29 julio 2016

DOMINGO XVIII DEL T. ORDINARIO - C - 31 DE JULIO





Hoy hemos de escuchar con especial atención nuestra primera lectura, del Libro del Eclesiastés, porque nos avisa sobre la vanidad que puede llenar nuestras vidas y nuestros trabajos. Sólo Dios nos marca el camino adecuado. Solo Dios no nos engaña, ni fomenta nuestra vanidad.

El salmo 66, de Moisés, recomienda una meditación profunda sobre la grandeza de Dios. Y no puede compararse la fragilidad humana con la grandeza del Señor. Contiene, además, una lamentación muy antigua utilizada como oración de desagravio. Para nosotros, hoy, es hacer un voto de confianza por el apoyo que Dios nuestro Padre nos dará siempre, aún en los tiempos malos.


En la segunda lectura, procedente de la Segunda Carta a los Colosenses, San Pablo, nos habla de que el Bautismo es el inicio de una nueva vida, marcada por la enseñanza de Cristo que es simiente de libertad, no como la antigua ley. Llegamos hoy al final de las lecturas sucesivas que hemos tenido en domingos anteriores de la Carta a los Colosenses una de las más hermosas que Pablo de Tarso nos dejó.

El evangelio de hoy es de San Lucas, como corresponde al Ciclo C que seguimos este año. Pero tiene la identidad con otros autores en que, como siempre, Jesús de Nazaret, ante una pregunta espontánea del pueblo Jesús construye un capítulo de su enseñanza, una auténtica catequesis, para los de antes y para nosotros. Jesús nos va a hablar muy seriamente de la inutilidad de las riquezas y de los estragos que, en nosotros, hace la adoración de las mismas


"Vaciedad de vaciedades". Esta conocida expresión tiene un valor muy actual. Podríamos traducir por el "total sin-sentido". Esta palabra se emplea muchas veces en el libro del Eclesiastés y el tema central del libro se encuentra expresado en ella: una reflexión sobre lo limitado de la vida, hasta llegar al desengaño. De una fuerza destructora impresionante, y de un realismo que nadie puede contestar, esta reflexión sobre la inutilidad de nuestras utilidades llegará hasta el final del libro. Es ésta una realidad que ocurre a diario. Además, recordemos que trabajar y no disfrutar, trabajar para otros, es una de las maldiciones clásicas de la ley y los profetas. Piensa el autor que hay hombres que se condenan a sí mismos a semejante maldición.
Aunque el Qohelet no se lo llega a plantear así, estas palabras muestran la necesidad de una trascendencia, de una apertura hacia algo más que la limitación del hombre. La vida del hombre cerrada sobre sí misma es un imposible. Qohelet quiere comprender el sentido de la vida, da vueltas en torno a ella ("como el viento"), pero se estrella siempre ante el muro de la muerte. Por eso su grito desconsolado: "todo es fatiga". Porque o el hombre, ocupado en el esfuerzo de acumular, no tiene tiempo para disfrutar, o bien es un egoísmo cerrado que no ayuda a nadie. Una de las formas de salir de este círculo opresor será el de apagar nuestra sed fundamental ayudando a apagar con nuestro mayor bien, que es la vida, la sed de los demás. Todo este modo de pensar, oscuro e imperfecto, se aclarará con la luz que aporta el hecho de Jesús. La vida adquiere nuevo sentido en la fe de Jesús.
La auténtica riqueza. Hay un peligro de las riquezas: pueden esclavizar, cuando la "mammona", nombre hebreo de las riquezas, es un falso dios objeto de adoración. Mientras millones de personas pasan hambre, nuestra sociedad derrocha a raudales lo que otros necesitan para vivir. Como cristianos estamos llamados a compartir lo que hemos recibido y debemos tener cuidado, pues "no podemos servir a Dios y al dinero". Hay riquezas carísimas y riquezas baratas. Es triste que, mientras la gente se pasa la vida llorando por no poder alcanzar los bienes caros, se dejen de cultivar los que tenemos al alcance de la mano. La más grande y "barata" de las riquezas es la amistad. Un buen amigo vale más que una mina de oro. Sentirse comprendido y acompañado es mayor capital que dar la vuelta al mundo. Alguien que nos ayude a sonreír cuando estamos tristes es más sólido que mil acciones en bolsa.
 

