Se dice usualmente que la práctica del rosario comenzó, cuando los laicos imitaban el oficio monástico ( Breviario o Liturgia de la Horas ) en el que los monjes oraban los 150 Salmos. Los laicos, cuya mayoría no podía leer, sustituían 50 ó 150 Ave Marías por los Salmos. Algunas veces usaban un cordón con un contador para llevar la cuenta exacta.
Entre las devociones con que el pueblo cristiano honra a la Virgen María sobresale el santo rosario; es la reina de las devociones marianas. Múltiples son las razones de esta afirmación. Destacamos algunas de ellas.

El Rosario, como forma actual, tuvo su prehistoria y su evolución. No fue una fórmula precisa y fija que la Virgen le entregara a Santo Domingo, tal como se representa en la iconografía. Ya se representaba así en dos cuadros del siglo XIII, destruidos en la revolución francesa y en los que aparecía la Virgen dando el rosario a santo Domingo. Con este tipo de representaciones iconográficas se trata de expresar el dono de la obra de santo Domingo, debida, aunque con elementos previos, a una iluminación sobrenatural, que le hizo estructurar y extender esta devoción en sus elementos fundamentales. Santo Domingo nace en 1170 y muere el año 1221. ¿Cuál es su obra como fundador del rosario? ¿Con qué prehistoria se encontró? Naturalmente se trata de la primera parte del Ave María, ya que el “Santa María” y las partes siguientes no se generalizaron en el rosario hasta principios del siglo XVII. Y hasta parece seguro que el nombre de “Jesús”, añadido a la primera parte del rezo avemariano, no se generalizó hasta mediados del siglo XIII.
El rosario, como se verá, tuvo una evolución muy varia hasta obtener la forma actual, establecida por la autoridad de la Iglesia. Pero antes – ya se verá la parte que santo Domingo tuvo en ello- el caso, escribe el P. Getino, era saludar insistentemente a la Virgen, dirigirle esa gratísima salutación que le dirigieron el Ángel y santa Isabel, contemplar con ese dulce acorde su vida y, más aún, la de su Hijo divino, mezclar en esas guirnaldas de rosas marianas algunos Padrenuestros (que esos sí se rezaban completos), y entregarse al amor y a la imitación de la Madre de Dios por medio tan sencillo.”
Ave María en el siglo XIII
Es inútil buscar el rezo difundido del Ave María antes del siglo XII. Sólo se encontraría en algunas liturgias, no exentas de interpolaciones. Lo que sí se rezaba era el Padrenuestro.
Hacia el siglo XII no hay nada que merezca una consignación sobre el rezo del Ave María. Las homilías de los Santos Padres y los cánones de los Concilios recomiendan mucho la recitación del Símbolo de la fe, el Credo, y la oración dominical; pero el Ave María no aparece recomendada hasta finales de esa centuria, y eso una sola vez. A veces se encuentran citados casos esporádicos, anecdóticos, del rezo del Ave María. San Pedro Damián habla de un religioso que todos los días iba ante el altar de la Virgen y le cantaba la salutación angélica.
Las vidas de san Norberto, san Bruno, san Bernardo, santa Hildegarda y demás bienaventurados del siglo XII nada nos ofrecen de recitaciones avemarianas a pesar de su devoción a la Virgen. Las Constituciones de sus Órdenes respectivas guardan silencio en este siglo, lo mismo que las Constituciones de Concilios, Sínodos y Pontífices. No sólo no aparece prescrito el rezo avemariano a los clérigos, sino que ni siquiera a los legos que no sabían reza el Oficio divino. Solamente en los estatutos de Guigués se preceptúa a los legos rezar trescientos Padrenuestros por cada difunto. (Mabillón)
Solamente hay una disposición de carácter general en que se manda por Eudes de Sully, obispo de París, en 1298, que los presbíteros enseñen y se aprenda por los fieles el rezo del Padrenuestro, el Credo y la “Salutación a la Bienaventurada Virgen” No se sabe el efecto que esto tuvo en la diócesis de París, pero se diría que el terreno se iba haciendo propicio al rezo avemariano. Como se ve, el rezo del Ave María no era usual, sino esporádico y anecdótico. Pero en adelante cambiaría.
