Nuestra primera lectura procede del Libro de Baruc y nos da un mensaje de amor para la ciudad de Dios. Jerusalén debe abandonar su vestido de luto y abrirse a la gloria que el Señor envía. Un texto muy bello, profecía mesiánica plena de esperanza, de fiesta, de alegría.
Este salmo, el 125, es un canto de los judíos que volvían del destierro de Babilonia, todavía sorprendidos por tanta alegría y con el deseo de reconstruir Jerusalén. Para algunos el salmo 125 es un resumen, en forma de canto, del Libro de Nehemías. Para nosotros es símbolo de alegría total. Y de esperanza.
El texto de nuestra segunda lectura de hoy –sacada de la Carta de Pablo a los Filipenses--, guarda bastante semejanza con el fragmento la Epístola a los Tesalonicenses que escuchábamos el domingo pasado. El apóstol de los gentiles nos recomienda permanecer limpios e irreprochables ante la inminente venida del Señor Jesús.
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Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción… Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”. Este pequeño libro del profeta Baruc está escrito en tiempos del exilio y posexilio y trata de animar a su pueblo a confiar en Dios, en tiempos difíciles. Les dice que Dios convertirá a Jerusalén en “paz e la justicia” y “gloria en la piedad”. “La justicia y la paz se besan”, dice el salmo. Ya quisiéramos nosotros ahora para nuestra sociedad un poco más de verdadera justicia y de verdadera paz. No nos referimos a una justicia meramente legal, porque muchas veces algunas leyes son moralmente injustas, ni nos referimos a cualquier clase de paz, porque hay paz de los cementerios y hay paz impuesta por la fuerza bruta, en algunas dictaduras del mundo.

Trabajemos nosotros para que en nuestra sociedad actual exista una verdadera justicia, una justicia moral y legal, y una verdadera paz, fruto de la verdadera concordia de los ciudadanos. Y no olvidemos que sólo de una verdadera justicia puede brotar la “gloria en la piedad “, la alegría como fruto de la justicia misericordiosa, de una piedad verdadera.

Siempre rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría. San Pablo quería de una manera especial a la primera comunidad cristiana de Filipos y así lo dice en esta carta del apóstol a los filipenses. Es bonito pensar en una relación afectiva y cordial entre evangelizador y evangelizandos. Es algo muy recomendable para todos nuestros catequistas y misioneros actuales. Si no ponemos amor en nuestras relaciones pastorales, estas no podrán ser nunca verdaderamente eficaces. También deberemos actuar de tal modo que las personas a las que pretendemos evangelizar vean en nosotros al mensajero de el que es nuestro Único Salvador, Jesucristo.
El amor mutuo es siempre el mejor lazo para unir esfuerzos, alegrías y sinsabores, que de todo esto habrá en el mundo de la evangelización; pero por encima de la caridad fraterna el Amor al que nada se puede anteponer como decía N. P. San Benito, el Amor de Cristo.
San Pablo no siente reparo en decirles a los Filipenses que “entrañablemente les echa de menos” y sabe que también ellos le echan de menos a él. Yo me imagino que también nuestros catequistas y evangelizadores de hoy desean lo mismo que deseaba San Pablo. Pues que así sea.

Recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. San Juan Bautista lo tenía muy claro: nacemos pecadores, con tendencia original al pecado. Desde el momento mismo en que nacemos peleamos a muerte por lo nuestro, sin importarnos lo de los demás; los demás sólo son importantes para nosotros en la medida en que pueden ayudarnos a nosotros mismos. Sí, así somos desde que nacemos y así seguiremos siendo, si la educación y la vida no nos enseñan a corregir este egoísmo innato. Necesitamos nacer de nuevo, morir a lo antiguo, ser bautizados con un bautismo de conversión continua. A eso nos anima este tiempo litúrgico del Adviento, a esto animaba a los judíos el hijo de Zacarías, san Juan Bautista. El bautismo es sumergirnos en la misericordia de Dios y enterrar allí nuestro pecado, para poder levantarnos salvos y con el propósito de vivir en adelante como verdaderos hijos de Dios. Sin reconocimiento de nuestros pecados y propósito de conversión continua no podremos llegar a la Navidad como auténticos hermanos del Hijo de Dios, del Jesús de Nazaret que nació en un pesebre.
Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios. El evangelista Lucas escoge estas palabras del profeta Baruc que leemos en la primera lectura, para indicarnos la salvación que Dios quiere para todos nosotros: allanar senderos, esto es, quitar las malas hierbas y los pedruscos pecaminosos que nos impiden caminar ágiles hacia Dios. Elevar los valles, subir el ánimo, vencer el desánimo, mantener firme la esperanza en la posible y cierta salvación final de la humanidad. Que desciendan los montes y colinas de nuestro orgullo, que lo torcido y escabroso que hay en nuestra vida quede borrado por un auténtico bautismo de conversión, que todos podamos ver cuanto antes la salvación de Dios. Todo esto supone vivir de verdad este tiempo litúrgico de Adviento, como un camino de conversión continua.
TIEMPO DE ADVIENTO

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