"Dios se acerca a Elías para reanimarlo”. Llena de esperanza esta frase de la primera lectura, del Libro Primero de los Reyes. En toda crisis siempre llega “el día después”. En este mundo con tantas crisis de aburrimiento, de monotonía, de cosas que se repiten, parece que perdemos la esperanza de que Dios llegue para reanimarnos. Pero Él llegará, ¡seguro!


Salmo 33 es una bellísima oración para dar gracias a Dios en todo momento. Él nos salva y nos envía su ángel para que acampe entre nosotros. Es uno de los salmos llamados alfabéticos y muy repetido como acción de gracias entre los judíos contemporáneos de Jesús de Nazaret
Esperamos el alimento que lleva a vivir en el amor, como nos dice San Pablo en la Carta a los Efesios, que es nuestra segunda lectura. Un camino donde no exista la amargura, la ira, los enfados, los insultos, un camino que nos lleve a Dios y a los hermanos.
Nosotros sabemos que el amor nos lleva al hermano y que este sentimiento nace de Dios. Y todos juntos nos alimentamos de “Pan bajado del cielo”, como oiremos en el evangelio de Juan. Pero no era así en tiempos de Jesús y cuando Él decía esas cosas sus coetáneos desconfiaban. Pero Él los enseñaba el camino de vida Eterna.
¿No es este el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Los vecinos de Nazaret veían a Jesús como un vecino más del pueblo. Habían oído que había hecho milagros en Cafarnaúm, pero eso de que había bajado del cielo y de que era un pan vivo que el que lo coma vivirá para siempre, eso ya les parecía demasiado. Bien, pues lo que yo quiero decir ahora es que a nosotros, a los que leemos diariamente el evangelio, también puede pasarnos algo parecido, aunque en distinto sentido, claro. Podemos quedarnos en el Jesús histórico, el que hizo milagros, el que ayudó a los pobres, el que criticó duramente a las autoridades de su tiempo, el que perdonó a la mujer pecadora, y todo lo demás. Pero si nos quedamos en el Jesús histórico y no damos el paso al Jesús teológico no habremos comprendido en toda su riqueza al verdadero Jesús de Nazaret, tal como nos lo propone san Juan en su evangelio. Porque comprender al Jesús teológico y creer en él con todas las consecuencias es vivir en comunión con él. Y sólo si vivimos en comunión espiritual con Jesús podrá convertirse para nosotros en pan de vida. Cuando comemos físicamente el cuerpo sacramentado de Cristo en la eucaristía debemos comulgar mística y espiritualmente con él. Porque si no vivimos mística y espiritualmente con Cristo, realmente no acabamos de comulgar con él con todas las consecuencias. Más de una vez, deberemos dejar a un lado la vida histórica de Cristo para verle exclusivamente como pan de vida para nosotros. Si creemos en él como pan de vida y vivimos en comunión con el Cristo teológico, realmente podremos decir de alguna manera que participamos de la vida divina de Cristo. Esta es la verdadera vocación de todo cristiano.
¡Levántate, come! Elías se levantó, comió y bebió y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. Después de un día de camino huyendo por un desierto inhóspito y seco, Elías se encuentra hambriento, desfallecido y desconsolado, hasta el punto que le pide a Dios que le quite la vida. Pero el ángel del Señor viene en su ayuda, dándole pan y agua. Elías, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días hasta el monte Horeb, el monte del Señor. Para nosotros, los discípulos de Jesús, la eucaristía debe ser como el alimento que el ángel del Señor le dio al profeta Elías. La eucaristía es para nosotros pan de vida; debe alimentar nuestro espíritu y proporcionarnos fuerza y entusiasmo espiritual. Es Jesús mismo el que se nos da en la eucaristía como pan de vida. Además, la fuerza que recibimos en la eucaristía no debe quedarse encerrada en nosotros, sino que debe ser una fuerza que se transmita a los demás. Comulgamos para nosotros mismos, para vencer los muchos cansancios y dificultades que tenemos en la vida, pero también comulgamos para dar vida a los demás. Como hizo el mismo Jesús en su vida de oración y comunión con el Padre.
Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Este texto de san Pablo necesita poco comentario. Si actuamos como nos pide san Pablo no sólo no pondremos triste el Espíritu Santo, sino que viviremos en continua comunión con Él.
“Dios se acerca a Elías para reanimarlo”. Llena de esperanza esta frase de la primera lectura, del Libro Primero de los Reyes. En toda crisis siempre llega “el día después”. En este mundo con tantas crisis de aburrimiento, de monotonía, de cosas que se repiten, parece que perdemos la esperanza de que Dios llegue para reanimarnos. Pero Él llegará, ¡seguro!
El Salmo 33 es una bellísima oración para dar gracias a Dios en todo momento. Él nos salva y nos envía su ángel para que acampe entre nosotros. Es uno de los salmos llamados alfabéticos y muy repetido como acción de gracias entre los judíos contemporáneos de Jesús de Nazaret
Esperamos el alimento que lleva a vivir en el amor, como nos dice San Pablo en la Carta a los Efesios, que es nuestra segunda lectura. Un camino donde no exista la amargura, la ira, los enfados, los insultos, un camino que nos lleve a Dios y a los hermanos.
Nosotros sabemos que el amor nos lleva al hermano y que este sentimiento nace de Dios. Y todos juntos nos alimentamos de “Pan bajado del cielo”, como oiremos en el evangelio de Juan. Pero no era así en tiempos de Jesús y cuando Él decía esas cosas sus coetáneos desconfiaban. Pero Él los enseñaba el camino de vida Eterna.




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