22 enero 2016

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA - V. ORDO - 24 DE ENERO




Con el tiempo de Septuagésima comienza el segundo ciclo del año eclesiástico. El ciclo de Navidad está centrado en el nacimiento del Salvador; el ciclo de Pascua en su Pasión y Resurrección. En uno y otro se trata el mismo tema; es decir, de la transformación radical de nuestra vida con la venida de Cristo a este mundo. Eramos pecadores y enemigos de Dios, y Cristo ha hecho de nosotros hijos de Dios, que ´participan de su propia vida; nos hemos convertido en coherederos de su reino. Pero mientras Navidad es la salvación que baja de lo alto, la transformación de nuestra vida por el misterio de la encarnación del Verbo, Pascua es la redención de los hombres, adquirida al precio de la cruz. Aquí, el Salvador entra en lucha con el demonio y las potestades del mal para triunfar, aplastar a Satanás, resucitar glorioso y llevarnos consigo a la patria del cielo. Así pues, el periodo litúrgico que se abre con Septuagésima y que se extenderá hasta el fin de la Cuaresma se presenta como un periodo de lucha y esfuerzos que debemos afrontar con Cristo y que terminará gracias a él, con la victoria y la alegría triunfal de la Pascua. En la mañana de Pascua, en la tumba de Cristo brotará la vida nueva de los bautizados, resucitados con él.
En el Tiempo de Septuagésima, que abre el ciclo de Pascua, entra de lleno en el tema de la liturgia de Cuaresma y del Tiempo Pascual, a saber: el paso de la humanidad del estado de decadencia y esclavitud a que le redujo el pecado a una regeneración y una liberación que sólo Dios puede concederle. La liturgia, pues, comienza introduciéndonos en las profundidades de la decadencia humana. En maitines -el oficio de lecturas que rezan los clérigos- relee el Antiguo Testamento para que adquiramos conciencia de nuestra miseria. El primer domingo recuerda el pecado original con la caída de nuestro primer padre: Adán  (Septuagésima). Luego viene el cuadro lamentable de sus consecuencias funestas, con la perversión de los hombres y el diluvio universal, que es su castigo: Noé (Sexagésima). El gesto de Abraham preparándose para inmolar a su hijo presagia el sacrificio que va a exigir Dios de su propio Hijo, en expiación de las transgresiones cometidas por la humanidad (Quincuagésima). En la misa, después de un angustioso, aunque confiado llamamiento al socorro divino (introito de los tres domingos), hallarnos en las epístolas de san Pablo una apremiante invitación a la fidelidad y al esfuerzo, así como a la caridad, de la que hace un elogio admirable. Vienen luego los evangelios, llenos totalmente de la esperanza de la salvación. La parábola de los obreros de la viña muestra que la redención se extiende a todas las edades; la del sembrador que llega a todo hombre que recibe la palabra de Dios; la curación, del ciego de Jericó, que sigue al anuncio de la pasión, proclama ya el paso de las tinieblas a la luz. Esta liturgia, en que la miseria y la extensión del pecado imploran la redención anunciada, sirve de introducción admirable a la Cuaresma y a la liberación pascual.

Normas para el tiempo de septugésima:
  • se suprimen todos los Aleluya del oficio y de la misa hasta la misa de la noche de Pascua. En la misa del domingo y de las fiestas de los santos se recita o canta el Tracto en su lugar.
  • En las misas del domingo no se dice Gloria, pero si Credo.
  • Se sigue diciendo Prefacio de la Trinidad los domingos y en las ferias el común.
  • En las fiestas se dice Gloria, tracto y prefacio propio o común. 

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
(II clase, morado)
Sin Gloria. Tracto, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.  

Introito – Me cercaron angustias de muerte; dolores de infierno me rodearon: y en mi tribulación invoqué al señor, y Él oyó mi voz desde su santo templo. - Ps. Te amaré Señor, fortaleza mía: el Señor es mi fortaleza y mi refugio, y mi libertador. V. Gloria al Padre.



Oración-Colecta. Te rogamos, Señor, escuches benignamente las oraciones de tu pueblo, haciendo que los que nos sentimos justamente atormentados a consecuencia de nuestros pecados, seamos salvos misericordiosamente para honra de tu nombre. Por Jesucristo Nuestro Señor.

