22 enero 2016

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C- 24 DE ENERO -N. O.

. En el principio de la vida pública de Jesús de Nazaret se acerca a Nazaret, a su pueblo, y allí les revela que la profecía de Isaías sobre el Ungido de Dios se cumple en ese momento. Actúa, al leer texto bíblico, como Maestro por primera vez allí. Pero lo importante es que el texto de Isaías le define como liberador del pueblo. Él nos libera de nuestras ataduras y nuestros miedos. Nunca como hoy, en estos tiempos malos, necesitamos la misericordia, la cercanía y la liberación total que nos ofrece Jesús. Confiemos en su Palabra y demos más sentido a nuestras vidas.

 Nehemías nos va a decir que estemos alegres, que no estemos tristes. Y no hay mejor recomendación previa para escuchar la Palabra de Dios. Refiere el texto de nuestra primera lectura la lectura solemne de la Ley en el Templo de Jerusalén, reconstruido a la vuelta del exilio de Babilonia



 El salmo 18 nos marca un contenido histórico y doctrinal que interesa reseñar. Los versículos que se van a proclamar narran precisamente las excelencias de la Ley de Moisés y su uso litúrgico en el Templo. Y hay un trasfondo de entrega de oración humilde por parte del pueblo que reconoce la majestad de Dios. Esto, sin duda, también es muy indicado para nosotros en nuestros tiempos.


 El mensaje principal de nuestra segunda lectura, que procede de la Carta los Corintios es que la alegría es una consecuencia clara de la cercanía del Señor. Pablo, el gran Pablo, nos va a contar, como sólo él sabe hacerlo, esa organización prodigiosa que es la Iglesia, nuestra Asamblea, y que está basada en la coordinación neurológica y maravillosa que tiene el cuerpo humano. Sabiendo que Cristo es nuestra cabeza.

 El evangelio de Lucas recoge la confirmación de Jesús –con palabras de Isaías—que él es nuestro libertador. Narra Lucas con precisión cinematográfica la escena de la sinagoga de Nazaret. Es el principio de la vida pública de Jesús ya se vislumbran los problemas que tendrá que sufrir nuestro Maestro a lo largo de toda su vida.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1,1-4; 4, 14-21):
Excelentísimo Teófilo:
Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él.
Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»



Celebrar y vivir la Palabra de Dios. Llama la atención la forma en que el pueblo celebra la presentación del Libro de la Ley en tiempos del profeta-sacerdote Esdras y del gobernador Nehemías. Esdras concluye la proclamación de la Ley con una alabanza al Señor, y todo el pueblo responde con una aclamación y un asentimiento a la voluntad del Señor, alzando las manos y diciendo amén, amén. Es la renovación de la Alianza: Dios da su palabra y el pueblo se compromete a cumplirla. Su futuro depende de que así sea. Esdras y Nehemías animan al pueblo para que no se aflija y se alegre en el Señor. Porque el Señor es la fortaleza de Israel. La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también en un mismo banquete para celebra la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yahvé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad implica necesariamente la reconciliación entre los hombres y la acogida a los pobres a los que ama el Señor. Cada domingo lo que escuchamos en las lecturas debería ser "palabra de vida", de tal manera que, al escuchar lo que Dios nos dice, intentemos llevarlo a la práctica durante toda la semana.
«Destinados a proclamar las grandezas del Señor» (1 Pe 2,9). La pluralidad de miembros en la Iglesia es la pluralidad de miembros incorporados a Cristo. La Iglesia sólo es cuerpo en la medida que es cuerpo de Cristo. De él recibe la Iglesia su unidad y su pluralidad. Porque él es el principio rector y organizador, la plenitud de la que participan todos los miembros, cada uno según su carisma. Por lo tanto, la unidad de la Iglesia no es el resultado de un convenio entre sus miembros, sino más bien la consecuencia de la incorporación de estos miembros a Cristo y por Cristo. De ahí se sigue el imperativo ético de permanecer unidos cuantos se confiesan cristianos. Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: que en la Iglesia no hay miembros pasivos, que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.
Hoy y no mañana. Dice el Evangelio de Lucas: “Hoy se cumple esta Escritura”. Jesús volvió a su pueblo, Nazaret, enseñaba en la sinagoga y aquel día abrió el libro e hizo la lectura del profeta Isaías. Todos tenían los ojos fijos en él. Terminada la lectura dijo: "Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar". Jesús no vino a leer la Biblia. Vino a cumplirla. Un hoy que hace referencia a la actualidad, a nuestra situación personal y comunitaria: "hoy se cumple esta Escritura"; “hoy ha nacido el salvador"; “hoy estarás conmigo en el paraíso". Hoy debe cumplirse lo que es la Buena Noticia. El cristiano vive siempre en el hoy de Dios siempre presente, siempre buscándonos, siempre amnistiándonos. La palabra y los actos no deben presentar ruptura. Este hoy del que nos habla el Evangelio, nos sigue cuestionando. Si bien es cierto que la liberación de Jesús tiene un matiz de interioridad y afecta al corazón mismo de la persona, también es cierto que esa liberación tiene un marcado acento social, que realiza y quiere hacer presente el Reino de Dios; negarlo sería negar prácticamente todo el Evangelio. Hoy, también para nosotros, puede ser ese gran día si la Palabra de Dios que has escuchado comienza a ser viva y eficaz, porque es espíritu y vida.


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