
Vuelven los discípulos de su periplo misionero. Jesús quiere que descansen. Les busca un sitio apartado y tranquilo. Pero las multitudes desamparadas le buscan y Él se pone a enseñarles con paciencia y calma. No hay tiempo para, ni siquiera, comer tranquilamente con sus discípulos. Y eso es reflejo de la actividad de muchas comunidades eclesiales. Hay tanto trabajo, hay tanta oveja sin pastor que no hay tiempo ni siquiera para el descanso. Habrá otras comunidades, no obstante, que, anquilosadas por la rutina, no se tengan sensación de esa presión humana. Y, tal vez, ese “no hacer nada” sea un síntoma de que las cosas van mal. El único sosiego posible en el apostolado es el interior.
Tiene el relato de San Marcos un panorama íntimo, de comienzo de encuentros entre amigos. Jesús sabe que el periplo de los Apóstoles ha sido difícil y fatigoso y quieres proporcionarles un cierto descanso. Además, es lógico que entre ellos cambiaran impresiones. Los discípulos deberían llegar fascinados por el poder que se les ha dado. Han podido someter a los espíritus inmundos y han conseguido sanar a la gente, contribuir a su felicidad. Han de tener esos enviados especiales que su Maestro es algo muy especial, “que no es de este mundo”. Pero la realidad se impone. No es posible el descanso. Hay muchos hermanos que los necesitan. El sentido entrañable que Jesús comienza a manifestar a sus amigos, a sus discípulos más cercanos, es superado por las necesidades reales de toda una multitud. Y así hemos de darnos cuenta que este fragmento de Marcos es uno de los más interesantes de todo el relato evangélico. Marca la verdadera dimensión del trabajo apostólico.
La liturgia de este día construye con sabiduría todo un conjunto doctrinal de paz y búsqueda de sosiego. Pablo nos habla de concordia. Nos comunica la existencia de un lugar de paz donde antes había un espacio pleno de odio. A su vez, el salmo 22 habla también de reposo mientras que Dios nos pastorea entre bellos paisajes. Es uno de los salmos más hermosos. Nos muestra un camino cercano a Dios lleno de belleza y quietud. No viene mal, cuando estamos inquietos, preocupados o agobiados, recitar los versos de este Salmo 22 en buscada de paz. En la primera lectura, el texto de Jeremías nos ofrece la paz del rebaño bien atendido. Jesús, tal como decíamos, va a querer encontrar un rato de charla sosegada con sus apóstoles. Es muy hermoso. Pero no es una invitación al descanso, ni aún para nosotros, durante el verano del hemisferio norte. Hay ovejas sin pastor que tiene necesidades y hay que enseñarlas con calma. Y es que, tal vez, la paz no es descanso en el sentido del ocio absoluto que tenemos la mayoría en estos tiempos. La paz es la serenidad que no fatiga, la limpieza interior que produce sosiego. La presencia de Dios en nosotros trae paz, quietud, serenidad, amor, solidaridad.
Desde la paz ofrecida por Cristo a los que volvían del trabajo y la enseñanza calmada --que también obsequió a quienes se sentían como ovejas sin pastor-- el mundo se entiende mejor. Ojalá las sociedades humanas sean cada vez más pacíficas y más fraternas. Ojalá, asimismo, resuelvan sus problemas, incluso los de naturaleza sangrienta, con la paz, la unanimidad y la fuerza de la razón. Ese es el camino hacia la profecía pacifica de Isaías, hacia el Reino de los Cielos. Pero esa situación que parece totalmente utópica debería tener sitio en nuestro corazón y nuestra esperanza. Si buscamos paz tendremos paz. Si buscamos violencia y guerra, las encontraremos finalmente.
La primera lectura, del capítulo 23 del libro de Jeremías, nos muestra que Dios es el Gran Pastor de las ovejas y que cuida de ellas con, incluso, ayuda de otros pastores. Dice el Señor: “Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores”. La importancia de la ganadería en los tiempos antiguos era enorme. De ahí que el ejemplo del rebaño y el pastor se repita siempre en toda la Escritura, incluido el Evangelio
El Salmo 22 guarda estrecha relación con la primera lectura. El Pastor es el Señor. Pero también con el Evangelio de hoy, Jesús lleva a sus discípulos a un lugar tranquilo y les hace descansar. Vamos a proclamar uno de los salmos más bellos del salterio que nos inspira a confiar tiernamente en el Señor.
No pretendamos estar junto a Jesús si el odio anida en tu corazón, nos dice San Pablo en la segunda lectura, que procede del capítulo segundo de la Carta a los Efesios. Hoy es el momento de pedirle al Señor su gracia para que nos ayude a sacar de nuestro corazón ese odio que no somos capaces de controlar, para que anide dentro de cada uno de nosotros esa paz que Él tanto desea.
