04 agosto 2015

LOS SANTOS NOTICIA DIARIA : EL SANTO CURA DE ARS - 4 DE AGOSTO

La vida del santo cura de Ars es un ejemplo luminoso para todos y, de modo especial, para los sacerdotes. Por ello, la Iglesia lo ha nombrado patrono de todos los sacerdotes. Él vivía su sacerdocio de modo eminente, agradeciendo cada día a Dios ese gran don inmerecido e inmerecible. Decía que el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. En su parroquia se esforzó cuanto pudo por hacer a todos adoradores eucarísticos. La Eucaristía era el centro de su existencia. Ante Jesús sacramentado se pasaba las horas disponibles, cuando no se lo impedían sus obligaciones pastorales, especialmente las confesiones. En los últimos años confesaba unas quince horas al día, y a veces más.


Fue un mártir del confesionario, un adorador perpetuo de la Eucaristía y un amante de la Virgen a toda prueba. A los santos los tenía como amigos y los trataba con la familiaridad de quien los conoce y los ama, especialmente a la santa de sus amores: santa Filomena.

Para su iglesia, quería los ornamentos y objetos de culto más hermosos y preciosos. Todo le parecía poco para dar realce a la celebración eucarística, a las procesiones o a las ceremonias litúrgicas.

Y Dios le concedió muchos dones. Según testigos, parece que veía a Jesús en la Eucaristía casi todos los días. La Virgen, santa Filomena y otros santos se le aparecieron con frecuencia. Tenía el don de discernimiento de espíritus para conocer el corazón de los penitentes que se acercaban a él. Rezaba mucho por la conversión de los pecadores y por las almas del purgatorio.
Su vida fue un milagro de Dios, pues durante muchos años apenas comió casi nada. Ayunaba frecuentemente a solo agua. Se daba disciplinas y oraba intensamente por la conversión de sus feligreses y penitentes, pudiendo así transformar su parroquia y decir: Ars ya no es Ars.


Que su ejemplo sea un estímulo para todos en el camino de la santidad y podamos imitarlo en su amor a María y a Jesús Eucaristía.

SU VIDA

SUS PADRES
 
Pertenecían a familias cristianas que le transmitieron la fe con el ejemplo. El abuelo Pedro Vianney recibía en su casa a los pobres que no tenían dónde dormir y les daba alimento. Uno de los acogidos en 1770 fue el que sería san Benito Labre (1748-1783), quien desde Roma les escribió una carta de agradecimiento. El santo cura hablaba frecuentemente de esta carta que más tarde regaló a una persona que se la pidió.

Esta tradición de acoger a los pobres la vivió él en su propia casa. En tiempos de la Revolución, en que había muchos perseguidos, había por las noches en su casa alrededor de veinte necesitados. Se les alojaba y se les daba sopa. Cuando no había suficiente sopa para todos, su padre, que servía a los pobres, decía: "Yo puedo pasarme sin la sopa".

En invierno su padre hacía un buen fuego para calentarlos y cocer patatas para comerlas todos juntos. Después acompañaba a los pobres al lugar donde iban a pasar la noche y cuidaba de que estuvieran bien abrigados. A continuación, llegaba a casa y limpiaba los restos que habían dejado.

Margarita Vianney, hermana de nuestro santo, dice que, cuando él tenía ya unos ocho años, les calentaba sus vestidos y después les decía: "Tómenlos rápido que están bien calientitos". Y les hacía rezar un padrenuestro y un avemaría.



Sus padres tenían buena posición económica. poseían unas doce hectáreas de cultivo y una hectárea de viña en el pueblo de Dardilly, donde vivían, a ocho kilómetros de Lión. En total, tuvieron seis hijos. El cuarto era Juan María.
 
Su madre era muy piadosa. Siempre que podía asistía a la misa matinal con su hija mayor Catalina. Después, el pequeño Juan María sería su compañero predilecto. Ella, por la mañana, iba a la cama de sus hijos para despertarlos y les  enseñaba a hablar con Dios.

SU INFANCIA
 
Juan María nació el 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día, como era costumbre, con el nombre del padrino y tío paterno Juan María Vianney. Cuenta su hermana Margarita: Cuando él tenía unos tres años, una tarde desapareció sin saber dónde estaba. Mi madre pensó que había caído a un pozo de agua y se había ahogado. Cuando fue al establo, oyó un rumor de alguien que rezaba. Allí estaba Juan María oculto, de rodillas entre dos vacas, haciendo devotamente su oración. Mi madre le reprendió seriamente y Juan María, confundido, se arrojó a sus brazos y la abrazó con cariño, diciéndole: "Perdóname, mamá, no lo voy a hacer más".


Cuando tenía cinco o seis años, hacía capillas e iglesias con arcilla. Cuando sonaba la hora, decía la oración que nos había enseñado mi madre: "Dios sea bendito. Ánimo, alma mía, el tiempo pasa y llega la eternidad. Vivamos como debemos morir". Y rezaba un avemaría... Cuando tocaban a misa, pedía que le guardaran el asno y las dos ovejitas para ir. Nosotros no queríamos prometérselo si antes no nos daba lo que había hecho. Él lo daba a gusto y corría a la misa. Iba casi todos los días8.
Años después él recordaba: Cuando iba a los campos, hacíamos procesiones y yo siempre hacía de sacerdote... Dirigía las oraciones, cantaba y hasta les predicaba. ¡Qué feliz era, cuando iba a los campos y guardaba mi burro y mis ovejas!.


Juan María tenía un hermoso rosario que tenía en gran estima. Su hermana Margarita, llamada Gothon, a quien sólo llevaba 18 meses, quiso apoderarse de él. Hubo gritos y pataleos... El pobre niño corrió hacia su madre, quien le dijo "Hijo mío, da tu rosario a Gothon por amor a Dios". Y Juan María, sollozando, se lo dio.
Su madre, para compensarlo, le dio una pequeña imagen de madera de la Virgen María. Aquella tosca imagen, que estaba puesta sobre la chimenea de la cocina, era suya desde ese momento. Él dirá pasados muchos años: Cuánto amaba yo a aquella imagen. No podía separarme de ella ni de día ni de noche y no hubiera dormido tranquilo si no la hubiese tenido a mi lado... La Santísima Virgen es mi más grande amor, la amaba aun antes de conocerla.

Sus padres lo ponían como ejemplo a sus hermanos, diciendo: "Vean cómo es obediente Juan María. Cuando le mandamos algo, lo hace inmediatamente".

