
El fragmento de la profecía de Zacarías nos relata el sufrimiento de Cristo en la Cruz por nuestra salvación. Es impresionante ver como en los textos del Antiguo Testamento se perfila, perfectamente, lo que después –muchos siglos después—será nuestra salvación.
Salmo de enorme contenido místico es muy apropiado para el conjunto de las lecturas de hoy. Algunos expertos que, al dar la autoría del Salmo 62 a David, ven su inspiración en la revuelta de Absalón contra el poder real. Pero lo que más nos interesa es ese canto profundo y fuerte que busca a Dios con gran sed, con necesidad física.
San Pablo en el fragmento de la Carta a los Gálatas que vamos a leer hoy nos muestra la unidad de todos –judíos y griegos—en torno a la persona de Cristo. Todos somos uno en Cristo y es lo que el Bautismo impera en nosotros: la unidad con Jesús y para siempre.

Jesús hace a sus apóstoles una pregunta personal y directa. Y a nosotros también. Nos pregunta que pensamos de Él, quién es Él. Pedro gracias a la gracia de Dios confiesa que Jesús es el Mesías. Hemos de reflexionar calmadamente, tal vez, luego en nuestras casas, sobre que es Cristo para nosotros. En la respuesta estará el inicio de una gran transformación.
El Evangelio nos ha recordado que Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. De hecho, esta pregunta es un modo de plantear la verdadera cuestión, expresada en la siguiente pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Jesús invita a los apóstoles a expresar lo que sienten, a definir la relación que les une a él, a manifestar su fe y su decisión de seguirle; en una palabra: a provocar su confesión, resumida en las palabras de Pedro: “Tú eres el Mesías de Dios”. La afirmación del apóstol Pedro resume cuanto Lucas dice desde el comienzo de su evangelio: Jesús es el Mesías, el Ungido del Señor, anunciado por los profetas, que viene a llevar a término la esperanza de Israel. Entender la misión de Jesús supera la posibilidad normal de los hombres, pues no es desde perspectivas humanas que se puede entender a Jesús, sino solamente desde una actitud de fe humilde para acoger el don de Dios.
La pregunta de Jesús a los suyos podemos entenderla dirigida también a cada uno de nosotros. ¿Quién es Jesús para mi? Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre la figura del Maestro y del movimiento que su vida y sus enseñanzas han provocado en la historia humana. Es una tentación fácil hacerse una idea de Jesús a nuestra imagen y semejanza, construir el perfil de un Maestro que responda a nuestras conveniencias, que bendiga y justifique nuestras preferencias. La respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías de Dios”, en aquella situación concreta podía ser interpretada con matices de carácter político, completamente ajenos a la intención de Jesús. Para disipar toda duda Jesús inmediatamente anuncia su pasión, su muerte y su resurrección, indicando así que su reino no es de este mundo, porque Jesús ha venido para alcanzar la salvación de todo el género humano. Pero la verdadera fidelidad a Dios suscita siempre oposición y rechazo, y esto explica por qué Jesús no fue comprendido y aceptado por sus discípulos, sugestionados por una espera mesiánica en la que el elemento espiritual quedaba si no suprimido, al menos mediatizado por reivindicaciones políticas. Como Mesías de Dios, Jesús reclama de nosotros una fidelidad al Padre y a su voluntad, como él mismo demostró con su vida y su muerte.

No dejemos pasar sin más las palabras que Jesús ha utilizado hoy en el evangelio. Anuncia para sí la pasión y la cruz, sin buscar éxitos a nivel humano, a fin de que los hombres acepten la voluntad del Padre y vivan, como hijos de Dios, las exigencia del amor, de la verdad y de la justicia. Y a quienes quieren seguirle propone algo parecido: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. En nuestra sociedad secularizada, la pregunta de Jesús reclama más que nunca una respuesta personal para demostrar con la vida que aceptamos el Evangelio y que queremos vivirlo sin limitaciones. Por el bautismo hemos sido incorporados a Jesús. Esta realidad exige algo más que nuestra participación a determinados gestos religiosos. Reclama todo un modo de vivir y actuar. Preguntémonos pues sinceramente: ¿Quién es Jesús para mi? y tratemos de dar la respuesta precisa, aunque ello cueste. “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.
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