S.- Este salmo 84 formaba parte de los que eran considerados como oraciones personales, íntimas. Y eran un tanto diferentes de los que se utilizaban para la oración en común, para la liturgia. El salmista expresa su ternura y confianza en Dios.
2.- La segunda lectura –de la Carta de Pablo a los Efesios--es una alabanza salida de un corazón que ha experimentado a Dios. Parece como si el hombre fiel a la palabra de Dios –profeta en definitiva-- hubiera explotado en un canto al Señor por el que vive.
3.- El evangelio de hoy nos habla del envío. Del encargo para cumplir una misión. No podemos guardarnos el mensaje y quedarnos parados. Tenemos que ser signo de la presencia de Dios en el mundo. Él nos dará su gracia para que esto se haga realidad en cada uno de nosotros. Y eso es lo que con palabras maravillosas nos dice San Marcos en su relato.
“No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos”. Nos conmueve la simplicidad con que el pastor Amós responde al sacerdote Amasías, según se lee en el texto que hoy se proclama (Am 7,12-15). Evidentemente el profeta molesta a la institución. Pero hoy son muchos los que se proclaman profetas. Los que pregonan haber recibido ese carisma.
Pues, bien, el verdadero profeta no se atreverá nunca a apropiarse ese título. El verdadero profeta no lo es por profesión. Se podría decir que lo es siempre a regañadientes. La iniciativa no viene de él sino de Dios. Es Dios quien lo saca de su vida habitual y pone en sus labios unas palabras que ni él mismo habría nunca imaginado.
La verdadera vocación profética no reporta nunca beneficios inmediatos. Por eso, nunca puede brotar en el campo del egoísmo y de los propios intereses. Se ha dicho con razón que la vocación puede ser representada como una lucha con Dios, en la que el llamado es siempre vencido por el que le llama. Bien lo sabía Amós, acostumbrado a guiar sus rebaños por el campo.
Si la primera lectura nos recuerda la vocación de Amós, el evangelio nos da cuenta de la vocación de los discípulos de Jesús. Tampoco ahora la iniciativa viene de ellos mismos. Es el Señor quien los elige, quien los llama y quien los envía con una triple misión: predicar la conversión, echar los demonios y curar a los enfermos (Mc 6,7-13).
Jesús quiere liberar de los espíritus inmundos: los demonios, que engañan, tientan y apartan de Dios. El poder y la necesidad de ejercerlo no es sólo para aquel momento, sino para siempre dentro de la vida de la Iglesia, porque siempre subsisten la presencia y la intervención maléfica de los demonios y el pueblo ha de ser liberado para poder seguir a Jesús. "El príncipe de este mundo" como Jesús llama al demonio es el que está detrás de tantas estructuras que en nuestro tiempo con sus falacias y apariencias, distraen al hombre de su fin último, haciéndole vivir mirando sólo al suelo y no al Cielo, quedarse en las cosas, que pasan y no llenan y despreciando al Creador de las mismas y a la eternidad.
- Ahora bien, Jesús los envía de dos en dos. Sus discípulos no son individualidades, sino una representación de una comunidad creyente, que vive en el amor y da testimonio de ello, e invita a otros a lo que ellos ya han experimentado y creído. Viajar, caminar y actuar siempre “de dos en dos” es ya un requisito para que puedan ser creídos como pregoneros y testigos de la verdad.
- Pero es que, aun antes de actuar y de hablar, han de ser convincentes por su misma forma de vivir en comunión y fraternidad. La buena noticia del amor no será creíble si los que la proclaman no se aman como hermanos. Sin embargo seguimos los cristianos divididos y cada día más, separándonos, levantando muros, rompiendo la unidad en la caridad que el Maestro nos mandó. Aquí está la clave de la credibilidad o no, no se puede predicar una doctrina de amor cuando nosotros no la vivimos....
- Además, los discípulos del Señor son enviados con un encargo muy concreto de vivir en austeridad y pobreza. Ha de faltarles no solo lo superfluo, sino también lo necesario. El mensaje dirigido a los pobres no será creíble si lo anuncian los que nadan en las riquezas. En nuestro "hoy" creemos en una falacia del "mundo" (con el significado que a este término da Jesús), si nos faltan las estructuras y materialidad que nos "hecho imprescindibles", no se puede hacer nada. El discípulo va armado con la fe en el Maestro y su mensaje, lleno de su Amor para compartirlo, lo demás "se nos dará por añadidura"...
El texto evangélico recoge un par de advertencias de Jesús que pueden resultar extrañas en la cultura de nuestro tiempo:
- “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio”. Jesús quiere y espera que sus discípulos no sean presuntuosos, ni escogidos. La verdad del mensaje ha de apoyarse en la sencillez del mensajero. Abandonar una casa por exigencias de mayor comodidad no haría muy creíble el evangelio. Una de las características del hombre del s. XXI es la inconstancia y la volubilidad, nada es permanente, no lucha por nada, deja todo a la primera dificultad, tenemos que luchar por una civilización de lo permanente, del compromiso cumplido, de una fidelidad sin límites.
- “Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa”. Jesús es muy realista. Sabe que quienes rechazan el mensaje, rechazarán también al mensajero. Pero hay que vivir siempre con rectitud y limpieza. Para que sea evidente que el rechazo es inmotivado. Tenemos un aviso del Señor, seremos muchas veces rechazados, porque rechazan al Señor y a su mensaje en nosotros; pero hemos de seguir sin desaliento el camino...
– Señor Jesús, tú conoces la resistencia que oponemos a tu llamada y el rechazo que demostramos a los que has llamado. El evangelio nos revela la limpieza de tu elección, la coherencia que esperas de tus discípulos y las dificultades que han de encontrar en la misión. Que tu palabra nos purifique a todos, para que brille tu palabra y no nuestros intereses.
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