En 1797, un sacerdote perseguido, el padre Groboz, pasó por Dardilly, se alojó en su casa y lo confesó por primera vez. Años más tarde dirá: Me acuerdo siempre que la primera vez que me confesé fue al pie de un gran reloj. Y cuando me preguntó cuánto tiempo hacía que me había confesado, yo le respondí: Jamás. Las religiosas de san Carlos, obligadas a salir de su convento, lo prepararon para la primera comunión.




ESTUDIANTE

La gramática latina no le entraba. Oraba mucho al Espíritu Santo, pero su cabeza parecía dura para el latín. Uno de sus compañeros de clase en Ecully, Matías Loras, le ayudaba. Una mañana, cansado de su torpeza, le pegó delante de los otros. Juan María se arrodilló delante de aquel niño de doce años (él tenía veinte) y le pidió perdón.

Matías se arrepintió y lo abrazó anegado en lágrimas. Este episodio fue origen de una profunda amistad. Matías Loras, misionero en Estados Unidos y después obispo de Dubuque, nunca pudo olvidar a su compañero. Juan María, viendo que era incapaz de aprender como los otros más jóvenes, tomó una resolución heróica. Hizo voto de peregrinar a pie, mendigando a la ida y al regreso, al sepulcro de san Francisco de Regis (1597-1640) al santuario de Louvesc para pedir ayuda y poder terminar sus estudios. Era el año 1806. La distancia era de 100 Kms. Y una mañana, después de oír misa y comulgar, comenzó a caminar con el bastón en una mano y el rosario en la otra. Después de caminar algunas horas, tuvo hambre y se puso a mendigar de acuerdo al voto, pero lo tomaron por prófugo de la justicia o desertor del ejército y no querían darle nada ni alojarlo en sus casas. Llevaba dinero, pero quiso ser fiel a su voto. Se alimentó de algunas hierbas, bebió agua de los arroyos y tuvo que dormir al raso. Felizmente, alguien le dio unos pedazos de pan y, agotado, llegó a la meta.





En 1799, con sus 13 años y con otros 16 niños de Dardilly, hizo su primera comunión en Ecully en casa del conde de Pingeón.

Eran tiempos difíciles y los niños llegaron por separado con su traje de diario. Ante las ventanas, colocaron grandes carros de hierba y heno y algunos campesinos fingían descargarlos, mientras adentro se celebraba la misa de primera comunión.
 
Su hermana Margarita dirá: Mi hermano estaba tan contento que no quería salir del lugar donde había tenido la dicha de comulgar por primera vez.

Podemos suponer que sintió un fervor especial, pues de mayor dirá: Cuando se comulga, se siente algo extraordinario... un gozo, una suavidad. No podemos menos de decir con san Juan: "Es el Señor". Oh Dios mío, ¡qué alegría para un cristiano, cuando, al levantarse de la sagrada mesa, se lleva consigo todo el cielo en su corazón!.



Fue un día glorioso en su vida. Y, pasados muchos años, enseñaba a los niños de Ars su rosario de primera comunión como un recuerdo precioso.

SEMINARISTA
 
A primeros de enero de 1811, después de casi un año, regresó a su casa ya libre. A los pocos días, el 8 de febrero, murió su santa madre a los 58 años de edad. Siempre la recordó con mucho cariño y decía que, después de haberla perdido, no se le había apegado más su corazón a cosa alguna de la tierra34. Su padre murió en 1819.

Regresó de nuevo a Ecully a continuar sus estudios con el padre Balley, alojándose, no ya en casa de su tía, sino del mismo párroco. A cambio de su manutención y alojamiento, hacía de empleado, sacristán, cantor y acompañante del párroco en sus salidas a los pueblos. Iba a cumplir 25 años. El 28 de mayo de 1811, recibió la tonsura, pasando así a pertenecer el estado clerical.
En 1812, el padre Balley lo envió al seminario menor de Verrières, pero un decreto del emperador hizo cerrar los Seminarios menores al finalizar el curso de 1812. Así que los 200 alumnos quedaron en la calle. Sin embargo, el cardenal Fesch, tío de Napoleón y arzobispo de Lión, tomó una resolución atrevida: Abrir de nuevo el Seminario de Verrières en el mayor secreto. Así pudieron regresar los 200 alumnos. También Juan María regresó al Seminario para hacer un año de filosofía. Como las clases eran en latín, no entendía ni las preguntas que le hacían. Años después dirá: En Verrières tuve algo que sufrir. Su consuelo eran las largas visitas a la capilla y su devoción a María. Al final del curso, que aprobó con mucha dificultad, regresó de vacaciones a Ecully a ver a su maestro, quien lo preparó para el ingreso en el Seminario mayor de san Ireneo de Lión. Después de cinco a seis meses en este Seminario, los directores, pensando que no podría salir adelante, le rogaron que se retirara.






Prácticamente, fue expulsado y él se quedó sin esperanzas de alcanzar el sacerdocio. Aquel día, al salir del seminario, fue a tocar la puerta de los Hermanos de las escuelas cristianas de Lión. No obstante, al regresar a Ecully con su maestro, éste le dijo que debía continuar en su empeño hacia el sacerdocio sin desanimarse, pues esa era la voluntad de Dios. Y continuó bajo la guía de su maestro, sufriendo y estudiando.
En sus tiempos de Ars recordaba: Cuando pienso en el cuidado que el buen Dios ha tomado de mí, mi corazón se llena de alegría... Cuando yo estudiaba, estaba lleno de tristeza (No dice la causa de esta tristeza, pero es probable que se refiera a la dificultad que tenía para aprender y el temor de no poder terminar sus estudios). Yo no sabía qué hacer y, al pasar por la casa de la señora Bibost se me dijo: "Estáte tranquilo, tú serás sacerdote un día". Otra vez, que estaba muy preocupado, escuché la misma voz que me dijo claramente: "¿Qué te ha faltado hasta ahora?"36.


A fines de mayo de 1814, a los tres meses de su salida, cuando iba a cumplir ya 29 años de edad, su maestro lo presentó a los exámenes para recibir

las órdenes menores. Parece que no supo contestar. Esa misma tarde regresó a Ecully. El padre Balley, al día siguiente, corrió a Lión a hablar con el vicario general que lo había examinado, decidiendo ir con él y el Superior del Seminario a examinarlo personalmente en el mismo Ecully, delante de su maestro.

