23 junio 2015

LOS SANTOS NOTICIA DIARIA : SAN JUAN BAUTISTA - 24 DE JUNIO 2015

                                              
 
 
 
 
El nacimiento de Juan está envuelto en alegría.
Isabel se alegra, y los vecinos y parientes «se regocijaron

con ella». Es la alegría de haber nacido


un niño, y de una madre que era tenida por estéril

y era además de edad avanzada. Esta alegría preanuncia

la hora de la historia de la salvación que ha

sonado con este nacimiento.
«Querían ponerle el nombre de su padre: Zacarías


». La circuncisión se llevaba a cabo al octavo

día del nacimiento. Así lo exigía la ley. Y a la circuncisión

va ligada la elección y la imposición del

nombre, derecho que corresponde al padre y a la

madre, aunque también los parientes y vecinos

podían tomar parte en la deliberación. Todos querían

que el niño se llamase Zacarías, como su padre;

esa era la tradición. Pero siendo muy importante

conservar las tradiciones y costumbres religiosas

y culturales, la cuestión decisiva es ésta:

¿Qué es lo que Dios quiere? Y no siempre es voluntad

de Dios lo tradicional, la vieja usanza, el

camino trillado.
«Se ha de llamar Juan». Isabel y Zacarías están


de acuerdo en la elección del nombre. Al pueblo

le extraña la decisión y se admiran. La voluntad y

la palabra de Dios sitúa a los que ha elegido ante

la necesidad de salirse de lo acostumbrado, así les

había sucedido a Abraham, a Moisés, a los profetas...

Y ahora alborea un tiempo nuevo, y esto se

hace extraño a los que están completamente enraizados

en lo antiguo. El espíritu va por nuevos caminos,

que no siempre son fáciles de comprender.

El nombre elegido por Dios revela el misterio de

la misión del niño que acaba de nacer; en efecto,

Juan significa: “Dios es misericordioso”. El tiempo

del castigo ha terminado para Zacarías. En el

nacimiento del Precursor se anuncia –todavía en

un círculo reducido– el tiempo de la salvación.
«Y todas estas cosas se comentaban por toda la

región». Del pequeño círculo de los vecinos y parientes


sale y se extiende por toda la montaña de

Judea la noticia de los acontecimientos extraordinarios.

La noticia y el mensaje de salvación pugna

por extenderse a espacios cada vez más amplios.

Tiene el destino y la fuerza de conquistar el mundo.

Y el que es alcanzado por ella se convierte

también en su heraldo.
«Todos se preguntaban impresionados: ¿qué va

a ser de este niño?».
 
 
 
 No basta, sin embargo, con


haber experimentado y oído los hechos portadores

de la salvación. Deben además impresionar –grabarse–

en el corazón. El que los percibe tiene que

enfrentarse con ellos en su interior. En el niño

Juan se revela el poder, la guía y la dirección de

Dios. Quien tome esto en serio y lo considere en

su interior se asombrará y se preguntará: ¿Por qué

sucede esto? ¿Por qué acompaña a este niño la

poderosa mano de Dios? ¿Quién da solución a

estas preguntas?


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Juan pasó toda su vida señalando al Cordero que

quita los pecados del mundo. Todo él es una pura

referencia a Cristo: cada una de sus palabras, de

sus acciones, su ser entero, su vida, no se explica

ni se entiende sin Cristo. ¿Y nosotros? A veces

parece que si no fuéramos cristianos seguiríamos

pensando igual, haciendo las mismas cosas, planteando

todo de la misma manera, deseando las

mismas cosas, temiendo las mismas cosas... ¿Qué

influjo real tiene Cristo en mi vida?
 
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«Y moraba en los desiertos hasta el momento de

manifestarse a Israel
». Israel tomó posesión de la

tierra prometida después de su permanencia en el

desierto, y del desierto era esperado el Mesías.

Juan se fue al desierto de Judá, y en el desierto se

prepara para recibir la investidura de su cargo.

Lejos de los hombres, en la proximidad de Dios,

se va armando para su quehacer futuro.

La entera vida de Juan está determinada por su

ministerio. Antes de ser concebido es elegido,

desde el seno de su madre salta de gozo anunciando

la cercanía del Mesías, vive en el desierto

bajo el impulso divino: Dios mismo le introduce

en su ministerio. Todo esto tiene lugar delante de

Israel; el Mesías y su pueblo llenan su vida. Dios

lo había elegido para esto.
 
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El nacimiento de Juan fue motivo de alegría para

muchos, porque era el precursor del Salvador.

¿Soy yo motivo de alegría para la gente que me

ve o me conoce? Viéndome vivir y actuar, ¿se

sienten un poco más cerca de Dios? Ante mi manera

de plantear las cosas, ¿experimentan el gozo

de la salvación, de Cristo Salvador que se acerca a

ellos?
LA FE DE LA IGLESIA

 

Juan, Precursor, Profeta y Bautista

(523. 717 – 720)

Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba

Juan”. San Juan Bautista es el precursor


inmediato del Señor, enviado para prepararle el
camino. “Profeta del Altísimo”, sobrepasa a todos


los profetas, de los que es el último, e inaugura el

Evangelio; desde el seno de su madre saluda la
venida de Cristo y encuentra su alegría en ser “el

amigo del esposo” a quien señala como “el Cordero

de Dios que quita el pecado del mundo”.

