10 septiembre 2016

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO CICLO C - 11 DE SEPTIEMBRE

Resultado de imagen de parabola del hijo prodigo y la misericordia de Dios

En la primera lectura, del Libro de Éxodo, nos muestra la conversación entre Dios y Moisés sobre las infidelidades del pueblo judío. El resultado final de tal conversación es el perdón de Dios y el ofrecimiento de una nueva oportunidad para seguir siendo el pueblo elegido.

El salmo 50 –el Miserere—ha sido utilizado, tanto por el pueblo de Israel, como durante muchos años por los cristianos—como himno penitencial. Pero es un salmo que termina con la enorme alegría de saber que Dios nos ha perdonado. Fue considerado hasta el Concilio Vaticano II como un salmo triste, hoy hemos sacado de él un mensaje de alegría y de esperanza.


Comenzamos hoy la lectura de la Carta de san Pablo a Timoteo. Es una carta pastoral, de enseñanza, pero en ella se nos revela que el apóstol ha sido un buen ejemplo de la misericordia divina al pasar e perseguidor de la Iglesia a uno de sus más importantes pilares.


Vamos a escuchar en el evangelio de San Lucas tres parábolas sobre la misericordia de Dios: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la extraordinaria narración del Hijo Pródigo. En ellas se muestra la alegría de Dios por la conversión de –aunque solo sea eso—de un pecador. La del Hijo Pródigo es, sobre todo, la gran catequesis de Jesús de Nazaret sobre la bondad, la ternura y el amor sin límites de Dios Padre hacia sus criaturas.
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IDOLATRÍA DE HOY. "Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto..." (Ex 32, 7). Otra vez el pueblo escogido se ha olvidado de Dios, le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso los se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto. Pobre corazón del hombre fabricándose dioses a su corta medida. Un amuleto, unos cuernos, una herradura, un gesto, una palabra, un número...
Otras veces el ser adorado es un hombre, una voz, un rostro, unas piernas que dan patadas o, en el peor de los casos, unos billetes verdes o azules, aunque estén viejos y manchados... Y ante todo eso se postran, por todo eso se afanan, se sacrifican sin escatimar nada. La historia, de un modo o de otro, se repite. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado... Ojalá que reconozcamos nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva.
"Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo?" (Ex 32, 11). No te enfades, Señor, con nuestra absurda actitud, no te llenes de ira al vernos tan lejos de ti, tan cerca de esos ídolos de nuestro cine y nuestro deporte, tan creídos en el poder mágico de cosas sin sentido. Al fin y al cabo somos hijos tuyos, obra de tus manos. Estamos bautizados, hemos sumergido en el agua a nuestro hombre viejo, lo hemos matado para hacer posible la resurrección de este hombre nuevo. Somos conquista de Cristo, Él nos ha ganado en el brutal combate del Calvario.
Y nos dice el texto sagrado que el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo... Repite tu gesto, tu perdón. Sí, no tomes en cuenta nuestras chiquilladas. No descargues el duro golpe de tu puño. Perdónanos una vez más. Y que tu perdón, tantas veces repetido, nos haga rectificar seriamente nuestra torcida ruta y encaminemos, decididamente, nuestros pasos hacia ti.
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“Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos..." (Lc 15, 2). Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Ellos, los nobles y los sacerdotes, no podían admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella chusma. Por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. El Señor, como siempre, sabe lo que está ocurriendo y pronuncia entonces las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida y la del hijo pródigo. ¿Cómo no ha de ir el pastor en busca de la oveja perdida, cómo se va a quedar tranquilo mientras no la encuentre? Dejará, eso sí, en lugar seguro el resto del rebaño, pero luego recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y eso es lo que hace Cristo con cada uno de nosotros, pobrecitos pecadores, hasta que logra encontrarnos, malheridos quizás y hambrientos, tristes y solos.
Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas a riesgo de su propia vida, el que se alegra cuando la encuentra, el que la acaricia y la consuela, el que carga con ella sobre sus hombros y vuelve dichoso al redil, porque apareció la que ya se daba por perdida. Para que entendamos lo que nos quiere decir, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado mortal.
Aquel libertino pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó. Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces. En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.
Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

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