Este piadoso oficio de María Santísima no se debe entender como contrario a la justicia Divina sino que más bien, Ella cumple de esta manera la amorosa voluntad de Dios, que constituye a nuestra Señora como un refugio para que por su medio brille Su Infinita Misericordia que quiere la conversión de los pecadores.
Jesucristo es nuestro MEDIADOR ante el Padre. Nos dice San Juan: "Os escribo esto para que no pequéis y si alguien peca tenemos a UNO que ABOGE ante el Padre: a Jesucristo (1a. Jn. 2:1), pero además de El, tenemos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, constituida por Dios medianera entre El y nosotros pecadores.
Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura felicidad: La conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien. Ambas gracias nos alcanza María REFUGIO DE LOS PECADORES, si se lo pedimos continuamente y si .... "hacemos lo que El nos dice", como Ella nos lo pide.
CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS
El ser humano se ve sacudido no sólo por la enfermedad del alma: el pecado ... y la enfermedad del cuerpo: el dolor físico, sino que la vida está llena de espinas y abrojos que nos afligen, nos oprimen y no nos dejan vivir en paz porque lastiman el corazón y llenan de lágrimas los ojos.
Resumimos todo esto bajo el nombre genérico de TRIBULACIONES y AFLICCIONES que serán motivos para apreciar más la bondad de María Santísima que nos consuela, si recurrimos a Ella con mayor frecuencia y confianza.
Nadie negó y nadie puede negar jamás la existencia del dolor en el mundo. Se nace con llanto; se crece luchando contra tantos obstáculos que hacen sufrir: se vive bajo el peso diario de responsabilidades y preocupaciones.
La filosofía de todos los tiempos ha intentado en vano eliminar el dolor de la vida; no ha logrado más que arrancar aquello que explica el misterio del dolor y lo hace llevadero, arrancando a Dios del corazón de muchos hombres ... y EL DOLOR MAS TERRIBLE ES SUFRIR SIN DIOS.
Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor? Y si la FE no ilumina, si la FE no responde a este doloroso ¿por qué?, se pierde la interrogación en el vacío sin una respuesta que satisfaga.
Solamente la FE nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre. Cuando con el primer pecado se precipitaron los hombres en el abismo de la condenación eterna, Dios misericordioso, - en el mismo instante en que prometía enviar al Redentor - confió la humanidad al Angel del dolor para que la purificara y la hiciera semejante al Restaurador prometido, que nos redimiría precisamente a través de las humillaciones y de los más grandes dolores.
El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.
El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con FE CONSCIENTE y con cristiana resignación.
Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá CONSOLARNOS? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.
María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos, y una sola mirada de piedad y de amor de esta dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más adolorado y suavizar las más fuertes adversidades.
¡Oh Madre piadosa, CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS, calma nuestras angustias!.AUXILIO DE LOS CRISTIANOS
El corazón de la Virgen María es tan grande que abarca y contiene a toda la humanidad. Dios la creó para que fuera su Madre y madre de todos, la dotó de esta universalidad de afectos para que los afligidos, los enfermos, los pecadores, que recurren a Ella, experimenten esta singular bondad suya.
En la Iglesia se centra la Obra santificadora de Cristo y aunque ella es la amada esposa de Jesús "sin arruga o defecto" (San Pablo) no la sustrajo a las vicisitudes humanas y quiso que tuviera la apariencia de debilidad. En realidad, posee la misma fuerza de Dios, que le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo y así se apoya segura y confiada en las palabras infalibles de su Fundador: "He aquí que estaré con vosotros hasta el fin de los siglos".
San Juan en el Apocalipsis la describe como la ciudad santa, la nueva Jerusalén y así, la nueva Jerusalén (la Iglesia), tiene en María Santísima a su poderosa defensora contra los enemigos de todos los tiempos. Estos enemigos son de dos clases: internos y externos.
Los internos son aquellos que atentan a la verdad que la Iglesia nos enseña, los que pretenden introducir en ella, el error, o sea, los mismos cristianos que se oponen con obstinación, con terquedad a lo que propone la Iglesia Católica.
Los enemigos externos son los que no perteneciendo a la Iglesia Católica, la atacan y pretenden destruir la FE de sus miembros que son el Cuerpo Místico de Cristo.
De estas consideraciones sobre el glorioso título de Auxilio de los Cristianos debemos sacar dos importantes enseñanzas para normar nuestra vida cristiana:
• Ante todo un filial amor a la santa Iglesia y a su Cabeza visible: el Romano Pontífice. En el amor de todos los católicos, que se centra en el Papa, en la asistencia perenne de Jesucristo y en la poderosa protección de María tenemos una fuerza superior que nos consuela y alienta.
• Otra enseñanza, más necesaria hoy que nunca, surge de la maternidad universal y auxiliadora de María y es el deber que tenemos de extender la CARIDAD CRISTIANA con la que nos debemos amar unos a otros, como Dios nos ama, sin distinción alguna. sin olvidar que es contrario a la caridad, levantar barreras de división, de odio, de incomprensión, etc.
¡Oh Madre Santísima que en tus entrañas maternales acoges a toda la humanidad y que a todos socorres en sus necesidades, alcánzanos de tu Divino Hijo esta universal caridad así como la fidelidad a la iglesia católica, fundada con la Sangre de Jesucristo, que es también tu sangre!.
¡Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!.
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