Juan María esta vez contestó bastante bien las preguntas y quedaron satisfechos. En esos momentos, el cardenal Fesch de Lión se había refugiado en Roma junto al Papa, dado que ese año 1814, en abril, había abdicado su sobrino Napoleón, y quien dirigía la diócesis de Lión como administrador era Monseñor Courbon, que se inclinó por tener indulgencia con Juan María. Se limitó a preguntar:
- ¿Juan María es piadoso? ¿Es devoto de la Santísima Virgen? ¿Sabe rezar el rosario?

- Sí, es un modelo de piedad.

- Pues yo lo admito. La gracia de Dios hará lo que le falte37.


37 Padre Toccanier, P.
Con el Visto Bueno del nuevo responsable diocesano, recibió las órdenes menores y el subdiaconado el 2 de julio de 1814. Nuestro futuro santo siguió estudiando el curso de 1814-1815 junto a su maestro en Ecully. En mayo de 1815 fue de nuevo al seminario de san Ireneo de Lión y fue ordenado de diácono el 23 de junio.
Tuvo que sufrir otro examen especial para ser aceptado al sacerdocio, pero los ánimos ya estaban preparados y ya lo conocían bien. Por otra parte, según datos del padre Raymond, que fue su auxiliar, después de una hora de interrogatorio contestó muy aceptablemente los diferentes puntos de teología moral que le propusieron y fue aprobado. El 9 de agosto recibió de Monseñor Courbon las cartas testimoniales para que fuera ordenado sacerdote en Grenoble por el obispo de esa ciudad. En esas cartas testimoniales para su ordenación había una nota que decía: No se le dará de momento licencia para escuchar confesiones.




7.- SACERDOTE


El joven Juan María partió de Lión a Grenoble, caminando a pie los 100 kms que las separaban con el fuerte sol de agosto. En el camino fue detenido, insultado y maltratado por los soldados austriacos, ya que Francia estaba ocupada por los aliados después de haber sido derrotado Napoleón en Waterloo. Al fin,
llegó a su destino. El día 13 de agosto de 1815 fue ordenado sacerdote él solo por Monseñor Simón, obispo de Grenoble. No tuvo la compañía de ninguno de sus amigos o familiares, pero siempre recordará ese día y dirá en sus catequesis: ¡Oh, qué grande es la dignidad del sacerdote! Sólo se comprenderá en el cielo. Si se comprendiera en la tierra, se moriría, no de temor sino de amor38.


38 Esprit p. 85.
39 P.O., p. 1010.

40 Lassagne, Memoria 2, p. 8.


Después de celebrar en Grenoble la fiesta de la Asunción, partió a Ecully el 16 de agosto, donde había sido nombrado vicario coadjutor del padre Balley. A los pocos meses, su maestro obtuvo para él los permisos necesarios para confesar, y él mismo fue su primer penitente.
Su hermana Margarita Vianney declaró: El padre Balley me contó que un día le dijo: "Vete a ver a la señora N. a Lión. Es preciso que te prepares bien y con los pantalones nuevos que te han regalado". Él regresó en la tarde con unos malísimos pantalones, diciendo que había encontrado un pobre transido de frío y había tenido compasión y le había cambiado los pantalones nuevos por los viejos del pobre. También me contó que ya entonces cambiaba sus sandalias nuevas por las viejas. Mi padre le regañaba mucho por estas cosas39.


El 17 de diciembre de 1817 murió el padre Balley por una úlcera en la pierna que se le había gangrenado, después de recibir del padre Vianney los últimos sacramentos. Todos sus objetos de penitencia, sus libros y otras cosas se las dejó en herencia a su amado hijo espiritual, quien, aparte de los libros, lo único que conservó fue un espejo que siempre tenía encima de la chimenea de Ars, porque había reflejado el rostro de su amado maestro.
8.- ARS


Al morir su maestro, Monseñor Courbon lo nombró en 1818 capellán de la iglesia de Ars, dedicada a san Sixto. Al darle el nombramiento, le dijo: No hay mucho amor a Dios en ese pueblo, pero usted lo pondrá40.


Ars era un pueblecito de 230 habitantes, un anexo de la parroquia de Mizerieux. Llegará a ser parroquia en 1821. Se halla a 35 kilómetros de Lión en la comarca y distrito de Trevoux. Está ubicado en un declive de un reducido valle por donde corre el río Fontblin, que en verano sólo lleva un hilito de agua. En 1818 Ars aparecía pobre y con 40 casas construidas de tierra arcillosa esparcidas
por las huertas. Al fondo del valle estaba la mansión o castillo de la señorita María Ana Paloma Garnier des Garets, llamado la señorita de Ars o la castellana. Era soltera, de 64 años, muy rica, culta y piadosa. Su hermano, el vizconde Paul des Garets, vivía en París, pero la visitaba en Ars a menudo. Ambos ayudaron mucho económicamente al nuevo cura.

El clima del lugar era muy húmedo y el ambiente espiritual muy parecido al de otros lugares de la región, que habían sufrido lo embates de la persecución. El último sacerdote, durante la Revolución, había sido juramentado y se había retirado del sacerdocio, quedándose como comerciante entre sus feligreses, lo que contribuyó a una mayor pérdida del sentido cristiano. Después vino un ex–cartujo, el padre Juan Lecourt, que era muy severo y poco apto para animar a la práctica de vida cristiana. Él escribió en 1804 un reporte enviado al arzobispado de Lión sobre el estado espiritual del pueblo de Ars, en el que dice: Existe una escuela de niños de ambos sexos, dirigida por un habitante del lugar, que deja al sacerdote enseñar el catecismo a los niños, pero esto resulta muy difícil a causa de la estupidez y de la incapacidad de estos seres, cuya mayor parte no se distingue de los animales más que en el bautismo41. En este reporte se aclara que sólo las mujeres frecuentan los sacramentos, mientras que los hombres están muy alejados de las prácticas religiosas.


Entre 1806 y 1818 hubo otros dos

41 Reporte del estado espiritual y temporal de Ars, del 6 de
sacerdotes que pasaron sin pena ni gloria. El último sacerdote fue un joven de 27 años que murió de tuberculosis.

El padre Vianney, acompañado de la señora Bibost, ama de casa del padre Balley, hizo los 30 kms de Ecully a Ars a pie. Detrás venía un carro con sus libros heredados, una cama, algunas ropas y poco más.
Pasada la aldea de Toussieux, la niebla impedía ver el horizonte y preguntó a un niño pastor, llamado Antonio Givre, cuál era el camino a Ars. El niño se lo indicó y él le dijo: Tú me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al cielo42. Este hecho ha querido ser inmortalizado y en ese lugar se encuentra un monumento de bronce, recordando el suceso. De hecho, el padre Vianney le ayudó a ir al cielo a aquel niño, que fue el primero en morir después de él, 41 años después.

