían a María, como madre de Jesús y madre suya, se lo transmitieron a las generaciones sucesivas.


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 A este respecto, debemos citar a los Santos Padres, que son los escritores cristianos de los ocho primeros siglos (también se considera entre ellos a San Bernardo, aunque es del siglo XII). Ellos fueron santos y transmitieron la verdadera fe desde el principio, y la Iglesia con su autoridad aprobó su doctrina, citándolos continuamente como testigos privilegiados de la tradición cristiana primitiva. Ellos son, hasta ahora, como la memoria viva de la auténtica doctrina católica, tal como se vivía en los primeros siglos. Ellos nos transmiten lo que siempre y en todas partes se creía en aquellos tiempos, lo cual es fuente segura para saber cuál es la verdadera fe que Jesús enseñó. Ellos compusieron el Credo (resumen de las verdades de la fe), fijaron con claridad el canon de las Escrituras y precisaron la doctrina católica al luchar contra los herejes. Ellos son los garantes y testigos de la auténtica doctrina católica y, por eso, algunos concilios y Papas, incluso hoy, acuden a ellos para confirmar sus enseñanzas. En el concilio de Calcedonia, en el año 451, se comienza diciendo: Siguiendo a los Santos Padres… Pues bien, nosotros también acudiremos a estos Santos Padres para confirmar la doctrina sobre la Virgen María.

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Ya en el siglo I, san Ignacio de Antioquía, en sus escritos, habla de María como madre universal, recalcando su virginidad perpetua y su maternidad divina. A este respecto, digamos que en el siglo II ya había imágenes de María, pues se han encontrado cuatro imágenes de la Virgen con el niño en las catacumbas de santa Priscila de Roma. En este mismo siglo, se ha descubierto también la inscripción Ave Maríaen la iglesia-sinagoga de Nazaret, construida sobre la casa de José y de María. Sobre esta iglesia, usada por los primeros cristianos, se había construido una iglesia bizantina. Sobre la iglesia bizantina, los cruzados habían construido otra iglesia. En el siglo XVIII, los padres franciscanos habían construido otra iglesia más grande y, actualmente, en el mismo lugar donde habían sido construidas estas iglesias, sobre la misma casa de José y María, está construida la gran basílica de la Anunciación, que es obra del arquitecto italiano Giovanni Muzio, y que fue consagrada el año 1969.
Antes de construir la actual basílica y al echar abajo la anterior iglesia, el gran arqueólogo bíblico padre Bellarmino Bagatti aprovechó para excavar y descubrir algunos datos interesantes. En la primitiva iglesia-sinagoga de los primeros cristianos de Nazaret, el padre Bagatti encontró la inscripción en griego Kaire Maria, Ave María. Otro escrito, en antiguo armenio decía: Virgen bella.
El padre Bagatti le dijo personalmente a Vittorio Messori: Tenemos la prueba de que la invocación a María nace con el cristianismo mismo y en el mismo lugar donde habitaba María. Gracias a las excavaciones realizadas, el católico sabe que, recitando el rosario, se enlaza a una cadena iniciada en Nazaret mismo. Una cadena de oración comenzada por alguno que había conocido a la Madre de Jesús, cuando para todos no era más que una joven como tantas otras[1].

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En el siglo IV, ya se celebraban en Roma cuatro procesiones en honor de María y se celebraba la fiesta de la purificación, además de la Anunciación. En Siria, desde el año 370, se celebraba la fiesta de la virginidad de María. En el siglo V se comenzó a celebrar la fiesta de su Natividad; en el siglo VI, la fiesta de la Asunción; y en el siglo VII, la fiesta de la Inmaculada Concepción.
Pero ¿qué significa el nombre de María? El nombre de María era muy común entre las mujeres judías en tiempos de Jesús. María en hebreo se escribe Mrym y es pronunciado Miryám. Muchos autores han considerado que Miryám tiene un origen egipcio, pues María, la hermana de Moisés, había nacido en Egipto. Myr en egipcio, según se ve por los jeroglíficos antiguos, significa amada. Por otra parte, yam sería la abreviación del nombre de Dios, que para los judíos era Yahvé. En este caso, María significaría amada de Yahvé.
Pero otros estudios piensan diferente. Según las excavaciones practicadas en Ugarit, en Medio Oriente, se ve que el alfabeto ugarítico, que es cuneiforme, es bastante parecido al alfabeto hebreo. Algunos han considerado de estos descubrimientos que la raíz Mrym es equivalente a la hebrea marom, que significa excelsa. Según ellos, María significaría La Excelsa, es decir,  la más alta y excelsa de las criaturas. Ambos significados parecen coincidir, pues la amada de Dios es, a la vez, la más excelsa y hermosa de todas las criaturas.
De todos modos, sea cual sea su significado etimológico, lo importante es saber que, para nosotros, el nombre de María, que tantos millones de mujeres y de hombres cristianos llevan, es un nombre que nos inspira amor y confianza en la madre de Jesús y madre nuestra.


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