09 junio 2018

DEVOCIÒN AL SAGRADO CORAZÒN DE JESÙS . MES DE JUNIO

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN VOS CONFÍO.
Hoy fiesta del Sagrado Corazón, no tenemos otra alternativa que responder con amor al Amor de los Amores y seguir aprendiendo a conocerle mejor para que nuestro amor crezca de día en día. Si ayer teníamos para reflexionar la maravillosa Haurietis Aquas de S.S. Pío XII, hoy queremos llamar para que nos hable de su experiencia sobre el Sagrado Corazón al beato Dom Columba Marmión, monje benedictino, que su exposición sea nuestro alimento espiritual hoy:

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DIVERSOS ELEMENTOS DEL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN.


"Si retomamos ahora un poco los diversos elementos de este culto veremos cuánto se justifica. El objeto propio y directo es el  corazón físico. Este corazón es, en efecto, digno de adoración. ¿Por qué? Porque forma parte de la naturaleza humana y porque el verbo se unió a una naturaleza perfecta: Perfectus homo(1). La misma adoración que damos a la persona divina del Verbo alcanza a todo lo que le está unido personalmente, todo lo que subsiste en ella y por ella. Esto es acierto acerca de la naturaleza humana de Jesús entera, es verdad en lo relativo a cada una de sus partes que la componen. El corazón de Jesús es el corazón de un Dios.
Pero este corazón que honramos, que adoramos en esta humanidad unida a la persona del Verbo, sirve aquí de símbolo(2). ¿Símbolo de qué? Del amor. En el lenguaje usual, el corazón es aceptado como el símbolo del amor. Cuando Dios nos dice en la Escritura: “Hijo mío, dame tu corazón”, comprendemos que el corazón significa aquí el amor. Se puede decir de alguien: le estimo le respeto, pero no puedo darle mi corazón; se destaca por esas palabras que la amistad, la intimidad y la unión son imposibles.
En la devoción al Corazón Sagrado de Jesús, honramos, pues, el amor que nos alcanza el Verbo encarnado. Primeramente amor creado. Cristo Jesús, simultáneamente, Dios y Hombre, Dios perfecto: es el misterio mismo de la encarnación. En su Calidad de “Hijo del hombre”, Cristo tiene un corazón como el nuestro, un corazón de carne, un corazón que late por nosotros con el amor más tierno, más verdadero, más noble, más fiel que pueda haber.
En su carta a los Efesios, San Pablo les dice que oraba a Dios con insistencia para hacerles conocer la extensión, la altura y la profundidad del misterio de Jesús, tanto que estaba boquiabierto por las riquezas inconmensurables que encerraba. Habría podido decir otro tanto del amor del corazón de Jesús por nosotros; por otro lado, lo dijo cuando proclamó “que este amor sobrepasaba toda ciencia”(3).
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Y, en efecto, no agotaríamos jamás los tesoros de ternura, de amabilidad de benevolencia, de caridad, cuyo horno ardiente es el corazón del Hombre-Dios. Basta abrir el Evangelio; veremos, en cada página, explotar la bondad, la misericordia, y la condescendencia de Jesús respecto de los hombres. He intentado, exponiendo algunos de la vida pública, mostrar lo que este amor tiene de profundamente humano, de infinitamente delicado.
Este amor de Cristo no es una quimera, es muy real, porque se funda sobre la realidad de la encarnación misma. La Virgen María, S. Juan, Magdalena, Lázaro, lo saben bien. No es solamente un amor de voluntad, sino también de sentimiento. Cuando Cristo Jesús decía: “Tengo piedad de la multitud”(4), sintió realmente que la compasión le removía las fibras de su corazón de hombre; cuando veía a Martha y Magdalena llorar a su hermano, lloró con ellas: lágrimas muy humanas, que brotaban de la emoción que le estremecía el corazón. Por ese motivo fue que los judíos que fueron testigos de ese espectáculo dijeron: “Cuánto le quería”.
Cristo no cambia nunca. Fue ayer, es hoy, permanece en el cielo el corazón más amante y más amable que se pueda encontrar. San Pablo nos dice en términos propios que debemos tener plena confianza en Jesús porque es un pontífice compasivo que conoce nuestros sufrimientos, nuestras miserias, nuestras enfermedades, ya que se hizo igual a nosotros excepto en el pecado. Sin duda, Cristo no puede sufrir más: Mors illi ultra non dominabitur(5), pero sigue siendo aquel que se emocionó de compasión, que sufrió, que rescató a los hombres por amor: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me.
Este amor humano de Jesús, este amor creado, ¿de dónde sacaba su fuente? ¿De dónde  se derivaba? Del amor increado y divino y del amor del Verbo eterno al que la naturaleza humana está indisolublemente unido. En Cristo, aunque haya dos naturalezas perfectas y distintas, que guardan sus energías específicas y sus operaciones propias, no hay sino una sola persona divina. El amor creado de Cristo no es sino una revelación de su amor increado. Todo lo que ese amor creado realiza lo hace en unión con el al amor increado y por causa de él: el corazón de Cristo iba a sacar su bondad humana del océano divino(6).
Sobre el calvario, vemos morir a un hombre como nosotros, que fue presa de la angustia, que sufrió, que fue aplastado por los tormentos, más que ningún hombre lo será alguna vez: comprendemos el amor que este hombre nos muestra. Pero este amor, que por sus  excesos sobrepasa nuestra ciencia, es la expresión concreta y tangible del amor divino. El corazón de Jesús, traspasado sobre la cruz nos revela el amor humano de Cristo; pero detrás del velo  de la humanidad de Jesús, se muestra la inefable e incomprensible amor del Verbo.
¡Qué extensas perspectivas nos abre esta devoción! ¡Cómo está en su naturaleza atraer al alma fiel! Porque ella suministra el medio de honrar lo que hay de más grande y más elevado, de más eficaz en Cristo Jesús, Verbo encarnado: el amor que entrega al mundo y cuyo horno es su corazón.

