La primera lectura, del Libro de Isaías, nos insiste en que Dios puede sacar vida hasta de lo más árido, de lo más insospechado. Él siempre hace nuevo el camino, calma la sed verdadera, pone en pie a los que han caído y les falta el ánimo para levantarse de nuevo.
El Salmo 125 es un canto de alegría de los judíos que vuelven desterrados de Babilonia. Parece que no se creen la fuerza y la generosidad del Señor. Tal vez, nos pase a nosotros algo parecido en este tiempo de cuaresma, en plena transformación de nuestra vida de fe, debemos creer en la alegría de la conversión.
Nuestra fuerza es el Señor, nos dice San Pablo en la segunda lectura, de la Carta a los Filipenses: cuando de verdad creamos en el apoyo de Dios, toda nuestra vida la cimentaremos en el Señor
El Evangelio de San Juan nos narra la maravillosa escena de la mujer adultera. Pero tiene resonancias para nosotros hoy. Debemos alejarnos de los primeros lugares donde se esté lapidando a cualquier persona, y usando la piedra que portamos, no para arrojarla sobre los demás. Jesús nos da una gran lección de amor y misericordia, No lo olvidemos.

No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? El profeta Isaías, en este libro, llamado “libro de la consolación”, les dice a los judíos de su tiempo que este segundo éxodo no va a ser como el antiguo, cuando salieron de Egipto. Será algo totalmente nuevo: van a tener agua abundante en el desierto y no serán atacados por las bestias del campo. Nosotros, los cristianos, debemos saber encontrar siempre en el evangelio la novedad de la predicación de Jesús, la novedad del Reino de Dios, un reino de verdad y de gracia, de vida, de santidad, de justicia, de amor y de paz. Esto es lo que vino a hacer y a predicar Jesús en el tiempo en que estuvo aquí en la tierra; veamos siempre nosotros a Jesús como nuestro verdadero camino, verdad y vida. En Jesús siempre podremos descubrir “algo nuevo”.
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Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. San Pablo, después de su conversión a Cristo, supo ver en la ley de Cristo algo totalmente nuevo: Dios no nos salva por el simple cumplimiento de los preceptos de la ley de Moisés, sino por la ley de Cristo, que es la ley del amor a Dios y al prójimo. Este descubrimiento transformó totalmente su vida. La pregunta que debemos hacernos nosotros, los cristianos, es esta: el descubrimiento de la ley de Cristo, la ley del amor, ¿cambia y transforma realmente nuestra vida? Sólo si esto es así, podremos también nosotros decir con el salmo responsorial: “el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?... ¿Ninguno te ha condenado?... Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Llamo justicia legal a la que se atiene, primera y principalmente, a la letra de la ley, y justicia moral a la que se atiene, primera y principalmente, al espíritu de la ley. En el caso del juicio a la mujer adúltera, tal como se nos narra en el relato evangélico de hoy, los escribas y los fariseos quieren condenar a la mujer adúltera porque así está mandado literalmente en la ley de Moisés; Jesús, en cambio, no la condena, sino que la perdona y le dice que en adelante no peque más. Los escribas y fariseos anteponen el cumplimiento literal de la ley, al bien material y espiritual de la mujer adúltera; Jesús, en cambio, busca, en primer lugar el bien material y espiritual de esta mujer. ¿Qué quiere decirnos esta actitud de Jesús a nosotros, que queremos ser sus discípulos? Resumiendo mucho, yo creo que, con terminología paulina, la letra de la ley, en este caso, mata a la mujer, pero el espíritu de la ley la vivifica. Porque toda ley debe buscar siempre el bien de la persona a la que se juzga, no al revés. Jesús, evidentemente, se ha atenido al espíritu de la ley y ha buscado, primera y principalmente, lo mejor para la mujer adúltera, es decir, su conversión y su salvación. Pues esto es lo que deberemos hacer nosotros, los cristianos, cuando juzgamos a los demás. Busquemos, por encima de todo, el bien material y espiritual de las personas a las que juzgamos. No olvidemos nunca que “no se ha hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”.
El que esté sin pecado que le tire la primera piedra… Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Es importante que aprendamos a ver la viga en nuestro propio ojo, antes de fijarnos en la mota, o la paja en el ojo ajeno. Según podemos deducir de este relato evangélico, ninguno de los que condenaron a la mujer adúltera estaban ellos mismos libres de pecado. No podemos ser rigurosos en la interpretación de la ley cuando la aplicamos a los demás y blandos cuando nos aplicamos la ley a nosotros mismos. Claro que podemos juzgar lo bueno y lo malo que hay en la sociedad en la que vivimos, pero tratando de ser justos y objetivos y, además, misericordiosos. San Agustín decía que debemos acostumbrarnos a condenar el pecado, pero a amar al pecador, buscando siempre, en primer lugar, su conversión. Jesús no aprobó el pecado de la mujer adúltera, pero buscó en primer lugar y consiguió su conversión. “Anda y no peques más”. Así debemos hacer nosotros.


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