22 julio 2016

DOMINGO XVII DEL T. ORDINARIO C - 24 DE JULIO


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Se nos muestra en la primera lectura, del Libro del Génesis, un relato entrañable: cuando Abrahán, de manera insistente, negocia con Dios la salvación de Sodoma y Gomorra. Y esa negociación se lleva acabo en proximidad total, en diálogo de amistad. Abrahán fue un gran amigo de Dios.
El Salmo 137 recuerda el acto de agradecimiento de David a Dios por haberle dado el Trono de Israel y por la promesa de estabilidad para su dinastía. A nosotros nos sirve este salmo como acción de gracias por los bienes recibidos y en espera que Dios nos proteja siempre.
En la Carta a los Colosenses, la segunda lectura de hoy, Pablo señala que el misterio pascual de Cristo está presente en el bautismo y su poder regenerador alcanza a todos por la fe. Nos dice, además, que Dios nos dio la vida en Cristo, perdonándonos todos los pecados.
Sabemos por la Sagrada Escritura que Jesús rezaba constantemente y que iba a un lugar despoblado a rezar al Padre. Hoy, el Evangelio de Lucas nos muestra como es Él quien nos enseña a orar. Enseña a sus apóstoles –y a nosotros-- el Padrenuestro, que es una plegaria fundamental y modélica. Pero además nos revela la constante disposición del Padre a escuchar a sus hijos.

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Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Por supuesto, que no voy a decir nada nuevo, pero creo que es muy importante que, cuando rezamos el Padre Nuestro, lo meditemos con sencillez y profundidad. Es la oración principal y más repetida de la Iglesia y no debemos rezarla nunca maquinalmente, sin meditar cada una de las palabras que decimos. Cada una de las siete peticiones del Padre Nuestro es, cada una en sí misma, un compendio de teología Cristiana. Debemos pedirle a Dios que se haga su voluntad en nosotros y en el mundo en el que vivimos. No se trata de pedirle a Dios que haga él nuestra voluntad, sino que nosotros hagamos la suya. Es decir, que en nosotros y en el mundo en el que vivimos se haga una realidad el reino de Dios, que todos santifiquemos su nombre. Debemos pedirle que, por nuestra culpa, a nadie le falte el pan necesario, que perdone nuestros pecados propios y que perdone el pecado del mundo, estando siempre nosotros dispuestos a perdonar a los demás, como Cristo nos perdonó a nosotros. Como de hecho vivimos todos rodeados de tentaciones, tanto de tentaciones que nacen dentro de nosotros mismos, como de tentaciones que nos vienen del exterior, debemos pedirle a Dios que nos dé fuerza para que no caigamos en ninguna tentación, y que nos libre de todo mal y del maligno.

Las oraciones que sabemos y recitamos de memoria se convierten muchas veces en oraciones rutinarias, sin que sienta el corazón lo que dice la boca. Por eso, en este domingo, debemos hacer el propósito firme no sólo de rezar, sino de meditar cada día el Padre Nuestro; eso es lo que Cristo hacía y así les enseñó a sus discípulos a hacerlo.
2.- Abrahán continuó: Que no se enfade mi Señor, si hablo un vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contestó el Señor: en atención a los diez, no la destruiré. Esta oración, este diálogo del patriarca Abrahán con su amigo Dios es un ejemplo de oración de intercesión. Abrahán porfía con su amigo, Dios, desde la humildad y la confianza. Es un modelo de oración de intercesión para todos nosotros. En la verdadera oración de intercesión no nos mueve el egoísmo, sino la misericordia. En este año de la misericordia, todos los que nos consideramos herederos de la fe del patriarca debemos pedirle a Dios que nos ayude a salvar a tantas personas que se encuentran en la miseria y la marginación. No nos fijemos tanto en las culpas y en las causas de la miseria de estas personas, sino en la realidad miserable y marginal en la que viven. Pensemos siempre en los más pobres, en los enfermos, en los marginados, en los refugiados, en los emigrantes en general. No son, en general, más pecadores que nosotros; entre ellos, como entre nosotros, los hay buenos y malos, mejores y peores. Son, en general, víctimas de las circunstancias familiares y sociales en las que han nacido y vivido las que les han llevado a vivir como viven. Todos queremos vivir bien, ellos y nosotros. Demos gracias a Dios por todas las personas que podemos vivir con dignidad e intercedamos ante Dios y ante los hombres por todos aquellos que, con culpa o sin culpa propia, se han visto forzados a vivir en la mayor miseria y fragilidad. Y hagamos siempre nuestra oración de intercesión con humildad, confianza y perseverancia.

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3.- Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. En esta Carta a los Colosenses, san Pablo insiste en la idea central de toda su predicación, desde el momento mismo de su conversión a Cristo Jesús: es Cristo el que nos salva, no es la circuncisión, ni el cumplimiento de las demás leyes mosaicas son el requisito necesario para salvarnos. Por el bautismo nos incorporamos a Cristo y por la fuerza de Cristo resucitamos con él. Los cristianos sabemos que Cristo es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Debemos vivir en comunión con Cristo, comulgar con él y dejarnos guiar por él. Para conseguir esto, es bueno que leamos una y otra vez el evangelio de Jesús y que hagamos todos los días el propósito de vivir según el estilo de vida de Cristo, en las circunstancias propias en las que vivimos los cristianos de este siglo XXI. Este siglo nuestro es como un gran cuerpo animado por muchos espíritus que no son el espíritu de Cristo: el espíritu del dinero, del poder, de lo que nos gusta materialmente.

Tenemos que trabajar mucho los cristianos para inyectar en nuestro mundo el espíritu de Cristo: espíritu de servicio, de generosidad, de justicia moral, de vida espiritual cristiana. Si no lo hacemos así no estaremos siendo fieles a las promesas que hicimos, o que hicieron en nuestro nombre nuestros padres y padrinos, cuando nos bautizaron. Vivamos como personas bautizados en el espíritu de Cristo y así podremos resucitar con él. Y estemos seguros de que, si lo hacemos así, estaremos contribuyendo a que nuestro mundo sea un poco mejor, es decir, un poco más cristiano.

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