1 Símbolo atribuido a S. Atanasio.
2 Prov. XXIII, 26.
3 Mat XV.
4 Mat XV
5 Rom Vi, 9
6 “En el Sagrado Corazón encontrarán el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, de esta caridad que nos leva a amarlo en reciprocidad”. León XIII, Bula Nahum sacrum, 25 de mayo de 1899
 
 
EL CORAZÓN DE CRISTO                Image result for devocion al sagrado corazon de jesus
 
El amor explica todos los misterios de Jesús
Todo lo que poseemos en el ámbito de la gracia nos viene de Cristo Jesús; “debido a su plenitud podemos todo”: De plenitude ejus nos omnes accepimus(1). Destruyó el muro de separación que nos impedía ir hacia Dios; mereció para nosotros, con una abundancia infinita, todas la gracias; jefe divino del cuerpo místico, posee el poder de comunicarnos el espíritu de sus estados y la virtud de sus misterios, con el fin de transformaros en Él.
Cuando consideramos los misterios de Jesús, ¿Cuál de sus perfecciones es la que vemos estallar particularmente? Si duda, el amor. El amor realizó la encarnación: Propter nos… descendit de caelis, et incarnatus est(2); el amor hace nacer a Cristo en una carne pasible y enferma, inspira la oscuridad de la vida oculta, alimenta el celo de la vida pública. Si Jesús entrega, por nosotros, a la muerte, es porque cede al “exceso de un amor sin medida”(3); si resucita, es “para nuestra justificación”(4); si sube al cielo, es como precursor que va prepararnos un lugar”(5) en esa estancia de beatitud; envía al “Espíritu consolador”(6) para no “dejarnos huérfanos”(7); instituye el sacramento de la Eucaristía como memorial de su amor.(8) Todos esos misterios tienen su fuerza en el amor.
Es necesario que nuestra fe en este amor de Cristo Jesús sea viva y constante. ¿Y Por qué? Por que es uno de los principales soportes de la fidelidad.