¿Qué oraciones tenía en este acompasado rezar con innumerables genuflexiones? En la obra citada se dice que con ello “enseñaba a los frailes”. Lo que éstos hacían se sabe por Galvano de la Fiamma: “Además hechas (por los frailes) las dichas devociones a la Virgen bienaventurada, unos se arrodillaban cien, otros doscientas veces entre día y noche y decían otras tantas veces el Ave María.”
Si esto copiaron los discípulos de él es que era una manera predilecta y usual de orar de santo Domingo- Galvano de la Fiamma dice que Fray Teutónico “en todas sus alabanzas a la Virgen decía el Ave María de rodillas.” Y en el citado libro de los “Modos de orar”, en el códice de Bolonia, de principios del siglo XV, pone dibujos en los que aparece santo Domingo orando en las características formas que él tenía; en el frontal del altar ante el que reza, se pone dos veces el Ave María, y en otro de los grabados pone el “Gratia”
La formulación del rezo
El rezo arrodillado del Ave María era una práctica en la Orden dominicana legislada por el propio fundador. El beato Raimundo de Capua, sucesor de santo Domingo, escribe que fundó una milicia de seglares – “Milicia de Jesucristo”- vinculada a la Orden. A sus miembros les mandó “rezar a diario un cierto número de Padrenuestros y de Avemarías que rezarían en lugar de las horas canónicas”. Gregorio IX, en la bula que aprueba esta Milicia, establece que por cada hora canónica digan siete padrenuestros y por cada hora del oficio de la Virgen siete Avemarías. Esos cuarenta y nueve Padrenuestros y cuarenta y nueve Avemarías se diría que son la confirmación pontificia a lo establecido por santo Domingo. Empieza a aparecer el primer elemento del Rosario. Era alabanza a María y protesta también contra los albigenses que negaban que María fuese madre de Cristo. Así lo atestigua el escritor Moneta de Cremona.
En las Beguinas de Gante- un pueblo entero de mujeres piadosas dirigido por dominicos- y cuya Regla data de 1234, se lee: “Cada Beguina...debe rezar cada día tres guirnaldas, orando, que se llaman “Salterio de la bienaventurada Virgen.” En un documento del año 1227 se manda rezar por los difuntos el “Psalterium beatae Mariae Virginis”. Si las “guirnaldas” constan de cuarenta y nueve Ave Marías – por imitar al salterio de oficio divino diario, las tres “guirnaldas” son ciento cuarenta y siete Ave Marías. El Rosario avemariano empieza prácticamente a constituirse en estos momentos.
La regulación de los rezos para los novicios, en el Oficio de la Virgen, es muy interesante como consta en un códice del siglo XIII. Después de los maitines de la Virgen, el novicio “meditará” “cum ardore” los beneficios de Dios: “la Encarnación, Nacimiento, Pasión y orar cosas generales semejantes....” y terminando la meditación de todo ello con el “Pater noster et Ave María”.
El rezo del Ave María, que se encuentra en el siglo XII rezado circunstancialmente por alguna que otra persona, en el siglo XIII, ya en sus principios, se recita al lado de Santo Domingo con una generalidad asombrosa; sus frailes lo hacen objeto de sus amores después de Completas; lo tienen en lugar de Oficio divino los socios de la Milicia de Jesucristo; lo reciben las monjas y novicios y forma parte del rezo obligatorio de los legos, de lo que pudiéramos llamar su Oficio divino.
