
Una comida, unos invitados, el encuentro, la vida compartida... Todas estas
son realidades que constituyen la vida humana. Sin ellas no seríamos verdaderamente
humanos. Jesús pasa por estas realidades y se vale de ellas - como
experiencias antropológicas fundamentales – para revelar el infinito amor con
que Él ha amado a la humanidad… Amor que no es otra cosa sino expresión
histórica del amor de Dios. Esa Cena de Pascua, que fue (según nos cuentan los Evangelios)
una cena de despedida es – desde la perspectiva cristiana – la primera
EUCARISTÍA.
Cuando Jesús celebró con sus discípulos esta nueva Cena Pascual les dio la
consigna de perpetuar, a través de esta comida simbólica y sacramental, no sólo
lo que Él vivió al final de su misión histórica (su donación total y el
proyecto de crear una nueva condición humana), sino también de expresar con
esta cena lo que todos sus discípulos estaban llamados a vivir: la propia
donación, la comunión espiritual y existencial con toda la humanidad y el
esfuerzo de transformarse – desde el esfuerzo cotidiano - en alimento
para los demás.
¿Cómo se transforma un creyente –
desde el punto de vista espiritual – en alimento para los demás? A través de su
manera de vivir, de su testimonio y de su servicio concreto a los demás, a la
sociedad.
El pueblo judío del Antiguo Testamento ya celebraba (desde muchos siglos
antes de Jesús) una fiesta de pascua (la llamada Pascua Judía), pero Jesús (que
fue y no dejó de ser judío) retomó esta fiesta y le dio un sentido espiritual y
existencial nuevo. Para el pueblo judío del Antiguo Testamento esta fiesta
celebraba y actualizaba la liberación de la esclavitud (social-material) en
Egipto. Desde su comprensión de fe, el antiguo pueblo de Israel pensaba, sentía
y creía que Dios había pasado, liberando al pueblo
(de hecho la palabra PASCUA significa PASO) y el pueblo debería a su turno pasar
de la esclavitud a la libertad. Este proceso no sólo era sociológico, político y material, sino
que suponía una transformación mental, psicológica y espiritual.
Este paso (o pasaje de una
situación a otra: de la esclavitud a la libertad) aparece bellamente expresado
en la narración bíblica mediante un proceso de desplazamiento geográfico:
Confrontación con el Faraón, salida de Egipto, paso del mar Rojo, travesía del
desierto, llegada y conquista de la Tierra Prometida. Se trata de todo un
proyecto de vida: todos tenemos nuestro Egipto (nuestra esclavitud), debemos
confrontarnos con nuestros faraones (los poderes malignos que no nos dejan ser
auténticamente humanos, individual y colectivamente), necesitamos aprender a
salir (de nada sirve quejarnos si no somos capaces de actuar), pero debemos
atravesar el Mar Rojo (confiar en la acción liberadora de Dios, porque al mal
no lo podemos vencer sólo con nuestra fuerza), atravesar el desierto (pues la
libertad supone un proceso de transformación que pasa por la aridez, el
conflicto, el sufrimiento, el esfuerzo, la tentación de caer nuevamente en la
esclavitud, pero también por la esperanza, la solidaridad, el silencio, la
compañía amorosa de Dios).

Notemos que (en la primera lectura) la fiesta está íntimamente
asociada a la entrega de la Ley al pueblo (acontecimiento en el que Moisés
juega un papel clave). Pero no se trata de cualquier ley, sino de la
instrucción que Dios dio al pueblo para que él pudiera vivir plenamente la Alianza
(una relación en el amor). Notemos que la primera lectura subraya varias
veces la actitud (respuesta) del pueblo frente a esta ley (la recibe, la
escucha atentamente, la interioriza y se compromete a obedecerla, a ponerla en
práctica). La práctica es, en definitiva, lo que define todo. Si no se
llega a la práctica todo se convierte en discurso.
En el Nuevo Testamento, el
Evangelista Mateo (Mt 5) es quien mejor logró diseñar el paralelo entre Moisés
(del Antiguo Testamento) y Jesús (del Nuevo Testamento): Moisés sube a la
montaña y desciende de ella con la ley que Dios le dio (las tablas). Jesús
también sube a la montaña, allí se sienta para hablar (es la actitud propia del
maestro) y no recibe la Ley, sino que Él mismo –desde lo alto de la montaña- la
da, la pronuncia (son las bienaventuranzas). Él es la nueva Ley.
En la primera lectura el autor nos cuenta que el
pueblo – al recibir la ley – celebra, adora a Dios y ofrece sacrificios de
animales. En la segunda lectura (tomada de la carta a los
Hebreos) el autor va mucho más allá (hablando de Jesús): ya no se trata de
sacrificios externos (el de los animales), sino del sacrificio de la propia
persona de Jesús (la sangre derramada es la suya). Es el mismo Jesús quien
preside (por eso Él es el Nuevo, Sumo y Verdadero Sacerdote). Él mismo es el
contenido del sacrificio (Él es la victima ofrecida, la hostia). En Él se sella
la Alianza (la Nueva Alianza). Si a esto le sumamos que Él es la nueva ley,
entonces tenemos el cuadro completo.
Pasemos al Evangelio: Él nos traslada al relato
de la institución de la Eucaristía. No olvidemos que tanto el cuerpo como la
sangre simbolizan (en la Biblia) la totalidad de la persona, la totalidad de su
existencia. Según la antropología bíblica, sin cuerpo y sin sangre no
podríamos existir en la historia. Por el cuerpo somos reconocidos y podemos
entrar en relación con el mundo que nos rodea. Se pensaba que en la sangre
estaba la vida, perderla era perder la vida (considerada el mayor don de
Dios). Cuando el creyente celebra la Eucaristía y recibe el cuerpo y la
sangre de Cristo (la hostia consagrada empapada en el vino consagrado)
está recibiendo de manera sacramental la existencia de Jesús. Y, al comer la
hostia mojada en el vino, el creyente está expresando que quiere entrar en
comunión con la existencia de Cristo y que quiere que esta existencia divina
esté en él, more en él y dinamice su vida.
Así, el hecho de recibir y de
comer la hostia es un compromiso de vida. Alimentado con Cristo el cristiano
está capacitado para ser su discípulo y su testigo en el mundo; está capacitado
para continuar la misión de Jesús (amar y servir). Al hacer esto, tanto el
discípulo de Jesús como la iglesia están actualizando la Alianza, pero se
requiere que no se queden sólo en la recepción de la hostia, sino que pasen a
la acción (al salir de la misa) y digan – como el pueblo en la primera lectura
– nosotros haremos lo que Dios dice, pondremos en práctica sus mandamientos.
Celebramos la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Ya
sabemos en qué consiste. Ahora lo que Dios espera de nosotros es el compromiso,
la entrega generosa, la obediencia madura a la Palabra de su Hijo.
Comencemos por nosotros mismos, por cambiar aquellas cosas que no dejan que el
amor de Dios reine en nosotros. Al vivir el camino de la fe vamos descubriendo
que no se trata de una relación intimista con Dios, desconectada del prójimo,
sino que amor a Dios y amor al prójimo son una sola cosa. Avancemos en esta
dirección.





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