11 junio 2016

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO - C - 2016



Nuestra primera lectura procede del Libro Segundo de Samuel donde el profeta Natán trasmite el mensaje de Dios sobre el pecado del Rey David. PeroDavid se arrepintió y de la generosidad del Señor llegó el perdón. Y David recuperó la alegría.


El salmo 31 tenía sentido penitencial para los judíos contemporáneos de Jesús y lo tiene para nosotros los cristianos. Era el salmo preferido por San Agustín, porque narra muy bien el gozo que llega tras la confesión y el arrepentimiento.

San Pablo, en la segunda lectura –que procede de la Carta a los Gálatas—nos habla de la doctrina de la justificación. Pero, sobre todo, es una maravillosa confesión de que siempre Cristo vivió en Pablo como, si se lo permitimos, el Señor vivirá en cada uno de nosotros.


Es uno de los relatos más bellos y bien narrados de San Lucas. El episodio del banquete con el fariseo Simón, muestra toda esa realidad difícil que Jesús vivía con el hostigamiento y la enorme susceptibilidad de los fariseos. Pero en medio de un banquete poco amble, y falto de amabilidad, surge una prueba de amor, que purifica el ambiente y a las personas tambien. El amor lo limpia todo.

“Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl...” (2 S 12, 7). David era el más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de entre los hijos de Isaí, éste le presenta a todos menos a David, entonces simple pastor de ovejas. Demasiado niño para pensar en él como rey. Pero Yahveh se había fijado en él, le había elegido para la dignidad suprema del pueblo hebreo. David quedó, después de la unción, transido por la fuerza del Espíritu. Su brazo es fuerte y su puntería certera cuando se enfrenta con el temible filisteo. Después de su victoria sobre el gigante Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios estaba con él, luchaba a su lado sin que hubiera enemigo que se le resistiera. Pero luego David se olvidó de Dios. Lo mismo que nosotros hemos hecho tantas veces. Nos olvidamos fácilmente de la misericordia de Dios para con nosotros y le ofendemos. Reflexionemos en esta verdad y reaccionemos llenos de compunción y de deseos de expiar nuestro pecado.


"Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa" (Lc 7, 36). Hoy encontramos a Jesús en casa de un fariseo. Él sabía que la invitación para que comiera en su casa, no era más que una ocasión para observarle de cerca, para ver si podía cogerlo en falta. Sin embargo, el Señor acepta la invitación como manifestación de su buena voluntad hacia todos, también hacia quienes le miraban con malos ojos. Se dio cuenta enseguida de la falta de corrección de aquel hombre principal que, aunque debía saber las normas de la hospitalidad judía, prescinde de aquellos detalles de cortesía que suponían cordialidad y benevolencia hacia el visitante. Pero Jesús no dijo nada entonces y disimulando se sentó a la mesa de Simón el fariseo.
Mientras estaban recostados según la costumbre del tiempo, una mujer se acercó a los pies de Jesús para besarlos, mientras lloraba copiosamente. Simón se da cuenta de que aquella mujer era una pecadora, una mujer de la calle, despreciada por todos, evitada en público y requerida quizá en privado, objeto de escándalo y motivo de vergüenza. Pero el Señor la deja que siga llorando mientras le enjuga los pies con sus cabellos y se los unge con un costoso perfume. Simón se escandaliza de lo que estaba ocurriendo, se persuade de que Jesús no puede ser un profeta, y mucho menos el Mesías, pues no sabía qué clase de mujer era aquella que le besaba entre lágrimas y suspiros. Es la misma actitud que muchas veces adoptamos también nosotros al juzgar con ligereza a los demás, al despreciar a quienes consideramos pecadores. Sin darnos cuenta de que a los ojos de Dios, esas personas que consideramos despreciables, son quizás más agradables ante el Señor y con un corazón más encendido y limpio de soberbia y de orgullo que el nuestro.

Desde luego en el pasaje que comentamos, Simón aparece ante la mirada de Jesucristo como un hombre que no le ha sabido comprender, que le ha tratado con indiferencia, que le ha mirado con prevención. Por el contrario, la mala mujer aparece acongojada y arrepentida, llena de amor y de fe por Cristo. Entonces el Señor habló y consiguió del fariseo que reconociera que la pecadora se había portado con él mejor que quien le había invitado a su casa, y no le había ofrecido agua para lavarse los pies, ni le había dado el beso de paz. El fariseo consideraba que nada tenía de qué ser perdonado, lo mismo que esos que demoran la confesión o la consideran innecesaria, sin darse cuenta de su condición de pecadores. En cambio, la pecadora, se llena de desconsuelo al reconocerse como tal, y no duda ni por un momento en postrarse a los pies de Jesús e implorar su perdón.

Resultado de imagen de jesus invitado a la casa del fariseo y maría le lava los pies

No hay comentarios:

Publicar un comentario