20 agosto 2016

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO - C. 21 DE AGOSTO




Este fragmento del Libro de la Sabiduría, que vamos a escuchar hoy como primera lectura, nos habla de la liberación del pueblo de Israel de la opresión de los egipcios. Es la crónica de una esperanza alimentada por la creencia de que Dios los iba a liberar.

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El Salmo 32 es el himno de los justos a la providencia. Y se expresa el deseo ardiente de amar a Dios sobre todas las cosas. Es un salmo útil para nuestros días llenos de incertidumbres. Hemos de esperar en Dios como lo expresó el salmista.


Vamos a comenzar la lectura –este domingo—de la parte de la Carta a los Hebreos, donde se establece la superioridad del sacerdocio de Cristo, por encima del sacerdocio de la Antigua Alianza. Anuncia también tiempos nuevos, como los que nosotros esperamos.
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Nuestro Salvador nos pide hoy que estemos atentos ante la llegada de ese día en seremos libres. El evangelio de Lucas ha narrado las amplias páginas de la catequesis de Jesús. Hoy el Señor nos va a pedir que estemos atentos para mejor entender los tiempos que vivimos.
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Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Hoy día, los cristianos no podemos afirmar teológicamente que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación. Sería radicalmente injusto que millones de personas quedaran excluidas de la salvación, por el sólo hecho de no haber conocido a Cristo y no haber sido bautizadas en su nombre. Toda persona de buena voluntad, que acompaña con obras buenas su fe en Dios, sea del país o de la religión que sea, es una persona agradable a Dios. Dios no hace distinción entre razas, culturas, o ritos; sí hace distinción entre personas buenas, que hacen el bien, y personas perversas que hacen, libre y voluntariamente, el mal. Naturalmente, que nosotros, los cristianos, consideramos como una gracia especial el conocer a Jesucristo y creer en él y en su evangelio. Creemos que es una gracia especial conocer a Jesucristo y considerarlo como nuestro único mediador, porque en Cristo y por Cristo Dios nos concede la salvación. Pero, como ya nos advertía san Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Aunque Dios nos llama a todos, no todos respondemos adecuadamente a su llamada. En el evangelio de este domingo, según san Lucas, se nos dice que nos esforcemos por entrar en el Reino por la puerta estrecha, siguiendo el ejemplo de Cristo, porque Cristo es nuestro camino y nuestra verdad y nuestra vida. Para ser buen cristiano hay que estar dispuesto s sufrir por Cristo y a luchar contra el mal. No nos valen las medias tintas; sólo los esforzados entrarán en el Reino de los Cielos, no nos bastará haber dicho “Señor, Señor”, sino habernos esforzado en todo momento en cumplir la voluntad del Padre. Así lo hizo Cristo, así debemos hacerlo todos los cristianos, y así tendrán que hacerlo todas las personas que quieran acompañar a Cristo en su Reino.

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Yo vendré para reunir a los países de toda lengua… y anunciarán mi lengua a las naciones. El tercer Isaías, en estos últimos capítulos del libro de Isaías, quiere animar a su pueblo en tiempos del postexilio, y les dice que Dios hará a Sión y a Jerusalén el centro espiritual del mundo y que hacia allí vendrán personas de todos los pueblos de la tierra, y anunciarán la gloria de Dios a todas las naciones. Ya no será Israel el único depositario de la promesa, sino que a través de Israel serán llamados a la salvación todos los pueblos de la tierra. Es un texto precioso, porque es una confesión clara de la universalidad de la salvación que Dios nos ofrece a todos. Los judíos, el pueblo judío, siempre pensaron en Dios, como su Dios, porque ellos se consideraban el único pueblo elegido. Estas afirmaciones católicas, es decir, universales, que se encuentran en algunos libros del A. T. debemos considerarlas como anticipo de la catolicidad de la religión cristiana que vino a anunciarnos Cristo en su evangelio y que quiso hacer realidad en la predicación e instauración del verdadero Reino de Dios. Los cristianos nos consideramos hermanos de todas las personas del mundo, porque, con nos dirá san Pablo, nuestra fe en Cristo no hace distinciones entre judíos y paganos, hombres o mujeres, razas o etnias.

Hermanos: Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Este texto de la Carta a los Hebreos nos habla de un tema distinto al tema de las dos lecturas anteriores: del tema de la corrección paterna. Es un tema que debe venirnos bien a nosotros, en los tiempos en los que estamos viviendo. Hoy no parece estar de moda la corrección, ni de los padres, ni de los educadores, ni la corrección fraterna en general, pero tenemos que reconocer que la corrección es una obligación de todos los que tienen obligación de educar a alguien. Sin corrección no hay verdadera educación. No digamos que a la corrección debe sustituirla el amor, porque la verdadera corrección siempre debe ser fruto del amor. Corregimos a una persona porque la amamos y queremos lo mejor para ella. No es fácil practicar la corrección acertadamente, ni acertar con el momento más oportuno, ni acertar con las formas más eficaces. Pero por el hecho de ser difícil no podemos renunciar a ella, porque, como también se nos dice en esta Carta a los Hebreos, “ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Pues, que así sea.

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