Al ver las primeras casas del pueblo, tuvo un presentimiento: Algún día esta parroquia no podrá contener a los que acudirán a ella43.
Y, en ese mismo
lugar, viendo de lejos la aldea, se arrodilló y rezó al ángel de la guarda de aquel pueblo44. Era el día 9 de febrero de 1818.


44 Padre
9.- SU PASTORAL


El santo cura de Ars tenía una personalidad atractiva, a pesar de que le gustaba la soledad y el silencio. Según los testimonios de los que lo conocieron, era pequeño de estatura y de carácter impulsivo. Tenía una mirada penetrante que parecía llegar al fondo del alma, pero no asustaba a nadie. Su mirada era dulce y serena. Su cara pálida por sus muchas penitencias y con el pecho inclinado hacia adelante como quien quiere escuchar a quien le habla. Y, según algunos, la sonrisa raramente se le quitaba de sus labios45.
Juana María Chanay recuerda que era muy alegre y en su conversación decía con gusto algunas palabras para hacer reír46. Sus ojos azules resplandecían como diamantes47. Su carácter nervioso le llevaba a estar siempre activo. Si no estaba en oración, debía estar haciendo algo. No quería nunca perder el tiempo.

El padre Tailhades declaró en el Proceso de canonización que el santo cura le dijo: Cuando yo estaba más libre en los cinco o seis primeros años, obtenía de Dios todo lo que quería para mí y para los otros... Me pasaba buena parte de la noche en la iglesia. Entonces, no había tanta gente como hay ahora y el buen Dios me daba gracias extraordinarias. En el altar yo recibía las consolaciones más especiales. Veía al buen Dios y no diré de una manera sensible, pero el buen Dios me hacía muchas gracias48.


A nivel personal, tenía sus devociones especiales cada día de la semana. El domingo adorar a la Santísima Trinidad; el lunes, para invocar al Espíritu santo y rezar especialmente por las almas del purgatorio. El martes era consagrado a los ángeles custodios. El miércoles a invocar a todos los santos. El jueves era el día de la Eucaristía (en unión con el domingo). El viernes día para pensar en la Pasión del Señor. El sábado era el día de la Virgen María49.

50 P.O., p. 595.


51 Antonio Mandy, P.O., p. 1348.
52 P.O., p. 634.


53 Proceso apostólico ne pereant, Nº 134, p. 73.

54 Archivo
se levantaba muy de mañana e iba a la iglesia a rezar de rodillas ante el Santísimo sacramento para pedir la conversión de sus feligreses. Decía: Dios mío, concededme la conversión de mi parroquia. Consiento en sufrir cuanto queráis durante toda mi vida, aunque sea durante cien años los dolores más vivos, con tal que se conviertan53.

Por las tardes se daba su paseo por el campo, rezando el breviario y el rosario, aprovechando para saludar y conversar con algunos de sus fieles. Algo que nunca dejó de hacer y que ya le había enseñado el padre Balley era darse disciplinas y ayunar. De modo que unía la oración al Santísimo, el rosario, el ayuno, la disciplina y la visita a sus feligreses. Ése era su método pastoral, que resultó muy eficaz. Por eso, cuando un sacerdote vecino le dijo que estaba desanimado, porque después de tanta oración la gente de su parroquia no se convertía, él le respondió: Usted ha orado, pero ¿ha ayunado, velado y dormido en el suelo? ¿Se ha disciplinado? Mientras no llegue a ello, no crea haberlo hecho todo54.


Además, usaba mucho las imágenes religiosas. Llevaba siempre en el bolsillo estampas, medallas y rosarios para regalar. Y todos los días daba catequesis al mediodía y rezaba el rosario en la iglesia por las tardes, de modo que la parroquia de Ars llegó a ser la mejor instruida de la comarca, gracias a sus desvelos y entusiasmo. Algo digno de mención es la importancia que daba a la celebración de la misa y a las fiestas parroquiales.

En la fiesta del Corpus Christi de 1819 hizo gastos considerables para vestir de blanco a los niños de la parroquia. Y les decía, mientras él mismo les
ponía la túnica: Cuando estéis delante de Jesús sacramentado, pensad que estáis delante de Dios y hacéis las veces de ángeles55.


55 Trochu o.c., p. 237.

56 Proceso
A los niños de primera comunión los reunía todos los días a las seis de la mañana antes de que fueran al campo a trabajar. Para atraerlos, les decía: "Al que llegue primero, le daré una estampa". Para ganarla había quien llegaba antes de las cuatro de la mañana56.

Juan Bautista Mandy, hijo del alcalde, declara que siempre que encontraba a un niño le sonreía y le decía palabras amables. Yo soy testigo de ello57.




Cuando sabía que algún feligrés estaba enfermo, iba a visitarlo, le daba buenos consejos y le mandaba remedios y hasta dulces. Y lo hacía con tanta gracia y bondad que uno estaba obligado a aceptar58.


Y, sobre todo, se dedicaba a orar ante el Santísimo y confesar. En años posteriores dirá que sufría mucho de frío en el confesionario en los días de invierno, añadiendo: Desde "Todos los santos" hasta Pascua no sentía los pies y, cuando salía del confesionario, debía palpar con mis manos si tenía piernas, porque no las sentía59. Por eso, algunos feligreses le colocaron un pequeño calentador en el confesionario sin que se diera cuenta60.

Al principio de su estadía en Ars, iba a la iglesia a las cuatro de la mañana y estaba en oración ante el sagrario hasta las siete, que era la hora de la misa. De tiempo en tiempo, miraba el sagrario con una tal expresión que hacía creer a los pobladores que él veía a Nuestro Señor61.


Cuando empezaron las peregrinaciones, su horario normal de trabajo era, a grandes rasgos, el siguiente: Desde la una de la mañana hasta las siete confesaba. A las siete, celebraba la misa. Después de la misa, entraba en la sacristía, bendecía objetos de piedad que le presentaban y recibía a miembros de las Cofradías. A continuación iba a la casa a tomar un pequeño desayuno, volviendo para confesar a los hombres en la sacristía hasta las once.

