La liturgia llama "octava" a la celebración continuada durante ocho días de una festividad solemne.
La simbología del número 8 es muy elocuente. Para la cultura helenística representa la perfección definitiva. En efecto, el alma habría viajado por siete esferas, y al arribar a la octava, estaría en posesión de la eterna bienaventuranza.
Para nosotros adquiere una connotación semejante si pensamos, por ejemplo, que la semana tiene siete días. El día octavo, es a la vez el primero, el que está más allá de todo día, símbolo y anticipo de la eternidad. Es más, el día octavo es símbolo del mismo Cristo, Lucero de la mañana, verdadero Día sin ocaso.
Ya la liturgia judía conocía esta celebración prolongada de una gran fiesta durante ocho días (Pascua, Ázimos, Tabernáculos), de los cuales el octavo se celebraba con gran solemnidad, pues recapitulaba, por decirlo así, la festividad del primero y de los subsiguientes.
La historia asegura que la primera octava cristiana que se ha celebrado como tal tuvo lugar con motivo de la Dedicación de las iglesias de Tiro y Jerusalén, bajo Constantino. De hecho, las celebraciones se prolongaron durante ocho días como había ocurrido para la Dedicación del mismo Templo de Jerusalén.
En el siglo IV se asignan sendas octavas a Pascua y Pentecostés. Algunos sostienen que esta costumbre se arraigó en el "retiro" gozoso y agradecido en el que permanecían los neófitos luego de estas grandes Fiestas, como "paladeando" la excelencia de los dones que habían recibido. También se asigna octava a la Navidad.
Desde entonces comenzaron a proliferar las octavas, pues se quiso dotar de ellas a las otras fiestas solemnes, incluidas, a partir del siglo VII, las de los santos. A este último respecto, cabe mencionar la influencia franciscana.
En realidad, hasta el siglo VI el concepto de octava se centraba más en la relación del primer día, el de la gran solemnidad, con el octavo, también muy solemne, en el que se repetía el oficio del día principal, como si constituyeran un único día de fiesta. Esta perspectiva se ha conservado hasta nuestros días, pero dando realce también a los días intermedios (llamados de la infraoctava), lo que no ocurría en un principio.
En la liturgia medieval abundaban las octavas y se diferenciaban entre ellas de acuerdo con sus características:
-Se llamaban privilegiadas de primer orden (o también vivas o cerradas) las de Pascua y Pentecostés, que excluían toda otra fiesta, aunque fuera de primera clase.
-Eran octavas privilegiadas de segundo orden, festividades como la de Epifanía, que sólo admitía fiestas de primera clase en sus días infraoctavos.
-Navidad, Ascensión, Corpus Christi y Sagrado Corazón, tenían octavas privilegiadas de tercer orden, (en España, el Corpus la tenía de segundo orden), pues admitían cualquier fiesta de grado doble en sus días infraoctavos.
-Las octavas comunes o sencillas solamente hacían conmemoración de la festividad en el día octavo, y a veces se unían a otras oraciones.
En la liturgia inmediatamente preconciliar, suprimidas las demás, solamente contaban con "octava" las tres más grandes solemnidades del año: Pascua, Navidad y Pentecostés.
Luego de la reforma, y para recuperar la noción teológico-litúrgica de la "cincuentena pascual", se abolió la Octava de Pentecostés aunque se conservaron muchos de sus elementos en los textos litúrgicos y eucológicos de la semana que precede a esta gran solemnidad, confiriéndole así un carácter de "octavario" de preparación.
Hoy se conservan las octavas de las dos principales festividades del Año litúrgico: Pascua y Navidad.
El concepto actual de octava no difiere mucho del de antes. aunque, como he dicho, se ha acentuado el carácter de "único día de fiesta", referido a los ocho días de celebración continuada. Predomina la idea de que el primer día es el octavo, y que los ocho son como un gran día de fiesta. De ahí que los textos evangélicos de las Misas de las Octavas de Pascua y Navidad refieran lo acaecido el mismo Día de esas solemnidades, y también el día octavo (Cf. Jn. 20, 19-31; Lc, 2, 16-21).