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Veamos a San Pablo: nunca hombre alguno trabó ni se prodigó como él por Cristo. Un día, en que sus enemigos atacaban la legitimidad de su misión, fue movido, para defenderse, a esbozar él mismo el cuadro de sus obras, sus laboras y sufrimientos. Este cuadro, tan vivo, lo conocemos, sin duda, pero siempre es un gozo  para el alma releer este pasaje, único en los anales del apostolado. “A menudo, dice el gran apóstol, vi la muerte de cerca; cinco veces sufrí el suplicio de la flagelación; tres veces fui tundido con las varas; una vez fui lapidado; naufragué tres veces, pasé un día y una noche mar adentro. Y mis viajes, incontables, llenos de peligros; peligros en los ríos, peligros por parte de los bandidos, peligros por parte de los de mi linaje, peligros por parte de los infieles; peligros en las ciudades, peligros en los desiertos, peligros en el mar; mis trabajos y mis sufrimientos, mis numerosas vigilias, las torturas del hambre y de la sed, los ayunos múltiples, el frío de la desnudez; y dejando de hablar de otras cosas, todavía recordaría mis preocupaciones diarias, la solicitud por todas las iglesias que fundé(9). Aquí se aplica la palabra del Salmista: “Por causa de ti, Señor, todo el día estamos entregados a la muerte, se nos mira como ovejas destinadas a la carnicería…” Y, sin embargo, ¿que agrega inmediatamente? Pero “en todos estos encuentros, somos más que vencedores: Sed in his ómnibus superamus(10). Y ¿dónde encuentra el secreto de esta victoria? Preguntémosle por qué soporta todo, incluso el “fastidio de vivir”(11), ¿por qué, en todas sus pruebas permanece unido a Cristo con tan inquebrantable firmeza que “ni la tribulación ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada pueden separarlo de Jesús(12)? Les responderá: Propter eum, qui dilexit nos(13): “por aquél que nos amó. Lo que lo sostiene, lo fortifica, lo ama, lo estimula es su convicción profunda de que “el amor de Cristo lo mueve”: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me(14).
Y, en efecto, el sentimiento que hace nacer el él esta ardiente convicción es que “él no quiere vivir más para sí mismo”, - él que blasfemó el nombre de Dios y persiguió a los cristianos(15) - “sino por quien que lo amó al punto de dar la vida por él”. Caritas Christi urget me…(16) “El amor de Cristo nos urge”, exclama. “Por  eso me entregaré por él, me prodigaré gustosamente, sin reservas, sin medida”; ¡me agotaré por las almas que son su conquista: Libentissime impendam et superimpendar(17)!
Esta convicción de que Cristo lo ama da, verdaderamente, la clave de toda la obra del gran apóstol.
Nada empuja al amor como el saber y sentirse amado. “Todas las veces que pensamos en Jesucristo, dice santa Teresa, recordemos el amor con el que nos colmó con sus favores… el amor llama al amor”(18).
Pero, ¿cómo conocer este amor que está en el fondo de todos los estados de Jesús, que los explica, y cuyos motivos resume? ¿De dónde sacar esta ciencia, tan fecunda, que San Pablo convertía en el objeto de sus oraciones para sus cristianos? En la contemplación de los misterios de Jesús. Si los estudiamos con fe, el Espíritu Santo, que es el amor infinito, nos descubre sus profundidades y nos conduce al amor, que es la fuente.
Esta es una fiesta que por su objeto nos recuerda, de una mera general, el amor que el Verbo encarnado nos ha mostrado: es la fiesta del Sagrado Corazón. La Iglesia, a partir de las revelaciones de Nuestro Señor a santa Margarita María, cierra, por así decirlo, el ciclo anual de las solemnidades del Salvador; como si la llegada, al término de la contemplación de los misterios de su Esposo, no quedara sino celebrar el amor mismo que los inspiró.

