03 junio 2018

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI CICLO B

Resultat d'imatges de solemnidad del corpus christi ciclo b

Una comida, unos invitados, el encuentro, la vida compartida... Todas estas son realidades que constituyen la vida humana. Sin ellas no seríamos verdaderamente humanos. Jesús pasa por estas realidades y se vale de ellas  - como experiencias antropológicas fundamentales – para revelar el infinito amor con que Él ha amado a la humanidad… Amor que no es otra cosa sino expresión histórica del amor de Dios. Esa Cena de Pascua, que fue (según nos cuentan los Evangelios) una cena de despedida es – desde la perspectiva cristiana – la primera EUCARISTÍA.


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Cuando Jesús celebró con sus discípulos esta nueva Cena Pascual les dio la consigna de perpetuar, a través de esta comida simbólica y sacramental, no sólo lo que Él vivió al final de su misión histórica (su donación total y el proyecto de crear una nueva condición humana), sino también de expresar con esta cena lo que todos sus discípulos estaban llamados a vivir: la propia donación, la comunión espiritual y existencial con toda la humanidad y el esfuerzo de transformarse – desde el esfuerzo cotidiano -  en alimento para los demás.


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 ¿Cómo se transforma un creyente – desde el punto de vista espiritual – en alimento para los demás? A través de su manera de vivir, de su testimonio y de su servicio concreto a los demás, a la sociedad.





El pueblo judío del Antiguo Testamento ya celebraba (desde muchos siglos antes de Jesús) una fiesta de pascua (la llamada Pascua Judía), pero Jesús (que fue y no dejó de ser judío) retomó esta fiesta y le dio un sentido espiritual y existencial nuevo. Para el pueblo judío del Antiguo Testamento esta fiesta celebraba y actualizaba la liberación de la esclavitud (social-material) en Egipto. Desde su comprensión de fe, el antiguo pueblo de Israel pensaba, sentía y creía que Dios  había pasado, liberando al pueblo  (de hecho la palabra PASCUA significa PASO) y el pueblo debería a su turno pasar de la esclavitud a la libertad. Este proceso no sólo era sociológico, político y material, sino que suponía una transformación mental, psicológica y espiritual.


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Este paso (o pasaje de una situación a otra: de la esclavitud a la libertad) aparece bellamente expresado en la narración bíblica mediante un proceso de desplazamiento geográfico: Confrontación con el Faraón, salida de Egipto, paso del mar Rojo, travesía del desierto, llegada y conquista de la Tierra Prometida. Se trata de todo un proyecto de vida: todos tenemos nuestro Egipto (nuestra esclavitud), debemos confrontarnos con nuestros faraones (los poderes malignos que no nos dejan ser auténticamente humanos, individual y colectivamente), necesitamos aprender a salir (de nada sirve quejarnos si no somos capaces de actuar), pero debemos atravesar el Mar Rojo (confiar en la acción liberadora de Dios, porque al mal no lo podemos vencer sólo con nuestra fuerza), atravesar el desierto (pues la libertad supone un proceso de transformación que pasa por la aridez, el conflicto, el sufrimiento, el esfuerzo, la tentación de caer nuevamente en la esclavitud, pero también por la esperanza, la solidaridad, el silencio, la compañía amorosa de Dios).


    
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Notemos que (en la primera lectura) la fiesta está íntimamente asociada a la entrega de la Ley al pueblo (acontecimiento en el que Moisés juega un papel clave). Pero no se trata de cualquier ley, sino de la instrucción que Dios dio al pueblo para que él pudiera vivir plenamente la Alianza (una relación en el amor). Notemos que la primera lectura subraya varias veces la actitud (respuesta) del pueblo frente a esta ley (la recibe, la escucha atentamente, la interioriza y se compromete a obedecerla, a ponerla en práctica). La práctica es, en definitiva, lo que define todo.  Si no se llega a la práctica todo se convierte en discurso.





En el Nuevo Testamento, el Evangelista Mateo (Mt 5) es quien mejor logró diseñar el paralelo entre Moisés (del Antiguo Testamento) y Jesús (del Nuevo Testamento): Moisés sube a la montaña y desciende de ella con la ley que Dios le dio (las tablas). Jesús también sube a la montaña, allí se sienta para hablar (es la actitud propia del maestro) y no recibe la Ley, sino que Él mismo –desde lo alto de la montaña- la da, la pronuncia (son las bienaventuranzas). Él es la nueva Ley.


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En la primera  lectura el autor nos cuenta que el pueblo – al recibir la ley – celebra, adora a Dios y ofrece sacrificios de animales. En la segunda lectura (tomada de la carta a los Hebreos) el autor va mucho más allá (hablando de Jesús): ya no se trata de sacrificios externos (el de los animales), sino del sacrificio de la propia persona de Jesús (la sangre derramada es la suya). Es el mismo Jesús quien preside (por eso Él es el Nuevo, Sumo y Verdadero Sacerdote). Él mismo es el contenido del sacrificio (Él es la victima ofrecida, la hostia). En Él se sella la Alianza (la Nueva Alianza). Si a esto le sumamos que Él es la nueva ley, entonces tenemos el cuadro completo.



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Pasemos al Evangelio: Él nos traslada al relato de la institución de la Eucaristía. No olvidemos que tanto el cuerpo como la sangre simbolizan (en la Biblia) la totalidad de la persona, la totalidad de su existencia.  Según la antropología bíblica, sin cuerpo y sin sangre no podríamos existir en la historia. Por el cuerpo somos reconocidos y podemos entrar en relación con el mundo que nos rodea. Se pensaba que en la sangre estaba la vida, perderla era perder la vida (considerada el mayor don de Dios).  Cuando el creyente celebra la Eucaristía y recibe el cuerpo y la sangre de Cristo (la hostia consagrada empapada en el vino consagrado) está recibiendo de manera sacramental la existencia de Jesús. Y, al comer la hostia mojada en el vino, el creyente está expresando que quiere entrar en comunión con la existencia de Cristo y que quiere que esta existencia divina esté en él, more en él y dinamice su vida. 


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Así, el hecho de recibir y de comer la hostia es un compromiso de vida. Alimentado con Cristo el cristiano está capacitado para ser su discípulo y su testigo en el mundo; está capacitado para continuar la misión de Jesús (amar y servir). Al hacer esto, tanto el discípulo de Jesús como la iglesia están actualizando la Alianza, pero se requiere que no se queden sólo en la recepción de la hostia, sino que pasen a la acción (al salir de la misa) y digan – como el pueblo en la primera lectura – nosotros haremos lo que Dios dice, pondremos en práctica sus mandamientos.



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Celebramos la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Ya sabemos en qué consiste. Ahora lo que Dios espera de nosotros es el compromiso, la entrega generosa, la obediencia madura a la Palabra de su Hijo.  Comencemos por nosotros mismos, por cambiar aquellas cosas que no dejan que el amor de Dios reine en nosotros. Al vivir el camino de la fe vamos descubriendo que no se trata de una relación intimista con Dios, desconectada del prójimo, sino que amor a Dios y amor al prójimo son una sola cosa. Avancemos en esta dirección.   



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