El tema de los Santuarios está ligado al de las Peregrinaciones. Generalmente cuando se habla de peregrinaciones se está presuponiendo la ida a algún Santuario. Para abordar estos dos tópicos es conveniente abordarlos en conjunto. Pensamos en ello desde un antiguo Santuario Mariano, de la Virgen de Valdejimena, con el realismo de vivir diariamente a los pies de la Virgen y constatar la soledad y olvido durante casi todo el año de este lugar de llamada a sus hijos de la Virgen, y que aprovechando vacaciones y buen tiempo se despiertan recuerdos, fervor, tradiciones o simplemente una manera de pasar juntos un día en el campo... No dogmatizo nada, sólo me hace reflexionar, e invito a todos a hacer lo mismo, pero con mucha objetividad y sinceridad. ¿A qué se debe la lejanía y casi olvido de estos Santuarios Marianos que no son internacionales, que no tienen propaganda ni promociones turísticas y mercados de venta de recuerdos? ¿Qué papel debe protagonizar la Iglesia diocesana en abrir las puertas de par en par y hacer una llamada eficaz a los fieles? ¿Cuál ha de ser la posición ante este tema de los grupos, congregaciones y asociaciones marianas?
SANTUARIO
Cuando hablamos de Santuario nos referimos a un lugar sagrado, un sitio donde el ser humano encuentra lo trascendente, encuentra a Dios. Cuando decimos Santuario Mariano nos referimos a un lugar especial donde los fieles van a venerar a la Santísima Virgen María para encontrarse con Dios.
Los Santuarios Marianos son lugares especiales, no sencillamente parroquias que lleven el nombre de María sino templos donde se da una especial veneración a María la madre del Señor.
Los primeros lugares de peregrinaciones de los cristianos se dieron alrededor de las tumbas de los mártires, en los lugares santos donde vivió Jesús, en Roma, en todos aquellos lugares referidos a la historia de la Iglesia. Hay santuarios dedicados a mártires, santos, otros dedicados al Sagrado Corazón de Jesús como en París....
El origen de los santuarios marianos es muy variable, muchas veces se habla en la tradición de una intervención especial de la Virgen, una aparición, el encuentro milagroso de una imagen sea pintada o escultura, la erección de un templo especial en honor a la Virgen, etc. Pero en todos ellos lo que ocurre en la actualidad y para que se mantengan activos son los milagros, los favores concedidos, que mantienen el tono de afluencia y participación de los creyentes.
La existencia de Santuarios Marianos puede remontarse incluso hasta el siglo IV en adelante, en la zona de Egipto y de Grecia, Éfeso, en Roma y en otros lugares del mundo, pero se desarrollaron con mucha mayor fuerza después del siglo XII por toda Europa.
Muchos santuarios han nacido y desaparecido luego, hay santuarios marianos que son locales, donde acude la gente de los lugares vecinos, hay otros regionales, hay otros nacionales y otros internacionales como Lourdes, Fátima, en Europa y como Guadalupe en México.
Cuando se habla de santuario debe entenderse un lugar donde acude bastante gente y donde se ofrecen los medios de la gracia, es decir, la confesión y la eucaristía, además de una predicación especial. El santuario implica la peregrinación, muchas personas que acuden al lugar a lo largo del año buscando a Dios, con una actitud penitencial, peregrinos.
Además hay otras personas que acuden a los santuarios más conocidos, que van como turistas, visitantes, estudiosos, atraídos por el fenómeno propio de los santuarios. La ubicación geográfica, la belleza del paraje, la relativa facilidad de acceso y otros factores pueden determinar la mayor o menor afluencia de la gente.
En la actualidad la afluencia a santuarios de importancia internacional como Lourdes o Fátima ha tenido una verdadera explosión, millones de peregrinos acuden al año, de todas partes del mundo, el Santuario del Padre Pío, siendo más reciente, incluso ha superado en afluencia al de Lourdes.
En los santuarios la gente acude a pedir favores especiales, respecto a la salud, la familia, relacionados a la vida espiritual, en una palabra los peregrinos van buscando a Dios, profundizar su vida espiritual, la esencia espiritual del Santuario está en la conversión.
CONVERSIÓN
La Escritura utiliza el término griego de Metanoia, cambiar la mente y el corazón, alejarse del pecado para volverse a Dios en el amor fiel y en el servicio. Cambiar el corazón y la mente, cambiar el corazón, es la esencia de la vida cristiana. Los cristianos pueden realizar este cambio en la medida que se encuentran y siguen a Cristo de verdad, de todo corazón. Cuando se acude a un santuario la motivación más íntima es esa metanoia.

