"gran don" de la Infinita Misericordia Divina, para darnos la ocasión de detenernos en el camino, observar nuestra trayectoria con sus errores, para rectificar siguiendo sólo los caminos de la Voluntad de Dios. De ahí la importancia de hacer un pregón preparatorio que coincide con la estrategia del maligno, para seducir a las almas con los carnavales colocados antes de comenzar la preparación para la vivencia de los Grandes Misterios de nuestra Redención. Desde las tradiciones más antiguas de la vida monástica-eremítica, un recuerdo de la generosidad y prudencia de los que desde su vida de apartamiento del mundo, no olvidaban santificarse para santificar a todos los hombres, reparar por los pecados propios y del mundo entero. Hoy queremos y debemos seguir su tradición:

«Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia.
«Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia.
Por eso, añadamos en estos días algo a la tarea habitual de nuestro servicio, como oraciones particulares o abstinencia de comida y bebida, de modo que cada uno, con gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo sobre la medida establecida, esto es, que prive a su cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría del deseo espiritual» (San Benito, Regla, Capítulo 49).
Con esta cita a la Regla de N. P. San Benito, comenzamos esta preparación del espíritu para la ya cercana Cuaresma, precedida de una llamada a la Reparación Responsable de todas las almas sensibles a la llamada del Señor y a las necesidades de las almas, como remedio de los estragos que en las almas causan los excesos del Carnaval, del que se aprovecha el príncipe de este mundo para desviar a las almas por el camino del pecado o de los errores de su mentira.
San Silvano (1866-1938), monje ortodoxo - Escritos - «Venid a mí, todos»
Si los hombres supieran qué cosa es el amor de Dios, sería una multitud los que seguirían a Cristo, y a todos calentaría con su gracia. Su misericordia es inexpresable.
El Señor ama al pecador arrepentido, y con ternura lo estrecha contra su pecho: «¿Dónde estabas, hijo mío? Te espero desde hace mucho tiempo.» El Señor llama a todos a través de la voz del Evangelio, y su voz resuena en el mundo entero: «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, yo os daré el descanso, Venid y bebed del agua viva. Venid y aprended cuanto os amo. Si no os amara, no os llamaría. No puedo soportar que una sola de mis ovejas se pierda. Aunque sólo sea por una el Pastor va a la montaña y la busca por todas partes. Venid a mí, ovejas mías. Yo os he creado y os amo. Mi amor hacia vosotras me ha hecho venir a la tierra, y lo he soportado todo por vuestra salvación. Quiero que conozcáis mi amor y digáis, como los apóstoles en el monte Tabor: ‘Señor, qué bueno es estarnos contigo’» (Mt 17,4).
El Señor nos llama constantemente para que vayamos hacia él. «Venid a mí y os daré el descanso». Nos alimenta con su cuerpo purísimo y su sangre. Con bondad nos educa con su palabra y su Santo Espíritu. Nos ha revelado los misterios. Vive en nosotros y en los sacramentos de la Iglesia, y nos conduce allí donde veremos su gloria.
El Señor ama al pecador arrepentido, y con ternura lo estrecha contra su pecho: «¿Dónde estabas, hijo mío? Te espero desde hace mucho tiempo.» El Señor llama a todos a través de la voz del Evangelio, y su voz resuena en el mundo entero: «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, yo os daré el descanso, Venid y bebed del agua viva. Venid y aprended cuanto os amo. Si no os amara, no os llamaría. No puedo soportar que una sola de mis ovejas se pierda. Aunque sólo sea por una el Pastor va a la montaña y la busca por todas partes. Venid a mí, ovejas mías. Yo os he creado y os amo. Mi amor hacia vosotras me ha hecho venir a la tierra, y lo he soportado todo por vuestra salvación. Quiero que conozcáis mi amor y digáis, como los apóstoles en el monte Tabor: ‘Señor, qué bueno es estarnos contigo’» (Mt 17,4).
El Señor nos llama constantemente para que vayamos hacia él. «Venid a mí y os daré el descanso». Nos alimenta con su cuerpo purísimo y su sangre. Con bondad nos educa con su palabra y su Santo Espíritu. Nos ha revelado los misterios. Vive en nosotros y en los sacramentos de la Iglesia, y nos conduce allí donde veremos su gloria.
En esta consideración, no pueden faltar almas escogidas que sienten la llamada siempre antigua y siempre nueva de la soledad, el silencio, la austeridad y en el marco de la tradición eremítica de Oriente y Occidente. Vamos a introduciros en esta forma de vida que está en medio de nosotros y que probablemente es desconocida o ignorada.
Los nuevos ermitaños:
No quieren ser noticia, pero lo son más que nunca. Viven en oración, buscan la soledad y el silencio y huyen de cualquier tipo de publicidad. Seres atípicos que caminan en sentido contrario a la sociedad de las masas, de la comunicación, del colectivismo; ocultos para el resto del mundo, pero vivos para la Iglesia y para Dios, que sí sabe de ellos. Debido a su discreción, es casi imposible censarlos. No son los silenciosos monjes cartujos, ni siquiera los estrictos camaldulenses. Son los nuevos ermitaños, un fenómeno en alza, por extraño que parezca.

Desde los años 90 los ermitaños viven una renovada progresión, lenta, pero indiscutible. Muchos de ellos habitan en lugares apartados, pero desde hace unos años ha surgido un nuevo modo de vivir la vocación de la soledad: el eremitismo urbano. El ermitaño «metropolitano» vive su particular «fuga mundi» en los núcleos urbanos. Escribía hace poco al respecto el periodista Vittorio Messori: «La gran ciudad es el verdadero lugar de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios».
Según Messori, «la del ermitaño es una auténtica vocación, una llamada que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera comunitaria, “social” que ha echado a perder muchos ambientes religiosos. Este exceso ha llevado a muchos a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio».
Ermitaños a tiempo parcial
Existe incluso el ermitaño «intermitente», aquel que todavía está probando su vocación a la vida solitaria, dedicándole exclusivamente fines de semana y días no laborables. Algunos no pueden abandonar su vida laboral y aguardan a que llegue el momento de la jubilación para poder dedicarse en paz a ejercer su vocación, con el aspecto económico medianamente asegurado, para no caer en la indigencia. Quienes se lanzan de lleno a la aventura de la soledad, sobreviven con pequeños trabajos, oficios o labores artesanales. Pero es difícil saber exactamente a qué se dedican, dada su extrema discreción.
El profesor Isacco Turina, sociólogo de la Universidad de Bolonia, ha llevado a cabo un estudio sobre los «nuevos ermitaños», e hipotiza -a pesar de lo difícil que resulta censarlos- sobre el número de «100 o 200 personas que puedan definirse en Italia como ermitaños católicos a tiempo completo, viviendo solos o en grupos de dos», aparte de un número considerable de «novicios» o aprendices. Turina comenzó su búsqueda en 2003: «Ha sido un problema encontrarlos y entrevistarlos», asegura, «son extraños, huyen, se esconden, a veces incluso rechazan el contacto».
El estudioso ha encontrado al fin a unos cincuenta, 37 de los cuales ha aceptado una entrevista. En ellas se descubre que no quieren móvil, («Dios tiene el poder para hacerme vivir o morir si caigo enfermo»), ni coche («Es una pérdida de tiempo) Algunos reconocen comprar en el supermercado, dicen: Es el momento en que saludo a las personas, me piden que rece por algún familiar, y además, así saben que existo no sólo para mí, sino también para ellos»), y que otros ni siquiera lo pisan («No tengo dinero, nadie me paga por rezar, pero confío en Dios y nunca voy a comprar para comer, vivo de limosna...»).

Supongo que la lectura de estas informaciones sobre un eremitismo tan cercano y actual, invita a todos los lectores a preguntarse por su propia vida, para que con una mayor exigencia y generosidad respondamos a la llamada penitencial de la Cuaresma, que es regenereradora, y siembra la esperanza en la meta de la perfección en el propio estado, que Dios espera de todos.
Y ¿qué sabemos del origen y frutos del Carnaval? La propaganda de "medios poderosos interesados" han ido llevando con su propaganda a la familia aún la cristiana a aceptar al carnaval como una fiesta divertida y sin efectos maléficos, involucrando aún hasta a los más pequeños.
La realidad del Carnaval buscando en sus orígenes y realidad es el siguiente:
El carnaval es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, con fecha variable (entre febrero y marzo según el año).
Desde los años 90 los ermitaños viven una renovada progresión, lenta, pero indiscutible. Muchos de ellos habitan en lugares apartados, pero desde hace unos años ha surgido un nuevo modo de vivir la vocación de la soledad: el eremitismo urbano. El ermitaño «metropolitano» vive su particular «fuga mundi» en los núcleos urbanos. Escribía hace poco al respecto el periodista Vittorio Messori: «La gran ciudad es el verdadero lugar de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios».
Según Messori, «la del ermitaño es una auténtica vocación, una llamada que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera comunitaria, “social” que ha echado a perder muchos ambientes religiosos. Este exceso ha llevado a muchos a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio».
Ermitaños a tiempo parcial
Existe incluso el ermitaño «intermitente», aquel que todavía está probando su vocación a la vida solitaria, dedicándole exclusivamente fines de semana y días no laborables. Algunos no pueden abandonar su vida laboral y aguardan a que llegue el momento de la jubilación para poder dedicarse en paz a ejercer su vocación, con el aspecto económico medianamente asegurado, para no caer en la indigencia. Quienes se lanzan de lleno a la aventura de la soledad, sobreviven con pequeños trabajos, oficios o labores artesanales. Pero es difícil saber exactamente a qué se dedican, dada su extrema discreción.
El profesor Isacco Turina, sociólogo de la Universidad de Bolonia, ha llevado a cabo un estudio sobre los «nuevos ermitaños», e hipotiza -a pesar de lo difícil que resulta censarlos- sobre el número de «100 o 200 personas que puedan definirse en Italia como ermitaños católicos a tiempo completo, viviendo solos o en grupos de dos», aparte de un número considerable de «novicios» o aprendices. Turina comenzó su búsqueda en 2003: «Ha sido un problema encontrarlos y entrevistarlos», asegura, «son extraños, huyen, se esconden, a veces incluso rechazan el contacto».
El estudioso ha encontrado al fin a unos cincuenta, 37 de los cuales ha aceptado una entrevista. En ellas se descubre que no quieren móvil, («Dios tiene el poder para hacerme vivir o morir si caigo enfermo»), ni coche («Es una pérdida de tiempo) Algunos reconocen comprar en el supermercado, dicen: Es el momento en que saludo a las personas, me piden que rece por algún familiar, y además, así saben que existo no sólo para mí, sino también para ellos»), y que otros ni siquiera lo pisan («No tengo dinero, nadie me paga por rezar, pero confío en Dios y nunca voy a comprar para comer, vivo de limosna...»).
Supongo que la lectura de estas informaciones sobre un eremitismo tan cercano y actual, invita a todos los lectores a preguntarse por su propia vida, para que con una mayor exigencia y generosidad respondamos a la llamada penitencial de la Cuaresma, que es regenereradora, y siembra la esperanza en la meta de la perfección en el propio estado, que Dios espera de todos.
Y ¿qué sabemos del origen y frutos del Carnaval? La propaganda de "medios poderosos interesados" han ido llevando con su propaganda a la familia aún la cristiana a aceptar al carnaval como una fiesta divertida y sin efectos maléficos, involucrando aún hasta a los más pequeños.
La realidad del Carnaval buscando en sus orígenes y realidad es el siguiente:
El carnaval es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, con fecha variable (entre febrero y marzo según el año).
Según Wikipedia, significa que el carnaval, es una fiesta no cristiana adosada a una fecha cristiana.
El origen de su celebración parece probable de las fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco/Dionisio, el dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto.

Según algunos historiadores, los orígenes de esta festividad se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5.000 años, con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio Romano, desde donde se expandió la costumbre por Europa, siendo llevado a América por los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV.
Los etnólogos encuentran en el carnaval elementos supervivientes de antiguas fiestas y culturas, como la fiesta de invierno (Saturnalia), las celebraciones dionisíacas griegas y romanas (Bacanales), las fiestas andinas prehispánicas y las culturas afroamericanas.
Salvo excepciones, que eran deformaciones de profecías (como Isis), los dioses paganos en realidad eran demonios que “animaban” los ídolos (y por eso hablaban a través de ellos).
Momo viene del dios griego del mismo nombre. El Rey Momo es un personaje considerado el rey de los carnavales en numerosas festividades de América Latina, principalmente en Brasil, Bolivia, Venezuela, Panamá y Colombia. Su aparición significa el comienzo de las fiestas de Carnaval. Cada carnaval tiene su propio Rey Momo, a quien se le suele dar la llave de la ciudad. Es común que en los carnavales los hombres se disfracen de demonios o deidades.
Por su odio a Dios el Demonio busca establecer ciertas fechas de su “liturgia”, solapadas con fiestas de grandes gracias para los Cristianos. Un claro ejemplo es Halloween, la víspera de la Fiesta de todos los Santos.
Por ejemplo, en el carnaval más famoso de los EE.UU., Mardi Gras, de Nueva Orleans, las estrictas normas se relajan; pues, desde la década de los 60, es habitual que las mujeres destapen y enseñen sus senos a la multitud como reclamo para coleccionar los collares multicolores.
No es casualidad que en esa ciudad( haya tantos huracanes) el pecado nos trae una auto-maldición que es espiritual y física, individual y colectiva. Es la ciudad de las tradiciones satánicas unidas a la brujería de raíces africanas.
En el carnaval se cometen toda clase de pecados mortales: asesinatos, violaciones, robos, borrachera, gula, droga, sexo fuera del matrimonio, lujuria…

Las sugerencias que podemos considerar son : abstenernos de participar en dichos actos, no implicar en ellos a la familia en especial a los más vulnerables, sustituyendo esa negativa influencia por actividades familiares, visitas al campo, actividades familiares..., la imaginación de los responsables familiares será una buena respuesta.
Por otra parte actos de Reparación organizados por la Iglesia, Adoración ante el Santísimo, ayuno, renunciar a alimentos superfluos, dar limosna a los pobres, visitar enfermos y otros muchos propósitos que podemos tomar de oración, lectura espiritual etc... Es tiempo de acercarse más frecuentemente al Sacramento de la Penitencia.

La vida cristiana es «un combate» contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne. Así lo ha afirmado el papa . El Santo Padre lamentó que muchos crean que la existencia de Satanás sea un mito y tras asegurar que el diablo existe, añadió que nosotros «debemos luchar contra él» con «la armadura» de la verdad. El Papa advierte que «no se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo».
Son tres «los enemigos de la vida cristiana»: «el demonio, el mundo y la carne», es decir nuestras pasiones, «que son las heridas del pecado original». Cierto, «la salvación que nos da Jesús es gratuita», pero estamos llamados a defenderla:
«¿De qué debo defenderme?¿qué debo hacer? ‘ponerme la armadura de Dios', nos dice Pablo, es decir lo que es de Dios nos defiende, para resistir las insidias del diablo. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo, sin vestir esta armadura de Dios, que nos da la fuerza y nos defiende».
La vida cristiana es «un combate» contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne. Así lo ha afirmado el papa . El Santo Padre lamentó que muchos crean que la existencia de Satanás sea un mito y tras asegurar que el diablo existe, añadió que nosotros «debemos luchar contra él» con «la armadura» de la verdad. El Papa advierte que «no se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo».
Son tres «los enemigos de la vida cristiana»: «el demonio, el mundo y la carne», es decir nuestras pasiones, «que son las heridas del pecado original». Cierto, «la salvación que nos da Jesús es gratuita», pero estamos llamados a defenderla:
«¿De qué debo defenderme?¿qué debo hacer? ‘ponerme la armadura de Dios', nos dice Pablo, es decir lo que es de Dios nos defiende, para resistir las insidias del diablo. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo, sin vestir esta armadura de Dios, que nos da la fuerza y nos defiende».
«Pero a esta generación, y a muchas otras, se les ha hecho creer que el diablo es un mito, una figura, una idea, la idea del mal. El diablo existe y nosotros debemos luchar contra él. Lo dice Pablo ¡no lo digo yo! La Palabra de Dios lo dice. Pero no nos convencemos. Y después Pablo explica cómo es esta armadura de Dios, que son varias armaduras que componen esta gran armadura de Dios. Y él dice: ‘Permaneced firmes, por tanto, permaneced firmes al lado de la verdad'. Esta es una armadura de Dios: la verdad».
«El diablo, es el mentiroso, el padre de los mentirosos, el padre de la mentira». Y como San Pablo, afirmó que es necesario tener «a los flancos la verdad, vistiendo la coraza de la justicia». Por tanto, «no se puede ser cristiano, sin trabajar continuamente para ser justos. No se puede».
La gran tentación –la más sutil, la más peligrosa, aquella en la que el enemigo se disfraza más fácilmente de bien– es siempre ponernos en el lugar de Dios, jugar a pequeños (y patéticos) dioses, pretender ser nosotros la instancia última, adelantar el juicio final.
Toda tentación, desde el origen, tiene ese componente: «Seréis como dioses», les dijo el tentador. Y se apoyaba en una cierta verdad, en una complicidad del corazón, creado para la fruición de Dios. Aquello, entonces, en aquella primera ocasión, terminó dramáticamente, en el despojo de la gloria y en la desnudez, en las zarzas y los abrojos de la estepa, lejos del jardín (paraíso significa jardín) que Dios había plantado para el hombre, y en la primera muerte de un ser humano a manos de su hermano. Y es siempre así, porque a Dios sólo es posible acceder acogiendo su gracia. La determinación del hombre de convertirse en Prometeo, y de hacerse con el fuego de los dioses, desemboca en la humillación, en el ridículo y en la muerte.
Prometeo humillado, podría ser un símbolo del hombre contemporáneo en nuestros países ricos y envejecidos. En efecto, cuando se crece pensando que el yo es la instancia última, definido sólo por su libertad con respecto a todo vínculo (menos, naturalmente, los del poder, esto es, los de ese conglomerado que son el mercado, la moda, la opinión pública y el Estado), la alucinación de creerse el dueño único de la propia vida (y de la de los demás si se puede) tiene una capacidad de seducción especial. Aunque el recibo de esa mentira inmensa, de esa hipoteca, es de tal magnitud que la vida entera no basta para pagarlo.
«El diablo, es el mentiroso, el padre de los mentirosos, el padre de la mentira». Y como San Pablo, afirmó que es necesario tener «a los flancos la verdad, vistiendo la coraza de la justicia». Por tanto, «no se puede ser cristiano, sin trabajar continuamente para ser justos. No se puede».
La gran tentación –la más sutil, la más peligrosa, aquella en la que el enemigo se disfraza más fácilmente de bien– es siempre ponernos en el lugar de Dios, jugar a pequeños (y patéticos) dioses, pretender ser nosotros la instancia última, adelantar el juicio final.
Toda tentación, desde el origen, tiene ese componente: «Seréis como dioses», les dijo el tentador. Y se apoyaba en una cierta verdad, en una complicidad del corazón, creado para la fruición de Dios. Aquello, entonces, en aquella primera ocasión, terminó dramáticamente, en el despojo de la gloria y en la desnudez, en las zarzas y los abrojos de la estepa, lejos del jardín (paraíso significa jardín) que Dios había plantado para el hombre, y en la primera muerte de un ser humano a manos de su hermano. Y es siempre así, porque a Dios sólo es posible acceder acogiendo su gracia. La determinación del hombre de convertirse en Prometeo, y de hacerse con el fuego de los dioses, desemboca en la humillación, en el ridículo y en la muerte.
Prometeo humillado, podría ser un símbolo del hombre contemporáneo en nuestros países ricos y envejecidos. En efecto, cuando se crece pensando que el yo es la instancia última, definido sólo por su libertad con respecto a todo vínculo (menos, naturalmente, los del poder, esto es, los de ese conglomerado que son el mercado, la moda, la opinión pública y el Estado), la alucinación de creerse el dueño único de la propia vida (y de la de los demás si se puede) tiene una capacidad de seducción especial. Aunque el recibo de esa mentira inmensa, de esa hipoteca, es de tal magnitud que la vida entera no basta para pagarlo.
La tentación de Prometeo tiene otra forma entre los discípulos. Contra esa forma nos pone en guardia el Evangelio de este domingo. Es la de querer adelantar el tiempo de la siega, el juicio final, la de querer vivir en un mundo sin cizaña, en una cesta de sólo manzanas sanas, la de pretender hacer ya en este mundo un gueto para el trigo, para que el trigo pueda ahorrarse el riesgo del testimonio y de la cruz. Aparte de que ponerse a sí mismo en el lado del trigo es ya una pretensión hipócrita, pudiera muy bien suceder que en el juicio uno tuviera necesidad de la misericordia que ha negado a otros.
El principio cuius regio eius religio (a cada país le corresponde su propia religión), implica «la negación de la libertad religiosa». Es un principio pagano, que ha regido siempre en las religiones paganas, siempre vinculadas al poder, siempre marcadas por el temor. La Iglesia no vive en el mundo protegiéndose del mundo, sino exponiéndose, entregándose, como Cristo, en la cruz y en la Eucaristía, por amor al mundo, para la vida del mundo. Esa libertad para darse, para amar al enemigo, para vivir gozosamente en medio de un mundo hostil, es fruto de la presencia de Cristo. De la gracia de Cristo y de la comunión del Espíritu Santo. Ahí radica su autoridad, tan distinta de los poderes del mundo. Y ahí está también el secreto de su invencible alegría.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado
Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón .
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado; tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.
Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.
Misericordia, oh Dios, por tu bondad,
por tu exquisito amor borra el pecado,
y lávame hasta el fondo, purifícame
con el agua y la sangre.
por tu exquisito amor borra el pecado,
y lávame hasta el fondo, purifícame
con el agua y la sangre.
Reconozco la culpa que hay en mí,
la culpa acumulada de mis padres;
reconozco la culpa de mi pueblo,
que tanto me contagia.
la culpa acumulada de mis padres;
reconozco la culpa de mi pueblo,
que tanto me contagia.
El pecado del mundo me aprisiona
en su impura y tupida red de araña;
y yo sigo tejiendo nuevas telas,
convertido en gusano.
en su impura y tupida red de araña;
y yo sigo tejiendo nuevas telas,
convertido en gusano.
Mata, oh Dios, el gusano que hay en mí;
haz de mí mariposa de tu agrado,
y que pueda volar con libertad
en nuevo paraíso.
haz de mí mariposa de tu agrado,
y que pueda volar con libertad
en nuevo paraíso.
Transforma, oh Dios, la fiera que hay en mí;
conviérteme en el hombre que Tú sueñas:
sensible, generoso, solidario,
cantor de libertades.
conviérteme en el hombre que Tú sueñas:
sensible, generoso, solidario,
cantor de libertades.
Devuélveme los gozos de tu Espíritu,
regálame la fuerza de tu Espíritu,
llena mi corazón de santo Espíritu...
te diré mi amor.
regálame la fuerza de tu Espíritu,
llena mi corazón de santo Espíritu...
te diré mi amor.