El Evangelio de Marcos –muy breve y conciso— nos marca con toda exactitud lo que ocurrió. Jesús quiere ir con sus discípulos a un lado tranquilo y reposado, para descansar del trabajo cotidiano. Aquí en el hemisferio norte, Él no se opone a que tengamos vacaciones, bien al contrario. Quiere que en ellas, en la cercanía de la naturaleza, consigamos hablar con Dios Padre que está en todas las cosas. Aprovechemos nuestras vacaciones para encontrar a Dios. Pero bien pudiera ser que no tuviéramos vacaciones o nos encontráramos en el hemisferio sur donde es invierno. Igualmente debemos buscar la quietud, el silencio, la cercanía a la naturaleza para también encontrar a Dios.
Merece la pena observar los rebaños de ovejas que pastan en nuestros campos. Retozan a placer, pacen a su gusto, descansan a la sombra. Nada de prisas, de agitación o de preocupaciones. Ni siquiera miran al pastor; saben que está allí, y eso les basta. Libres para disfrutar prados y fuentes. Alegres y despreocupadas, las ovejas no calculan ¿cuánto tiempo queda? ¿adónde iremos mañana? ¿bastarán las lluvias de ahora para los pastos del año que viene? Las ovejas no se preocupan, porque hay alguien que lo hace por ellas. Las ovejas viven de día en día, de hora en hora. Y en eso está la felicidad. Hemos recitado en el Salmo “El Señor es mi pastor”. Sólo con que yo llegue a creer eso, cambiará mi vida. Se irá la ansiedad, se disolverán mis complejos y volverá la paz a mis atribulados nervios. Vivir de día en día, de 'hora en hora, porque él está ahí. El Señor de los pájaros del cielo y de los lirios del campo. El Pastor de sus ovejas. Si de veras creo en él, quedaré libre para gozar, amar y vivir. Libre para disfrutar de la vida. Cada instante es transparente, porque no está manchado con la preocupación del siguiente. El Pastor vigila, y eso me basta. Es bendición el creer en la providencia. Es bendición seguir las indicaciones del Espíritu en las sendas de la vida.
Estamos muy acostumbrados a los extremismos clasificatorios: buenos y malos, amigos y enemigos, progresistas y conservadores, nacionalistas y separatistas, etcétera. Algo parecido pasaba en la Iglesia primitiva: lo normal era pensar y actuar según la gran división religiosa: judíos y gentiles. La lectura de la carta a los Efesios viene a corregir nuestras apreciaciones y a darles su verdadera perspectiva cristiana. Al mundo hay que mirarlo desde la perspectiva del sacrificio salvador de Cristo. En su Sangre ya no hay ni cerca ni lejos, ni buenos ni malos, ni judío ni gentil; sino sólo un único pueblo de hermanos, unidos por la misma sangre de Cristo, por el mismo amor del Padre común. Cristo es nuestra paz y fuente de nuestra unidad. Nuestra celebración eucarística tendrá que significar una muerte a las divisiones internas y externas, y una vida nueva de unidad y amor.

- Necesitamos un verdadero Buen Pastor que nos libre de los falsos pastores
. Jesús es Dios con nosotros y delante de nosotros, el único Pastor, el Buen Pastor que reúne a las ovejas descarriadas: "Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma". También hoy anda la gente desorientada, también hoy caminamos por el mundo como ovejas sin pastor. Cada vez tenemos más problemas y menos soluciones: ¿Qué debemos creer? ¿qué debemos hacer?; ¿a qué debemos atenernos y a quién podemos hacerle caso? El contraste de pareceres nos confunde, y vemos que ni tan siquiera los curas se ponen de acuerdo; ahora vivimos desamparados, y la pregunta nos acosa por todas partes. Esto nos da vértigo y nos produce angustia y desasosiego, porque no estamos acostumbrados a vivir a la intemperie de tantas opiniones y tan contradictorias. En esa situación es comprensible que algunos, quizás demasiados, sientan nostalgia de las viejas seguridades. Y esto es altamente peligroso para la verdadera libertad, porque el miedo y la angustia es el mejor caldo de cultivo de la demagogia. Muchos, no pudiendo aguantar por más tiempo la desorientación y la duda y no atreviéndose a buscar la verdadera seguridad en Dios, se pierden adhiriéndose de nuevo a cualquier pastor. Tengamos calma y escuchemos atentos al Señor que nos habla con calma. Cuando todas las verdades parecen cuestionables, cuando no hay quien encuentre el camino, cuando la vida se convierte en problema..., Jesús nos dice: "Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida".





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