¡Y qué barato sale tener un buen amigo!; cuesta menos que un vaso de vino, menos que una barra de pan. Lo pueden tener los pobres y los ricos y casi les es más fácil a los primeros. Hace falta mucho dinero para hacer un safari por África, pero no hace falta una sola moneda para acariciar la cabeza de un perro y ver cómo levanta hacia nosotros sus ojos agradecidos, sentir el ronroneo de tu gato que amoroso y confiado se recoge en tu regazo y te acaricia-
 No hace falta dinero para comprar la felicidad que proporciona la paz interior o palpar la presencia de Dios en un momento de oración meditativa. El amor verdadero no se compra ni se vende, como tampoco se compra la felicidad que proporciona el hacer una obra buena en favor de un necesitado, acompañar a un enfermo o escuchar a una persona atormentada. Nos han engañado, nos han estafado acostumbrándonos a creer que es el dinero y el lujo la verdadera moneda de la felicidad. Hay multimillonarios que gastan la vida en llorar por creerse pobres, que se encuentran solos sin nadie que les quiera. ¿Dónde está la verdadera felicidad, en Dios o en el dinero?

Colocar primero lo más importante. Un conferenciante quiso sorprender a los asistentes y apareció en la sala con una bandeja que contenía un frasco grande de boca ancha y unas pocas piedras del tamaño de un puño. Colocó la bandeja sobre la mesa y preguntó a los asistentes: ¿cuántas piedras piensan que caben en el frasco? Después que los asistentes hicieran sus conjeturas empezó a meter piedras hasta que llenó el frasco. Luego preguntó:
- ¿Está lleno?
Todo el mundo lo miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron en los espacios que dejaban las piedras grandes. El conferenciante sonrió con ironía y repitió:
--¿Está lleno?
Esta vez los oyentes dudaron. Entonces sacó un cubo de arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.
--¿Está lleno?- preguntó de nuevo.
--¡No! -exclamaron los asistentes.
--¡Bien! -dijo, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco.
El frasco aún no rebosaba.
--Bueno, ¿qué hemos demostrado? -preguntó.
Uno de los asistentes respondió:
--Que no importa lo lleno que esté tu tiempo; si lo intentas, siempre puedes hacer más cosas.
--¡No!, -concluyó el conferenciante-. Lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después.
Pregúntate ahora: ¿cuáles son las grandes piedras en tu vida?:   Tu fe, tu familia, tus amigos, tu salud, la  caridad con el que está necesitado... o el dinero, el ascenso profesional, el derroche económico....

El secreto de la felicidad. Recuerda que si quieres ser feliz debes poner primero las cosas importantes. El resto ocupará otro lugar. Está demostrado que los que tienen más tiempo para los demás suelen ser también las personas más ocupadas. El Instituto de Fomento de la Salud de EE. UU. ha realizado un estudio sobre el voluntariado, llegando a la conclusión de que las personas más felices son aquellas "que se dan a los demás". Los voluntarios declaraban que después de hacer una ayuda a un necesitado: 1) sentían más bienestar físico; 2) tenían nuevas fuerzas morales y físicas; 3) experimentaban en su interior un sentimiento de gozo; 4) habían obtenido una mayor estima de sí mismos.

La opción es clara: la felicidad está en saber renunciar al propio egoísmo. San Pablo en la Carta a los Colosenses nos recuerda que debemos desprendernos del hombre viejo y buscar los bienes de arriba. Cuando se acabe nuestra vida aquí en este mundo ¿seremos ricos o pobres? El Evangelio nos dice que aquél que comparte y es solidario es el auténtico rico ente Dios.


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