«MISERICORDIA, DIOS MÍO, POR TU BONDAD»
«Por tu infinita bondad, Señor, ten misericordia de mí»:
Así te han invocado tantas generaciones creyentes,
al vivir el tiempo de cuaresma,
entre colores morados y ayunos estrictos.
al vivir el tiempo de cuaresma,
entre colores morados y ayunos estrictos.
«Misericordia, Señor, por tu bondad»:
este debe ser también nuestro ruego,
al iniciar un nuevo camino cuaresmal,
en un clima rebosante aún de carnavales
y de proyectos para la Semana Santa.
este debe ser también nuestro ruego,
al iniciar un nuevo camino cuaresmal,
en un clima rebosante aún de carnavales
y de proyectos para la Semana Santa.
Porque todo ser humano,
todo creyente en Jesucristo,
tiene que sentir ayer, hoy y siempre,
sin neuróticos sentimientos de culpa,
que no sabemos responder a lo que tú nos pides;
que no damos salida a nuestros sentimientos más humanos;
que no podemos encerrarnos en nuestras estrechas culpas
en un mundo marcado por hambre, guerra y sangre.
todo creyente en Jesucristo,
tiene que sentir ayer, hoy y siempre,
sin neuróticos sentimientos de culpa,
que no sabemos responder a lo que tú nos pides;
que no damos salida a nuestros sentimientos más humanos;
que no podemos encerrarnos en nuestras estrechas culpas
en un mundo marcado por hambre, guerra y sangre.
Tenemos necesidad de acudir hoy a ti,
no sólo con cilicios y ayunos,
sino también con la verdadera realidad de nuestra vida:
con los deseos buenos y los amores auténticos que tenemos,
con los proyectos e ilusiones, tantas veces forjados,
con nuestros continuos fracasos,
con la debilidad agarrada a nuestro corazón...
no sólo con cilicios y ayunos,
sino también con la verdadera realidad de nuestra vida:
con los deseos buenos y los amores auténticos que tenemos,
con los proyectos e ilusiones, tantas veces forjados,
con nuestros continuos fracasos,
con la debilidad agarrada a nuestro corazón...
Tenemos que acudir a tu infinita misericordia,
a tu bondad que no sabe de fronteras,
a tu acogida siempre entrañable,
a tu cariñoso abrazo de Padre bueno.
a tu bondad que no sabe de fronteras,
a tu acogida siempre entrañable,
a tu cariñoso abrazo de Padre bueno.
Acudimos hoy a ti, tal como somos,
arrancando las máscaras de nuestros carnavales,
con nuestra cruda realidad que conocemos,
con nuestros sentimientos más profundos que ignoramos...
arrancando las máscaras de nuestros carnavales,
con nuestra cruda realidad que conocemos,
con nuestros sentimientos más profundos que ignoramos...
Así somos, Señor, y no queremos engañarnos;
no queremos presumir de nuestros méritos,
ni angustiarnos con inconscientes que ignoramos...
no queremos presumir de nuestros méritos,
ni angustiarnos con inconscientes que ignoramos...
Así es la auténtica realidad de nuestra vida,
que hoy ponemos, confiados, entre tus manos...
Y, una vez más te repetimos,
las viejas oraciones de aquel salmo,
que pronunció humilde y entristecido
el viejo rey David tras su pecado.
que hoy ponemos, confiados, entre tus manos...
Y, una vez más te repetimos,
las viejas oraciones de aquel salmo,
que pronunció humilde y entristecido
el viejo rey David tras su pecado.
De ti sólo queremos oír, Padre bueno,
una palabra de paz y de perdón;
sentir la acogida entrañable
del amor con que siempre nos rodeas.
una palabra de paz y de perdón;
sentir la acogida entrañable
del amor con que siempre nos rodeas.
Solamente y una vez más te repetimos
el grito humilde de aquel salmo:
«Misericordia, Señor, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa». AMÉN
el grito humilde de aquel salmo:
«Misericordia, Señor, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa». AMÉN
U.I.O.G.D.
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