Precediendo a Jesús “con el espíritu y el poder de

Elías”, da testimonio de él mediante su predicación,


su bautismo de conversión y finalmente con

su martirio.
Juan fue “lleno del Espíritu Santo ya desde el seno

de su madre” por obra del mismo Cristo que la


Virgen María acababa de concebir del Espíritu

Santo. La "visitación" de María a Isabel se convirtió

así en "visita de Dios a su pueblo".
Juan es “Elías que debe venir”: El fuego del Espíritu


lo habita y le hace correr delante, como "precursor"

del Señor que viene. En Juan, el Precursor,
el Espíritu Santo culmina la obra de “preparar

al Señor un pueblo bien dispuesto”.
 
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Juan es “más que un profeta”. En él, el Espíritu


Santo consuma el "hablar por los profetas", que

confesamos en el Credo. Juan termina el ciclo de

los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia

de la consolación de Israel, es la "voz"

del Consolador que llega. Como lo hará el Espíritu
de Verdad, “vino como testigo para dar testimonio

de la luz”. Con respecto a Juan, el Espíritu

colma así las “indagaciones de los profetas” y la

ansiedad de los ángeles (1Pe 1,10-12): “Aquél sobre



quien veas que baja el Espíritu y se queda

sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo

... Y yo lo he visto y doy testimonio de que este

es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero de Dios


(Jn 1, 33-36).

En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura,

prefigurándolo, lo que realizará con y en

Cristo: volver a dar al hombre la "semejanza" divina.

El bautismo de Juan era para el arrepentimiento,

el del agua y del Espíritu será un nuevo

nacimiento.
LOS TESTIGOS DE LA FE


San Juan de Ávila

En tales espejos (los santos) se mire el sacerdote



que va a consagrar, y entre ellos no olvide aquel

tan principal que es San Juan Bautista, que, de

solamente de echar agua en la cabeza de Cristo,

se tenía por indigno, y con profundo temblor y

reverencia decía: «–Yo necesito dejarme bautizar

por ti, y ¿tú vienes a mí?» Y, a esta cuenta, mayor

santidad ha menester un sacerdote y mayor espanto

y admiración le ha de tomar, pues trata al

Señor con trato más familiar que San Juan Baptista”

… “¡Pobre de mí y de otros como yo, que

tenemos el oficio de San Juan y no tenemos santidad!




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Desde el seno de nuestra madre, ya empezamos a

ser plasmados por el amor de Dios, que nos quiere

convertir a todos en un “don” para los demás.

Nuestro verdadero “nombre” sólo lo sabe el Señor.

A Juan, el Precursor, le tocó en suerte ser santificado

por el Espíritu Santo por medio del saludo de

María. Su vida ya no sería más que anuncio de Jesús,

prescindiendo de sí mismo, para encontrarse

de verdad transformado en el Señor.
Cada día es “cumpleaños” de una gracia o don recibido,

que se suma a una herencia familiar, en la

“comunión” de los santos.

Cada uno somos un ”don” de Dios, un ”pensamiento”

de su amor, para realizarnos dándonos a

los demás con el reflejo de ese amor divino. Nuestra

verdadera biografía empezó en el Corazón de

Dios.

Nuestras huellas históricas empezaron desde el seno

de nuestra madre. Desde entonces nos ha seguido

la mirada amorosa y el cuidado materno de María,

para llegar a ser “precursores” o “heraldos” de

Jesús. Lo importante, para que Jesús se transparente,

es que nosotros seamos sólo “voz”, aprendiendo

a “disminuir” para que se oiga la “Palabra”: Se necesitan

“servidores” al estilo de María y del Bautista.

La presencia de María asegura la acción santificadora

del Espíritu Santo.
 


"Y convertirá a muchos hijos de Israel al Señor,

su Dios. Irá delante de él..., para prepararle al

Señor un pueblo bien dispuesto"

En este día nace el gran Precursor,

nacido del seno estéril de Isabel.

Es el más grande entre los profetas;

Nadie más surgió como él,

porque es la lámpara que precede

a la claridad suprema

y la voz que precede al Verbo.

Conduce a Cristo a la Iglesia, su novia,

y prepara para el Señor un pueblo escogido,

purificándolo por el agua con vistas al Espíritu.

De Zacarías nace esta joven planta,

el más bello entre los hijos del desierto,

el heraldo del arrepentimiento,

el que purifica por el agua a los que se extraviaban,

el precursor del anuncio de la resurrección

de entre los muertos,

y que intercede por nuestras almas.

Desde el seno de tu madre, bienaventurado Juan,

fuiste el profeta y el precursor de Cristo:

te estremeciste de alegría

viendo a la Reina acercarse a la sierva

teniendo ante ti

al que el Padre engendra sin madre

desde toda eternidad,

tú que naciste de una mujer estéril y anciana,

según la promesa del Señor.

Ruégale que tenga misericordia de nuestras almas.
(Liturgia bizantina, Lucernario de las vísperas

de la fiesta de San Juan Bautista)
 
 
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