La Octava de Pascua
La Octava de Pascua
En la liturgia actual el Domingo II de Pascua se llama también Domingo de la Divina Misericordia, según disposición del Beato Papa Juan Pablo II, quien al canonizar a su compatriota Faustina Kowalska en el Año Jubilar 2000, respondió al pedido que a ella le hiciera el mismo Señor en una de sus apariciones: Instituir la festividad de su Misericordia el domingo siguiente al de la santa Pascua. Y precisamente este domingo es el de la Octava de Pascua. Los días que van desde el lunes hasta el sábado precedente, son días de la infraoctava pascual. Litúrgicamente se suelen llamar "lunes, martes..., sábado de la Octava de Pascua", o simplemente lunes de Pascua. martes de Pascua..., sábado de Pascua, etc. Lo importante es que se entienda que son días dentro de la Octava de Pascua, y que con ella constituyen un único día de fiesta, un Domingo mayor. Es más, los cincuenta días de Pascua son considerados como un gran domingo.
Particularidades litúrgicas:
Se usan ornamentos blancos, como en todo el Tiempo pascual, aunque este último, a diferencia de los días de la Octava, admita excepciones en las memorias y fiestas de santos que lo requieran.
Los días de la Octava pascual se consideran como solemnidades del Señor y excluyen cualquier celebración, sin que se admitan excepciones. Las solemnidades que ocurrieren en ellos se trasladan al lunes siguiente. Todas las demás celebraciones de grado inferior se omiten. En las Misas de estos días se canta o reza el Gloria in excelsis, y en los textos eucológicos se usan todos los elementos propios del Día de Pascua.
En los días de infraoctava se omite el Credo.
En el Prefacio (el primero de los de Pascua) se dice "pero más que nunca en este Día". En las Plegarias eucarísticas se habla siempre de "este día santo/glorioso" -según las traducciones. Lo mismo vale para la Bendición Solemne propia del final de la Misa.
La Secuencia de Pascua, Victimae paschali laudes, es obligatoria para el Domingo de Pascua, y facultativa para los demás días de la Octava. (Al final, una versión del Coro de la Capilla Sixtina).
En la Liturgia de las Horas la salmodia con sus antífonas -también la antífona que reemplaza al Responsorio breve- (Éste es el Día que hizo el Señor...), son, durante toda la Octava, las mismas que en el Día de Pascua.
De acuerdo con lo dicho más arriba, no está de más recordar que en lo que se refiere a la piedad popular, durante toda la Octava es apropiado rezar los Mysteria gloriae del Santo Rosario.
La cincuentena-pascual
a) La cincuentena judía
Cincuenta días después de la fiesta de la Pascua, el pueblo judío celebraba la fiesta de las Cosechas o de las Primicias que los campos habían producido (Ex 23,16). Esto ocurría en el tercer mes judío (en nuestro actual mes de mayo). Análogamente, el mes de septiembre daba lugar a la celebración de la recolección de las últimas cosechas del año, en la fiesta de los Tabernáculos. De este modo ritualizaba el pueblo judío tres solemnidades (Dt 16,1-7).
El Deuteronomio precisa la cincuentena pascual (entre Pascua y Pentecostés): «Contarás siete semanas, a partir del día en que metas la hoz en la mies contarás siete semanas, y celebrarás la Fiesta de las Semanas en honor del Señor tu Dios» (Dt 16 9-10). Al contar siete semanas (Lv 23,15-22) a partir del día siguiente al sábado pascual, el Pentecostés judío cae siempre en domingo.
b) La cincuentena cristiana
«Al llegar el día de Pentecostés -dicen los Hechos-, estaban todos reunidos en un mismo lugar» (Hch 2,1). Los apóstoles recibieron ese día el Espíritu prometido por Jesús, y de ese modo se sella la nueva alianza. Los signos externos (lenguas, fuego, viento impetuoso) recuerdan las manifestaciones del Sinaí.
La relación de Pentecostés con Pascua es evidente en la liturgia cristiana. En la Pascua se conmemora la liberación salvadora de Jesús; Pentecostés es la comunicación de este hecho a todo el universo y a la humanidad entera a través de los creyentes reunidos en la nueva Iglesia. Pero la fiesta de la Pascua cristiana se prolonga, como en el calendario judío, por espacio de cincuenta días. Es, de hecho, una octava de domingos y una semana de semanas. Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora a Cristo resucitado, presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. Así como la Cuaresma es tiempo de prueba y tentación, la cincuentena es signo de perfección y de eternidad.