1 Joan. I, 16.
2 Credo de la misa.
3 Joan XIII.
4 Rom. IV, 25.
5 Joan. XIV, 18.
6 Hebr. Vi, 20.
7 Jan XIV, 18.
8 Luc XXII, 19.
9 II Cor. XI, 23-28.
10 Rom. VIII, 36-37.
11 II Cor I, 8.
12 Rpm. VIII, 35.
13 Ibid. 37.
14 .Gal II, 20.
15 Cf. Act. XXVI.
16 II Cor. V, 14.
17 II Cor. XII, 15.
18 Vida escrita por ella misma, cap. XXII, Obras.
 
 
LA DEVOCIÓN Y SUS RAÍCES EN EL DOGMA CRISTIANO.
 
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“Devoción” viene de la palabra latina devovere: dedicarse, consagrarse así mismo a una persona amada. La devoción hacia Dios es la más alta expresión de nuestro amor. “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas”: Diliges Dominum Deum tuum ex TOTO corde tuo, et ex TOTA anima tua, et ex TOTA mente tua(1). Ese totus  marca la devoción: amar a Dios con toda la persona, si reservarse nada, sin cesar, amarla hasta el punto de consagrarse a su servicio con prontitud y facilidad, tal es la devoción en general; y así entendida, la devoción constituye la perfección: porque ella es la flor misma de la caridad(2).
La devoción a Jesucristo es la consagración de todo nuestro ser y de toda nuestra actividad a la persona del Verbo encarnado, abstracción hecha de tal estado particular de la persona de Jesús o de tal misterio especial de su vida. Por esta devoción a Jesucristo, nos daremos a la tarea de conocer, honrar y servir al  Hijo de Dios que se manifiesta en nosotros por su santa humanidad.
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Una devoción particular, sea la “consagración” a Dios considerado especialmente en uno de sus atributos o una de sus perfecciones, como la santidad o la misericordia, o aun una de las tres personas divinas, sea de Cristo contemplado en sus misterios, bajo uno u otro de sus estados: es siempre el mismo Cristo Jesús que honramos, a cuya persona adorable se dirigen todos nuestros homenajes; pero consideramos su persona bajo tal aspecto particular donde se manifiestan a nosotros en tal misterio especial. Así, la devoción a la santa Infancia es la devoción a la persona misma de Cristo contemplado especialmente en los misterios de su natividad y de su vida de adolescente en Nazareth; la devoción a las cinco llagas es la devoción a la persona del Verbo encarnado considerado en sus sufrimientos, sufrimientos simbolizados por las cinco llagas cuyas gloriosas cicatrices Cristo quiso conservar después de su resurrección. La devoción puede tener un objeto especial, propio, inmediato, pero termina siempre en la persona misma(3).
A partir de aquí, comprendemos lo que hay que entender por devoción al Sagrado Corazón de Jesús. De una manera general, la consagración a la persona Jesús mismo, que manifiesta su amor por nosotros y que nos muestra su amor por  nosotros y que nos muestra su corazón como símbolo de este amor. ¿Qué honramos pues en esta devoción? A Cristo mismo, en persona. Pero cuál es el objeto inmediato, especial, propio de esta devoción? El corazón de carne de Jesús, el corazón que latía por nosotros en su pecho de Hombre-Dios; pero no le honramos separado de la naturaleza humana de Jesús ni de la persona del Verbo eterno a quien esta naturaleza humana está unido en la encarnación. ¿Y eso es todo? No; falta todavía agregar esto: honramos este corazón como símbolo del amor de Jesús respecto de nosotros.
La devoción al Sagrado Corazón se remite, pues, al culto del Verbo encarnado que nos manifiesta su amor y nos muestra su corazón como símbolo de este amor.
Es sabido que, según ciertos protestantes, la Iglesia es como un cuerpo sin vida; habría recibido toda su perfección desde los comienzos y tendría que permanecer petrificada; todo lo que surgiese en adelante, sea en materia dogmática, sea en el ámbito de la piedad no es, a sus ojos superfetación y corrupción.
Para nosotros, la Iglesia es un organismo vivo, que como todo organismo vivo, debe desarrollarse y perfeccionarse. El depósito de la revelación fue sellado con la muerte del último apóstol; después, ningún escrito es admitido como inspirado, y las revelaciones particulares de los santos no entran en lo absoluto de las verdades contenidas en la revelación oficial de las verdades de la fe. Pero muchas de las verdades contenidas en la revelaciones contenidas en la revelación oficial no se encuentran sino en germen; la ocasión no se da sino poco a poco, bajo la presión de los acontecimientos y la guía del Espíritu Santo, para alcanzar definiciones más explícitas que fijen las fórmulas precisas y determinadas de lo que antes era conocido sólo de manera implícita.

