En medio de tantos movimientos y reformas de la Liturgia, conviene, con serenidad, una mirada al pasado y a los grandes hombres que con amor y veneración promovieron la Liturgia más digna del Señor en su Iglesia, uno de ellos que destaca en el siglo XIX es:
DOM GUÉRANGER, PALADÍN DE LA LITURGIA ROMANA
Nada podemos comprender
acerca de la restauración litúrgica en Francia ni sobre el Movimiento Litúrgico
sin entender la personalidad y la obra de Dom Prosper
Guéranger. Y no lograremos ensamblar nada de la complicada
concatenación de eventos de los que él fue protagonista, sin perfilar unos
trazos de su carismática figura.
Dom Oury no se
detiene en la obra de restauración de Solesmes en julio de 1833, ni siquiera en
la figura del maestro espiritual o del interlocutor y amigo del mundo religioso
entonces en plena ebullición. Dom Oury en su trabajo no se
contenta con poner de relieve la figura de aquel defensor de la Iglesia Romana que fue
Dom Guéranger ni en recorrer los pasos dados por él en la
empresa de restauración de la liturgia romana. Dom Oury desea
que comprendamos al hombre de diálogo con los católicos de su tiempo que están
presentes en cada capítulo de su vida. Nos hace ser conscientes de la inmensa
red de relaciones tejida entorno al abad benedictino y a la activa participación
de este último en la vida de la
Iglesia de aquel momento histórico. Un sólido artículo de Dom
Antoine des Mazis, casi como prólogo de toda la obra, nos
muestra como la primera formación de Dom Gueranger lo predisponía naturalmente a
toda su obra.
Nacido en 1805 en Sablé-sur-Sarthe
en la región de la
Loira , a escasos 2
km . de la destruida Abadía de Solesmes cuyas ruinas tantas
veces contempló de niño. Hace sus estudios primarios y secundarios en Angers y
entra a los 17 años en el Seminario de Le Mans: era el mes de noviembre de 1822.
En 1826 recibió el subdiaconado y fue nombrado secretario particular del obispo
de Le Mans, Mons. De la
Myre-Mory, a quien admiraba profundamente. A lo largo de
su vida, únicamente la admiración que sentía por otro gran prelado, el Arzobispo
de Burdeos entre 1802 y 1826 Mons Charles François d´Aviau du Bois de
Sanzy, que mantuvo con tanto celo la liturgia romana en su diócesis,
superará a la que sentirá por el prelado de Le Mans. Ordenado sacerdote en Tours
el 7 de octubre de 1827, pedirá permiso a Monseñor De la Myre-Mory para rezar
y celebrar la santa Misa según las fórmulas de la liturgia romana y así comenzó
a hacerlo el 27 de enero de 1828, fiesta de San Julián. Este mismo oficio sería
el último que habría de rezar en la tierra 47 años más tarde.
El joven padre
Guéranger sigue a su obispo en sus retiros parisinos a partir
de 1827. Toda la vida de Dom Guéranger se urdirá en estos años
de estancias en Paris: el gusto por la vida intelectual y por los estudios
teológicos e históricos y como no, el contacto con la Liturgia romana, que inició en Le Mans
junto a las Damas del Sacré-Coeur. En Paris conocerá a Lamennais,
con quien tuvo cierta amistad, y los ambientes mennaisianos con quien comparte
las tendencias antigalicanas y que suscitará en él numerosos trabajos. En 1829
con apenas 24 años el joven Guéranger publica en el órgano de
la escuela mennasiana el diario “Mémorial Catholique”, cuatro artículos con el
título “Consideraciones sobre la
Liturgia ”. Guéranger ya aparece en esas páginas en
perfecta posesión de su vocación: todas las ideas que más tarde expuso con mayor
amplitud se encuentran en esos artículos. Con acento retador que, a esa edad
podría parecer temeraria presunción, ataca las nueva liturgias galicanas”
(Mémorial Catholique 28 febrero 1830). Esos son los primeros pasos hacia la
restauración de la
Liturgia romana. Un año más tarde, en 1831 publica un trabajo
acerca “De la
Elección y el nombramiento de los obispos”, en el que aposenta sus
profundas convicciones romanas.
En Paris en esa época, Mons.