2. La celebración de la cincuentena pascual
Cuando, a finales del siglo IV, el significado primitivo de la cincuentena pascual comenzó a decaer, se empezó a celebrar la octava pascual, tanto en Oriente como en Occidente. El ciclo antiguo de las siete semanas se desdobló en otro nuevo ciclo de ocho días, con un carácter eminentemente bautismal. La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana «el día que hizo el Señor» (Sal 117, 24). Al principio fueron siete los días bautismales. El sábado era el momento en que los neófitos se desprendían de los vestidos blancos recibidos en el bautismo. Más tarde se trasladó este rito al domingo, llamado por esta razón in albis. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo. La octava se llamó alba o blanca.
Los neófitos o recién bautizados se reunían cada día de esta semana pascual en una basílica diferente. Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez. Por la mañana había una misa, y por la tarde se reunían para visitar la pila bautismal. Un día de la octava, normalmente el lunes, celebraban todos los cristianos el día del aniversario de su bautismo (Pascha annotinum). De esta reunión nació la idea de recordar el bautismo todos los domingos con el asperges me (fuera del tiempo pascual) o el vidi aquam (en el tiempo pascual). La semana festiva, que ya existía a finales del siglo IV, se convirtió en tres días de fiesta en el siglo X. Por último, Pío X redujo en 1911 estos tres días de fiesta a sólo el domingo.
El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis, denominadas mistagógicas. La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.
b) Las semanas pascuales
Durante los siete domingos de Pascua, la liturgia celebra el mensaje pascual de la resurrección del Señor, la alegría de la Iglesia por la renacida esperanza, la vida nueva de los neófitos y la acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana. Se trata, en definitiva, de celebrar prolongadamente la Pascua. Recordemos que la fiesta principal del año no es el Viernes Santo, sino el Domingo de Resurrección.
La reforma conciliar de la liturgia ha restituido al tiempo pascual su significado. En las Normas universales sobre el año litúrgico, del 21 de marzo de 1969, se dice que «los cincuenta días que van del Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún, de un gran domingo» (n. 22). En suma, el tiempo de Pascua es celebración del misterio de la exaltación de Cristo, constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad. Es período de plenitud y de profundización en el bautismo recibido o en la fe ya vivida. Es cincuentena hasta Pentecostés, en que predomina la acción del Espíritu. Es tiempo de alegría y de banquete (sin ayunos), al que se asiste de pie (no de rodillas), en el que se canta el aleluya y en el que la comunidad se reconoce como misterio de comunión fraternal, realizada por el Espíritu de Jesús en forma de koinonia.
3. La fiesta de Pentecostés
Entre los judíos, la fiesta de la Cosecha, o día de la acción de gracias, se celebraba en tiempos de Jesús siete semanas después de Pascua; era la fiesta de los Primeros Frutos (Nm 28,26), de la Recolección (Ex 23,16) o de las Semanas (Ex 34,22). En razón del número «cincuenta», se denominó Pentecostés. Los rabinos del siglo II de nuestra era conmemoraron ese mismo día la entrega de la ley en el Sinaí y la conclusión de la alianza.
Entre los cristianos, la fiesta de la Pascua se prolonga por espacio de cincuenta días, denominado «tiempo pascual» o «cincuentena pascual», que finaliza con el día de Pentecostés. Pentecostés es fiesta litúrgica comparable a la Pascua. Está por encima de la Navidad, la Epifanía o el Corpus. Pero no es fiesta separada, puesto que corona la Pascua. El último día de los cincuenta, por influjo judío de Pentecostés, tuvo desde el siglo II un relieve particular. Influyó la mística de los números: el cincuenta es consumación, conclusión y sello. La fiesta de Pentecostés se desarrolló con vigilia bautismal y octava en el siglo IV. La cincuentena pascual es tiempo de plenitud, de alegría y de acción de gracias por los frutos recibidos, y predomina en él la acción del Espíritu.
a) La Vigilia de Pentecostés
La Vigilia de Pentecostés tiene un esquema parecido al de la Vigilia Pascual, ya que era una segunda oportunidad para que quienes no se habían bautizado en esta última lo hicieran. No se bendecía el cirio ni había pregón pascual, pero siempre hubo varias lecturas, con bendición de la pila, bautismos y eucaristía bautismal. Es vigilia adecuada para reunir a varias comunidades y disponerse a celebrar la donación de la promesa del Padre, que es el Espíritu Santo. En esta celebración se pueden acentuar los tres símbolos del Espíritu: viento-soplo, agua y fuego-luz. De un modo concreto, pueden simbolizarse el fuego (hoguera), las llamas (lámparas), el agua (jarra o tinaja) y la torre maldita (muro). Pentecostés es la confirmación de la Iglesia, del mismo modo que la Confirmación es el pentecostés del cristiano.
Los tres pasajes del Nuevo Testamento que hablan de Pentecostés se refieren a la fiesta judía: Hch 2,1; 20,16; 1 Cor 16,8. La fiesta cristiana coincide con la judía en el nombre («pentecostés» significa «cincuenta») y en el momento (siete semanas después de Pascua). No celebra simplemente la siega de cereales (fiesta de la Cosecha o de las Semanas) ni la antigua alianza del Sinaí (donación de la Ley), sino la ascensión de Cristo (nuevo Moisés) al Padre y la efusión del nuevo Espíritu. El Pentecostés cristiano celebra el don escatológico del Espíritu Santo y la apertura de la Iglesia a nuevos pueblos. (La fiesta de la Ascensión tardó en desglosarse de la de Pentecostés).
El evangelio de la Vigilia pone el grito de Jesús («¡El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba!») en relación a los ritos del agua que se celebraban en la fiesta judía del Templo o de los Tabernáculos. Jesús es la roca, el agua viva, el Espíritu de Dios hecho carne. Nos invita a todos a beber dicho Espíritu.
c) El Espíritu de Pentecostés
En su encuentro con el hombre, Dios se manifiesta como Espíritu, comparado en la Biblia al viento y al aliento, sin los cuales morimos. El Espíritu de Dios es la respiración del cristiano. Es viento -como huracán o como brisa- del que no se sabe a veces su procedencia; pero también es fuerza ordenadora frente al caos. Asimismo, es aliento que se halla en el fondo de la vida: es fuerza vivificante frente a la muerte. El soplo respiratorio del hombre viene de Dios, y a él vuelve cuando una persona muere. También es huracán que arrasa o viento reconfortante. El mismo Espíritu se manifiesta particularmente en los profetas, críticos de los mecanismos del poder y del culto desviado y defensores de los desheredados; el Espíritu transforma a los jueces en promotores de la justicia por su fuerza socializadora.
El mismo Espíritu que fecunda a la Iglesia y a los cristianos creó el mundo y dio vida humana al «barro» en la pareja de Adán y Eva. Desgraciadamente, se desconoce el Espíritu al considerarlo etéreo, abstracto o inapreciable. Sin embargo, lo confesamos en el Credo: creo en el Espíritu Santo. De un modo pleno reposó el Espíritu de Dios sobre el Mesías. Así se advierte en la concepción de Jesús, en su bautismo y comienzo de su misión, en el momento de su muerte y en las apariciones del Resucitado. Jesús muere entregando el Espíritu y se aparece a los discípulos insuflando nueva vida. El Espíritu es, pues, don de Dios, personalidad de Jesús, fuerza del evangelio, alma de la comunidad. Su donación en Pentecostés tiene como propósito crear comunidad («ruido» que conmociona, «voz» que interpela y «fuego» que calienta), abrirse a los pueblos y culturas, impulsar el testimonio y defender la justicia y la libertad.
La fuerza del Evangelio es Espíritu que llama a conversión, expulsa lo demoníaco, reconcilia a pecadores, mueve a optar por los pobres y marginados y crea Iglesia comunitaria. En suma, el Espíritu promueve conciencia moral lúcida, da sentido agudo al discernimiento, empuja al compromiso y ayuda a la puesta en práctica del mensaje de Jesús. Pecar contra el Espíritu es negar la Verdad, la Revelación, el Dogma; hacer de la Mentira y de la oposición a la Divina Revelación su objetivo, que es el que nos lleva con sus tentaciones el maligno. Los que siguen los designios del mal están creando un muro de odio y división entre los creyentes de una misma Fe...
No hay comentarios:
Publicar un comentario