31 julio 2015

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B - 2 DE AGOSTO



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La primera lectura procede del capítulo 16 del Libro del Éxodo y nos narra como el pueblo judío, peregrino por el desierto, recibió el alimento que Dios envía del cielo: el maná. Es un claro antecedente de nuestra Eucaristía con la diferencia –claro—que nosotros en ella, por amor de Jesús, comemos a nuestro propio Dios.
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                                                                    VIDA: LA EUCARISTÍA


El Salmo 77 es uno de los más largos del Salterio. En él, como en el Pentateuco, se narra la historia del pueblo de Israel. Proclamamos, primero, los versículos 3 y 4. Para pasar después a los versos 23, 24 y 25 que cuentan el episodio de la caída del maná, tal como dice nuestra primera lectura. Es, sin duda, un salmo responsorial muy a la medida de las lecturas de hoy.
 
 
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 San Pablo, en la Carta a los Efesios, habla de una transformación profunda de los convertidos. Nuestra segunda lectura de hoy va a manifestar, sobre todo, el poder renovador del Espíritu, que nos otorga una nueva condición humana, creada a imagen de Dios, con justicia y santidad verdaderas.
 
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 Jesús de Nazaret nos va a ir explicando hoy –y en domingos sucesivos—el llamado “Discurso del Pan”, y que no es otra cosa que un avance profético de lo que será la Eucaristía, instituida el Jueves Santo. Es el evangelista San Juan quien recoge dichas palabras que son, sin duda, de entre las más sublimes de todo el Evangelio.
 
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Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna. Es verdad que lo que mueve, en gran parte, la vida de las personas y de los pueblos es la búsqueda del alimento necesario para vivir corporalmente. Así ha sido desde el principio de la humanidad y así va a seguir siendo mientras sigamos siendo esclavos de este cuerpo material que Dios nos ha dado. Es, pues, bueno trabajar para tener el alimento necesario para vivir y es, evangélicamente, bueno luchar para que a nadie le falte el alimento necesario de cada día. Lo primero que tenemos que hacer con una persona hambrienta es darle de comer; después podemos hablarle de otros alimentos necesarios para la vida del espíritu. Lo que no es evangélico es buscar única y exclusivamente los bienes materiales, el pan material, sin preocuparnos del pan espiritual, del pan de Dios. Eso es lo que Jesús reprocha a la multitud que le seguía porque les había dado de comer materialmente hasta saciarse. Jesús no había venido al mundo, principalmente, para arreglar el problema del hambre material, sino para llenar nuestra alma de Dios, para darnos en abundancia el pan de Dios. Nosotros, con el alma llena de Dios, debemos procurar también que a nadie le falte el pan material, pero sin olvidar nunca que lo que Dios vino a darnos es el pan de vida, un pan que no perece, sino que dura para la vida eterna. Este pan es Jesús mismo.
 
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2.- ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! En el libro del Éxodo se nos dice que los judíos, cuando estaban en el desierto, murmuraban contra Moisés y Aarón porque pasaban hambre y sed. Se acordaban de las ollas de carne que comían cuando eran esclavos en Egipto. Algo parecido puede pasarnos también a nosotros ante las dificultades que tenemos que sufrir muchas veces en el presente. Fácilmente tendemos a pensar, con el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero esto muchas veces no es verdad; lo que debemos hacer es afrontar con valentía y resolución las dificultades del momento, porque cada tiempo tiene su afán propio y con quejarnos no arreglamos los problemas. Toda la vida es paso, tránsito, desierto, y debemos pensar que el momento presente es siempre el más importante para nosotros. La vida es una sucesión ininterrumpida de momentos presentes. Debemos confiar en que Dios nos va a dar en cada momento lo que más nos conviene. Aunque algunas veces nos resulte difícil entenderlo.
 
                                                                                                    
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3.- Abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, renovaros en la mente y en el espíritu y vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdadera. ¡Qué difícil es abandonar el hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo! Nacemos más hijos de Adán, que hijos de Cristo. Pero en esto consiste precisamente nuestra vocación de cristianos, en ir alejándonos cada día un poco más de Adán y en ir acercándonos cada día un poco más a Cristo. ¡Qué maravilloso tiene que ser vivir del todo en justicia y santidad verdadera! Porque a esto tenemos que aspirar como cristianos: a vivir cada día un poco más en comunión con Cristo
 
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