Me ha llamado la atención el texto De los sermones de san Quodvultdeus, obispo, por lo que os quiero ofrecer sus consideraciones en primer lugar: Sermón 2 sobre el Símbolo
¿Qué temes, Herodes, al oír que ha nacido un Rey? Él no ha venido para expulsarte a ti, sino para vencer al Maligno. Pero tú no entiendes estas cosas, y por ello te turbas y te ensañas, y, para que no escape el que buscas, te muestras cruel, dando muerte a tantos niños.

Ni el dolor de las madres que gimen, ni el lamento de los padres por la muerte de sus hijos, ni los quejidos y los gemidos de los niños te hacen desistir de tu propósito. Matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón. Crees que, si consigues tu propósito, podrás vivir mucho tiempo, cuando precisamente quieres matar a la misma Vida.
Pero aquél, fuente de la gracia, pequeño y grande, que yace en el pesebre, aterroriza tu trono; actúa por medio de ti, que ignoras sus designios, y libera las almas de la cautividad del demonio. Ha contado a los hijos de los enemigos en el número de los adoptivos.
Los niños, sin saberlo, mueren por Cristo; los padres hacen duelo por los mártires que mueren. Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar. He aquí de qué manera reina el que ha venido para reinar. He aquí que el liberador concede la libertad, y el salvador la salvación.
Pero tú, Herodes, ignorándolo, te turbas y te ensañas y, mientras te encarnizas con un niño, lo estás enalteciendo y lo ignoras.
¡Oh gran don de la gracia! ¿De quién son los merecimientos para que así triunfen los niños? Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la victoria.
Hoy celebramos la fiesta de los Santos Inocentes, mártires. Metidos en las celebraciones de Navidad, no podemos ignorar el mensaje que la liturgia nos quiere transmitir para definir, todavía más, la Buena Nueva del nacimiento de Jesús, con dos acentos bien claros. En primer lugar, la predisposición de san José en el designio salvador de Dios, aceptando su voluntad. Y, a la vez, el mal, la injusticia que frecuentemente encontramos en nuestra vida, concretado en este caso en la muerte martirial de los niños Inocentes. Todo ello nos pide una actitud y una respuesta personal y social.
San José nos ofrece un testimonio bien claro de respuesta decidida ante la llamada de Dios. En él nos sentimos identificados cuando hemos de tomar decisiones en los momentos difíciles de nuestra vida y desde nuestra fe: «Se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto» (Mt 2,14).
Nuestra fe en Dios implica a nuestra vida. Hace que nos levantemos, es decir, nos hace estar atentos a las cosas que pasan a nuestro alrededor, porque —frecuentemente— es el lugar donde Dios habla. Nos hace tomar al Niño con su madre, es decir, Dios se nos hace cercano, compañero de camino, reforzando nuestra fe, esperanza y caridad. Y nos hace salir de noche hacia Egipto, es decir, nos invita a no tener miedo ante nuestra propia vida, que con frecuencia se llena de noches difíciles de iluminar.
Estos niños mártires, hoy, también tienen nombres concretos en niños, jóvenes, parejas, personas mayores, enfermos... que piden la respuesta de nuestra caridad. «En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan a la sensibilidad cristiana. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad, que se despliegue no sólo en la eficacia de las ayudas prestadas, sino también en la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con el que sufre».
Que la luz nueva, clara y fuerte de Dios hecho Niño llene nuestras vidas y consolide nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.

Quisiera que no olvidáramos una sociedad que desde las Naciones Unidas, pasando por Gobiernos, y sociedades llamadas cristianas, pero que no lo son, abogan por los multitudinarios crímenes de niños inocentes, diariamente, por el aborto. Tratan por todos los medios de acallar conciencias y de engañar a la opinión pública, que cada vez con más fuerza exige el martirio de los Inocentes, como un "derecho", la defensa de la vida está tan minimizada, que partiendo de la profanación de la vida de los propios hijos, hemos seguido en todas las monstruosidades que cada día escuchamos, han ido creando un conformismo a través de unos manipuladores y mal intencionados medios de comunicación que hacen creer con sus diarias malas noticias, que las actitudes buenas son casi inexistentes y que lo cotidiano y normal es toda clase de crímenes y desenfrenos.
El cristiano tiene el deber de predicar el Evangelio única respuesta a la mentira del mundo, que tiene un príncipe inspirador: el demonio, que tiene como meta apartar al hombre de Dios y hacerle perder la Salvación.
Triste panorama del mundo que tiene la mayor parte de los recursos y que por crueldad y egoísmo es capaz de cerrar su futuro por la falta de descendencia; sociedades envejecidas, arrugadas no sólo por los años, sino por la fealdad de sus crímenes. Es triste que haya además tanta ceguera ante algo tan objetivo claro y que está dentro del espíritu humano inscrito por el mismo Creador....
¿Cómo maximizar y aterrarnos por la matanza de unas cuantas decenas de niños, y no sentimos repugnancia y terror por la querida y aceptada muerte diaria de millones de niños inocentes?
Un día se levantará Herodes y señalará a nuestra Sociedad diciendo, que nuestros crímenes son infinitamente mayores que el suyo, que nuestra maldad, le ha hecho menos despreciable y condenable.

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