18 diciembre 2015

DOMINGO IV DE ADVIENTO CICLO C -20 DE DICIEMBRE

 

La profecía de Miqueas –que es nuestra primera lectura-- señala a Belén como el lugar del nacimiento de Mesías. Y en todas las alusiones al Mesías dicho texto era fundamental. Incluso cuando Herodes, ante la demanda de los Magos, pregunta a sus doctores,éstos le dan testimonio con Miqueas. Todos, hoy, esperamos en el gran acontecimiento de Belén.


Con este salmo, el 79, el pueblo de Israel le pedía a Dios que restaurase el Reino de Salomón con todo su esplendor y la viña es simbología de la familia. Para nosotros es un canto de esperanza ante la proximidad de la llegada del Señor Jesús.


El autor de la Carta a los Hebreos da noticia profunda de Cristo. Es todo un tratado de cristología. Y así nos dice que la vida de Jesús es, desde el comienzo, ofrenda permanente de Cristo como servicio al Padre, en el plan concreto de la salvación.

El evangelio de Lucas nos narra la escena memorable, bellísima y llena de significado como es la visita de María a su primera Isabel, en la montaña de Judea. Y como Isabel exclama su admiración ante la Madre del Señor. El Niño –el futuro Juan Bautista—también salto de gozo en el seno en la proximidad de María.



LA CIUDAD DEL REY DAVID. "Esto dice el Señor: Pero tú Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Mi 5, 1). Belén, la ciudad de David. Belén de Judá: la ciudad señalada con el dedo de Dios. Perdida en la historia de los patriarcas y renacida luego por ser cuna del rey David, el de palabras encendidas y de nobles sentimientos. El profeta Miqueas contempla extasiado cómo en este pueblo, cuyo nombre significa "Casa del pan", nacerá el Mesías, ese Pan bajado del cielo, ese Niño de ojos grandes, con luz de estrellas en la mirada y alegría de Dios en su reír.


 Belén, Navidad, Nochebuena. Palabras mágicas que despiertan en el alma mil recuerdos entrañables. Navidad, dulce nostalgia. Fuego de hogar, comidas y cenas con toda la familia presente, con huecos disimulados para los que se fueron ya; con la sensación, alegre y triste al mismo tiempo, de una noche fría en la calle y tibia dentro de casa.
 Paz, paz en la tierra. Esta noche las armas están dormidas; esta noche ha despertado el Amor. Sí, más aún: ha nacido Dios, el que es Amor. Su nombre, Jesús Manuel... Una música, compuesta en mil idiomas distintos, canta, alegra y ensalza la aventura de este Dios-Amor, hecho un niño pequeño... Gracias por todo. Toma cuanto tengo. Yo deseo ser-díselo tú también- un pastor de Belén. Llevar mis manos cargadas de cosas bonitas para el Niño. Quiero llenar de canciones el corazón, quiero colmar de versos la vida entera. Llegar hasta Belén, alegre y jubiloso, para hacerte reír, mi Niño pequeño, para acallar tu llanto, para que tú nos mires y tu mirada llene de luz nuestra oscura tierra.
2.- VIRGEN DE LA O. "En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá..." (Lc 1, 39).
 
El evangelio de hoy nos sumerge de lleno en el gran acontecimiento de todos los tiempos: la Navidad. Ya había comenzado la emocionante epopeya del amor divino, en el misterio insondable de la Encarnación. En efecto, en las entrañas de Santa María, la siempre Virgen, había comenzado a latir un germen de vida que un día llegaría a ser el Mesías y Redentor del mundo. Como todo hombre que comienza su gestación en el seno materno, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, había iniciado su bella historia en el tiempo. Otro hombre latía también en estado de gestación en el seno de otra mujer, Isabel, la de Zacarías. Otra vida comenzaba su propia singladura, cortada un día, tiempo después, por el capricho de una danzarina y la crueldad de un rey adúltero. Pero antes el Bautista cumpliría su gloriosa misión, la de preparar los caminos al Rey mesiánico, el Rey de reyes y Señor de señores. Estas circunstancias tan maternales y hogareñas, la vida de un niño que empieza en el seno materno, nos han de recordar el valor de esos seres vivos que la crueldad inconcebible de una madre desnaturalizada llega a matar en su propio vientre, emboscada de muerte cuando tenía que ser recoveco de vida.

La emoción y la ternura de la madre que espera ilusionada a su querido hijo ha sido sacralizada, por decirlo así, en la devoción popular que la Iglesia ratificó con su liturgia. En efecto, los días que preceden a la Navidad son los días de la Virgen de la O. ¡Oh!, exclamación gozosa y llena de admiración ante la grandeza de ese Niño que va a nacer, y que a partir del día diecisiete de diciembre, el oficio de Vísperas va repitiendo en sus antífonas al "magnificat", al tiempo que aclama al Mesías como Sabiduría divina, Dios y Jefe de la casa de Israel, Raíz de Jesé y llave de David, Sol naciente y Rey de los pueblos, el Emmanuel prometido y deseado.

Días entrañables se acercan, días de amor y de hogar, días para renovar nuestros deseos de querer más y mejor a todos, especialmente a los que forman parte de nuestra propia familia de sangre y de espíritu, días de gozo limpio y sereno, de acción de gracias a este Dios y Señor nuestro que, siendo tan alto, tan bajo ha descendido para estar con nosotros. Que la llegada del Niño nos anime en nuestra lucha por corresponder con amor, cuajado en obras, a tan grande y profundo amor como Dios nos ha demostrado al dejar la mansión de la Luz y bajar al oscuro valle de las lágrimas, para iluminarlo y hacer nacer con él la más alegre y firme esperanza.

El evangelio de Lucas nos narra la escena memorable, bellísima y llena de significado como es la visita de María a su primera Isabel, en la montaña de Judea. Y como Isabel exclama su admiración ante la Madre del Señor. El Niño –el futuro Juan Bautista—también salto de gozo en el seno en la proximidad de María.

       
Día 20: Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

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