19 febrero 2016

DOMINGO II DE CUARESMA CICLO C . 21 DE FEBRERO 2016




La primera lectura, del Libro del Génesis, nos muestra esa pregunta clave repetida cada día en la vida del hombre ¿Cómo sabré donde debo ir? Pues hemos de tener la seguridad de que Dios siempre responde al que lo escucha y se abre a sus signos; pero para ello hay que creer y hay que esperar. Y eso le ocurrió a Abrahán, que todo lo consiguió porque confió en el Señor.


El salmo 26 para los judíos contemporáneos de Jesús reflejaba muy bien las emociones que experimentaban los peregrinos al acercarse a Jerusalén y se alegraban ante la cercanía del Templo. Además es la oración confiada dirigida al Señor que ayuda a todas sus criaturas. Esto último es perfectamente válido para nosotros hoy en día. Confiamos en nuestro Padre, como Jesús nos enseñó.


San Pablo en la segunda lectura, de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses, nos habla de la transformación que Cristo hará en nosotros si nos mantenemos firmes. Nos alcanzará la gloria de su cuerpo transformado. Y seremos capaces de entrar en esa condición nueva que ira transformando nuestro cuerpo humilde en ese modelo de condición gloriosa.

Prodigioso relato de San Lucas sobre la Transfiguración. Es un fragmento muy bello y lleno de simbolismos. Jesús quiere mostrar a sus apóstoles –a tres de ellos—su gloria. Y lo hace poco antes de que la Pasión se inicie. Quiere darles vigor para el tiempo de tribulación. Pero ellos no lo entendieron hasta mucho después. ¡Ojalá nosotros seamos capaces de comprender los signos que el Señor nos muestra en la vida cotidiana!


Mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. ¡La oración de Jesús! Hay tantas clases de oración como personas orantes, aunque tradicionalmente hablemos de oración vocal y oración mental, oración de alabanza y oración de petición, oración comunitaria y oración personal, etc. La oración es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos con Dios y sin oración no hay propiamente religión, o mejor, expresión religiosa. Pero lo que queremos decir ahora, al comentar este texto evangélico de la transfiguración del Señor, es que la oración debe terminar siendo siempre un instrumento de transformación y transfiguración religiosa. Una oración que no nos cambie por dentro tiene poco sentido y poco valor.

La oración debe ser siempre un acto de comunión y comunicación con Dios, porque en la oración de alguna manera somos habitados por Dios. No oramos tanto para que Dios nos escuche a nosotros, sino para que nosotros escuchemos a Dios. En la oración debemos pedir transformarnos nosotros en Dios, no que Dios se transforme en nosotros. Oramos para que nosotros seamos capaces de aceptar y hacer la voluntad de Dios, no para que Dios se adapte y haga nuestra voluntad. Una persona orante debe, además, manifestar en su vida ante los demás que es una persona habitada por Dios, imagen de Dios, hijo de Dios. La oración, además de tener una función transformadora de nuestro yo personal, debe tener una función evangelizadora ante los demás. La oración, como venimos diciendo, debe transformarnos por dentro y transfigurarnos por fuera ante los demás. Así es como vieron los apóstoles a Jesús, cuando Jesús oraba en lo alto del monte Tabor. En el Tabor los tres apóstoles vieron a Jesús como el Hijo de Dios, al que hasta entonces sólo habían visto como el “hijo del hombre”.

Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. El deseo de Pedro era un deseo muy humano: si se estaba tan bien allí, ¿para qué iban a bajar al llano, a luchar contra tantas adversidades como les esperaban? Pero había que escuchar a Jesús, el amado del Padre, y Jesús les decía que había que bajar a la llanura y seguir camino hacia Jerusalén. Jesús sabía muy bien que en Jerusalén le esperaba la pasión y la muerte, pero también sabía que la pasión era el camino necesario para la resurrección. Por la cruz a la luz. Pedro y los demás apóstoles todavía no entendían esto, lo entenderían después. Aceptemos cada uno de nosotros nuestras pequeñas cruces, nuestro calvario y pasión, sabiendo que sólo de esta manera podremos escalar el monte de la resurrección gloriosa.


Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. San Pablo les dice a los primeros cristianos de Filipos que ellos no deben comportarse como hombres carnales, cuyo Dios es el vientre, sino en personas espirituales, a imagen de Jesucristo. Era difícil para ellos, los cristianos de Filipos, renunciar a las exigencias y tentaciones del cuerpo; también resulta difícil para nosotros. Pero esta es nuestra lucha, una lucha que durará mientras nuestro espíritu esté sometido a las tentaciones de la carne. Mientras vivimos en el cuerpo, el vivir como personas espirituales será siempre una meta a la que debemos aspirar, aunque sabiendo que no llegaremos a ella definitivamente hasta después de nuestra muerte. Es la virtud de la esperanza la que debe dar alas a nuestro espíritu, creyendo firmemente que también nosotros podremos participar definitivamente de la victoria de Cristo sobre el cuerpo y la muerte. Con esta esperanza vivimos los cristianos.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Sin la luz de Cristo, sin la salvación que nos viene de Cristo, poco podríamos hacer nosotros con nuestras solas fuerzas. Pero dentro de nuestro corazón oímos una voz que nos dice: “buscad mi rostro”. Nuestra respuesta debe ser una súplica y una promesa: no me escondas tu rostro, Señor, yo buscaré tu rostro. Buscar durante toda nuestra vida el rostro de Dios, el rostro del Dios encarnado en Cristo, esta es nuestra tarea, nuestro camino espiritual, durante toda nuestra vida. Sólo así tendremos derecho a esperar gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario