El pasaje de hoy se entiende mejor si revisamos los hechos que lo preceden (leer Mc 8,27 – 9,2). Seis días antes de la transfiguración, Pedro reconoce a Jesús como el Mesías (Mc 8, 29), pero Jesús les encarga que no se lo cuenten a nadie y además les anuncia su próxima muerte en Jerusalén. El Mesías tenía de sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley que lo matarían, pero al tercer día resucitaría (Mc 8, 31). Luego, convocando también a la gente, les enseña que para ser sus discípulos, hay que estar dispuestos a perder la vida por el anuncio de la Buena Noticia (Mc 8, 35).
Los discípulos no comprendían bien a qué se refería Jesús con todas estas cosas, estaban desanimados y confundidos. Entonces, tomando a Pedro a Santiago y a Juan, Jesús subió a un monte, lugar que en la Biblia es el lugar del encuentro con Dios para consolarlos y confirmarlos en la fe manifestándoles su gloria y anunciándoles su victoria sobre la muerte.
Estando en el monte, Jesús se transfiguró. La escena tiene las características propias de una Teofanía que consiste en una manifestación de Dios a través de signos y fenómenos extraordinarios. El color resplandeciente de las vestiduras de Jesús, signo de la resurrección y de la gloria de Dios; la presencia de Moisés (la Ley) y de Elías (los Profetas), dos personajes muy importantes de la historia del pueblo de Israel a quienes se relacionaba con la venida del Mesías (Mal 3, 23-24); la nube, signo de la presencia de Dios y la voz que viene del cielo a través de la cual Dios mismo dirige su Palabra a los tres discípulos. Todos estos signos buscan mostrar la verdadera identidad de Jesús, Él es verdaderamente Dios, Él es el Mesías anunciado por Moisés y por los Profetas, el Hijo amado de Dios a quien hay que escuchar para encontrar la salvación.
Observemos ahora la reacción de los discípulos. Jesús los lleva al monte para ayudarlos a comprender su próxima muerte en Jerusalén de un modo nuevo y para reafirmarlos en su vocación desde la experiencia de la Pascua. La muerte no tendrá ya la última palabra, será vencida por Jesús cuando el Padre lo resucite de entre los muertos. Pero los discípulos tampoco comprenden el significado de la resurrección, por eso al ver a Moisés y a Elías y a Jesús transfigurado quieren quedarse ahí, detener la historia, quedarse en la resurrección sin haber pasado por la cruz. Se resisten a un camino de seguimiento que implique pasar por el dolor y el sufrimiento. Por eso la voz que viene del cielo los hace reaccionar invitándolos a escuchar al Hijo. Es necesario pasar por la cruz para vivir la resurrección, pero sólo se puede enfrentar la cruz escuchando atentamente a Jesús que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68).
Hay circunstancias en las que a pesar de ir en el camino del Señor, nos hemos sentido sin ánimo para continuar o con miles de problemas dentro de la comunidad y la familia, esto nos hace preguntar, ¿Para qué este camino? Pero nos reconforta saber que Pedro, Santiago y Juan, los más amados por Jesús, estaban pasando por una situación parecida y entonces el Señor (quien lo sabe todo) se conmueve y así como con sus discípulos, nos lleva a tomar aire, al monte donde tendremos un encuentro con Dios. En esos instantes sentimos su presencia y también logramos ver que Jesús es Dios, y bajo sus alas nos encontramos. No es solo una “frase de cajón” espiritual, es cuestión de fe entender que en diferentes momentos de la vida el Señor se ha manifestado como Dios y ha extendido todo su poderío sobre nosotros, no podemos negar que lo hemos vivido. Así como Pedro, es nuestra tentación continuar en ese “bienestar” y decirle al Señor: ¿Por qué no hacemos tres chozas? y así hacer que nuestra contemplación no tenga acción. A pesar de eso, y gracias a su fe, le fue confirmado quién era su Señor, por eso nosotros estamos llamados hoy a creer, a esperar de verdad en Él y abandonar nuestra vida para vivirla junto a Él lo que se debe ver reflejado siempre en un actuar coherente, vital y comprometido en la construcción del Reino de Dios.
La liturgia de este domingo, nos invita a vivir con Jesús el camino hacia la resurrección que empieza con la cuaresma, crezcamos en fe y vivamos este misterio; no es necesario afanarnos en comprenderlo, tengamos la seguridad que Él continuará revelándose y día a día esta revelación hará que nos sintamos más amados y comprometidos con la misión evangelizadora que nos arde en el corazón.
Este es el camino que nos permitirá subir a la montaña del encuentro: abandonarnos contigo, Señor Jesús, en las manos del Padre, unirnos a tu ofrenda de amor salvador a favor de los hombres, ser, contigo y en ti, una única oblación.
Surco abierto son tus brazos una tarde en el Calvario. Luz de gloria fue tu rostro transfigurado en el Monte. Tú, Señor Jesús, eres siempre nuestra luz.
“Desciende, Pedro. Tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la palabra... Trabaja, suda, padece a fin de que poseas por el brillo y hermosura de las obras hechas con amor, lo que simbolizan los vestidos blancos del Señor”
San Agustín
Tres Montes Santos. Sinaí, Tabor y Calvario:
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