Hoy, el Libro de la Proverbios –es la primera lectura--nos ofrece ya el banquete del saber y del pan, anticipo del que después nos daría el Señor Jesús. Y como en muchas otras ocasiones la primera lectura es como prólogo adecuado del Evangelio.
El Salmo 33 es un prodigio para mejor entender la relación con Dios. Y eso no es poco. Estamos leyéndolo en estos domingos y hemos de aprenderle bien, pues es una oración bellísima para glorificar las maravillas de nuestro Señor.
Continuamos, como en domingos anteriores, leyendo la Carta a los Efesios. Hoy, en el breve fragmento que se lee, San Pablo favorece importancia del banquete eucarístico centrando la necesaria moderación en las cosas del cuerpo. Y nos pide que descubramos, de verdad, lo que el Señor quiere.
Continúa el Evangelio de Juan con el discurso del Pan de Vida. Jesús se va a proclamar para siempre alimento para poder caminar por la senda que lleva a la vida feliz, a la Eternidad en la Gloria de Dios Padre.
Estamos recorriendo la XX semana del tiempo ordinario, y este domingo las lecturas nos adentran en el extenso discurso sobre el Pan de Vida, como en las semanas anteriores.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. El relato comienza con esta frase, presente a la vez en el último versículo de la lectura del pasado domingo. Jesús se encuentra en la sinagoga de Cafarnaúm, y se dirige a los judíos que estaban presentes. Estos no logran entender las palabras, no pueden comprender como Jesús es capaz de decir tales cosas. Los judíos tomaban al pie de la letra las palabras de Jesús.
En varias ocasiones Jesús reitera sus palabras, las vuelve a repetir, tal vez pensando en que los judíos podrían llegar a comprenderlas. Jesús entrega su propio cuerpo, como Pan para la vida del mundo, este es el mensaje que ronda y centra todo el relato.
Recién en el versículo 53, del discurso del Pan de Vida, aparece la sangre, como bebida. Es decir, no solo el Pan, o el cuerpo, sino este junto a la sangre. Esta es la Eucarística, la presencia del cuerpo y de la sangre, del pan y del vino.
Es la sangre de Jesús que se derrama por nosotros, y se entrega. Esta imagen esta íntimamente relacionada a la Pascua judía, vale decir que al momento de este discurso, la fecha de celebración de esta festividad estaba cercana. En la Pascua judía se inmolaba el cordero, este debía ser macho, sin defecto, y joven. Junto al cordero se preparaban los panes ácimos. De esta forma existe una prefiguración de la eucarística; el cordero degollado y el pan ácimo.
Con Jesús se configura el verdadero cordero, que se entrega, y derrama su sangre por nosotros. Esta entrega tiene su plenitud en la pasión, y posterior muerte de cruz. El sacramento de la Eucaristía, donde entramos en comunión con Jesús y con la Iglesia, nos habla de este misterio de la cruz, que se hace visible y accesible a través de Él.
Jesús a través de la cruz se transforma en una nueva forma de corporeidad y humanidad que se compenetra con la naturaleza de Dios, esa comida debe ser para nosotros una apertura de la existencia, un paso a través de la cruz y una anticipación de la nueva existencia, de la Vida en Dios, y con Dios.
Existe por lo tanto una perspectiva pascual de la Eucarística, solo a través de la cruz y de la transformación que esta produce se nos hace accesible esa carne, llevándonos también a nosotros en el proceso de dicha transformación.
Jesús habla de quienes comen, y de quienes no comen. Nos dice que ocurre en cada uno de ellos. De allí que podemos afirmar que comer la “carne” de Jesús, no es una posibilidad o invitación, sino una necesidad. El hombre es un ser necesitado, de tantas cosas como podemos imaginar. Pero solo Dios puede llenar los vacíos, hacer al hombre libre, y llevarlo a su plenitud.
Cristo presente, vivo y real en la Eucaristía es fuente inagotable de vida, es aquí que comer de Él, es poseer vida eterna. La Eucaristía nos comunica la vida, de esta brotan todas las expresiones de santidad y todas las virtudes, cuando “comemos” es decir comulgamos, adherimos con nuestra inteligencia a este Dios que se entrega, con el corazón sentimos su amor inagotable capaz de transformarnos y hacernos hombres nuevos, y con la voluntad vivimos de acuerdo a su Ley; que no es otra cosa más que la caridad expresada en los mandamientos, y en las bienaventuranzas.
Las palabras de Jesús sobre la vida que se da del comer su cuerpo, tienen un significado actual y presente. Quien come su carne no solo se gana el camino de la vida eterna, es decir de la vida después de la muerte terrena, sino que es depositario de vida hoy. La Eucarístia da vida al hombre, y este está llamado a llevarla donde se encuentre y vaya. De esto se trata la misión; de anunciar a Cristo, que es la Vida. Los discípulos misioneros son esto, comunicadores y sembradores de la Vida, que trasforma y hace nuevas todas las cosas, incluyendo al hombre.
Para los Padres de la Iglesia, el Pan era signo de una presencia universal, de esta forma el pan es partido y esparcido por el mundo, al igual que la Iglesia, y llegara el día en que se reúna desde todos los extremos de la tierra en el Reino Celestial.
Orar, es responderle al Señor que nos habla primero. Estamos queriendo escuchar su Palabra Salvadora. Esta Palabra es muy distinta a lo que el mundo nos ofrece y es el momento de decirle algo al Señor. ¡Oh mi amado Salvador! Tú eres verdaderamente todo para mí, porque me das la vida eterna en el don de ti mismo. El misterio de la Eucaristía es grande e ilimitado, pero hoy tus palabras claras, provocadoras, limpias y decididas lo iluminan de una manera inequívoca. Tú me das tu vida, que es vida eterna, porque un día fuiste capaz de dar la vida. Te doy gracias, te bendigo, alabo tu santa pasión y resurrección, adoro con alegría tu sabiduría, que me sale al encuentro en mis preocupaciones terrenas. Tú sabes lo difícil que me resulta alzar la mirada para asumir tus grandes perspectivas. Me dejo engatusar por las cosas que pasan y me arriesgo a poner dentro también tu eucaristía, dándole incluso muchos significados humanos, justos por sí mismos, pero muy alejados del sentido decisivo que hoy me presentas. Tú quieres que yo viva para siempre contigo, porque eres y serás mi realización y, por tanto, mi felicidad. Cada día me sumerges en tu eternidad ofreciéndote como alimento. Tú llevas contigo la vida que te une al Padre y quieres transmitírmela. Abre mis ojos nublados por las cosas de cada día, para que pueda unirme indisolublemente a ti, y llevar a todos conmigo, en tu vida.
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