Lucas sintetiza el mensaje importante que Pablo y Bernabé tienen que decir a las iglesias donde habían evangelizado: "Por muchas tribulaciones..." En el contexto de Hechos significa que cada paso de expansión cristiana ha de hacerse necesariamente a través de persecuciones, misterio divino que se esclarece únicamente a la luz de la muerte de Cristo como origen y meta de la misión cristiana. Otro mensaje es: "Él ha abierto a los gentiles el camino de la fe". En este contexto pone de relieve que el único acceso posible a la salvación de Dios no es la circuncisión, sino la fe. La Iglesia de este tiempo no tiene parroquias, ni clero, ni instituciones, ni libros, sólo la Biblia. El Apóstol debe organizarla de manera que pueda continuar. Harán las reuniones en torno a la cena del Señor. Además de la eucaristía, cada uno participa a los demás sus propios dones espirituales. Lo mismo que las comunidades judías tenían responsables "ancianos" o "presbíteros", así también entre los cristianos se hace la imposición de manos a responsables, "presbíteros", que dirigirán y presidirán la eucaristía. Así entendemos mejor que una misión no alcance su meta si no logra formar comunidades de cristianos adultos, con responsables propios y con la participación activa de sus miembros.
El Apocalipsis nos dice que cuando ya no exista el viejo mundo, en el que reina el dolor y la muerte, se cumplirá la visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Desaparecerá el mar, esto es, el caos y surgirá una nueva creación. Si confiamos en Dios, que es poderoso para cumplir lo que promete y hace con su promesa nuevas todas las cosas, podemos dar por hecha la tierra nueva y el nuevo cielo. Dios es el Otro, lo verdaderamente Nuevo. Él es el que saca todas las cosas del pasado y las llama hacia sí mismo. Cuantos esperan con esa esperanza son hijos de Dios, pertenecen ya a la ciudad celeste y a la nueva creación. En ellos se manifiesta la nueva vida.
Es la "hora" de Jesús, la de su exaltación en la cruz, la de su gloria y la de la gloria del Padre. Porque es la hora del amor en el momento preciso, en el momento en que va a ser traicionado. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es amor. Pero esta hora de la glorificación es también la hora de las despedidas. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento. El testamento de Jesús, su verdadera herencia, es el mandamiento nuevo: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo, ya conocido en el Antiguo Testamento, lo amplió para que cupiera en él incluso el amor al enemigo y lo destacó entre todos los mandamientos como la plenitud y perfección de la Ley. En este contexto, Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre hermanos. Quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado y como él los ha amado, hasta la locura. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. Lo que importa es la praxis de la fraternidad. El amor nos hace superar todas las dificultades y nos hace vivir alegres y confiados, como subraya San Agustín:
Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vinculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos. (San Agustín, Sermón 350)
El mandamiento nuevo del amor. La unidad y la comunión, que es propia de los cristianos, viene del mandamiento que el mismo Cristo nos dejó en el Cenáculo el Jueves Santoy que hemos escuchado hoy en el Evangelio: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la señal que identifica a los cristianos. No podemos decir que somos cristianos si no vivimos con verdad el mandamiento del amor, por mucho que hagamos prácticas religiosas. De nada sirve participar en los sacramentos y en la piedad popular si no va acompañado de una voluntad de vivir aquello que Cristo nos enseñó y que ÉL mismo vivió con nosotros: el amor hasta dar la vida. El mandamiento que nos da el Señor es nuevo, porque ya no se trata de amar al próximo como nos amamos a nosotros mismos, tal como aparecía en la Antigua Alianza. Cristo nos pide algo más: que amemos a los demás como Cristo nos amó a nosotros. Y Cristo nos amó entregando su vida en la cruz. Por eso hoy, la palabra de Dios nos llama a vivir ese mismo amor de Dios hacia los demás. Esto es lo propio de los cristianos. Si todos los cristianos viviéramos así, la Iglesia sería de verdad misionera, llevaría la buena noticia del Evangelio allá donde hubiese cristianos, no tanto por nuestras palabras, sino sobre todo por el ejemplo de nuestra vida, de un amor auténtico.
La Iglesia del Cielo. Pero la Iglesia no vive sólo aquí en la tierra. Como leemos hoy en la segunda lectura del libro del apocalipsis, el primer cielo y la primera tierra pasan, porque Cristo, con su muerte y resurrección, ha abierto un nuevo cielo y una nueva tierra. Así nos cuenta el autor del libro del Apocalipsis cómo será esta nueva Iglesia, como la nueva Jerusalén: arreglada como una novia, donde ya no habrá ni llanto, ni luto ni dolor. Un mundo nuevo que Dios nos ha prometido, y que nosotros anhelamos mientras vivimos todavía en esta tierra. Sabemos bien que, para llegar a la Jerusalén del cielo, a la Iglesia triunfante, al Reino de los cielos, hemos de vivir aquí en la tierra como verdaderos hijos de Dios, miembros de esta Iglesia de la tierra, amándonos unos a otros como Cristo mismo nos amó.
Vivamos con alegría la fiesta de la resurrección que celebramos aquí en la tierra en el sacramento de la Eucaristía. En cada Misa, la Iglesia de la tierra mira a la Iglesia del cielo con esperanza. Esa es nuestra patria definitiva. Hasta que lleguemos allí vivamos aquí en la tierra como Cristo nos enseñó, amándonos de verdad unos a otros. Así seremos la señal de Dios en la tierra y alcanzaremos la ciudad futura. Este amor lo celebramos cada día en la Eucaristía: Cristo se entrega como nosotros. Que al salir hoy de Misa tengamos este firme propósito de amar como él nos amó.
TEXTOS LITURGICOS PARA EL DOMINGO DEL AMOR
La primera lectura –del Libro de los Hechos de los Apóstoles-- nos muestra, como al llegar las primeras pruebas a los seguidores de Jesús la fe empieza a decaer. Y esta historia vuelve a repetirse en nosotros. Pero los apóstoles alertan a los cristianos --de entonces y a los de hoy-- que el secreto consiste en perseverar.
El Salmo 144 es de los llamados alfabéticos, cuyo contenido procede o está en otros salmos. Es un himno de alabanza. Y eso hemos de hacer nosotros ahora cuando lo proclamemos: alabar al Señor con toda nuestra fuerza.
En el Libro del Apocalipsis --de donde procede la segunda lectura de hoy -- nos hace una invitación a la esperanza, asegurándonos que algún día todo será nuevo para gozo del hombre. Y Dios será todo para todos. Y antes habrá enjugado las lágrimas de nuestros ojos.
En el evangelio —del Apóstol Juan-- Cristo es glorificado justamente cuando un amigo sale para entregarlo y revela a los apóstoles una gran recomendación salida de su alma grande: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Gracias Señor, porque en la última cena partiste tu pan y vino en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed...
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