Pero no sólo con Santo Domingo florece y se extiende el rezo del Ave María, sino que va a florecer en forma de “quincuagenas”, que es el número del Rosario, ya en su primera época. Las genuflexiones que se hacían, y a las que acompañaba por regla general el rezo avemariano, era normalmente el de 50 o múltiplos de este número. Como antes se ha visto, los frailes “imitaban” a Santo Domingo en sus rezos que era “recitar con genuflexiones” el Ave María, lo que hacían “unos, cien y otros, doscientas veces".
El rezo del Avemaría en algunos países de la Europa medieval
En Bélgica tenía esta costumbre santa María de Oignies, discípula predilecta de dos grandes amigos de Santo Domingo. También se señalan los nombres de Beatriz de Florival, Ida de Jesús, Margarita de Iprés y, sobre todas, las Beguinas de Gante que rezaban las 150 avemarías.En Alemania se cita a Cristina Ebnerim, célebre mística dominica del convento de Engelthal que diariamente saludaba a la Virgen con 100 avemarías, y Estefanía Ferretti, dominica de Comar que, durante cincuenta años recitó a diario las 150 avemarías.
En Italia la beata Benvenuta Boyani recitaba el Ave María centenares de veces al día; ya en el siglo XIII.
En Suiza, las dominicas de Toesz, en la primera mitad del siglo XIV recitaban también las 150 avemarías.
Resumen del primer período de la historia del rosario
El Ave María en forma de cincuentenas no tiene, en este período, una estabilización fija, como se comprueba en la consulta que María de Tarascón, hermana de Clemente IV y favorecedora de los dominicos, hace al Capítulo General preguntando “qué número de Padrenuestros y de Avemaría” sería el más conveniente para rezar por dicha reunión capitular. Así lo contó su hermanos al historiador Gerardo de Frachet que lo narra en su “Vitae Fratrum”. Si quisiéramos resumir la obra de Santo Domingo con respecto al Avemaría, reflejada en su obra y en las costumbres de sus discípulos, se puede afirmar que su preocupación fue introducir el rezo avemariano : a) en el Oficio de la Virgen para los clérigos. b) en lugar del Oficio divino para los hermanos cooperadores y para los cofrades de la Milicia de Jesucristo, hoy Dominicos Seglares y c) fuera del Oficio prefiriendo en este caso las cincuenta avemarías.El Rosario como objeto devocional o “contador de cuentas”
Es obvio que en tiempo de Santo Domingo no existía el rosario-objeto devocional tal y como lo conocemos hoy. Existía, no obstante, un tipo de “contador” para el rezo múltiple del Paternóster y se llevaba a la vista. Cuando el beato dominico Marcolino de Forli, siglo XIV, rezaba a diario cine Padrenuestros y cien Avemarías, llevaba las cuentas a la vista –en palabras del beato Juan Domínici- y lo hacía “siguiendo la costumbre de los hermanos conversos”. Tal contador de Padrenuestros era muy usado por los dominicos pero es de uso anterior a ellos y figura en estatuas y en sepulcros, aunque con diez o doce cuentas solamente. Estas cuentas eran corredizas y otras estaban formadas por nudos; ambas fueron usadas también para el rezo del Rosario, ya que éste no lo tuvo propio al principio hasta que se estableció ya la fórmula rosariana. En la primera época es difícil identificarlos como contadores de Padrenuestros o de Avenarías. Aparecen frecuentemente como “hilos de cuentas”.
En las actas del Capítulo Provincial de Orvieto, año 1261, se mencionan los contadores de Padrenuestros del tipo de “hilos” que usaban los hermanos conversos. Del mismo género eran, al parecer, los que usaban Santa Inés de Montepulciano, 1317, y otras dominicas de los siglos XIII, XIV y XV. El historiador P. Mezard examina dieciocho casos de dominicos anteriores a Alano de la Roche que llevaban “corona, rosario o paternóster”, como más generalmente se le llamaba. El que Santa Catalina de Siena regaló al padre de su amiga Alesia tenía cien cuentas. Igual que el del beato Marcolino de Forli, dominico de la misma época. Hasta en esos”hilos” prendió el lujo. En uno de 1333, el “hilo” tenía tres cuentas de ámbar, dos de cristal, dos de coral, etc. El Capítulo provincial de Orvieto de 1261 manda a los hermanos conversos traer un paternóster que no sea de ámbar ni de coral. Pero no indica el número de cuentas ni de avemarías que agregaba a los Padrenuestros.