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Desde el primer instante de su encarnación, Cristo Jesús poseyó en su santa alma todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría divinas. Pero no fue sino poco a poco que fueron revelándose. A medida que Cristo crecía en edad, esta ciencia y sabiduría se declararon, se veía aparecer y florecer las virtudes qué Él contenía en germen.
Algo análogo sucede en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Por ejemplo, encontramos en el depósito de la fe esta magnífica revelación: “El verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne(4)”. Esta revelación contiene tesoros que no has sido puestos al día sino poco a poco; es como una semilla que de desarrolla en frutos de verdad para aumentar nuestro conocimiento de Cristo Jesús. Con ocasión de las herejías que se levantaron, la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, definió que no hay Cristo sino una persona divina, pero dos naturalezas distintas y perfectas, dos voluntades, dos fuentes de actividad; que la Virgen María es la Madre de Dios; que todas las partes de la santa humanidad de Jesús son adorables en razón de su unión con la divina persona de la Verbo. ¿Son éstos dogmas nuevos? No. Es el depósito de la fe que se explica, se desarrolla.
Lo que decimos de los dogmas de aplica perfectamente a las devociones. En el curso de los siglos, surgieron devociones que la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo, admitió e hizo suyas. No son, en lo absoluto, innovaciones propiamente dichas, son efectos de manan de los dogmas establecidos y de la actividad orgánica de la Iglesia.
Una vez que la Iglesia enseñante aprueba una devoción, que la confirma con su autoridad soberana, debemos aceptarla dichosamente; actuar de otra manera no sería “compartir los sentimientos de la Iglesia”, sentire  cum Ecclesia, sería dejar de entrar en los pensamientos de Cristo Jesús; porque Él dijo a sus apóstoles y a sus sucesores: “Quien los escucha me escucha, quien los desprecia, me desprecia”(5). Ahora bien, ¿cómo ir al Padre si no escuchamos a Cristo?
Relativamente moderna, bajo la forma que reviste actualmente, la devoción al Sagrado Corazón encuentra sus raíces dogmáticas en el depósito de la fe. Estaba contenida en germen en la palabra de San Juan: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros… llevó hasta el límite el amor que tenía por los suyos”(6). ¿Qué es, en efecto, la Encarnación? Es la manifestación de Dios, es Dios que se revela a nosotros mediante la humanidad de Jesús”: Nova mentis nostrae oculis lux tuae claritatis infulsit(7); es la revelación del amor divino al mundo: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su hijo para que se entregara por ellos: “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”: Majorem hac dilectionem nemo habet(8). Toda la devoción al Sagrado Corazón está en germen en esas palabras de Jesús. Y para Mostar que este amor había alcanzado el grado supremo, Cristo Jesús quiso que ni bien exhalase su último suspiro sobre la cruz, su corazón fuese traspasado por la lanza de un soldado.
Como se verá, el amor que está simbolizado por el corazón en esta devoción es ante todo el amor creado de Jesús, pero como Cristo es el Verbo encarnado, los tesoros de este amor creado nos manifiestan las maravillas del amor divino, del Verbo eterno.
Se comprende que la profundidad de esta devoción se sumerge en el depósito de la fe. Lejos de ser una alteración o una corrupción, es una adaptación, a la vez simple y magnífica, de las palabras de San Juan sobresobre el Verbo, que se hizo carne y se inmoló por amor por nosotros.
1 Marc. XII, 30
2 Cf. Santo Tomás II-II, q.82, a. I.
3 Cf. Santo Tomás. III, q. 25, a. I.
4 Joan. I, I y 14.
5 Lc X, 16.
6 Joan I, 14; XIII, I.
7 Prefacio de navidad
8 Joan. VV, 13.
 
