
La profecía de Isaías –nuestra primera lectura--proclama que el Reino de Dios aparecerá, en paz, en una renovada Jerusalén. Y esa alegría es la que esperamos todos. Y algún día, los cristianos lo sabemos muy bien, todo a nuestro alrededor será paz, alegría y luz que desvanece todas las tinieblas de nuestra vida.
El salmo 65 nos invita al agradecimiento y a la alabanza de Dios, nuestro Padre. En tiempos de Jesús este salmo 65 se cantaba con gran solemnidad en el rito de acción de gracias ante un gran peligro nacional. No sabemos cual fue el peligro concreto que determinó su composición y primer uso.
Pablo de Tarso, en la segunda lectura, que es del final de la Carta a los Gálatas, nos habla de que lo que, en definitiva, cuenta es la criatura nueva, renacida por el sacrificio de Cristo y por su Resurrección gloriosa. La nueva vida comienza con Cristo. Esta parte final de la Carta a los Gálatas es como un resumen de toda la Epístola.
“Veía a Satanás caer del cielo como un rayo” es una frase inquietante de Cristo que oiremos hoy en el Evangelio de San Lucas. Acompaña dicha frase al recibimiento que Jesús hace a los 72 discípulos que vuelven felices de su predicación. El poder de Jesús les ha hecho expulsar demonios. Hay muchas clases de demonios en nuestro mundo actual, que nos inquietan y nos entristecen. Pero surge el amor de Jesús hacia nosotros y desbarata ese poder maligno
Las lecturas de hoy nos muestran la diferencia entre los que aceptan el mensaje de Dios y los que lo rechazan. En la primera lectura, del profeta Isaías, se proclama la paz y bondad que Dios dará a su pueblo si son fieles a la Alianza, pero ellos son responsables si se alejan de Dios. En el evangelio de Lucas, Jesucristo manda a los setenta y dos discípulos a los pueblos antes de que llegue El. Les manda llevar paz y curar a los enfermos. Pero respecto a los pueblos que rechazan al evangelio, Jesús le dice a sus discípulos que sacudan el polvo de sus pies «en señal de protesta» contra tales pueblos. La decisión libre que rechaza el evangelio trae separación de Dios. Somos nosotros los que nos alejamos, no es Dios el que nos abandona. Hemos de reconocer las consecuencias de rechazar el Evangelio. Cuando reconocemos esas consecuencias, reiteramos la urgencia de aceptar la invitación de vivir el Evangelio. Hacen falta testigos de esa ternura y consuelo de Dios que recuerda la primera lectura de hoy, testigos humildes y poseídos de la fuerza del Espíritu que viene en ayuda de la debilidad humana
En la carta a los Gálatas, San Pablo se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. Somos criaturas nuevas. Pablo da ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Al rechazar el evangelio nos engañamos a nosotros mismos. No es Dios quien nos condena, somos nosotros mismos. Por eso, en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados para no dejarse engañar por los que rechazan el evangelio.
Dice el texto de Lucas que los setenta y dos volvieron contentos y dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Más de una vez nos ha invadido este tipo de alegría. Jesús nos dice: "No estéis alegres porque se os sometan los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo". Es un buen aliento para cuando nos sentimos fracasados. No debemos olvidarnos nunca de que somos "instrumento" en sus manos. Evangelizar no es la tarea exclusiva de los pastores del pueblo de Dios, ni monopolio de los misioneros de vanguardia. Toda la comunidad eclesial es misionera siempre y en todo lugar. Evangelizar es su misión y su dicha. Con tal de que estemos evangelizados nosotros mismos, todos los cristianos podemos y debemos ser evangelizadores, pues por los sacramentos de la vida cristiana participamos de la misión profética de Cristo. Hoy, más que de conquista se habla experiencia y de testimonio. Es este testimonio de los cristianos lo que mejor puede impactar al incrédulo y al hombre de hoy, harto de propaganda, palabrería y falsos mesianismos.
Hoy como ayer, lo que más necesita es el evangelio vivido. Es verdad que hemos de emplear todos los medios a nuestro alcance para difundir la fe, con tal que se avengan con las instrucciones de Jesús en el evangelio de hoy: pobreza y solidaridad, y no avasallamiento y poder. Nuestra misión, hoy como ayer, es ser mensajeros de la paz y la alegría. Los auténticos seguidores y seguidoras de Jesús serán capaces de, en su nombre, lograr la transformación de la vida de las personas y de las realidades sociales en las que viven. El Evangelio no es intimismo, no es buscar el solo bienestar interior sino que es una llamada a salir de nosotros mismos para llevar a los demás la alegría que tenemos en el corazón. Es una propuesta maravillosa, que no se impone por la fuerza






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