
La primera lectura, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos hace preguntarnos qué lugar damos al Señor en nuestra vida y si somos capaces de anteponer las exigencias del evangelio a todo lo demás. Así lo hicieron los apóstoles ante las autoridades religiosas, porque siempre hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
El Salmo 29 originariamente era de agradecimiento al Señor por haber librado de grave enfermedad a los fieles judíos. Después, y tras la victoria de los Macabeos se utilizó como dedicación del Templo de Jerusalén. Para nosotros hoy tiene resonancias de reconciliación ante pecados y faltas pasadas y la curación de nuestras penas de antes.
Seguimos con la lectura del Libro del Apocalipsis donde se nos dice que: “Digno es Cristo de recibir la sabiduría, el honor, la gloria, el poder y la alabanza”; y eso nos da el conocimiento de que podremos sentir, siempre, a Jesús a nuestro lado. Es también una llamada de atención al paso del tiempo y a la responsabilidad ante Dios de nuestras obras, cuando nos llegue nuestro propio Apocalipsis.
Este domingo se nos presenta el relato del Evangelista Juan sobre la aparición de Jesús Resucitado junto al mar de Tiberíades. Es una escena muy bien narrada. Pongámonos junto a los apóstoles en el momento preciso que reconocen a Jesús que les prepara el desayuno en la orilla. Y luego la conversación –muy dramática—entre Jesús y Pedro. Ojalá podamos sentirnos como si allí estuviéramos.
Jesús les dice: muchachos ¿tenéis peces? Ellos contestaron: no. Él les dice: echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La iglesia nació de Jesús, de su Espíritu, no del esfuerzo de sus discípulos. Es evidente que el esfuerzo y tesón de los discípulos también fue necesario, pero fue el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, el que dio savia y vida a la primitiva Iglesia cristiana. Cuando los discípulos de Cristo no han actuado movidos por la palabra y el espíritu de Jesús, la Iglesia se ha desorientado lamentablemente y ha perdido eficacia y fecundidad. Tenemos que reconocer que esto ha ocurrido más de una vez a lo largo de toda la historia del cristianismo y esta ha sido la causa de que la Iglesia cristiana haya sido a veces, lamentablemente, muy poco cristiana. Los discípulos de Jesús se habían pasado la noche en el lago bregando como expertos pescadores que eran y no habían pescado nada, pero cuando se dejan guiar por el Maestro recogen tal cantidad de peces que las redes se rompían. Aunque es evidente que el evangelista san Juan da a este relato de la pesca milagrosa una intención teológica que va bastante más allá de lo que es puramente hecho histórico, hemos de reconocer que lo que quiere decir a sus lectores el evangelista es eso que apuntábamos arriba: que, si la Iglesia cristiana no se deja guiar por Jesús pierde eficacia y autenticidad y puede llegar a ser más que signo del reino de Dios, contra-signo.
Y lo que decimos de la Iglesia en general, lo podemos decir de cada uno de nosotros en particular y de cada uno de los grupos y comunidades cristianas que formamos el conjunto de la Iglesia cristiana. Cuanto más apartados vivamos del evangelio de Jesús, más contra-signo de su reino seremos y no podremos ni nosotros mismos considerarnos Iglesia nacida de Jesús, ni tenemos derecho a pedir a la sociedad que nos vea como talles. Hagamos un serio examen de conciencia sobre este punto, cada uno de nosotros en particular y cada uno de los grupos y comunidades que formamos el conjunto de lo que llamamos Iglesia .
Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Este es un principio universal que nos parece evidente a todas las personas religiosas, pero no es fácil saber en cada momento discernir cuándo lo que nos manda Dios es distinto de lo que nos mandan los hombres. De todos modos, si Dios es amor y es clemente y misericordioso, todo lo que vaya contra el amor, contra la clemencia y la misericordia, no podremos decir nunca que lo hacemos en nombre de Dios. Lo mismo podemos decir de todo aquello que va contra la verdad y contra la justicia. Muchas veces tendemos a confundir nuestros intereses particulares y egoístas, con los intereses de Dios. Lo que los apóstoles estaban haciendo cuando les encarcelaron era predicar el evangelio de Jesús y la buena nueva de la salvación. Ese era el mandato que Jesús les había dado antes de ascender a los cielos: id al mundo entero y predicad el evangelio. Prediquemos siempre nosotros el amor a la verdad, a la justicia, al evangelio de Jesús, y no temamos aunque nos critiquen los hombres.
Te ensalzaré; Señor, porque me has librado. Dios siempre salva a los que confían en él, aunque a veces permita la persecución, y hasta la muerte, de los que le aman. Seguro que todos nosotros tenemos experiencia de algunos momentos en los que el Señor nos ha librado de algún peligro, físicos y espirituales. La gracia de Dios es siempre muy superior a nuestros merecimientos. Demos hoy cada uno de nosotros gracias a Dios por todos aquellos momentos en los que nos hemos sentido librados de algún peligro por el Señor.
Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. El Cordero aparece aquí como imagen del siervo de Yahvé y, por extensión, imagen del Jesús Pascual. En este tiempo de Pascua, alabemos nosotros también a Jesús, el cordero pascual, de quien ha nacido la Iglesia de la que todos nosotros formamos parte. Tratemos de ser nosotros mansos y humildes como nuestro Maestro y Fundador, Jesús, y rindámosle el homenaje de nuestra devoción y de nuestro amor.






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