29 abril 2016

DOMINGO VI DEL TIEMPO PASCUAL- C - 1 DE MAYO DE 2016




Una pregunta: ¿es posible la paz? Nos toca vivir en una época real, hinchada de palabras y de gritos; somos personas insertas en el complejo de manifestaciones que buscan (¡) el camino de la felicidad. Y cada día hay menos inversión de humildad y de confianza. Pensemos por ejemplo cuál sería nuestra “inversión” si toda ella estuviera cuajada de dos elementos fundamentales: “el Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros” (Salmo 66) y “el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26).
Sobre esta base es posible un resurgir, de forma pausada y silenciosa, el rescate de la paz. En el interior de cada uno está la puerta para dejarnos llamar y abrir luego el corazón a la “causa de nuestro Señor Jesucristo” (Hch 15, 26). Es cierto que la realidad histórica invade con fuerza nuestras personas pero debemos apostar también por no dejarnos llevar por el desaliento sino por la convicción de que la gracia interviene y transforma hasta el punto de convertir el corazón. El mensaje de la Palabra es claro: “la Paz os dejo, mi Paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). La despedida de Jesús no es la de un hombre cualquiera que se va. Jesús ha anunciado ya que volverá a estar entre ellos. Y les deja la paz. La paz es propiedad que surge del favor divino. Por eso dice Jesús: “mi paz”. En primer lugar, porque él lo ha logrado o la logrará a través de la muerte. Además, porque es don y regalo, no premio que ellos hayan merecido.

Es una paz entera y total, característica de Jesús, no como la da el mundo. Esta paz o prosperidad del mundo surge como retribución de los servicios prestados o como un soborno por lo que se esperan para el futuro. Jesús la da teniendo como motivación última el amor. El cristiano tiene que fundamentar su vida en Jesucristo, es su razón de ser y de existir y, por lo tanto, no se puede intentar otro camino sino el de Él. Quien ilumina la vida es Dios y “su lámpara es el Cordero”. He aquí un horizonte para encarar tanto la realidad personal en el tema de la fe y de la verdad como también en la forma de ser cristianos con luz propia que hagan de su vida un testimonio de amor. No es el caso, pues, de lloriquear sobre los “tiempos malos” ni tampoco de mermar bajo ningún aspecto la responsabilidad que nos atañe como creyentes. Éstos, si aman a Jesús, deben hacer realidad en sus vidas “el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Se abre así un camino nuevo, una esperanza, una toma de conciencia para revitalizar la capacidad del corazón en ansias y en deseos de un amor verdadero.
El vivir plenamente la fe a veces nos asusta, nos parece una tarea abrumadora. ¿Queremos vivir sin fundamentar nuestra fe en el encuentro con el Resucitado? Esto es absurdo; el Resucitado trastorna la vida de los discípulos y solo así surge el nuevo Pueblo de Dios. Si entablamos con nosotros mismos un espacio para la acción transformadora del Resucitado estamos dando margen para que la paz de Cristo nazca y se renueve en nuestro corazón. Tenemos que mostrar un estilo de vida cuyo modelo sea el Resucitado y no nos desaliente el hecho concreto de una fatiga y esfuerzo en el camino de la fe. El seguimiento de Jesús, el encuentro con la paz verdadera, nos lleva a una vida cristiana renovada, bella y dichosa y esto es la mejor garantía para hacerla posible en el mundo y siempre.


Jesús es camino, verdad y vida: “Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesús nos has hecho renacer a la vida eterna”. Esta oración de la Liturgia de hoy nos adentra en el misterio, nos hace comprender mejor, eleva el nivel de nuestras personas y nos introduce en el amor de Dios que, por el Espíritu, “será quien os enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Con esa fuerza del Espíritu se trasforma nuestra vida y habla no ya desde sí sino desde Dios con el lenguaje del amor: “«El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama»: el que los tiene en su memoria y los observa en vida; en los que tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quienes los tiene porque los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos. «Ése es– dice- quien me ama». El amor debe manifestarse en las obras para que no se quede en palabra estéril. «Y a quien me ame, le amará mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo», ¿Qué significa «amaré»? Deja entender que le ha de amar entonces, pero que no le ama ahora. No ha de entenderse así. Pues ¿cómo podría amarnos el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre? Si su obra es inseparable, ¿cómo pueden amar de forma separada? Pero dijo: «Yo le amaré», para añadir: «Y me manifestaré a él. Le manifestaré y me manifestaré»: es decir, le amaré, para manifestarme a él. Al presente nos ha amado para que creamos y guardemos el mandato de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos la visión misma como recompensa de la fe. También nosotros le amamos ahora creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído (San Agustín, Comentario sobre el evangelio. según san Juan 75, 2–5).





La primera lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos alerta de las veces que cargamos a otros fardos que nosotros no somos capaces de soportar. Y eso es lo que ocurría entre los primeros fieles cristianos convertidos por Pablo y Bernabé. La discusión sobre el mantenimiento –o no—de la ley judía produjo el primer concilio de la historia: el Concilio de Jerusalén, invocando al Espíritu se evitasen cargas doctrinales innecesarias.

El salmo 66 estaba destinado a cantarlo en las procesiones solemnes del pueblo judío. Refleja el deseo ardiente del salmista de que todos los pueblos alaben al Señor. Todo el santo es un canto de gran alegría y esperanza para siempre. Para nosotros puede –y debe—ser lo mismo: expresar el gozo por el que todos los hombres y mujeres de la Tierra vivan en continua alabanza para el Señor.

La segunda lectura, del Libro del Apocalipsis, nos habla del luminoso y feliz mundo de la Jerusalén del cielo. Su descripción es muy bella y llena de esperanza, porque su luz es Dios y su lámpara el Cordero. Narra la realidad de ese día en el que, por fin, nos encontraremos ante el rostro de Dios.


En el Evangelio de San Juan, Jesús próximo a terminar su primer periplo en la Tierra, nos promete el Espíritu Santo, el Paráclito, que nos lo enseña todo y vela por la Iglesia y por sus hijos. Pero lo más grande que nos dice es que si le amamos, Él y el Padre, vendrán a nosotros y se quedarán para siempre.


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