En este XII Domingo del Tiempo Ordinario leemos el texto de Lucas (1,57-66.80) con el nacimiento de Juan, que comienza con la expresión “se cumplió el tiempo” y nos recuerda con esta acción el cumplimiento de los tiempos, con Jesús inaugurando un tiempo de salvación.
El nacimiento de Juan Bautista abre este tiempo de salvación. Él, de hecho a la llegada del Mesías, se alegra y salta de gozo en el vientre de Isabel su madre (Lc 1,44). Más tarde Juan dirá de si mismo que es el amigo del esposo (Jesús), que se alegra y goza con la llegada de las bodas con su esposa, la Iglesia (Jn 3,29).
En el evangelio Jesús habla del “cumplimiento de los tiempos”, especialmente en el evangelio de Juan. Dos de estos momentos son las “bodas de Caná” (Jn 2,1-12) y la agonía en la cruz, donde Jesús proclama que “todo está cumplido” (Jn 19,30).
Con el nacimiento de Juan se cumple lo anunciado a Zacarías y se hace realidad la promesa. Juan nace de un matrimonio anciano, que había esperado siempre la gracia imposible de un hijo. Su madre, descendiente de Aarón, se llama Isabel y se dedica a las tareas de la casa, es estéril, pero la presencia poderosa de Dios cambia el rumbo de la historia cuando quiere.

En la narración del nacimiento, Lucas destaca dos aspectos muy importantes: el de la misericordia de Dios que se expresa en beneficio del pueblo, al quitarle el deshonor de la esterilidad que abrumaba a Isabel, precisamente sobre la esposa de un sacerdote encargado del servicio litúrgico en el templo de Jerusalén, y por otra parte, el significado del nombre de Juan (“Dios es misericordia”), con el cual se marca la presencia de la misericordia Divina, que beneficia no sólo a Isabel en este caso, sino que llega a la totalidad del pueblo.
La ley imponía la circuncisión al octavo día (Lv 12,3): recibiendo el signo de la alianza (Gn 17,11), en ese momento el niño entraba a formar parte del pueblo elegido y a heredar sus promesas. Al principio, la imposición del nombre coincidía con el nacimiento recordemos a Abrahán (Gn 21,3); más tarde, se hizo coincidir con la ceremonia de la circuncisión. Con motivo de esta ceremonia solía imponerse el nombre al recién nacido. En esta ocasión, surge un breve desacuerdo sobre el nombre que se ha de imponer al niño. Las gentes pretenden que se llame Zacarías, como su padre. Pero el hijo no se llamará como su padre Zacarías, sino Juan. Zacarías nos recuerda que Dios no olvida a su pueblo. Su nombre en efecto significa “Dios recuerda”.
En el caso de Juan es la madre quien propone el nombre que Dios le había impuesto a su esposo. Resulta lógica la resistencia de familiares y vecinos que hacen intervenir al padre que tiene la ultima palabra. Pero éste parece haber tenido tiempo y silencio suficientes para meditar sobre los proyectos de Dios. Zacarías escribe en una tablilla de madera: “Juan es su nombre” (Lc 1,63). La misión profética de Juan debe indicar la misericordia de Dios. Él, por tanto, se llamará Juan, o sea, “Dios es misericordia”.
A continuación la lengua de Zacarías no se libera para justificar su mudez, ni para d
eclarar su alegría y la suerte conseguida en su casa, sino para proclamar las maravillas de Dios. Recupera la voz para volver a la alabanza. A pesar de no haber creído a Dios, pudo obedecerle y, después, alabarle. Y lo hace con una de aquellas bendiciones a Dios que caracterizaba la oración de Israel (“berakhá”). Y lleno del Espíritu Santo profetiza: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo… Y a ti, niño, te llamaran profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, por el perdón de sus pecados” (Lc 1, 68-69.76-77).
La berakhá se trataba de una oración en la que se bendecía a Dios y se le daba las gracias por los dones recibidos. Nosotros en la celebración de la Eucaristía utilizamos una berakhá, es decir una acción de gracias que la llamamos "Plegaria eucarística" en el (prefacio) comenzamos con estas palabras "Realmente es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso...”
En todo, Juan es el precursor de Cristo. Ya desde su nacimiento e infancia él apunta a Cristo. “¿Quién será este niño?” Él es “la voz que grita en el desierto” (Jn 1, 23), animando a todos a preparar los caminos del Señor. No es él el Mesías (Jn 1, 20), pero lo indica con su predicación y sobre todo con su estilo de vida ascética en el desierto. “El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel” (Lc 1, 80).
En el fondo, esta misión de Juan la hemos heredado todos los cristianos. Uno de nuestros trabajos fundamentales es indicar a todos quién es Jesús, para que descubran quién es Él y lo que nos promete.
Recordemos el versículo (66) “Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: Pues ¿Qué será este niño? Porque la mano del Señor estaba con él.” Creo que Dios estará también con todos nosotros, si preparamos como Juan los caminos del Señor.
Juan era tan sólo una voz. Pero una voz que incomodaba y despertaba a los espíritus
dormidos. Pero lo más importante, era una voz profética que avisaba y denunciaba.
En la primera lectura, el Profeta Isaías, leemos un fragmento del capítulo 49, describe la misión de un hombre de Dios. Y el relato del antiguo Testamento se parece extraordinariamente a lo que muchos años después contaría el Evangelio. Es el Señor quien nos elige para cumplir una misión y el elegido camina hacia el cumplimiento de su extraordinario trabajo.
Como dice el versículo responsorial del salmo que proclamamos hoy “Dios nos ha elegido portentosamente” estamos ante un reconocimiento a la grandeza de Dios. El autor del salmo 138 refleja también la fuerza y ternura para con sus criaturas. El texto del salmo está, asimismo, considerado como una maravilla en su texto, de gran elegancia en su estilo, sobre todo en aquellos versos en los que se refleja la formación del cuerpo humano en el seno materno. Es, además, un reconocimiento total de la unión con Dios en todos los momentos de la vida.
Pablo habla, en el capítulo 13 de los Hechos de los Apóstoles, de la estirpe davídica de Jesús, pero antes llegó Juan el Bautista. Centra Pablo la labor de Juan y se basa en la escritura para dar la importancia exacta al mensaje de anuncio de la Salvación dado por Juan.
En el Evangelio de Lucas se explica con indudable calidad literaria el momento de poner nombre a ese hijo tardío nacido por el anuncio de un ángel. Y es que cuando Zacarías e Isabel deciden poner el nombre de Juan al pequeño recién nacido, están confirmando la elección de Dios sobre ese niño. Ya se sabe que entre los judíos la imposición del nombre es marcar el camino y la misión de cada uno.




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