Para animaros todavía más a esta devoción de las almas grandes, agrego que el Rosario, rezado con la meditación de los misterios:
- 1º, nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;
- 2º, purifica nuestra alma del pecado;
- 3º, nos hace obtener victoria de nuestros enemigos;
- 4º, nos hace fácil la práctica de las virtudes;
- 5º, nos enciende en el amor de Jesucristo;
- 6º, nos enriquece de gracias y de méritos;
- 10º, nos proporciona con qué pagar todas nuestras deudas con Dios y los hombres;
- 11, y finalmente nos obtiene de Dios toda clase de gracias.
El conocimiento de Jesucristo es la ciencia de los cristianos y la ciencia de la salvación; sobrepuja -dice San Pablo(1)- a todas las ciencias humanas en precio y excelencia:
- a) por la dignidad de su objeto, que es un Dios-Hombre, frente al cual todo el universo no es más que una gota de rocío o un grano de arena;
- b) por su utilidad: las ciencias humanas no nos llenan sino del viento y humo del orgullo;
- c) por su necesidad: porque no podemos salvarnos si no tenemos el conocimiento de Jesucristo, y quien ignore todas las otras ciencias se salvará, con tal que esté iluminado con la ciencia de Jesucristo.
¡Bendito Rosario, que nos da esta ciencia y conocimiento de Jesucristo al hacernos meditar en su vida, muerte, pasión y gloria! La reina de Sabá admirando la ciencia de Salomón, exclamó: "¡Dichosos tus domésticos y servidores que están siempre en tu presencia y oyen los oráculos de tu sabiduría!"(2). Más dichosos son aún los fieles que meditan en la vida, virtudes, padecimientos y gloria del Salvador, porque por este medio adquieren el perfecto conocimiento en el cual consiste la vida eterna: Haec est vita aetema(3).
La Santísima Virgen reveló al Beato Alano, que tan pronto como Santo Domingo predicó el Rosario los pecadores empedernidos se conmovieron y lloraron amargamente sus crímenes, y hasta los niños hicieron increíbles penitencias. Fue tan grande el fervor en todos los lugares en que predicaba el Rosario, que los pecadores cambiaron de vida y edificaron a todo el mundo con sus penitencias y enmienda.
Si sentís vuestra conciencia cargada de pecados, tomad vuestro Rosario y rezad una parte en honor de algunos misterios de la vida, pasión o gloria de Jesucristo, y estad seguros que mientras meditáis y honráis esos misterios, Él, en el cielo, mostrará sus sagradas Llagas a su Padre, abogará por vosotros y os obtendrá la contrición y el perdón de vuestros pecados. Un día dijo Jesús al Beato Alano: Si esos míseros pecadores rezasen a menudo el Rosario, participarían en los méritos de mi Pasión, y como Abogado de ellos aplacaría Yo la divina justicia.
Esta vida es una guerra(4) y tentación continuas. No tenemos que combatir contra enemigos de carne y sangre, sino contra las potestades mismas del infierno(5). ¿Qué mejores armas podemos tomar para combatirlos que la Oración que nuestro gran Capitán nos ha enseñado; que la Salutación angélica, que ha expulsado a los demonios, destruido el pecado y renovado el mundo; que la meditación de la vida, de la Pasión de Jesucristo con cuyo pensamiento debemos armarnos como nos ordena San Pedro(6), para defender nos de los mismos enemigos que Él ha vencido y que nos atacan todos los días? "Desde que el demonio -dice el cardenal Hugo- ha sido vencido por la humildad y pasión de Jesucristo, apenas si puede atacar a un alma armada con la meditación de sus misterios, o si la ataca, es vencido por ella vergonzosamente." Induite vos armaturam Dei(7). Armaos, pues, con estas armas de Dios, que os proporciona el Rosario, y quebrantaréis la cabeza del demonio y permaneceréis estables contra todas sus tentaciones.
