La primera lectura esta sacada del Libro Primero de los Reyes y se narra la escena de cómo el profeta Elías resucita al niño de una viuda que le hospeda. Le pide al Señor Dios que los despierte. Y el niño resucita. Guarda el habitual paralelismo entre la primera lectura y el evangelio que observamos en nuestras eucaristías.
El Salmo 29 se compuso como un canto de agradecimiento al Señor al Señor por haber curado a un enfermo grave. Más tarde, ya en tiempo de Macabeos se convirtió en un himno oficial para la dedicación del Templo de Jerusalén.
El apóstol San Pablo en el capítulo primero de la Carta a los Gálatas narra directamente sus primera momentos tras su conversión y como conoció a los apóstoles Pedro y Santiago. Y ratifica que su conversión fue una elección sobre él de Dios, por medio de su Hijo, Jesucristo.
Es el relato minucioso y muy bello de la resurrección del hijo único de la viuda de Naín que nos hace el evangelista San Lucas. Nos muestras la capacidad de Jesús para conmoverse y de actuar para devolver la alegría a los afligidos.
En este pasaje es una sunamita piadosa la que había recibido el don entrañable de un hijo, muy querido además porque le había nacido cuando ya había perdido toda esperanza de poder ser madre. Pero aquel hijo se puso enfermo y murió. El sufrimiento de aquella mujer fue muy intenso, su pena inconsolable. El único consuelo posible era recobrarlo vivo. Llevada de su fe y de su esperanza acudió al profeta de Dios. Ella creía firmemente que quien milagrosamente le había dado aquel hijo, de la misma forma se lo podría devolver.
Qué gozo tan grande experimentaría aquella mujer al ver de nuevo la sonrisa de su hijo, al oírle pronunciar el nombre de madre. Todo el sufrimiento pasado fue superado con creces con la alegría de entonces. Su hijo vivía... Una historia conmovedora que nos ha de hacer reflexionar en lo que supone el amor materno, y también persuadirnos de que la oración y las lágrimas conmueven el corazón de Dios. También cuando todo parece perdido. También cuando la muerte nos haya arrebatado de junto a nosotros a quien tanto hemos querido. Al fin y al cabo Dios puede devolver la vida, lo mismo que la concedió. Y, sobre todo, puede dar esa otra Vida, la verdadera, a quien quizá esté penando por no tenerla.
Fe en el poder divino para dirigirse al Señor con la misma intensidad y confianza con que lo hace esta mujer y también el profeta Elías. Esperanza para pedir lo imposible. Amor profundo para sentir en la propia carne el dolor ajeno, para dar a nuestra oración los acentos más fervientes, para acudir sin desmayos, cuantas veces sea preciso, a quien puede y quiere atender nuestra petición.
Apenas hemos dejado el ciclo pascual, el tiempo litúrgico dedicado a recordar la Resurrección de Cristo, cuando de nuevo la muerte sale a escena. A la salida de Naín un cortejo fúnebre caminaba tristemente. Un muchacho reposa inerte en el féretro, el hijo único de su madre viuda que llora inconsolable por tan dolorosa pérdida. Es un cuadro penoso de lamentos y cantos fúnebre que se abre ante Jesús y los suyos, al pasar por el camino.
Entonces ocurre lo que tantas otras veces: Jesús sé estremece de compasión ante el sufrimiento del hombre. Este sentimiento de pena y compasión se expresa en el texto original griego con el verbo “splachnízomai”. Se usa doce veces en el Nuevo Testamento y el sujeto siempre es Jesús, menos en tres ocasiones en las que el sujeto es el personaje de una parábola que le representa a Él o al Padre. Así se habla del buen samaritano que se compadece del hombre herido, o del señor que perdona la deuda a su siervo llevado por la compasión, o del padre del hijo pródigo que lo recibe lleno de misericordia.
Es un dato quizá demasiado erudito que sin embargo, tiene un gran interés y valor para mostrarnos el amor infinito de Jesucristo, Dios y Señor nuestro, presto a la misericordia y al perdón. Verdad ésta que ha de removernos profundamente a corresponder adecuadamente. Sería horrible que el amor y el perdón divino nos sirviera para ofenderle más -como es tan bueno... - y no para sentir dolor ante la menor ofensa que podamos inferir a quien tanto nos quiere.
Estamos en el mes de junio, mes que la Iglesia dedica a la devoción del Corazón sacratísimo de Jesús, llamada de urgencia a una vida de entrega gozosa. Renovemos nuestros deseos de ser fieles a esa amistad entrañable, fortalezcamos nuestro espíritu en la confianza que ha de inspirarnos el Corazón de Cristo, traspasado por el amor.
El relato evangélico nos refiere que Jesús resucitó al hijo de aquella pobre viuda y se lo entregó lleno de vida nuevamente. La muerte volvió a ser vencida por la fuerza irresistible del amor, y aquella derrota era una primicia que nos demuestra que también nosotros venceremos a la muerte con la fuerza de nuestra fe y nuestro amor. La gente se llenó de temor y glorificaba a Dios. También nosotros hemos de temer y venerar al Señor ante la firme persuasión de que Dios nos ama y se compadece siempre de nuestros sufrimientos y pesares.
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