 
A las once daba catecismo unos tres cuartos de hora en la iglesia y se iba a confesar a las personas que tenían cita previa o a las que él llamaba. Después, tomaba su comida durante unos minutos, confesaba hasta las cuatro en la sacristía y seguía confesando hasta las siete.
A las siete subía al púlpito y rezaba el rosario, regresando a casa para descansar. El alcalde del pueblo, Antonio Mandy, se sentía tan contento que decía: Tenemos una iglesia pobre, pero tenemos un cura santo, que no es como los otros.






10.- LUCHA CONTRA LOS VICIOS
 
 
Hubo cuatro cosas fundamentales contra las que dirigió sus ataques: el trabajo dominical, los bailes, las blasfemias y las tabernas.
Decía: Yo conozco dos medios seguros para llegar a ser pobres: trabajar en domingo y robar63. En sus sermones les recordaba: Ustedes trabajan y trabajan, pero lo que ganan es la ruina del cuerpo y del alma. Si se le preguntara a quien viene de trabajar el domingo, ¿qué has hecho? Podría decir: "Yo vengo de vender mi alma al diablo, de crucificar a Nuestro Señor y de renunciar a mi bautismo".




Cómo se equivoca en sus cálculos aquel que trabaja en domingo con el pensamiento de ganar más dinero o hacer más trabajo. ¿Es que dos o tres francos podrán jamás compensar el error cometido violando la ley de Dios? Ustedes creen que todo depende del trabajo, pero puede venir una enfermedad, un accidente o una tormenta, una helada. El buen Dios tiene todo en sus manos... Él ha mandado trabajar, pero también descansar... El hombre no es sólo una bestia de carga, sino un espíritu, creado a imagen de Dios, que tiene necesidades materiales y espirituales. El hombre no vive solamente de pan, sino también de oraciones, de fe, de adoración y de amor.
 
 
La guerra contra el trabajo de los domingos le costó ocho largos años, pero al final lo consiguió. De esta manera, en Ars el domingo llegó a ser el día del Señor.






En todas sus prédicas luchaba contra los vicios e insistía mucho en acercarse a los sacramentos, hablándoles siempre de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Según todos los testimonios del Proceso de canonización, era mal predicador hablando humanamente. En ocasiones se perdía en el tema o se olvidada de lo que estaba hablando69. Su misma hermana Margarita decía: En mi opinión, no predicaba bien, pero cuando él predicaba se llenaba la iglesia.

Monseñor Convert le preguntó un día al señor Dremieux cómo predicaba el cura de Ars. Y le respondió: Hablaba mucho y casi siempre sobre el infierno... Daba frecuentes palmadas y se golpeaba el pecho. ¡Qué firmeza tenía! Decía: "Hay quienes no creen en el infierno". Pero él sí creía en él.

En una ocasión, aseguró haber preparado el sermón durante 15 horas y después se lo tuvo que aprender de memoria72. Como no podía disponer de tanto tiempo, hizo una novena al Espíritu Santo para que lo iluminara y, poco a poco, pudo improvisar y mejorar su memoria. Aunque nunca fue un buen orador, era claro y directo.

Les decía: Los malos cristianos llegan tarde a la misa y se quedan en la puerta sin hacer ni la más mínima oración. Hablan y ríen con sus vecinos. Están como en el mercado... ¡Qué pena!.




VIDA AUSTERA
 
El padre Vianney llevó toda su existencia una vida pobre y austera. Él se conformaba con tener en su casa una cama, una mesa, una silla, una olla, para cocer sus patatas diarias, y poco más.

La señora Renard, que tenía un hijo seminarista, becado por la señorita de Ars, le ayudaba en algo, al menos en lavar la ropa y limpiar la iglesia y la casa, pues no tenía ama de llaves.
 
Ella le preparaba, a veces, panecillos y patatas hervidas, que comía cuando tenía tiempo. Más de una vez hubo de regresar ella a su casa con el plato lleno, pues apenas comía . Y siempre le decía: No necesito nada, no vuelva hasta tal fecha. Solamente, cuando tenía visitas, le pedía que preparara algo bueno para los invitados.



Cuenta el padre Renard que, un día, su madre lo sorprendió cogiendo acederas (hierbas comestibles) en el huerto. Y le preguntó:

- Señor cura, ¿es que usted come hierbas? Y respondió:

- He intentado no comer más que esto, pero no he podido.
 
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Un día, Carrier, el párroco de Mizerieux, hablando de algunos santos que pasaban hasta ocho días sin comer, le preguntó: Señor cura, usted habrá hecho otro tanto. Y él respondió: No, amigo mío, lo más que he podido han sido tres días.

Y él era feliz así. Catalina Lassagne asegura que en una ocasión le oyó decir: ¡Qué feliz era cuando vivía solo! Cuando tenía necesidad de alimentarme, yo mismo hacía tres tentempiés. Mientras me comía el primero, hacía el segundo; y mientras comía el segundo, cocía el tercero; y éste lo comía mientras limpiaba la sartén y arreglaba la lumbre. Bebía un vaso de agua y con ello estaba satisfecho por varios días.



Una tarde no tenía nada que comer y se fue a pedir algunas patatas a las casas de los vecinos como un mendigo. En ocasiones, pedía prestado, cuando venían pobres a pedirle algo y no tenía nada.


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Siempre usaba sotanas viejas y descoloridas, lo que le criticaban mucho sus compañeros sacerdotes. En una oportunidad, en 1823, sus compañeros sacerdotes le compraron un pantalón nuevo de muy buena pana. Un sábado en la noche regresaba a su parroquia a pie y se encontró con un pobre casi desnudo a quien le cambió los pantalones. A los pocos días, le preguntaron si estaba contento con el regalo y dijo: Ah, sí, he hecho muy buen uso de él. Un hombre me lo pidió prestado a fondo perdido.

Normalmente no usaba nunca el sombrero eclesiástico y en sus salidas de viaje lo llevaba bajo el brazo. Nunca usó manteo ni anillos o cosas de valor. Como no tenía más que una sola sotana, una vez estuvo en un gran aprieto, pues regresaba de una parroquia cercana en plena lluvia y se había caído por el camino. Llegó con la sotana llena de barro. ¿Qué hacer? Se fue humildemente a casa de un querido feligrés, quien le prestó su ropa hasta que se secó su sotana en un buen fuego que preparó.


Su cama, según pudo constatar su hermana Margarita, estaba llena de sarmientos para hacer penitencia. Y, muchas veces, iba a dormir al granero en vez de dormir en su habitación. Todos los días se daba disciplinas (latigazos) para pedir a Dios perdón para los pecadores. Apenas dormía dos o tres horas y se levantaba a la una de la mañana para ir a confesar, cuando había penitentes esperándole.