De Quelen le confía la administración de la iglesia de las
Misiones Extranjeras donde es rector el P. Desgenettes. Este
encargará a su joven vicario predicar sobre el papel del Romano Pontífice en
la Iglesia. El
encuentro con Gerbet en noviembre 1831 y el mismo Lamennais
será decisivo para el joven sacerdote: sostenido por el nuevo obispo de Angers
Mons. Carron, se lanza a la restauración de la vida
benedictina. Con tres compañeros funda el priorato de Solesmes el día 11 de
julio de 1833, bajo el patrocinio de San Benito, por medio de un reglamento
precedentemente aprobado por Mons. Carron el 19 de diciembre de
1832. Para muchos, Solesmes constituía la concreción de una manera ortodoxa del
gran diseño mennasiano de una orden religiosa en vistas a un despertar de las
ciencias eclesiásticas. Eso chocaba profundamente con la mentalidad de aquellos
con una idea asentada de la vida monástica que fuese esencialmente oración y
penitencia, ascesis y mística, con total ausencia de vida intelectual. No es de
extrañar pues, que para los enemigos de la Iglesia de aquel momento, con una gran
intuición sobre lo que iba a representar Solesmes (como por ejemplo para los
anticlericales del diario “Le Courrier Français”) la erección del priorato de
Solesmes en Abadía por el papa Gregorio XVI el 1º septiembre de
1837, les sonase a un regreso a Francia de los jesuitas y los dominicos, ordenes
eminentemente intelectuales.
Para Dom Guéranger
la restauración de la vida monástica en Solesmes constituirá la primera realidad
en el camino de la
Restauración Litúrgica. A él, la liturgia le llevará al monacato; y
Solesmes y todas sus fundaciones, pusieron la Liturgia como el principio fundamental
de toda su espiritualidad. Beuron en Alemania (1863), Maredsous en Bélgica
(1872) y todas las congregaciones de ellos nacidos, sobre todo Mont-César
(1898), Silos (1880) y Maria Laach (1904) iban a vivir ese mismo espíritu, que
de este modo iría penetrando en la intelectualidad católica y luego preparando
el ambiente que llegaría al pueblo.
Además de la obra viva de Dom
Guéranger, el restaurador de Solesmes dejó dos obras escritas
que no pudo completar: las “Instituciones Litúrgicas” y “El año litúrgico”.
Cuando apareció el primer volumen de la primera en 1841, en el que se trazaba la
historia de la
Liturgia hasta el Concilio de Trento, los aplausos y las
felicitaciones fueron unánimes. Pero esta unanimidad se rompió al aparecer el
volumen segundo, en el que el autor puso de relieve las desviaciones aparecidas
en Francia en los siglos XVII y XVIII y como estas habían conducido a la
desaparición en ella del rito romano.
La repercusión fue clamorosa, las
adhesiones más sinceras se mezclaron con las injurias y amenazas.
Guéranger respondió con moderación y respeto, pero con gran
seguridad y firmeza. El resultado fue más halagüeño que el que él mismo había
esperado: pronto una diócesis tras otra fueron adoptando la liturgia
romana.
En nuestro panorama católico, también ha sido motivo
tanto de numerosos adhesiones como de grandes críticas y amenazas, el plantearse las desviaciones de la liturgia y la deriva de muchas celebraciones y conceptos sobre ella. Recae sobre
nuestros hombros la responsabilidad moral de responder a todo ello con prudencia
y ponderación, con caridad cristiana y comprensión, pero con la misma fortaleza
de ánimo y la misma determinación con que lo hizo Guéranger
respecto a sus adversarios.
La abundante correspondencia que se
conserva entre Dom Guéranger y la priora de las carmelitas de
Meaux (Madre Elisabeth de la
Croix ) de la que fue director espiritual, nos revela como
el abad de Solesmes intenta conducir la vocación personal de la carmelita,
sometida a muchas tormentas, al cultivo del espíritu de fe y de la generosa
entrega de sí misma a través de las profundidades de la oración.
Todo un programa de vida que Dom Prosper vivió para sí en primera persona y que es digno de ser imitado por todos nosotros.
Todo un programa de vida que Dom Prosper vivió para sí en primera persona y que es digno de ser imitado por todos nosotros.
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