01 abril 2016

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA CICLO C 3 DE ABRIL 2016








La primera lectura es del Libro de los Hechos de los Apóstoles y nos presenta ya a los discípulos fuertes y convencidos, tras la llegada del Espíritu, en Pentecostés. Pedro y los demás continúan la obra de Jesús, curando enfermos y enseñando paz y amor. Y claro crecía el número de creyentes.


Este salmo 117 era el Himno principal de la liturgia judía de la Fiesta de los Tabernáculos, de las Tiendas. Se cantaba en procesión. El salmista se inspiró en los éxitos militares de Judas Macabeo contra los sirios. Para nosotros es, hoy, una confirmación del éxito mesiánico de Jesús de Nazaret. Es la piedra angular despreciada por otros y fundamental para nuestra vida. Además es el que hemos cantado en Día de la Pascua de Resurrección

    
Comenzamos hoy la lectura del Libro de la Apocalipsis que haremos durante los siguientes domingos. La especial profecía de Juan el evangelista nos habla de la gloria celeste de Jesús el Resucitado. Hay mucha enseñanza en ese libro y hemos de estar atentos para aprovecharla.



El fragmento del evangelio de Juan, sobre la aparición a los discípulos y la conversión del Apóstol Tomás es el utilizado en los tres ciclos litúrgicos: A, B y C. Y es lógico porque reúne todos los elementos juntos que se dieron en la Resurrección. El evangelio de San Juan, escrito muchos años después que los otros tres evangelios sinópticos, encierra una enorme capacidad descriptiva y una gran hondura

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Antes de recibir el Espíritu Santo los discípulos de Jesús no tenían paz interior. Sabían que los judíos que no creían en Jesús como el Mesías de Israel, les odiaban a ellos y querían exterminarlos. Antes de recibir el Espíritu Santo, los discípulos no se atrevían ni a salir a la calle, porque sabían que vivían rodeados de un mundo hostil. Pero cuando ven, de pronto, a Jesús en medio de ellos, exhalando sobre ellos su aliento y su paz, se llenan de alegría, desaparece el miedo y su alma se llena de paz y vigor. En este sentido, debemos nosotros examinarnos a nosotros mismos y ver hasta qué punto la presencia del espíritu de Jesús nos llena de paz y nos da suficiente ánimo y vigor para hacer frente a las adversidades interiores y exteriores que frecuentemente nos amenazan. Un alma llena del espíritu de Jesús, del espíritu de Dios, es un alma en paz, aunque por dentro y por fuera nos veamos frágiles e inseguros. Las propias dolencias físicas y las dolencias del alma que nos causan los acontecimientos exteriores no deben nunca robarnos la alegría y la paz interior. Los grandes santos fueron personas de una gran paz interior, aunque todos ellos tuvieron que sufrir mucho, en su lucha contra las tentaciones interiores y contra el mundo hostil que les rodeaba. Pidamos a Dios que no nos falte nunca su espíritu, el espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Tomás no era distinto de los demás apóstoles de Jesús. También él necesitó ver para creer, para ahuyentar el miedo del alma, para recobrar una paz interior que había perdido. Tampoco Tomás era muy distinto de muchos de nosotros, cuando pensamos que los límites de la ciencia son los límites de la religión y cuando creemos que la creencia no puede ir más allá de la certeza científica y comprobable. La fe religiosa, nuestra fe cristiana, tiene unos fundamentos que van más allá de los postulados empíricamente científicos, porque se basa en la autoridad del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Pidamos a Dios que nos dé una fe tan viva y profunda como la que recobró Tomás cuando vio corporalmente a Jesús y que nos permita decir con toda el alma: ¡Señor mío y Dios mío!

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo… Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos se curaban. Que Jesús curaba a los enfermos es una de las verdades que más frecuentemente repiten los evangelios. Ante un enfermo el alma de Jesús se conmovía y su corazón misericordioso le impulsaba a curarlo. Sus Apóstoles quisieron hacer siempre lo mismo que había hecho su Maestro: predicar el Reino de Dios, curar enfermos, anunciar la buena nueva, el evangelio, a todas las personas, con especial atención a las personas más desprotegidas y marginadas de la sociedad. Esa era la señal distintiva de los discípulos del Maestro: amarse entre ellos y extender su amor a todas las personas necesitadas de amor.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. En este año de la misericordia y, en especial, en este segundo domingo de Pascua, domingo de la misericordia, entonemos todos nosotros un himno de alabanza a nuestro Dios, porque es eterna su misericordia. Tener un corazón misericordioso es tener un corazón que se apiada de la miseria humana y quiere remediarla. Una persona que quiera ser discípulo de Jesús y no tenga un corazón misericordioso no puede comportarse como auténtico discípulo de Jesús. Al Dios clemente y misericordioso sólo podemos acercarnos con un corazón clemente y misericordioso. Los que predican el odio en nombre de Dios se han equivocado de Dios; le invocan ofendiéndole, blasfemando de él. Que nuestra vida, la vida de todo cristiano, sea un cántico de alabanza a Dios, porque es eterna su misericordia.


Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús. Ser fiel al evangelio de Jesús, normalmente no sale gratis. Porque el “mundo”, en el sentido que le da San Juan a esta palabra, es enemigo de Jesús, es enemigo de la verdad. Seamos nosotros fieles a la verdad del evangelio, aunque nos cueste más de un disgusto, porque, al final, sólo la verdad nos hará libres. Después de todo, sólo Dios es el que vive por los siglos de los siglos y tiene las llaves de la muerte y de la vida.



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