
Nuestra primera lectura de hoy es del capítulo 35 del Libro de Isaías ¡Cómo necesita el mundo de hoy el mensaje de Isaías! En un ambiente cargado de desaliento, desesperanza, limitaciones, se recibe como un baño de agua fresca la palabra consoladora del Profeta. ¡Sed fuertes, no temáis!
El salmo 145 tiene especiales resonancias cristianas: describe a Dios como un Padre que tiene una clara opción por los pobres y marginados, circunstancia que predico Cristo y que no era tan frecuente en el Antiguo Testamento. De todos modos ya en el salmo 82 se dice que ese aspecto de misericordia era prueba de la autenticidad divina del Señor.
Mirad que Dios no hace acepción de personas, como nos dice el apóstol Santiago en su Carta, Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino.
El evangelio de Marcos sella las dos lecturas anteriores con la curación del sordo que apenas puede hablar, y es que Jesús con estos signos quiere reiterarnos que la acción milagrosa sólo tiene significado para el que cree, ya que el hombre es libre de aceptar o rechazar la gracia que se le ofrece.

Los milagros en los evangelios están en función de la identidad del Señor, porque buscan darnos a conocer al Señor Jesús, de ahí que están en relación directa a la revelación. Marcos ya nos había presentado otros milagros como ser la curación del paralítico, o la tempestad calmada, o la multiplicación de los panes, donde nos ha hecho ver la autoridad del Señor sobre las fuerzas de la naturaleza, sobre las enfermedades y la muerte. En esta oportunidad realiza algo que en sí llama mucho la atención como es el gesto que realiza, pues cuando sanó al paralítico, le ordenó que se levantara y se levantó, tomó su camilla y se fue. Cuando calmó el viento y el mar les ordenó que se callaran y así lo hicieron, su palabra fue eficaz e inmediata. Aquí en cambio, hace dos gestos que resultan curiosos, porque hace cosas que en otras oportunidades no lo había hecho, como ser meter el dedo en el oído del que no oía, mojar con su saliva la lengua del tartamudo y así le devuelve la audición y el habla. Además del gesto milagroso de devolver la salud, también podemos considerar todo lo que implica y significa no escuchar al Señor, como tampoco darlo a conocer, transmitir con mi vida su Palabra, anunciarlo y comunicar sus enseñanzas. Un milagro de este tipo puede tener una relación directa con lo que es la vida de fe de muchas personas, pues algunos aunque bautizados, son como sordos a las manifestaciones de Dios y a su vez mudos para el testimonio y así dar a conocer aquello que dicen creer. De ahí, que este milagro puede ser como una invitación a dejarnos tocar por el Señor, para que Él actúe y se manifieste en nuestras vidas, abriendo los oídos sordos del corazón y soltando nuestras lenguas para que podamos anunciar con nuestra vida aquello que creemos. Es decir, pasar de un cristianismo de nombre a una actitud de vida, dando a conocer y manifestando aquello que creemos. Pero situaciones como esas requieren la acción y la manifestación del Señor, pues si Él no actúa, hay circunstancias que por nosotros mismos no lo podemos cambiar, en especial, cuestiones de actitudes que superar lo meramente racional. Y es ahí donde debemos pedir la intervención del Señor para que con su gracia Él pueda transformar nuestra vida, ayudándonos a vivir más plenamente lo que implica ser y llamarnos cristianos.

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