VENTAJAS DE ESTA DEVOCIÓN.
 
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Diversidad de aspectos con los cuales las almas pueden considerar a Dios
Tal como el Espíritu Santo no llama a todas las almas a brillar de igual manera por las mismas virtudes, igualmente, en materia de devoción particular, les deja una santa libertad, que nosotros mismos debemos respetar cuidadosamente. Hay almas que se sienten empujadas a honrar especialmente los misterios de la infancia de Jesús; otros, son atraídos por los encantos interiores de su vida oculta; otros no pueden desprenderse de la meditación de la Pasión.
Sin embargo, la devoción al corazón sagrado de Jesús es una de las que debieran sernos más queridas. ¿Por qué? Porque honra al Cristo Jesús no tanto en uno de sus estados o de sus misterios particulares, sino en la generalidad y en la totalidad de su amor, de ese amor en el que todos los misterios encuentran su explicación más profunda. Aunque esté especial y netamente caracterizada, esta devoción reviste, pues algo de universal: honrando al corazón de Cristo, no es al Jesús Niño, adolescente o víctima que se dirigen nuestros homenajes, sino a la persona de Jesús en la plenitud de su amor.
Además, la practica general de esta devoción, tiende, en último análisis, a volver al Señor amor por amor: Movet nos ad amandum mutuo(1); a coger toda nuestra actividad para penetrarla de amor con el fin de complacer a Cristo Jesús; los ejercicios particulares no son sino proyectos para expresar a nuestro divino maestro esta reciprocidad de amor.
Éste es un efecto preciosísimo de esta devoción. Porque toda la religión cristiana se orienta para nosotros hacia ese punto: entregarnos por amor al servicio de Cristo y, por él al Padre y su común Espíritu. Este punto es de una importancia capital, y quiero, para terminar esta meditación hacer algunos comentarios.
Es una verdad, confirmada por la experiencia de las almas, que nuestra vida espiritual depende, en gran parte, de la idea que nos hacemos habitualmente de Dios.
Hay entre nosotros y Dios relaciones fundamentales, basadas en nuestra naturaleza de criatura; existen relaciones morales que resultan de nuestra actitud hacia él y ésta actitud es, la mayor parte del tiempo, condicionada por la idea que tenemos de Dios.
Si nos hacemos de Dios una idea falsa, nuestros esfuerzos para avanzar serán a menudo vanos y estériles, porque se producirán fuera del camino; si tenemos una idea incompleta, nuestra vida espiritual estará llena de lagunas y de imperfecciones; si nuestra idea de Dios es verdadera –tan verdadera como sea posible aquí abajo a una pretura que vive de la fe, nuestra alma se abrirá, con toda certeza a la luz.
Esta idea habitual que nos hacemos de Dios es, pues, la llave de nuestra vida interior, no sólo porque regula nuestra conducta hacia Él, sino también porque, a menudo, determina la actitud de Dios mismo respecto de nosotros; en muchos casos, Dios nos trata como lo tratamos.
Pero, me dirán, la gracia santificante no hace de nosotros hijos de Dios? Ciertamente, sin embargo, en la práctica, hay almas que no actúan como hijos adoptivos del Padre eterno. Se diría que esta condición de hijos de Dios no tiene para ellos sino u valor nominal; no comprenden que ese es un estado fundamental que
requiere manifestarse sin cesar mediante actos que correspondan, y que toda la vida espiritual debe ser el desarrollo del espíritu de adopción divina, espíritu que hemos recibido en el bautismo por la virtud de Cristo Jesús.
1 León XIII
 
