13 enero 2018

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B 14 DE ENERO

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La liturgia de este domingo contiene la última aparición de Juan el Bautista como el heraldo del Mesías, pero antes de abandonar definitivamente la escena, Juan completa su ministerio "transfiriendo" algunos de sus discípulos a Jesús.
Tenemos, por lo tanto, el relato de los primeros discípulos de Jesús. Sin embargo, cuando comparamos este pasaje con los primeros encuentros que el Señor tuvo con sus discípulos, encontramos muchas diferencias. Por ejemplo, en el evangelio de Marcos, Andrés y su hermano Pedro fueron llamados por Jesús cuando estaban trabajando en el mar de Galilea echando sus redes (Mr 1:16-18), y no cuando estaban con Juan el Bautista, como aquí.
Para explicar estas diferencias, debemos decir que se trata de dos momentos diferentes. El que relata el evangelio de Juan es anterior, y describe la ocasión en que estos discípulos conocieron por primera vez a Jesús. A partir de aquí comenzó una relación de amistad, y ocasionalmente acompañarían a Jesús, volviendo después a sus trabajos normales. Pero el llamamiento que encontramos en los sinópticos trata del momento en que lo dejaron todo para estar de forma permanente con Jesús como discípulos. Y como sabemos, más adelante el Señor los nombró "apóstoles" de una forma oficial con la intención de enviarlos a predicar a ellos también. Si entendemos este progreso en la relación de estos hombres con Jesús, no hay contradicción, y sí que aprendemos algo que debe ser un principio en todos los casos: primero amigos, luego discípulos y finalmente apóstoles o enviados.
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"Juan, y dos de sus discípulos"

En los planes de Dios no estaba el que Juan el Bautista estuviera entre los apóstoles del Señor. Su ministerio consistía en anunciar la venida del Mesías, preparar al pueblo para su encuentro con él e identificarlo cuando llegara dando testimonio de él. Todo esto lo había hecho ya con total fidelidad, pero antes de desaparecer de la escena, iba a entregarle aquellos discípulos que se habían formado con él.
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¿Quiénes eran estos dos discípulos? Uno de ellos es identificado como Andrés, el hermano de Simón Pedro, mientras que el otro permanece en el anonimato. Probablemente se trate del mismo evangelista Juan, que siguiendo con su norma en todo el evangelio, siempre oculta su identidad cuando está presente en algún acontecimiento.

"He aquí el Cordero de Dios"

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Como ya hemos visto en otras ocasiones, Juan aprovechaba cada oportunidad que se le ofrecía para guiar a las personas a Cristo. Es interesante también ver la ilusión y el ánimo con el que daba su testimonio de Jesús. Se percibía con toda claridad que admiraba al Señor Jesucristo. Nosotros también deberíamos dar testimonio de él como fruto de nuestra admiración por él.
En esta ocasión, su testimonio es más conciso: "he aquí el Cordero de Dios", pero los que ya le habían escuchado muchas otras veces, seguro que recordaban el resto. Lo importante es que él cumplía con fidelidad con la misión principal de cualquier predicador: hablar de Jesús. Es triste reconocer que en muchas ocasiones, cuando compartimos el evangelio con otras personas, divagamos en nuestros pensamientos hablando de muchas otras cosas y muy poco del Señor Jesucristo y su Obra en la cruz. ¡Aprendamos de Juan!

"Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús"

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El testimonio de Juan sirvió para que estos hombres se sintieron atraídos por Jesús. Habían oído que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ellos decidieron que querían saber más de él y también, cómo no, que sus pecados fueran perdonados.
Jesús pasaba delante de ellos; era una ocasión única y no la desaprovecharon: "He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación" (2 Co 6:2).

"¿Qué buscáis?"

Aquellos dos hombres estaban siguiendo a Jesús sin atreverse a decirle nada, así que es el Señor quien comenzó la conversación y lo hizo con una pregunta: "¿Qué buscáis?". Aquí había una invitación de parte de Jesús para analizar sus verdaderas motivaciones y necesidades.
Mucha gente busca a Jesús a causa de necesidades temporales o en busca de bienes materiales. Otros, en cambio, acuden a él, llevados por una profunda necesidad espiritual, buscando el perdón de sus pecados. ¿Cuál es nuestro caso?

"Rabí, ¿dónde moras?"

La palabra "Rabí" significa "Maestro", tal como lo aclara el evangelista para sus lectores gentiles. Al tratar a Jesús de esta manera, lo que ellos estaban indicando es que querían aprender más de él. Así que le preguntaron "¿dónde moras?". En realidad ellos querían mucho más que un poco de conversación, querían tener comunión con él, conocerlo bien, y para eso hacía falta un lugar tranquilo, donde pudieran regresar una y otra vez.

"Venid y ved"

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Y como ha sido siempre la norma en Jesús, él no rechaza a nadie, sino que con todo cariño les invitó a estar con él. Nadie con un deseo genuino de aprender más del Salvador ha sido jamás rechazado.
En las palabras que les dijo vemos una invitación, "venid" y una promesa, "ved". Y estas mismas palabras siguen resonando para todos los hombres.
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Realmente no sabemos dónde vivía Jesús en esos días, tal vez en alguna habitación humilde alquilada, pero esto no era lo importante, estuviera donde estuviera, lo importante era él.

"Era como la hora décima"

El escritor probablemente era uno de aquellos dos discípulos. ¡Aquel día con Jesús cambió toda su vida! Dejó en él una impresión tan profunda que cuando escribió su evangelio sesenta años después todavía no había olvidado la hora exacta en que había recibido aquella invitación y había determinado aceptarla.

"Andrés halló primero a su hermano Simón"

La impresión que tenemos de este versículo es que nada más que terminó el encuentro con Jesús, Simón buscó a su hermano Simón para hablarle de Jesús.
La promesa del Señor se había cumplido; vieron tal gloria en Jesús que de manera natural e inmediata se convirtieron en misioneros. Hablar a otros de Jesús debe ser una reacción normal para todo aquel que conoce a Jesús.
Esta sencilla narración presenta un ejemplo del modo como ha progresado en todos los siglos la iglesia cristiana: el testimonio de Juan a Andrés y el de Andrés a su hermano Simón.
La obra de dar a conocer el evangelio y la gracia de Dios no debe dejarse sólo en manos de los pastores o misioneros. Todos los que han sido libertados del poder del diablo deben ir a su casa y a los suyos y contarles cuán grandes cosas ha hecho el Señor por ellos (Mr 5:19).

"Hemos hallado al Mesías"

Parece que tanto Andrés como Simón habían estado buscando al Mesías y ahora Andrés lo había descubierto. Este descubrimiento no es comparable con ninguna otra cosa en el mundo. Y la gracia genuina no es egoísta, de hecho, aborrece comer a solas sus manjares. Y como Andrés amaba a su hermano Simón, compartió con él su descubrimiento.
Por supuesto, el concepto que estos discípulos tenían sobre el Mesías en este momento tenía que refinarse, pero el Señor se encargaría de ello. Pero el fundamento ya estaba puesto; ellos entendían que Jesús era alguien especial, ungido por Dios mismo.

"Y le trajo a Jesús"

Andrés no sólo le habló de Jesús, sino que lo trajo a Jesús. Seguramente ésta sea un área donde fallamos en nuestro testimonio cristiano. No debemos conformarnos con hablar de Cristo, sino que debemos ayudar a las personas a encontrar y seguir a Cristo.
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"Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)"

Cuando Jesús se encontró con Simón Pedro por primera vez, le miró con esa mirada penetrante que lograba ver dentro de las personas y le dio un nombre nuevo.
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El silencio de Pedro es "elocuente" tratándose de un hombre de carácter arrojado, mostrando, sin duda, que se puso entonces a la disposición del Señor.
¿Por qué le dio un nombre nuevo en este momento? Realmente parece un poco extraño, porque el Señor no hizo ninguna interpretación de lo que quería decir con esto, ni tampoco le dio ningún mandato. Tal vez lo que quiso decir simplemente es que Simón, a partir de este momento, iba a ser una nueva persona. Como alguien a dicho: Dios te ama tal y como eres, pero te ama demasiado para dejarte así.
Pero viendo su trayectoria posterior, también podemos pensar que había un propósito en este nuevo nombre: El impulsivo Simón llegaría a ser el estable Pedro. No olvidemos que en griego "petros" se empleaba para describir una piedra. Esta firmeza no era una cualidad propia de Pedro, pero llegaría a ser suya por la gracia de Dios. Y como piedra viva, sería edificado en el nuevo edificio espiritual de la iglesia de la que Cristo es la piedra angular (1 P 2:4-5). Y como apóstol de Jesucristo, tendría un lugar importante dentro de este templo santo como fundamento o pilar junto con los otros apóstoles (Ef 2:20) (Ap 21:14).
Y tal como leemos en (Mt 16:17-19), donde el Señor le volvió a asignar ese mismo nombre, vemos que allí le dio una responsabilidad especial en relación con el Reino de Dios, dándole las llaves, promesa que vemos cumplida cuando en el libro de los Hechos, Pedro abrió el Reino de los cielos a judíos (Hch 2:14-42), samaritanos (Hch 8:14-17) y gentiles (Hch 10:1-48) por medio de la predicación del evangelio.
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La Iglesia hoy, como siempre, necesita profetas que sientan la fuerza de Dios para comunicar la Palabra a los hombres. Pero llevar la Palabra de Dios exige haberlo escuchado largos ratos con el corazón abierto, receptivo y disponible. Y eso es lo que hizo Dios Padre con el joven Samuel. Le llamó, suavemente, tanto, que no era fácil saber que aquella voz era la del Señor. Es lo que nos cuenta la primera lectura, del Libro Primero de Samuel. Aprendamos a reconocer las llamadas de Dios.

 El salmo 39 es una acción de gracias desde el infortunio. A pesar de que el salmista refleja una difícil situación personal y colectiva no deja de agradecer a Dios todos los esfuerzos dirigidos a la salvación física y espiritual. Y es además el sacrificio del corazón, el mejor. Mucho más adecuado que los otros sacrificios rituales o de culto.

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 Tenemos que ofrecer nuestro cuerpo, nos dice Pablo en la segunda lectura –primera carta a los Corintos--, pues por medio de él podremos llevar nuestros servicios al necesitado, al enfermo, al anciano, al solo. Y, además, respetarnos a nosotros mismos en cuerpo y en alma.

 Vamos a quedar sorprendidos al ver hoy a Cristo, Paseando por la calle como uno más. Y como nos cuenta Juan en su evangelio preguntaremos al Señor que donde vive y pasaremos toda la tarde con Él. Y es que viene hoy –y siempre-- a nuestro encuentro, nos invita y nos dice: si queréis ver dónde vivo, venid y lo veréis.
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