De ahí proviene que el Rosario -aun el material ( sarta de cuentas o granos )- sea tan terrible para el diablo, y que los santos se hayan servido de él para encadenarle y arrojarle de los cuerpos de los posesos, tal como varias historias lo atestiguan.
A un hombre -dice el Beato Alano- que había ensayado inútilmente toda clase de prácticas de devoción para librarse del espíritu maligno que le poseía, se le ocurrió ponerse al cuello su rosario, lo cual le produjo alivio y, habiendo experimentado que cuando se lo sacaba el demonio cruelmente le atormentaba, resolvió llevarlo puesto noche y día. Con esto alejóse el diablo para siempre por no poder soportar tan terrible cadena. El mismo Beato Alano asegura que libró a gran número de posesos, poniéndoles el rosario al cuello.
Cuando el R. P. Juan Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicaba la cuaresma en una localidad del reino de Aragón, le trajeron una jovencita poseída del demonio. Después de haberla exorcizado varias veces, pero en vano, le puso al cuello su rosario; de inmediato comenzó ella a dar gritos y aullidos espantosos, diciendo: "Sáquenme, sáquenme estas cuentas ( del rosario) que me atormentan". Finalmente el Padre Amat, por compasión a la pobre joven, le quitó el rosario del cuello.
La noche siguiente, cuando el Reverendo Padre estaba descansando en su lecho., los mismos demonios que poseían a esa joven, vinieron a él echando espumas de rabia para apoderarse de su persona, pero con su rosario -que sujetaba fuertemente con la mano, a pesar de los esfuerzos que hicieron para quitárselo- los azotó de lo lindo y los ahuyentó, diciendo: "¡Socórreme, Santa María, Nuestra Señora del Rosario!"
A la mañana siguiente, cuando iba a la iglesia, encontró a la pobre joven que todavía estaba poseída, y uno de los demonios empezó a decir burlándose de él: "¡Ah, hermano! si no hubieras tenido tu rosario ya te habríamos arreglado". Entonces el Reverendo Padre arrojó de nuevo su rosario al cuello de la joven, diciendo: "Por los sacratísimos nombres de Jesús y de María su Santísima Madre, y por la virtud del Santísimo Rosario, os mando, espíritus malignos, que salgáis inmediatamente de este cuerpo". En el acto tuvieron que obedecer y la joven quedó libre.
Estos relatos históricos nos indican cuánta es la fuerza del Santo Rosario para vencer toda clase de tentaciones de los demonios y toda clase de pecados, porque las cuentas benditas del rosario los ponen en fuga.

EXCELENCIAS DEL PADRE NUESTRO EN EL SANTO ROSARIO Honramos las perfecciones de Dios a cada palabra que decimos en la Oración dominical.
Honramos su fecundidad mediante el nombre de Padre. Como Padre que engendra desde toda la eternidad a un Hijo que es Dios como El, eterno, consubstancial; que es una misma esencia, un mismo poder, una misma bondad, una misma sabiduría con El; Padre e Hijo que, amándose, producen al Espíritu Santo que es Dios como Ellos; tres Personas adorables, que son un solo Dios.
PADRE NUESTRO. Es decir, Padre de los hombres por la creación, por la conservación y por la redención. Padre misericordioso de los pecadores. Padre amigo de los justos. Padre magnifico de los bienaventurados.
