
La primera lectura –sacada del Libro de Isaías-- coloca el mensaje de Dios en una situación de soledad y persecución, pero es admirable ver la gran confianza y disponibilidad del profeta. Él no hace oídos sordos, no se excusa, no se echa atrás... él se enfrenta a cara descubierta, confía en su Señor, sabe que es su abogado y que su ayuda llegará oportunamente.
Este salmo 114 corresponde al 116 del Salterio judío, que después la Vulgata latino partió en nuestros 114 y 115. Los versos que escuchamos hoy soy del principio del salmo original y se concreta en la gratitud del salmista a Dios por haberle librado de la muerte. A nosotros, hoy, nos ayuda a dar gracias a Dios, Nuestro Padre, porque no nos ha abandonado en los momentos de peligro.
Esta fe será traducida en obras --como pide el apóstol Santiago en la segunda lectura--, porque las obras nacen de la vida y son signo de una opción seria por Cristo; ya que la acción y la contemplación no pueden separarse.

El examen a todo esto nos lo presenta el evangelio de Marcos y las preguntas que debemos hacernos cada uno de nosotros son. ¿Quién es Cristo para ti? ¿Quieres seguirlo? ¿Estás dispuesto a entregarte, a cargar con su cruz, a perdonar, a reconciliarte?.. La respuesta debe ser personal. Y el Señor espera hoy, ahora, esa respuesta de cada uno de nosotros.
La pregunta que hoy nos hace el evangelio de Marcos está presente –y ha estado y estará—en la conciencia de millones de cristianos. ¿Qué es Jesús de Nazaret para nosotros? ¿Qué es Jesús para mí? Es cierto que cada uno tiene hecho un retrato propio del Maestro y es cierto, también, que muchos de esos retratos no coincidirán entre sí, pero existen y conforman la vida del cristiano. Lo malo es si alguien no tiene en su corazón y en su alma –o, incluso, en su imaginación— el retrato de Jesús. Podríamos decir que, casi, es preferible tener un “mal” retrato que no tener nada. En fin, que la pregunta del maestro: “Y, vosotros, ¿quién decís que soy?” se muestra alguna vez, entre nosotros, sin respuesta, y ello ante cualquier acontecimiento nuevo. Es como si no termináramos de conocer al maestro, o como, asimismo, si las brumas algodonosas de la vida cotidiana tendieran a difuminar su imagen. Pedro tuvo más suerte. El Espíritu del Padre le iluminó y le llevó a definir con gran precisión quien era Jesús: “Tú eres el Mesías”. Pero el propio Pedro, mal conocedor de lo que, en verdad, tenía que ser el Mesías, quiso apartar a Jesús de su vocación y recibió del Maestro el peor apelativo: Satanás. Y es llamativo como la misma persona –Pedro—tiene, en un breve espacio de tiempo, un cambio tan importante a la hora de definir la persona o la misión de Jesús. ¿Nos pasa a nosotros igual? Sí, por supuesto. Porque si verdaderamente tuviéramos en nuestra alma y en nuestra memoria la definición cabal y verdadera de lo que es Jesús de Nazaret, no nos alejaríamos de Él, dando –tantas veces—prioridad a muchas cosas absurdas de este mundo.
La liturgia de este domingo –como la de todos los domingos—nos da una respuesta a la pregunta de Jesús. Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado. Y sinceramente muchos de nosotros mismos –hoy en día—y tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos. Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado: ¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres, no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos lo contrario. El prodigioso misterio de la Cruz, que hemos celebrado el pasado jueves, sigue siendo algo difícil de explicar en nuestro caso, con pensamiento puramente humano. Pablo de Tarso, en su Carta a los Gálatas, parece tenerlo más claro y así el versículo que hemos proclamado en el canto del Aleluya supone una aceptación y conocimiento de la Cruz de enorme altura. Merece la pena repetirlo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.”
Continuamos este domingo leyendo la Carta de Santiago, magnífico texto evangélico. Es, a nuestro juicio, no demasiado conocido y que merecerá la pena leerlo y releerlo para que entre en nuestra conciencia y en nuestra memoria. Hoy habla de la fe con obras, esa fe que si no tiene obras está muerta. Pablo venía a decir que la fe ya era suficiente para llegar a la meta. La cuestión, de todos modos, es que si tenemos auténtica fe en Jesucristo intentaremos hacer las obras que él hizo y esas obras se traducían en el apoyo a los hermanos, a la mejora de su salud y al mejor conocimiento de la misión humana que Dios Padre ha puesto en las manos de los todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. En nosotros también. El versículo del Aleluya emociona y nos hace declarar lo que nuestro corazón siente: “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí” Necesitamos que nos escuche el Señor, pero sobre todo no debemos tener el alma cerrada a su palabra. Luego hemos respondido todos: “Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida”. En estos tiempos de muerte es esperanzador poder caminar en la presencia del Señor en el país de la vida.
Señor Jesús, así como Tú te diste a conocer revelándonos tu identidad, así como te manifestaste dándote a conocer como el Señor, como el Dios con nosotros, como el Mesías esperado, de la misma manera Señor, ayúdanos a conocerte cada vez más, sintiendo y experimentando que Tú eres el Dios vivo y verdadero el prometido y el esperado y así te tengamos como sentido de la vida, porque eres nuestro Dios y Señor, Aquel que da sentido a todo lo que somos, a todo lo que esperamos y buscamos , porque Tú eres el que nos plenificas en ti dándonos vida y salvación. Que así sea.

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