Podemos decir que toda su vida fue una vida de penitencia por amor a Dios y por la salvación de los demás. Decía que por las noches sufría por las almas del purgatorio, y por el día sufría por la conversión de los pecadores.
 

EL DEMONIO
 
Dios permitió que el demonio lo asaltara con tentaciones y persecuciones de todo tipo para hacerle desistir de su labor pastoral. A veces, tenía tentaciones de desesperación, pensando que el Señor lo había abandonado; y el demonio le gritaba: Caerás al infierno. Por las noches, hacía ruidos molestos para despertarlo y no dejarle descansar. Al diablo le llamaba Grappin (palabra intraducible que podemos traducir como El garras). El diablo le llamaba a él comepatatas, pues durante muchos días era su único alimento, sobre todo, en los primeros años.

Dice el padre Chaland: Todo el mundo en Ars estaba convencido de que aquellos ruidos eran obra del demonio. Yo mismo jamás he dudado y ni la edad ni la reflexión han mudado mi parecer en este punto. No puede admitirse superchería alguna. Si algún bromista o personas interesadas en ello hubiesen intervenido en tales hechos, pronto hubieran sido desenmascarados.




Su confesor, el padre Beau, le preguntó un día cómo hacía para defenderse del maligno, y le contesto: Me vuelvo a Dios, hago la señal de la cruz y digo algunas palabras de desprecio al demonio. Por lo demás, he advertido que el estruendo es mucho mayor y los asaltos se multiplican, cuando al día siguiente ha de venir algún gran pecador98. Por eso, decía: El Garras es muy torpe, él mismo me anuncia la llegada de grandes pecadores.

Todas las noches, antes de dormir, acostumbraba leer algo de las Vidas de santos y, con frecuencia, darse algunas disciplinas (latigazos). Cuando comenzaba a conciliar el sueño, el diablo lo despertaba con gritos o fuertes golpes. El santo cura decía: Yo no le doy permiso para entrar, pero él entra sin permiso.

A veces, el maligno se presentaba como una bandada de murciélagos que llenaban su habitación o como ratones que recorrían su cuerpo, o como una mano que le tocaba la cara o hacía ruidos como el de un caballo o como el de un tropel de ovejas. Y, a pesar de que había noches que no le dejaba dormir, al llegar la hora, se levantaba para comenzar su labor. Sin una gracia especial de Dios, no hubiera podido sobrevivir así. Algunas veces, en las catequesis, les contaba las tretas de Satanás y cómo liberarse, orando, haciendo la señal de la cruz y usando el agua bendita. Y repetía: ¡Y todavía hay algunos que no creen en el infierno!

Un día le dice a Catalina Lassagne: Te contaré lo que me ha sucedido esta mañana. Tenía la disciplina (látigo para hacer penitencias) sobre la mesa. Y se ha puesto a caminar como una serpiente. Me dio un poco de temor. La tomé por el extremo y estaba tan dura como un pedazo de madera. La coloqué de nuevo sobre la mesa y volvió a caminar por tres veces.


El diablo variaba los medios de ataque. No se contentaba con hacer ruidos y tocar las puertas para no dejarle descansar. A veces, se ocultaba debajo de su cama y hasta debajo de su cabecera y, durante toda la noche, daba junto a su oído

gritos agudos o gemidos lúgubres o débiles suspiros, que, en ocasiones, eran como los estertores de un enfermo en agonía.
En una de las catequesis les decía: El demonio no es fuerte. basta una señal de la cruz para ponerlo en fuga. No hace ni tres días que hacía mucho ruido debajo de mi cabeza. Parecía que todos los coches de Lión viajaban por el suelo. Ayer por la tarde había una tropa de demonios moviendo mi puerta, hablaban como un ejército de austriacos. Yo no entendía nada. Hice la señal de la cruz y todos se fueron. Una noche me desperté sobresaltado. Yo me sentía elevar en el aire. Poco a poco, iba subiendo. De pronto, hice la señal de la cruz y "El Garras" me dejó.





El santo cura de Ars tenía en su habitación un cuadro de la Virgen María. La vista de esta imagen le daba alegría y le hablaba del más casto y divino de los misterios: la Anunciación. Viendo que el santo cura veneraba esta imagen, el diablo la ultrajaba, llenándola de barro y de suciedad. Había que lavarla y, al día siguiente, de nuevo aparecía igualmente manchada. Estos ataques cobardes sucedieron hasta que el padre Vianney, renunciando a sus consuelos, la sacó de ese lugar. Hay muchos testigos de estas profanaciones. La señora Renard vio este cuadro indignamente manchado. Dijo que la figura de la Virgen estaba irreconocible.

Un día de 1826, durante el jubileo de Sanit-Trivier-sur-Moignans, fue invitado con otros sacerdotes a ayudar. La primera noche se quejaron varios compañeros de ruidos extraños que provenían de su cuarto. Él les dijo que no tuvieran miedo que era el demonio. Ellos no le creyeron. Le dijeron: Usted no come, no duerme y tiene pesadillas. Él no les respondió, pero a la noche siguiente se oyó un ruido como de un carro que hacía temblar el suelo. Parecía que la casa se venía abajo. Se levantaron todos y fueron corriendo a la habitación del padre Vianney. Lo encontraron acostado tranquilamente en su cama, que manos invisibles habían arrastrado hasta el centro de la habitación. Les dijo: Es el demonio quien me ha arrastrado hasta aquí y ha causado todo el alboroto. No es nada, lo siento, pero es buena señal. Mañana caerá algún pez gordo (gran pecador).


Al día siguiente, todos quedaron asombrados al ver al señor de Murs, noble caballero, que se fue a confesar con él, pues hacía mucho tiempo que estaba alejado de la Iglesia. Su conversión causó una profunda impresión entre

los habitantes del pueblo. Y los sacerdotes empezaron a tomar en serio al santo cura de Ars, y no creer que era un pobre soñador.
Un día una mujer poseída fue al confesionario y con voz agria y fuerte, que todos escucharon, dijo: Levanta tu mano y absuélveme. Tú la levantas muchas veces por mí, pues yo estoy con frecuencia junto a ti en el confesionario. El santo cura le preguntó:


- Tu ¿quis es? (¿quién eres?)

- Magíster Caput (Maestro jefe), dijo el demonio.