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los . Corintios (IX, 24-27; X, 1-5) Hermanos: ¿No sabéis que los atletas que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero uno sólo alcanza el premio? Corred vosotros de tal manera que lo alcancéis. Todo el que quiere luchar, de todo se abstiene: y esto hácelo por recibir una corona corruptible: en tanto que nosotros aspiramos a una incorruptible. Por eso yo corro no como quien corre a la aventura: y peleo, no como quien azota al viento; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, temeroso de que, después de predicar a los demás, resulte yo reprobado. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos a la sombra de la nube en el desierto, y todos pasaron el mar,l y todos dirigidos por Moisés, fueron bautizados en la nube y en el mar: y todos comieron un mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual (porque bebían de una piedra misteriosa que los iba siguiendo, piedra que era figura de Cristo): mas aun así, muchos de ellos desagradaron a Dios.

Resultado de imagen de el pueblo judio atraviesa el mar y en el desierto beben del agua sacada de la piedra 

Gradual - Tú eres, oh Señor nuestro socorro en los trances difíciles y en la tribulación: esperen en Ti los que te conocen, porque no abandonas a los que te buscan. V. Porque el desvalido no será siempre olvidado: la paciencia de los afligidos no se verá frustrada para siempre: levántate, Señor, y que no triunfe el hombre impío.

Tracto - Desde lo más profundo he clamado a Ti, Señor: Señor, oye mi voz. V. Presta oídos a la oración de tu siervo. V. Si tienes en cuenta nuestras culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir delante de Ti? V. Pero en Ti se encuentra el perdón, y confiado en tus palabras espero en Ti, oh Señor.


+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (XX, 1-16) - En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: semejante es el reino de los cielos a un hombre, padre de familias, que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña. Y habiendo convenido con los trabajadores en un denario por día, los envió a su viña. Y saliendo a eso del a hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré el salario justo. Y ellos fueron. Volvió a salir a eso de la hora de sexta y de nona, e hizo lo mismo. Salió por fin a eso de la hora de vísperas, y vio a otros que se estaban allí, y les dijo: ¿Qué hacéis aquí, todo el día ociosos? Y ellos le respondieron: Porque ninguno nos ha contratado. Díceles: Id también vosotros a mi viña. Y al llegar la noche, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los trabajadores, y págales su jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Cuando vinieron los que habían ido a eso de la hora de vísperas, recibieron cada cual un denario. Y cuando llegaron los primeros, creyeron que recibirían más; pero no recibió sino un denario cada uno: Y al recibirlo murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos últimos sólo han trabajado una hora, y los has igualado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor. Mas él respondió a uno de ellos, y le dijo: Amigo, no te hago ningún agravio: ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete: pues yo quiero dar a este último tanto como a ti. ¿O es que no puedo yo hacer de lo mío lo que quiero? ¿Acaso tu ojo es malo, porque yo soy bueno? Así que los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los escogidos. - Credo



Miseria del hombre encadenado con cadenas de muerte y que, en su angustia, implora la salvación. Se acabó el paraíso terrenal, viña bendita del Señor: espada de fuego nos impide tu entrada desde el primer pecado y la seducción de la serpiente maldita. Tiempo es éste de trabajo y sufrimiento de penitencia y plegarias. ¡Ah Señor!, no dejes de darnos en el cielo un paraíso más hermoso.



Arrojado del paraíso terrestre en que Dios le había colocado, siente el hombre su profunda miseria e implora la misericordia divina.


El sufrimiento y la muerte, consecuencia del pecado, pesan sobre nosotros. Y bajo la carga de estas miserias, todos, con la Iglesia, nuestra madre, al frente, elevamos al Señor nuestros gritos de socorro. Grande es la desolación del hombre y persistirá sin remedio si tan pronto como cayeron nuestros primeros padres no nos hubiese Dios prometido un Salvador; a este Salvador guía la Iglesia nuestras miradas. Con ella caminamos hacia Pascua. Al mismo tiempo que nos hace tomar conciencia de nuestro infortunio, infunde en nuestras almas toda la fuerza de la esperanza cristiana, fundada sobre la fe en Cristo redentor. Nosotros debemos aceptar las leyes de nuestra redención. La salvación es un don gratuito que adquiere para nosotros el Salvador; pero a condición, sin embargo, de que, respondiendo a la invitación divina, acudamos a trabajar en la viña del padre de familias.