QUE ESTÁS (es decir, Eres). Por estas palabras admiramos la infinidad, la grandeza y la plenitud de la esencia de Dios, que se llama verdaderamente “Aquel que es, Éxodo III, 14: nos dice que Yavhé significa “El que soy”. Es decir, que existe esencialmente, necesariamente y eternamente; que es el Ser de los seres, la Causa de todos los seres; que contiene en Sí mismo las perfecciones de todos los seres; que está en todos por esencia, por su presencia y por su potencia, sin ser por ellos abarcado.
Honramos su sublimidad, su gloria y su majestad mediante estas palabras: QUE ESTÁS (o Eres) EN LOS CIELOS, es decir, como sentado en su trono, ejerciendo su justicia sobre todos los hombres.
Adoramos su santidad deseando que SU NOMBRE SEA SANTIFICADO.
Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, anhelando que VENGA SU REINO, y que los hombres le obedezcan en la tierra como los ángeles le obedecen en el cielo.
Creemos en su Providencia rogándole que NOS DÉ EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA.
Invocamos su clemencia pidiéndole el PERDÓN DE NUESTROS PECADOS.
Recurrimos a su poder rogándole que NO NOS DEJE CAER EN LA TENTACIÓN.
Nos confiamos a su bondad esperando que NOS LIBRE DEL MAL.
EL Hijo de Dios siempre ha glorificado, a su Padre mediante sus obras; vino al mundo para hacerle glorificar por parte de los hombres y les enseñó la manera de honrarle con esta oración que Él se dignó dictarnos. Debemos, pues, rezarla con frecuencia, con atención y con el mismo espíritu con que la compuso.
EXCELENCIA DEL PADRENUESTRO (Conclusión)
Cuando rezamos atentamente esta divina oración, hacemos tantos actos de las más elevadas virtudes cristianas, cuantas palabras pronunciamos.
Diciendo: PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS, hacemos actos de fe, de adoración y de humildad.
Deseando que su Nombre SEA SANTIFICADO Y GLORIFICADO, manifestamos un ardiente celo por su gloria.
Pidiéndole LA POSESIÓN DE SU REINO, hacemos un acto de esperanza.
Anhelando que SE HAGA SU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO, mostramos un espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole el PAN NUESTRO DE CADA DÍA, practicamos la pobreza de espíritu y el desasimiento de los bienes de la tierra.
Rogándole que PERDONE NUESTROS PECADOS, hacemos un acto de arrepentimiento.
Y PERDONANDO A LOS QUE NOS HAN OFENDIDO, ejercitamos la misericordia en su más alta perfección.
Pidiéndole SU SOCORRO EN LA TENTACIONES, hacemos actos de humildad, de prudencia y de fortaleza.
Esperando que NOS LIBRE DEL MAL, practicamos la paciencia.
En fin, pidiéndole todas estas cosas no sólo para nosotros, sino también para nuestro prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, hacemos lo que corresponde a verdaderos hijos de Dios, le imitamos en su caridad que abraza a todos los hombres y cumplimos el mandamiento del amor al prójimo.
Detestamos todos los pecados y cumplimos todos los mandamientos de Dios, cuando al rezar esta oración nuestro corazón concuerda con nuestra lengua y no abrigamos intenciones contrarias al sentido de sus divinas palabras.
Pues cuando reflexionamos que Dios está en el cielo, es decir, infinitamente elevado sobre nosotros por la grandeza de su majestad, con los sentimientos del respeto más profundo nos ponemos en su presencia; totalmente sobrecogidos de temor huimos del orgullo y nos abatimos hasta la nada.
Cuando pronunciamos el nombre del Padre recordamos que debemos a Dios nuestra existencia, por intermedio de nuestros padres, y nuestra misma instrucción, por intermedio de nuestros maestros—padres y maestros que ocupan aquí para nosotros el lugar de Dios de quien somos imágenes vivas—, entonces nos sentimos obligados a honrarlos o, para decir mejor, de honrar a Dios en sus personas, y guardarnos muy bien de despreciarlos y afligirlos.
