26 mayo 2019

DOMINGO VI DE PASCUA CICLO C

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Es inevitable. Donde hay diversidad de personas hay diversidad de opiniones, puede nacer la controversia. En la Iglesia primitiva había una cuestión que fue la manzana de la discordia durante mucho tiempo: El determinar si era obligatorio o no el someterse a la ley mosaica, con todas las prescripciones añadidas por la tradición judía. Unos defendían que para quedar justificados y entrar en la Iglesia, era preciso someterse a las leyes hebreas, incluida la circuncisión. Muchos de los nuevos cristianos provenían del judaísmo y para ellos resultaba casi imposible admitir que la ley de Moisés ya no obligaba a los hijos del Reino, a los discípulos del Mesías. Y luchaban por mantener una serie de prácticas, más o menos extrañas para los gentiles.
Otros, con Pablo y Bernabé a la cabeza, pensaban todo lo contrario. Los paganos convertidos no tenían por qué someterse a las prácticas de los judíos. Para formar parte de la Iglesia bastaba con el Bautismo, no era necesaria la circuncisión. Las interminables prescripciones de los hebreos no estaban en vigor para los cristianos, pues la ley de Cristo había sustituido a la de Moisés.
Controversias diferencias inevitables con buena intención por parte de unos y de otros, con el deseo de hacer lo que Dios quiere, buscando sólo la autenticidad del mensaje de Cristo. Sí, hay una cosa común: la búsqueda de la verdad. Pero al final hay cosas distintas, se pretenden soluciones antagónicas. ¿Qué hacer entonces? Es muy sencillo. Tenía que serlo, ya que en el caso de la fe se están jugando cosas serias. Por ejemplo, la salvación eterna. Sí, la solución es sencilla. Consiste simplemente en aceptar con fe lo que decida la autoridad competente, asistida por el Espíritu Santo...
Así se dirimió aquella controversia y así se irán solucionando todas las que vendrán después, que serán muchas. Y pretender encontrar otra vía de arreglo es inútil y nefasto para la vida de la Iglesia. Primero, y ante todo, porque Dios lo ha dispuesto así, ha querido a su Iglesia jerárquica y no democrática. Y después, porque difícilmente se llega a un acuerdo en cosas tan arduas como son las referentes a la fe. A lo más que se llega a veces es a un acuerdo ecléctico que, a fin de cuentas, no complace ni a unos ni a otros.
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- El amor de que habla Jesús es algo más, mucho más, que un mero sentimiento, que un enamoramiento. Está ratificado con la fidelidad, con el cumplimiento delicado y constante de la voluntad de la persona amada. Es decir, en definitiva, sólo quien cumple con los mandamientos de la ley divina es quien realmente ama al Señor. Lo demás es palabrería, una trampa que ni a los mismos hombres engaña, y mucho menos a Dios. Eso es lo que el Maestro nos enseña: El que me ama guardará mi palabra. Y por si acaso no lo hemos entendido añade: El que no me ama, no guardará mis palabras. Examinemos nuestra conducta y veamos si de verdad amamos al Señor. Y en caso contrario, tratemos de rectificar.
El Maestro sigue hablando en el rescoldo tibio de la noche de la última Cena. Él se da cuenta de cómo la tristeza se va apoderando del corazón de sus discípulos. También para él eran tristes los momentos de la despedida. Por eso trata de consolarlos con la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador óptimo del alma, que vendrá después de que él se vaya, llenándoles de fuego y de luz, de fuerzas y de coraje para emprender la ingente tarea que les aguardaba. Él será quien los acompañe entonces en las hondas soledades, que luego vendrían; quien les hablaría en las largas horas de las persecuciones y tormentos.

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Las palabras de Jesús se van entretejiendo entre dificultades y consuelos, con palabras de urgentes exigencias y dulces promesas de ayuda divina, con acentos de guerra acerba y de paz entrañable. La paz os dejo -les dice-, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. La del mundo es una paz hecha de mentiras y connivencias cobardes, de consensos y cesiones mutuas. Es una paz frágil que intranquiliza más que sosiega. La paz de Cristo, en cambio, es recia y profunda, duradera y gozosa. Por eso, dice a continuación: No tiemble vuestro corazón ni se acobarde.
No, la cobardía no es posible para quien cree en Dios, para quien está persuadido de su poder y sabiduría. El miedo es propio de quien se sabe perdido, pero no de quien se sabe salvado. Que tiemblen los que están alejados de Dios, los que no tienen la seguridad de la esperanza, ni la fortaleza de la fe, ni tampoco el gozo del amor. Esos sí tienen razón para temblar y acobardarse, pero un hombre que es hijo de Dios, no. Caminemos con esta persuasión y avancemos alegres por la vida, desgranando nuestros días en un ambiente de incesante gozo pascual. Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre.

La primera lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos alerta de las veces que cargamos a otros fardos que nosotros no somos capaces de soportar. Y eso es lo que ocurría entre los primeros fieles cristianos convertidos por Pablo y Bernabé. La discusión sobre el mantenimiento –o no— de la ley judía produjo el primer concilio de la historia: el Concilio de Jerusalén, invocando al Espíritu se evitasen cargas doctrinales innecesarias.

 El salmo 66 estaba destinado a cantarlo en las procesiones solemnes del pueblo judío. Refleja el deseo ardiente del salmista de que todos los pueblos alaben al Señor. Todo el santo es un canto de gran alegría y esperanza para siempre. Para nosotros puede –y debe— ser lo mismo: expresar el gozo por el que todos los hombres y mujeres de la Tierra vivan en continua alabanza para el Señor.

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 La segunda lectura, del Libro del Apocalipsis, nos habla del luminoso y feliz mundo de la Jerusalén del cielo. Su descripción es muy bella y llena de esperanza, porque su luz es Dios y su lámpara el Cordero. Narra la realidad de ese día en el que, por fin, nos encontraremos ante el rostro de Dios.

 En el Evangelio de San Juan, Jesús próximo a terminar su primer periplo en la Tierra, nos promete el Espíritu Santo, el Paráclito, que nos lo enseña todo y vela por la Iglesia y por sus hijos. Pero lo más grande que nos dice es que si le amamos, Él y el Padre, vendrán a nosotros y se quedarán para siempre.


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