La Virgen María en la mayoría de las imágenes se presenta con Cristo en sus brazos, quien tiene el mundo en sus manos o está bendiciendo a la humanidad, sino está sola pero siempre en referencia a Cristo, a Dios, al Espíritu Santo, como la Inmaculada en Lourdes, que significa la Llena de Gracia, llena de Dios o la Guadalupe que está encinta de Jesús y representa la fecundidad divina revelada a los pueblos nuevos que nacen para Dios.
La intervención de la Virgen se hace evidente en los santuarios marianos, ella sigue su vocación y su tarea pedida por el mismo Jesús, ser nuestra madre espiritual y ayudarnos a encontrarnos con Cristo para obtener la vida eterna. He ahí a tu madre,… he ahí a tu hijo…(Cf. Jn 19,25ss) La fe cristiana se ha mantenido viva en Europa y otros lugares también por medio de los santuarios, los cristianos quizás en sus lugares de origen no encuentran una Iglesia animada y la fe se va perdiendo, pero en los grandes santuarios marianos la gente renueva su fe, recarga sus baterías espirituales y regresa dispuesto a luchar por la fe y la iglesia.
La devoción a María nunca puede estar separada de la conversión a Cristo y el objetivo primordial de toda devoción a María es desembocar en una mayor profundidad de fe cristiana. El pueblo sencillo vive una experiencia directa de afecto hacia María, como Madre del Señor y como Madre de la Iglesia, pero en el fondo de su corazón su proceso de peregrinación, su visita al santuario, su devoción a María está abierta a la trascendencia de Dios, es una ventana abierta al encuentro personal y afectivo con el Señor. Hay que valorar el potencial evangelizador y de conversión de los santuarios marianos, el poder de remover los corazones del pueblo de Dios que tiene la devoción mariana y que se concentra en los santuarios marianos y en las imágenes particulares marianas que existen a lo largo y ancho del mundo.
PEREGRINACIÓN
La otra cara de la moneda del santuario es la peregrinación. Es un fenómeno que está en el corazón de todos los pueblos de la tierra, el caminar hacia Dios, buscar a Dios en la vida. El hombre por ser consciente, como diría Teilhard de Chardin, es un ser teleológico, tiene conciencia de la muerte y su vida se convierte en una vida teleológica, una búsqueda del destino final de la existencia. Todo ser humano debe caminar hacia su destino definitivo y la vida, por ser tan corta y única se convierte en una peregrinación por el desierto hacia un fin desconocido. Todas las religiones en general tienen por lo tanto en su realidad las peregrinaciones a lugares especiales.
La fe bíblica monoteísta está marcada por un profundo sentido de la peregrinación. Abraham, el padre de los creyentes, el primer hombre que dejó los falsos dioses para abrazar la fe en el Dios vivo y verdadero, recibió de ese Dios la exigencia de dejar su tierra y su familia de origen para irse a caminar en el desierto, ser un “arameo errante” (Cf. Dt 26,5) y en ese desierto encontrarse con Dios, recibir la promesa del futuro, una descendencia “como las arenas del mar” (Cf. Gn 22,17). Todo peregrino es otro Abraham que espera encontrarse con el Dios vivo en su interior y recibir las promesas de Vida Eterna.
Una vez que el pueblo de Israel crece, fruto de la promesa de Dios a Abraham, es esclavizado en Egipto, y por intervención milagrosa de Dios, por medio de Moisés, el pueblo es sacado al desierto, liberado del yugo del Faraón. En el desierto el pueblo es de nuevo peregrino, y en la purificación de los 40 años del desierto recibe la revelación de Dios, las Tablas de la Ley de la Antigua Alianza, los Diez Mandamientos. Allí, en la peregrinación del desierto, el pueblo de Abraham se hace pueblo de Dios ratificando la alianza con Dios, allí se purifica de sus apegos al mundo materialista y engañoso de Egipto, un mundo más cómodo, más seguro, con agua y alimentos, pero con un yugo para la verdadera fe en Dios. El pueblo de Israel debe irse al desierto, peregrinar, dejarlo todo, renunciar a todos los apegos, vivir una experiencia de inseguridad, pobreza, falta de apoyo de las cosas conocidas para encontrarse verdaderamente con Dios, el Dios trascendente, infinitamente libre, que no hace acepción de personas, que no se somete a ningún poder terrenal, el Dios ante el cual Moisés debe despojarse incluso de sus sandalias para poder acercarse a él.
La fe de Israel ocurre dentro de su peregrinación en el desierto, allí se da el encuentro auténtico y renovado entre la descendencia de Abraham y Dios. La fe no puede simplemente heredarse, es necesario que los descendientes de Abraham se encuentren verdaderamente con Dios y se comprometan a seguirle de corazón en una Alianza espiritual y esto ocurre en medio de la peregrinación por el desierto. La fe de Israel está esencialmente ligada a la peregrinación por el desierto.