Cuando deseamos que el santo nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo.
Cuando miramos el reino de Dios como herencia nuestra, renunciamos a todo apego a los bienes de este mundo.
Cuando sinceramente pedimos para nuestro prójimo los mismos bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, a la disensión y a la envidia.
Pidiendo a Dios el pan nuestro de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad que se nutren de la abundancia.
Rogando a Dios verdaderamente que nos perdone como nosotros también perdonamos a los que nos han ofendido, reprimimos nuestra ira y nuestra venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos.
Pidiendo a Dios que no nos deje caer en pecado en la hora de la tentación, demostramos que huimos de la pereza, que buscamos los medios para combatir los vicios y lograr nuestra salvación.
Rogando a Dios que nos libre del mal, tememos su justicia y somos felices (Eccles., I, 12 y 19; XXV, 15 y 16; IL, 28), porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría (Job XXVIII, 28; Salmo CX, 10; Prov., I, 7; IX, 10; XV, 33; XIX, 23; Eccles., I, 11; I 16-17 y 22; 25-26; I, 34; X, 25; IXX,, 18; XXV, 16; Is., XXXIII, 6); por el temor de Dios el hombre evita el pecado (Prov., XIV, 27; XVI, 6; Eccles., I, 27).
EXCELENCIA DEL AVEMARÍA
La salutación Angélica es tan sublime, tan elevada, que el Beato Alano de la Roche ha tenido por cierto que ninguna creatura puede comprenderla, y que sólo Jesucristo—nacido de la Santísima Virgen—puede explicarla.
Recibe principalmente su excelencia: —De la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; —De su fin, que fue la Encarnación del Verbo divino, para la cual fue traída del cielo; —Y del arcángel Gabriel, que fue el primero que la pronunció.
La Salutación angélica resume, en el compendio más conciso, toda la teología cristiana acerca de la Santísima Virgen. Se halla en ella una alabanza y una invocación. La alabanza encierra todo aquello que constituye la verdadera grandeza de María; la invocación, todo lo que debemos pedirle y lo que podemos esperar de su bondad para con nosotros.
La Santísima Trinidad ha revelado su primera parte; Santa Isabel—iluminada por el Espíritu Santo—añadió la segunda; y la Iglesia—en el primer Concilio de Éfeso, realizado en el año 430—puso la conclusión, después de haber condenado el error del hereje Nestorio y de haber definido que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. El Concilio ordenó que se invocara a la Santísima Virgen con esta gloriosa cualidad, mediante las palabras: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La Santísima Virgen fue Aquella a quien se hizo esta divina salutación (o saludo), para terminar el asunto más grande y más importante del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo Eterno, la paz entre Dios y los hombres y la redención del género humano. El embajador de esta dichosa nueva fue el arcángel Gabriel, uno de los primeros príncipes de la corte celestial.
Dice el Beato Alano: La Salutación Angélica contiene la fe y la esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los apóstoles. Es la constancia y la fortaleza de los mártires, la ciencia de los doctores de la Iglesia, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos.
Es el cántico nuevo (Salmo XXXIX, 4; CILIII, 9; CILIX, 1; Is., ILII, 10) de la nueva ley de gracia, la alegría de los ángeles y de los hombres, el terror y confusión de los demonios.
Por la Salutación Angélica: Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron libertadas del seno de Abraham, las ruinas del cielo dejadas por Luzbel y los ángeles malos fueron reparadas y los tronos vacíos fueron nuevamente ocupados; el pecado fue perdonado, nos fue dada la gracia, los enfermos sanados, los muertos fueron resucitados, los desterrados fueron repatriados, fue aplacada o en cierto modo pagada la deuda con la Santísima Trinidad y así fue posible que los hombres obtuvieran la vida eterna.
Por último espero Dios que el contenido de estas explicaciones los siga llenando luz y de gracias y de bendiciones en todos los aspectos.
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