
Ayer Jueves de la cuarta semana de Cuaresma, vino de manera arrolladora el sentir del Corazón de Cristo, que tan cerca de su Pasión, de celebrar la Pascua con sus discípulos. Momento lleno de Amor, punto de arranque de su nueva presencia entre nosotros, institución del Sacramento del Amor y del sacerdocio. Ejemplo aleccionador de humildad para la eternidad del que siendo el Hijo de Dios, lava los pies a sus discípulos. En su mente de Dios y hombre, el recuerdo agridulce de sus 30 años pasados en la más cercana intimidad con los hombres, viviendo su vida, compartiendo todos us anhelos y doliéndose de sus males y errores... Cuántas decepciones, tristezas, olvidos y traiciones presenció y sufrió en esos años. Pero su hogar, con María y José, eran como volver un poco al Cielo después de haber caminado duramente entre los pecadores ingratos y tercos.
Cada vez que celebró la Pascua durante esos años de familia y vida oculta fue preparando la Gran Pascua en la que Él sería el Cordero inmolado.
Si nos fijamos en la más lejana tradición, las ofrendas de alabanza y reparación a Dios eran escogidas en función de su perfección y pureza; eran la sombra de lo que debía ser la Víctima Definitiva: Cristo.
¿De qué habría servido una ofrenda humana, como pueblos alejados de la relación con el Dios Verdadero practicaban? Toda ofrenda humana estaba manchada por el pecado y no era digna de Dios. Por eso tuvo que venir el Mesías a ofrecerse como Cordero Pascual Inmolado para la salvación del mundo entero.
Hoy al comenzar la jornada, sin amanecer todavía, mirando al cielo y a las estrellas, intuyendo en la penumbra la forma de los árboles y los montes, en medio de un silencio reflexivo ante tanta grandiosidad y nuestra inmensa pequeñez, vino un dolor a nuestro corazón al constatar el Amor imperturbable y eterno del Creador por sus criaturas y la inconsciente respuesta del hombre, su memoria frágil, su ingratitud incalificable y su impenitente actitud de rebeldía contra Dios, manifestada claramente en la repetición de actitudes de pecado...
En medio de estas ideas surgió la imagen inconfundible y con una notoriedad propia por el color y el tamaño, de la gran cruz de Duzulé que se recorta en el obscuro fondo del horizonte frente al Santuario de la Virgen.

Es viernes de nuevo, la Cruz nos recuerda a quien murió en ella por nosotros y nos interpela ¿quieres seguir esta Cuaresma la subida de Jesús cargado con la Cruz por la calle de la Amargura, rumbo al monte Calvario? o es más cómodo quedarnos como el pueblo judío en las aceras como espectadores con distintas actitudes, pero todas cobardes y no adecuadas.. La soledad de Jesús sólo rota por la Verónica, por las poquitas mujeres que se lamentaron y por la permanente presencia de la Virgen, del Apóstol Juan y de la pecadora perdonada, Magdalena.
Hoy tenemos delante el espectáculo más terrible y decisivo que podemos contemplar, la mañana casi naciente nos lleva al compromiso de tomar una actitud que prepare nuestra voluntad para la celebración del Gran Misterio del Amor. Son las 3.30 de la mañana, entraremos al coro a cantar las alabanzas del Señor con los Maitines, unidos a los Ángeles y Santos, almas de justos
y fieles que con gratitud y sabiduría dedican sus primeros momentos al Señor..Os invito a que nos unamos en un amoroso abrazo al Redentor al pie de su Cruz, con María, Juan y Magdalena en este viernes de la cuarta semana de Cuaresma, preparando el encuentro con la Pasión del Señor y uniendo a ella nuestros propios sufrimientos y cruces de cada día.
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