El creyente tiene tendencia a instalarse en una seguridad material por sus necesidades biológicas y sociales pero la vida se le va escapando cada día y se ve presionado para caminar en el espíritu. Se puede llegar a perder a Dios en nombre de la comodidad e instalación. Cuando se entra en el desierto del creer, en el vacío del sinsentido de la vida, el creyente se pone en camino para buscar a Dios, y muchas veces lo hace por medio de una peregrinación a un santuario.
La Iglesia en la medida que se instala demasiado, desaparece, la fe es como el rocío de la mañana que se seca al calentar el sol, es necesario siempre salir a caminar, desinstalarse, arriesgarse a caminar hacia Dios, renunciar a las cosas que nos dan seguridad y andar en el camino del Espíritu. Los santuarios marianos se mantienen como una opción concreta para las personas creyentes, siguen suscitando el sentido de la peregrinación, de la penitencia, del dejar las comodidades que adormecen nuestra vida espiritual. No hay que perder el sentido importante de los santuarios y las peregrinaciones y menos hoy día cuando el mundo se ha secularizado tanto.
El ponerse en camino es una realidad especial y concreta. El peregrino sale de su tierra, viaja a un lugar lejano, pasa trabajo, hambre, sed, necesidades, no duerme bien, no sabe lo que va a encontrar, puede tener accidentes en la vía, enfermarse, se aleja de su lugar seguro, de su nido, para volar. El peregrino busca a Dios, trae un problema, un sufrimiento, viene a implorar, se humilla ante Dios, pide humildemente. El peregrino reconoce sus pecados, busca el perdón de Dios, se despoja de su soberbia ordinaria, se quita las sandalias, como Moisés, quien estaba peregrinando en su vida y se encontró con Dios, luego cuando estaba peregrinando con el pueblo de Israel se encontró con Dios en el monte Horeb y recibió de Dios las tablas de la ley que son una referencia para toda la humanidad. El peregrino busca beber el Agua de la Vida, busca palabras de Vida, consuelo, alimento espiritual, el estado de peregrino es el mejor para la metanoia o conversión, es la disposición más adecuada para que Dios trabaje en el corazón y le dé la fuerza del Espíritu para continuar un auténtico camino en la vida, no el camino falso del engaño sino el camino que lleva a la Vida.
Todos somos peregrinos de la vida, vamos caminando hacia nuestro destino definitivo, y en algún momento de nuestra existencia entramos en la dimensión del peregrino, sentimos la experiencia profunda de nuestra peregrinación. Por eso el peregrinar católico hay que considerarlo como un momento especial e importante, un momento profundo donde se pueden dar acontecimientos trascendentales para el creyente. Si queremos trabajar en la Iglesia fomentando la conversión tenemos que valorar la realidad de la peregrinación y por lo mismo de los santuarios, y asumirla como una auténtica labor pastoral.
LA RELIGIOSIDAD POPULAR
El pueblo en general no profundiza demasiado intelectualmente, pero vive la intuición de la fe, el sensus fidelium, que es más profundo que cualquier conciencia simplemente intelectual. El Espíritu Santo es quien trabaja en la Iglesia para llevar al pueblo de Dios por los caminos espirituales. La Iglesia debe trabajar de acuerdo con el Espíritu Santo atendiendo al pueblo de Dios y ayudándolo a elevar y purificar su doctrina y su fe. La devoción mariana tiene un arraigo especial y misterioso en el pueblo de Dios, millones de personas se mueven por esa devoción a María y a otros santos. No pocas de esas personas no saben mucho de la doctrina cristiana pero acuden con gran fervor y espíritu religioso a los santuarios, peregrinaciones, procesiones dedicadas a esos santos.
La Iglesia a veces sufre para que alguien la escuche y trate de convertirse a Dios, la gente que acude a los santuarios y peregrinaciones son millones de fieles que están dispuestos y muchas veces sedientos de escuchar el mensaje de Vida, en esas circunstancias en general están más abiertos a la palabra de Dios, más sensibles para abrir el corazón a Dios. El pueblo en el fondo busca a Dios, y lo hace de una manera sencilla, que está a la mano para su realidad intelectual y afectiva, lo hace por medio de devociones, de imágenes particulares, días especiales festivos, costumbres religiosas, etc.
