17 febrero 2016

LA CUARESMA EN LA CONTEMPLACIÓN Y EN LA SOLEDAD -2016

La gran sabiduría del Patriarca de los monjes de Occidente, San Benito de Nursia, que experimentó la vida eremítica y la cenobítica y nos deja su mensaje de algo que él mismo experimentó y nos quiere legar para la posteridad. Sigue siendo actual y eficaz para quien busque esa forma de vida en la que la Cuaresma es una de sus fundamentales columnas:

De la Regla de San Benito:

Capítulo 49

Ofrezca a Dios algo extraordinario.
Aunque la vida del monje debería seguir en todo tiempo una observancia cuaresmal, 2 no obstante, como son pocos los que tienen semejante virtud, recomendamos que durante la cuaresma todos guarden la mayor pureza de vida, 3 y eviten en estos santos días las flaquezas de otros tiempos. 4 Esto se logra dignamente si nos abstenemos de todo vicio y nos dedicamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. 5 Por tanto, en estos días debemos añadir algo a la tarea habitual de nuestra servidumbre, oraciones especiales, abstinencia en la comida y bebida, 6 para que, cada uno por propia voluntad, ofrezca a Dios algo extraordinario en la alegría del Espíritu Santo. 7 Es decir, prive a su cuerpo de algo de comida, bebida, sueño, conversación y bromas y espere la santa Pascua con la alegría de un deseo espiritual. 8 Pero lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y aprobación, 9 porque lo que se hace sin el permiso del padre espiritual se tendrá por presunción, vanagloria, no digno de recompensa. 10


En el capitulo anterior ha segregado San Benito del horario de invierno el correspondiente a la cuaresma, simplemente para juntar en dos bloques compactos el tiempo dedicado a la lectura (tres horas consecutivas al principio del día) y al trabajo (siete horas seguidas), a lo que añadió unas observaciones sobre la lectio cuaresmal (RB 48,14-16). Es muy posible que esto le haya movido a redactar a continuación todo un capitulo sobre la observancia de la cuaresma, tiempo fuerte del año litúrgico, al que sin duda, profesaba especial devoción y concedía singular importancia para la renovación espiritual de los monjes.
Casiano decía que la cuaresma es el “diezmo” que los seglares deben pagar anualmente al Señor; enfrascados como están de ordinario en sus negocios y placeres, se les obliga a consagrar al servicio de Dios por lo menos esos días; pero los monjes están exentos del pago del diezmo legal, puesto que han hecho donación a Dios de toda su vida juntamente con todo lo que poseían; la cuaresma fue instituida solo para los imperfectos, no para los justos; prueba de ello es que no existió mientras se mantuvo inviolada la perfección de la Iglesia primitiva (Con. 21,24-30).


Hombre practico según Jesucristo, San Benito sabe muy bien que a los monjes, hombres que aspiran a la santidad pero hombres al fin y al cabo, les viene muy bien, como a todo el mundo, este período de renovación e intensificación de la vida cristiana, que todos los años prepara a los catecúmenos para el bautismo, y a los fieles, para la celebración digna de la Pascua del señor. Escribía, pues, su capitulo sobre la cuaresma más preocupado de subrayar su importancia e insistir en el espíritu que debe animar sus observancias, que de fijar puntualmente las practicas penitenciales de la comunidad monástica y determinar con exactitud en que debe consistir la intensificación de su vida de oración.
El capitulo 49, perteneciente, más bien, al grupo ascético y espiritual que a la parte propiamente legislativa y disciplinar de la Regla, presenta la siguiente estructura:
1.-Esboza el ideal cuaresmal (v.1-3)
2.-Indica una primera serie de medios para conseguir el fin de la cuaresma (v.4)
3.-Propone un programa de ascesis, con otras dos listas de practicas penitenciales y unas observaciones importantes sobre el espíritu que debe penetrarlas (v.5-7).
Aquí, con mucha probabilidad, terminaba el capitulo en su primera redacción. Luego se le añadió un apéndice, en que se puntualiza la parte del Abad en el programa cuaresmal de cada uno de los monjes (v.8-10).

  • El Ideal (RB.41,1-3):
    “La vida del monje debería corresponder a una observancia cuaresmal”. Cuaresma significa, ante todo, un tiempo en que se vive en toda su pureza e integridad la vida cristiana, o, por lo menos, se intenta seriamente. Hombre practico y realista, San Benito no ignora que son pocos los dotados de bastante fortaleza de espíritu para mantenerse enteramente fieles al Evangelio durante todo el año. De ahí que durante la cuaresma no solo deben procurar vivir sinceramente como monjes auténticos, sino que sería preciso añadir unas practicas penitenciales que compensen y borren las negligencias cometidas en lo restante del año. Tal es, en suma, el ideal cuaresmal para el monje: portarse enteramente como tales y borrar con sus practicas las faltas e infidelidades que hubieran cometido desde la cuaresma anterior


  • Practicas Cuaresmales (RB 49,4):
    He aquí una primera lista indicativa de cosas que podrían y deberían hacerse para alcanzar el objetivo de la cuaresma. Ante todo, reprimir los vicios, luchar contra ellos denodadamente, y, de ser posible, extirparlos de raíz. Este es uno de los fines del ascetismo cristiano. El otro consiste en plantar y cultivar las virtudes.
    En realidad, ambos fines se alcanzan al combatir los vicios, pues vencer a cada uno de ellos equivale a adquirir la virtud contraria. Pero además hay que dedicarse con especial ahínco a ciertas practicas. En esta primera lista, San Benito señala cuatro. Tres de ellas constituyen otros tantos elementos positivos y espirituales:
    .-oración con lagrimas
    .-lectura divina
    .-compunción de corazón
    La cuarta es somática y negativa:
    .-abstinencia, es decir privación del alimento.
    Aumentar la intensidad y la frecuencia con las que éstas practicas se realizan durante el resto del año.