CRISTO REVELA LA ACTITUD DEL HOMBRE HACIA DIOS.
 
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Cristo, en efecto sabe mejor que nadie cuáles deben ser nuestras relaciones con Dios, porque conoce. Al escucharlo no corremos ningún riesgo de separarnos: es la Verdad misma. Ahora bien, ¿qué actitud quiere que tengamos con Dios? Bajo qué aspecto quiere que lo contemplemos y lo honremos? Sin duda, nos enseña que Dios es el maestro soberano que debemos adorar. “Esta escrito: tu adorarás al Señor al Señor y no servirás sino a E.l(1)”. “Pero ese Dios que hay que adorar es un Padre”: Veri adoradores adorabunt Patrem in spiritu veritate, nam et Pater tales quaerit qui adorent eum(2).
¿La adoración es el único sentimiento que debe hacer  latir nuestros corazones? ¿Constituye la única actitud que debemos tener respecto de ese Padre que es Dios? No; Cristo agrega el amor, y un amor pleno, perfecto, sin reserva ni restricción. Cuando se preguntó a Jesús cuál era el más grande de los mandamientos, ¿qué respondió? “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu espíritu, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”(3). Amarás: amor de complacencia hacia ese Señor de tan grande Majestad, hacia ese  Dios de una perfección tan elevada; amor de beneficencia que busca procurar su gloria; amor de reciprocidad hacia un Dios “que nos amo primero”(4).
Dios quiere, pues, que nuestras relaciones con él estén impregnadas a la vez por una reverencia filial y de un profundo amor. Sin la reverencia, el amor corre el riesgo de degenerar y dejar escapar algo de mal gusto, soberanamente peligroso; sin el amor que nos conduce totalmente con su impulso hacia nuestro Padre, el alma vive en el error y hace injuria al don divino.
Y para salvaguardar en nosotros esos dos sentimientos que parecen contradictorios, Dios nos comunica el Espíritu de su Hijo Jesús, que, a través de sus dones de temor y de piedad armoniza en nosotros, en la justa proporción que reclaman, la adoración más íntima y el amor más tierno: Quonian estis filii, misit Deus spiritum Filii sui in corda vestra(5).
Este es el espíritu que, a partir de la enseñanza de Jesús mismo, debe regir y gobernar toda nuestra vida: es el “espíritu de adopción de la Alianza Nueva” que San pablo oponía al “espíritu de toda servidumbre” de la Ley Antigua.
¿Me preguntarán, tal vez, la razón de esta diferencia? Es que después de la Encarnación, Dios mira a la humanidad en su hijo; por causa suya envuelve a la humanidad entera con la misma mirada de complacencia, cuyo objeto es su Hijo, nuestro hermano mayor; por eso quiere que, como él, con él y en Él, vivamos “como hijos bien amados”(6).