- Ah, sapo negro, ¡cuánto me haces sufrir! Siempre dices que te quieres marchar, ¿por qué no te vas? Hay otros sapos negros que me hacen sufrir menos que tú.

- Yo he ganado a otros más fuertes que tú. Sin ésta (dijo una palabra grosera, refiriéndose a la Virgen) ya te poseeríamos, pero ella te protege y también ese gran dragón que está a la puerta de tu iglesia (La capilla de san Miguel y de los santos ángeles, que estaba a la puerta de la iglesia).

LA VIRGEN MARÍA
 
Ya hemos hablado de su devoción a María desde muy niño. Él recordaba: Cuando yo era pequeño, la amaba sin conocerla.

Catalina Lassagne declara: Yo le oí decir que había hecho dos votos a la Virgen santísima y que nunca había fallado. Uno era celebrar todos los sábados la misa en honor de la Virgen o, si no podía, hacerla celebrar para estar bajo su protección. El otro era decir cierto número de veces cada día: "Bendita sea la Santísima y Purísima Concepción de la Virgen María".


Cuando estaba de vicario en Ecully, había formado una Asociación en honor de la Inmaculada Concepción. Sus integrantes debían decir tres avemarías por la mañana, y un padrenuestro y un avemaría por la tarde… Cuando llegó a Ars, estableció también la Cofradía del santo escapulario y del santo rosario.
El 6 de agosto de 1823, dos terceras partes de la parroquia fue con él al santuario de la Virgen de Fourvière y allí consagró la parroquia a la Virgen. Dice Villier, que estuvo presente:

Salimos después de media noche y fuimos en procesión, precedidos de tres hermosas banderolas cantando y rezando el rosario. En Trevoux nos embarcamos en dos barcazas hasta Lión y nos dirigimos


en procesión a Fourvière. El padre Vianney celebró la misa y muchos de nosotros recibimos la comunión. Al regreso, los marineros de las barcazas empezaron a decir palabrotas. El padre Vianney se bajó de la barca con un pequeño grupo y fueron a pie hasta Neuville. De Neuville vinimos todos en procesión hasta Ars, a donde llegamos de noche146.

La consagración solemne de la parroquia a la Virgen tuvo lugar el 15 de agosto de 1836. Ese día, mandó hacer un cuadro para perpetuar el acontecimiento. Ese cuadro está a la entrada de la capilla de la Virgen.



Poco después, mandó hacer un corazón rojo, que está todavía suspendido en la estatua de la Virgen, con todos los nombres de los feligreses escritos y colocados dentro del corazón. Yo me acuerdo con mucha alegría de ese día. El señor cura leyó desde el púlpito los nombres de los feligreses escritos y después los colocó en el corazón de la Virgen.

También comprometió a todos los feligreses a conseguir una imagen de María. En la base de la imagen debía estar escrita la consagración de la familia con sus nombres, empezando por el jefe de familia. El santo cura las firmó. Esta práctica se extendió también a los forasteros que lo deseaban para sus familias.

La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (el 8 de diciembre de 1854) fue para él una inmensa alegría. En acción de gracias mandó hacer un ornamento que costó 1.400 francos. Quiso que la iglesia estuviese adornada con los más bellos adornos. Hubo iluminación por la tarde en la iglesia y en las casas. Se tocaron las campanas hasta el punto que llegó gente de las parroquias vecinas, pensando que había incendio. Y el mismo padre Vianney se paseó con su auxiliar por la tarde a la luz de las antorchas, que rodeaban la iglesia y los alrededores.



A todos sus feligreses les aconsejaba rezar el avemaría al dar la hora. A las madres de familia les recomendaba consagrar a sus hijos por las mañanas, diciendo un avemaría.

Durante el tiempo en que el cólera hizo estragos, hizo acuñar una medalla, representando a la Virgen en su Inmaculada Concepción, con una flor
de lis a cada lado y la inscripción en el reverso: "Oh María, sin pecado concebida, presérvanos de la peste".

Dice el padre Renard: La Virgen María se le apareció muchas veces. La primera vez tuvo lugar en la sacristía. Una persona se acercó para hablarle y vio una bella señora que hablaba con él. Ella se retiró para no interrumpir la conversación. Esperó un largo rato a la puerta y la señora no salió. Habiendo perdido la paciencia, tocó la puerta. El padre Vianney le abrió y la hizo entrar, pero él estaba solo. Preguntó dónde estaba la señora y él le respondió:

- ¿Usted la ha visto?

- Sí, pero, viendo que tardaba mucho en salir, he perdido la paciencia.

- No hable a nadie de esto. Esa señora no saldrá. Era la Virgen María, ¡Qué feliz es usted de haberla podido ver! Ámela mucho.

El mismo padre Renard refiere: Una noche, el diablo le había maltratado mucho. De pronto, una luz resplandeciente ilumina su modesta habitación y dos personas se acercan a su lecho y lo consuelan y animan... Eran Jesús y la Virgen María. Al día siguiente, una buena viuda fue a arreglarle la cama y caminaba sobre las dos baldosas sobre las que habían posado sus pies el Señor y su madre. El santo cura que la vio, hizo un movimiento de sorpresa. La viuda le preguntó qué pasaba. Él contestó:

- Oh, usted debería quitarse los zuecos por caminar por ahí.



Le mostró las dos baldosas y añadió:

- Esta noche han venido a consolarme Jesús y María. El demonio casi me había matado. Y ellos han puesto sus pies sagrados ahí.



La piadosa señora se prosternó y besó las baldosas respetuosamente... Pero él le rogó de no decir a nadie lo que le había revelado. Ella guardó el secreto, pero no pudo menos de contármelo, porque era mi madre.

Con frecuencia recomendaba: Amad a María.
Ninguna gracia nos viene del cielo por medio de ella.


 
A los hombres, que se confesaban en la capilla de san Juan Bautista, les regalaba un rosario y les pedía que llevaran siempre el rosario y lo rezaran. Les decía: Un buen cristiano va siempre armado con su rosario. El mío jamás me deja.



A sus penitentes les imponía una pequeña penitencia y decía: Yo les impongo una pequeña penitencia y lo que falta, lo hago yo por ellos.


Ahora bien, era exigente y exigía indicios suficientes de conversión. A una señora de Paris le ordenó quemar todos los malos libros de su biblioteca antes de recibir la absolución.