La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre la idea «Dios hace gracia a quien quiere»: Tito III,4-7 y 2Timoteo I,9, y toda la exposición de Romanos IX a XI (problema del repudio de los judíos en favor de los gentiles). Nótese, entre otras, las citas de Éxodo XXXIII,19 y de Oseas II,1,25. Recordar la gratuidad de la elección en la historia de Esaú y Jacob (Génesis XXV,19-28; XXVII,1-45 – Malaquías I,2-3), en la elección divina de David, el más joven de la familia (1Reyes XVI,1-13), en la predilección de Jacob por Efraím, el benjamín de José, con preferencia a Manasés, su primogénito (Génesis XLVIII,1-20). Para entrar bien en el misterio de la gracia, ver de nuevo las parábolas del amor divino (Lucas XV) y la del fariseo y el publicano (Lucas XVIII,9-14; a este respecto, ver también lo que se dice en el 10º domingo después de Pentecostés); leer también, entre otros muchos textos que no se pueden citar, Romanos VIII, que canta maravillosamente el amor de Dios hacia nosotros. Ver igualmente el 15º domingo después de Pentecostés (la ternura divina) y la fiesta del Sagrado Corazón. Conclusión moral de todo esto: Puesto que el salario se da igualmente a todos por pura bondad, no hay por qué gloriarnos de las obras o ventajas según la carne (Romanos IV,2-8 – 1Corintios I,26-31; III,18-22 – 2Corintios XI,30; XII,5-10 – Efesios II,8-10 – Filipenses III,4-11).


Sobre la afirmación de Cristo «Los últimos serán los primeros»: Nótese que se encuentra igualmente en el versículo que procede inmediatamente a este pasaje, al fin de la promesa de Jesús a los que lo han abandonado todo por seguirle (Mateo XIX,27-30, en cotejo con 1Corintios IV,9-13, en donde nos dice san Pablo que los apóstoles son los «últimos» a los ojos del mundo).


Siguiendo la sagrada liturgia, se leerá con provecho el salmo CXXIX, del que una gran parte se halla en la misa de hoy.



Lectura de la Biblia. Génesis I,1 a II,3; II,7 a III,24; IV,1-16. Tomado del Misal Diario latín-español.



En el Cielo, no existe la envidia. Todos son completamente felices. Lo que debemos buscan mientras estamos en este mundo es un incremente en nuestra caridad. No debemos pensar en qué es lo menos que podemos hacer para recibir mayor recompensa, por el contrario, debemos considerar como podemos lograr lo máximo por medio de la caridad y aún así considerarnos merecedores del lugar menos importante del Cielo.

El pensar y actuar del trabajador católico es muy diferente al del trabajador mundano. Este busca hacer lo menos posible y recibir la mayor recompensa. Los escuchamos decir que quieren trabajar cuando en realidad lo que quieren es menos trabajo, mayores ingresos y mejor posición. Con la prevalencia de esta forma de pensar tenemos como resultado mayor egoísmo, frio y calculador. La falta de respeto los unos por los otros en nuestras acciones diarias muestran esta lamentable situación.

El ideal del católico es constantemente estar laborando por el amor de Dios.

Purifica y santifica su trabajo de esta manera. Al hacer esto destruye muchos vicios detestables como la avaricia, la envidia, los celos etc. Esta ética, motivante del trabajo, es sólo una muestra insignificante de la ética espiritual que lo mueve a hacer pensar y hablar de esta manera.

Estos son los obreros que son llamados a laborar en la viña del Señor. Algunos son llamados primero porque así han recibido esta gracia. Muchos ni siquiera escuchan la invitación porque en realidad no están buscando colaborar. Muchos escucharán esta parábola y empezaran con un plan frio y calculador para ver cómo se puede estar entre los elegidos y laborar sólo una hora. No tienen amor real por Dios, ni por Su trabajo ni viñedo. Este egoísmo sin caridad más bien les impedirá su entrada al Reino de los Cielos.





No enfoquemos nuestro esfuerzo en la recompensa que habremos de recibir, ya que en toda honestidad no somos merecedores de esta, por la insignificante actividad que hacemos, por el contrario, merecemos castigo por ser obradores no productivos.

En lo que si debemos enfocarnos es en servir y amar a Dios con todo nuestro ser, cada instante de nuestra vida. De esta manera se vuelve un placer servir a Dios en todas circunstancias placenteras y dolorosas. Encontramos gozo en la bondad de Dios ya sea manifiesta directamente sobre nosotros o los demás. El ciervo bueno y fiel encuentra placer al ver que Dios es complacido, independientemente de su interés personal. El amor lo ha hecho olvidarse de sí mismo.

De esta manera seremos amados por Dios y no sólo se nos ofrecerá laborar en Su Viñedo, sino que encontraremos la recompensa eterna con Él, en el Cielo.
 
 


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