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Me dirán también: Y cómo amar a Dios que no vemos: Deum nemo vidit unquam?(7) – la luz divina es, aquí abajo, inaccesible”(8); es cierto, pero Dios se reveló a nosotros en su Hijo Jesús: Ipse illuxit cordibus nostris… in facie Christi Jesu(9). El Verbo encarnado es la revelación auténtica de Dios y de sus perfecciones; y el amor que Cristo nos muestra no es sino la manifestación del amor que Dios nos alcanza.
El amor de Dios, en efecto, es, en sí inabarcable, nos sobrepasa completamente; no puede el espíritu del hombre concebir lo que es Dios; en Él las perfecciones no son distintas de s naturaleza: el amor de Dios es Dios mismo: Deus caritas est(10). ¿Cómo, pues, tendremos una idea auténtica del amor de Dios? Mirando a Dios que se manifiesta a nosotros bajo una forma tangible. Y cuál es ésta forma? Es la humanidad de Jesús. Cristo es Dios, pero Dios que se revela a todos. La contemplación de la santa humanidad de es la vía más segura para llegar a la verdadero conocimiento de Dios. “ Quien lo ve, ve al Padre”(11); el amor que nos muestra el verbo encarnado revela el amor del Padre respecto de nosotros, porque “el Verbo y el Padre no son sino uno: Ego et Pater unum sumus(12).
Este orden, una vez establecido no cambia nunca. El cristianismo, es el amor de Dios que se manifiesta al mundo por medio de Cristo; y toda nuestra religión debe orientarse a contemplar este amor en Cristo y a responder al amor de Cristo para alcanzar a Dios,.
Tal es el plan divino, tal es el pensamiento de Dios sobre nosotros. Si no nos adaptamos a él, no habrá para nosotros ni luz ni verdad; no habrá seguridad.
Ahora bien, la actitud esencial que reclama de nosotros ese plan divino es el de hijos adoptivos. Seguimos siendo seres sacados de la nada, y delante de “ese Padre de inmensa majestad”(13), debemos prosternarnos con el sentimiento de la más humilde reverencia; pero a esas relaciones fundamentales, que nacen de nuestra condición de criaturas, se superponen, no para destruirlas, sino para coronarlas, relaciones más altas, más extendidas y más íntimas que resultan de nuestra adopción divina, y que apuntan todas a servir a Dios por amor.
Esta actitud  personal que debe responder a la realidad de nuestra adopción celeste está particularmente favorecida por la devoción al corazón de Jesús. Haciéndonos contemplar el amor humano de Cristo por nosotros, esta devoción nos introduce en el secreto del amor divino; inclinando a nuestra alma para que lo reconozca mediante una vida movida por el amor, conserva en nosotros esos sentimientos de piedad filial que debemos tener hacia el Padre.
Cuando recibimos a Nuestro Señor en su santa comunión, poseemos en nosotros ese corazón divino que es un horno de amor. Pidámosle intensamente que Él mismo nos haga comprender este amor, porque, en esto, un rayo de lo alto es más eficaz que todos los razonamientos humanos; pidámosle que alumbre en nosotros el amor a su persona. “Si por una gracia del Señor, dice Santa Teresa, su amor se imprime un día en nuestro corazón, todo se nos hará fácil; rápidamente y sin la menor dificultad pasaríamos a las obras”(14).
Si este amor por la persona de Jesús está en nuestro corazón, nuestra actividad lo hará brotar. Podremos reencontrar dificultades, estar sometidos a grandes pruebas, sufrir violentas tentaciones; si amamos a Cristo Jesús, esas dificultades, esas pruebas, esas tentaciones nos encontrarán firmes. Aquae mulate non potuerunt exstinguere caritatem(15). Porque cuando “el amor de Cristo nos urge, no queremos más para nosotros mismos, sino para Aquél que nos amó y se entregó por nosotros”: Ut et qui vivunt, jam non sibi vivant, sed qui pro ipsis mortuus est(16).

1 Deut. VI, 13;
2 Luc IV, 8.
3 Joan. IV, 23
4 I Joan. IV, 10.
5 II Cor. IV, 6.
6 Ephes. V, I
7 Joan I, 18.
8 I Tim VI. 16                                                    Image result for devocion al sagrado corazon de jesus
9 II Cor. IV, 6.
10 I Joan. IV, 8.
11 Cf Joan XIV
12 Joan X, 30.
13 Himno Te Deum
14 Vida escrita por ella misma.

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