Como tenía largas colas de penitentes, solía ser breve, iba directamente al grano sin dar mayores explicaciones. Cuando no decían algunos pecados, él se los recordaba por el don sobrenatural de discernimiento de espíritus. A veces, sólo decía expresiones cortas como: ¡Qué desgracia! ¡Ame a nuestro Señor! ¡Si no evita tal ocasión, se condenará! ¡Tenga piedad de su pobre alma!
En las catequesis les decía: Si tuviéramos fe y viéramos un alma en pecado mortal, moriríamos de terror. El alma en estado de gracia es como una blanca paloma. En estado de pecado mortal, sólo es un cadáver maloliente, una carroña.


Los pecadores se parecen a los hombres que se atrevieran a jugar con un cadáver y tomaran en sus manos los gusanos de su tumba para divertirse con ellos como con una flor183. ¡Ultrajar a Dios, que nos ha creado y nos ha hecho tanto bien, es el colmo de la ingratitud!

Hace falta arrepentirse. Al momento de la absolución, el buen Dios echa nuestros pecados detrás de nuestras espaldas, es decir, los olvida, los aniquila y ya no aparecerán jamás185. Cuando el sacerdote da la absolución, sólo hay que pensar en una cosa: que la sangre del Cristo corre por nuestra alma para lavarla, purificarla y hacerla tan bella como era después del bautismo.



ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE
 
 
El 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto al levantarse, pero bajó a la iglesia de madrugada. En el confesionario sintió ahogo y tuvo que salir a descansar. La fiebre le abrasaba. A las once, antes de dar el catecismo, pidió a Pedro Oriol un poco de vino, que sorbió para recuperar fuerzas. Subió al púlpito, pero no se le entendía nada. Por la noche llegó a la casa parroquial todo encorvado y enfermo. Al llegar a la escalera tuvo un pequeño desmayo. Lo llevaron a su habitación y pidió que lo dejaran solo. Hacia la una de la noche llamó y le dijo a Catalina Lassagne, que estaba velándolo en una habitación vecina: ¡Es mi pobre fin!


Catalina llamó al hermano Jerónimo. El padre Vianney pidió que llamaran a su confesor, pero le contestó fray Jerónimo:

- Voy a llamar al médico.

- Es inútil, el médico no hará nada.

Llegó el médico y su confesor el párroco de Jassans, padre Luis Beau. Algunos peregrinos pudieron llegar hasta su habitación para confesarse o recibir la bendición. Él se confesó con el padre Beau.


La enfermedad hizo rápidos progresos. En la iglesia todos rezaban por su salud. Para aliviarle un poco, pues el calor era insoportable, algunos feligreses tendieron unas sábanas empapadas de agua que tendieron sobre el tejado y que mojaban a intervalos. La abnegación de todos fue admirable.
En la mañana del día dos de agosto, le anunciaron la visita del médico. Entonces le dijo a Catalina Lassagne: Me quedan 36 francos, dáselos al doctor, pero dígale que no venga más, porque no tendría con qué pagarle. El padre Toccanier, su vicario, le manifestó sus temores para el porvenir, ya que no había dinero para la iglesia de santa Filomena y el gobierno no daba el permiso para hacer una lotería. Él le dijo: ¡Ánimo, amigo mío, sólo pasarán tres años!231 A los tres años, el padre Toccanier reunió el dinero suficiente para construir la nueva iglesia.


231 Toccanier,
Ese día dos de agosto, el confesor le administró la unción de los enfermos y la comunión, trayéndola en procesión con unos 20 sacerdotes desde la iglesia. Era un espectáculo conmovedor.
El día tres, llegó el señor Gilberto Raffin, notario de Trevoux, con cuatro testigos para preguntarle dónde quería ser enterrado. Respondió: En Ars, pero mi cuerpo no vale gran cosa. Y se redactó un testamento que el santo no pudo firmar232.

Ese mismo día tres, llegó el obispo de Belley, Monseñor Langalerie. El padre Monni declara: Momentos antes de morir, su respiración se hizo más lenta y débil. Leí las oraciones de la recomendación del alma. Le apliqué la santa cruz a sus labios y la besó. Al momento en que decía: "Al paraíso te lleven los ángeles y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén", sin agonía, sin lucha, sin temblores, su respiración se acabó y se durmió apaciblemente en el Señor. Eran las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859233. En ese momento, había una gran tempestad de truenos y relámpagos sobre Ars. El padre Vianney tenía 73 años y hacía 41 que era cura de Ars.

Las campanas de Ars tocaron a muerto. Todos lloraban y decían: Nuestro santo cura ha muerto. Las parroquias vecinas también tocaron sus campanas para unirse al duelo de todos. El telégrafo llevó la noticia a todas partes del mundo y las multitudes se pusieron en marcha hacia Ars.

El santo había manifestado su deseo de que no lo desnudaran después de muerto para que no observaran sus espantosas maceraciones, y cumplieron su deseo. A las cinco de la mañana, revestido con sotana y roquete y con la estola pastoral, su cuerpo fue expuesto en una sala de la planta baja. Su rostro aparecía tranquilo y sereno como si estuviese vivo234.
 
Se tuvo la precaución de poner a buen recaudo todos los objetos que le pertenecieron, pues podían llevárselos como reliquias. Y comenzó el desfile de la gente, sin interrupción, durante dos días, con ayuda de los gendarmes para guardar el orden. Algunos voluntarios pasaban objetos de piedad sobre su cuerpo como reliquias. Un fotógrafo pudo conseguir por primera vez unas fotos del santo cura.
 
Las exequias fueron el sábado seis de agosto. En el pueblo no había víveres para tantos y tuvieron que pasar la noche al raso. A las exequias, asistieron 300 sacerdotes y 6.000 fieles. Se paseó su cuerpo por las principales calles del pueblo. Al llegar a la plaza, el obispo hizo el panegírico y después vino la misa de Réquiem. Todos guardaron estricto silencio, dentro y fuera de la iglesia, donde estaba la inmensa mayoría. Después del responso, su cuerpo fue depositado en la capilla de san Juan Bautista, delante del confesionario donde había confortado a tantas personas. Allí fue velado solamente por sus feligreses. El día 16, su cuerpo fue descendido a una fosa abierta en el centro de la iglesia. Sobre la tumba, cubierta con una lápida de mármol negro, se grabaron las palabras: Aquí yace Juan María Bautista Vianney, cura de Ars. Con el correr del tiempo, las pisadas de los peregrinos borraron las palabras de la inscripción. Allí permanecieron sus restos desde 1859 hasta 1904.

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