  • Programa de Cuaresma (RB 49,5-7):
    Hasta aquí nos hemos mantenido, más o menos, en el ámbito de la teoría. Es preciso descender a la practica. Durante la cuaresma añadamos algo a la tarea ordinaria: “oraciones privadas”, abstinencia en la comida y en la bebida (v.5); es decir, un elemento espiritual positivo y otro corporal negativo, más especificado que en la lista anterior: privarse de comida y bebida. Más adelante, en la tercera lista solo se tratará de la abstinencia; ante todo, cercenar algo en el comer y en el beber, pero también privarse de sueño, de conversaciones y de chocarrerías o chanzas (v.7). Esto ultimo puede sorprender a los muy “lógicos”: ¿no había desterrado la Regla para siempre y absolutamente las scurrilitates al tratar del silencio? ¿Cómo reaparecen ahora, no para reprobarlas de nuevo, sino para sugerir tan sólo que se repriman un poco (aliquid) durante la cuaresma? Una cosa es la teoría y otra la practica. En la vida existen personas “naturalmente” graciosas, a las que privarles absolutamente de hacer chistes, casi equivale a privarles de respirar. Basta que se moderen un poco, por lo menos en cuaresma.
    Entre las dos ultimas listas inserta la Regla una observación de gran interés: las practicas cuaresmales que se mencionan no son impuestas obligatoriamente a todos los monjes por la autoridad de la Regla o del Abad, sino simples sugerencias que se dejan a la elección de cada cual. La Regla ignora totalmente un programa preciso y obligatorio para la comunidad entera. Se trata de obras que cada cual ofrecerá a Dios voluntariamente y con “gozo del Espiritu Santo (v.6); lo que es decir que las practicas cuaresmales no revisten, según la Regla un carácter tenso, penoso y triste, sino ágil y gozoso; no son un peso suplementario sino muestras de generosidad que, cada uno espontanea y libremente, quiere dar a su Señor en compensación de sus negligencias y deficiencias, que lamenta profundamente. De este modo la cuaresma se llena de luz y alegría y todas sus penitencias se convierten en una preparación para el gran día: “que espere (el monje) la Santa Pascua con el gozo de un anhelo Espiritual” (v.7).


  • Apéndice (RB 49,8-10):
    Sanctum Pascha expectet. Con estas palabras se cerraba el capitulo en su primera redacción. Luego, San Benito, añadió un apéndice. Acaso algunos monjes se aprovechasen de la libertad de elección que se les daba para llevar a cabo ascéticas proezas. Lo cierto es que la Regla, sin menoscabo de esa libertad, vuelve por los derechos de la obediencia. Los planes cuaresmales de los monjes deben ser sometidos a la aprobación del Abad y realizados con su beneplácito y su oración. Es esta una idea muy propia del monacato primitivo: el discípulo atribuía a la oración de su “padre espiritual”, requerida antes de emprender cualquier buena obra, el éxito de la misma.


  • San Benito y San León:
    A excepción del apéndice, de contenido y espíritu estrictamente cenobítico, el capitulo sobre la cuaresma depende en gran manera tanto de las ideas como del vocabulario de los sermones cuaresmales de San León Magno. Esta influencia es tan notable, que ha podido afirmarse, que su contextura está calcada sobre la predicación del gran papa.
    El contraste inicial que establece San Benito entre la vida que se lleva en cuaresma y la más descuidada del resto del año, no sólo aparece en el primer sermón de San León, sino que reaparece hasta diez veces en los siguientes.




  • Que en cuaresma se borran gracias a la penitencia, las negligencias de los otros tiempos del año; que hay que abstenerse, sobre todo de los vicios; que se debe añadir algo a las buenas obras que se realizan normalmente; que hay que privar al cuerpo de la comida: todo lo había enseñado ya San León en su predicación cuaresmal. Y lo mismo con respecto a los temas del servicio del Señor y la lucha contra los vicios, e incluso por lo que se refiere a la nota de “gozo” y de “deseo espiritual” con que la Regla cierra propiamente el capitulo.
    Pese a estas analogías, parece claro que San Benito no tenía a la vista el texto de los sermones de León al redactar su capitulo. Simplemente estaba tan impregnado de su doctrina cuaresmal y había asimilado tan bien sus ideas e incluso su vocabulario, que le salían espontaneamente al tratar el mismo tema, aunque alguna vez no las aplique exactamente en el mismo sentido. Que San León predicara a seglares y San Benito escribiera para monjes, no tiene mayor importancia. Al contrario, ello constituye una nueva prueba de que la vida monástica es una manera de realizar la vida cristiana y que la doctrina sobre la perfección evangélica predicada por los Padres de la Iglesia es igualmente válida para el cristiano que vive en el mundo y para el que, siguiendo su vocación, habita en un monasterio, o en la soledad absoluta del yermo o de su ermita.

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