Hay que estar conscientes de que el pueblo tiene sed de Dios, pero que no sabe muchas veces cómo profundizar, se puede quedar en la imagen, la costumbre, los ritos tradicionales, pero en ningún momento debemos desvalorizar esta realidad religiosa espiritual, tampoco tenemos que tener un prejuicio solamente porque no la comprendemos. Debemos estar abiertos a la acción del Espíritu en medio de su pueblo, y cooperar para que esa acción ocurra lo mejor que podamos. La Iglesia tiene fuerza no solamente por su verdad, que es eterna e inconmovible, pero también por la gente, por la masa de creyentes. Una Iglesia sin gente no pierde su sentido pero llega a ser casi inútil. Se podría decir que una Iglesia sin gente no es Iglesia. Hay que valorar la gente, el pueblo de Dios, aunque sea impreparado, aunque sea inculto, aunque no tenga muchas veces una fe clara y pura. Ese pueblo es la tierra que debemos trabajar para llevarla a ser un jardín, pero no rechazarla.
Cada uno de nosotros tiene en lo más profundo de su ser inscrito el amor de la madre, la confianza primordial de un ser humano está basada en la madre, es la persona en la cual cualquiera de nosotros puede confiar sin ninguna sombra de inquietud (a menos que sean casos especiales de madres problemáticas). La confianza profunda, subconsciente, que le tenemos a la madre se continúa en forma natural con la confianza a María, nuestra madre en el espíritu, dada por el mismo Jesús en la cruz (Cf. Jn 19,25ss).
Una vez que el pueblo se convoca para una actividad con María, como por ejemplo rezar el Santo Rosario en un sector, una Misión Mariana, una celebración relacionada con la Virgen, una Procesión, etc., se le puede enseñar muchas cosas y ayudar a purificar su fe cristiana, irlo llevando hacia una fe cada vez más sólida y más limpia. El sentimiento afectivo espiritual se mantiene, el ambiente propio de apertura, de confianza, de comunión familiar, ayuda a realizar la evangelización y a sembrar la palabra en una tierra preparada por María.
En el santuario la gente experimenta una libertad espiritual. Esta libertad espiritual se puede explicar teológicamente por la realidad mariana de la Inmaculada Concepción. María es libre de pecado, nunca entró en ella el pecado, nunca tuvo negocios con él, y el santuario mariano es su casa. En esa casa de María no hay opresión espiritual, y el cristiano siente esa libertad interior, aunque de manera muchas veces subconsciente, y percibe con mayor claridad espiritual su necesidad de limpiar su corazón, percibe más claramente su pecado, y siente la necesidad de confesarse. Es innumerable la cantidad de personas que se confiesan en los santuarios, muchas de ellas que no venían con la intención de hacerlo.
La otra experiencia en el sacramento de la Confesión y de la Eucaristía se da en las celebraciones especiales en el santuario.
Muchas personas acuden al Santuario, en peregrinaciones parroquiales, familiares o personales, a “pagar promesas”, por favores concedidos por diversas causas, de salud u otras necesidades. Otras van a buscar solucionar un problema espiritual y encuentran en la confesión una luz que los ilumina a la vez que sanan sus heridas, se liberan del pecado. Las personas sienten el regreso a la casa de Dios, son arropados en el corazón maternal de María, regresan como el hijo pródigo a la casa de su padre. Sienten la acogida de la Iglesia que los recibe, los perdona, los aconseja, no les cierra la puerta, a pesar de haber estado alejados por muchos años o por muchos pecados. Muchas de las personas lloran, se abren de corazón, sienten su impotencia y su necesidad de Dios. Es un misterio hermoso donde los creyentes van a buscar las Aguas de la Vida, renovar su bautismo y recuperar la gracia perdida.
CONCLUSIÓN
Los Santuarios serán fuente de vida espiritual y religiosa por muchos años. No hay que desaprovecharlos. La Iglesia se revitaliza con la práctica de los Santuarios, con las peregrinaciones, con las prácticas que rompen la rutina, mueven a la gente, hacen salir de lo cotidiano, cuestionan. El punto central es siempre la conversión del corazón, una verdadera vida de fe cristiana, un verdadero seguimiento de Cristo, conversión a Dios. La devoción a María es un camino importante y presente en la Iglesia desde mucho tiempo atrás, que tiene su testimonio en el mismo Nuevo Testamento, y está presente a lo largo y ancho del mundo entero. Aunque a veces se dan casos de sincretismo o de cierto descentramiento de la devoción mariana respecto a la fe cristiana, sin embargo es un caudal de pueblo de Dios que se mueve sin tener que moverlo y que se pone en manos de la Iglesia para ser trabajado, no hay que despreciarlo.
A veces sentimos que las sectas se llevan a los creyentes y a la vez no utilizamos los medios que está a nuestro alcance para reavivar a la Iglesia y motivar a los creyentes e incluso atraer a otros hacia la Iglesia. Debemos cuestionarnos seriamente y revisar qué estamos haciendo desde nuestro carisma mariano para la evangelización de la Iglesia y del mundo.
Que la Santísima Virgen María nos ayude en nuestro camino de fe en la Iglesia. Amén.
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